Lo realmente divertido ocurría cuando llegaba a casa de trabajar y me encontraba el estropicio del día. El tándem diabólico había estado a sus anchas, haciendo de las suyas. Algunas fueron hasta divertidas y, otras, épicas.

Entre las divertidas contaré una vez en que, la amiga gata, alcanzó unos chiles picantes que teníamos colgados para que se secasen y los tiró al suelo. La perra, que es una aspiradora ansiosa, agarró su premio ni bien tocó el suelo y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, se lo llevó al sofá y se lo tragó. Luego ya fue tarde. Vomitó todo lo que tenía en el estómago (por supuesto, en el sofá), y se tragó casi el litro de agua que había en los bebederos (que luego volvió a vomitar). La gata, cómo no, silencioso testigo de los hechos, simplemente se sentó a mirar y tomó nota. Hubo que limpiar y fregar todo el desastre, pero me reía tanto imaginándome lo que había pasado, que lo hice con gusto. Mi único sinsabor fue saber que la gata, muy lista ella, no llegó a degustar su travesura.

Otra, más sorprendente que divertida, fue una vez que, al levantarme por la mañana vi algo que me dejó patidifusa un buen rato. El día anterior me habían regalado un táper con carne empanada y una generosa ración de ensaladilla rusa. Como hacía frío, lo dejé sobre la mesa, dentro de una bolsa, preparado para ser mi almuerzo en el trabajo al día siguiente.

A la mañana siguiente, al ir a la cocina vi la cosa más sorprendente que os podáis imaginar. El táper estaba en el suelo, vacío y… ¡cerrado! Me quedé mirándolo un buen rato, sin pensar todavía en que me habían dejado sin comida (porque estaba claro, una vez más, que era cosas del tánden diabólico). No podía entender lo que veía. Estaba claro que la gata se había subido a la mesa de la cocina y lo había tirado al suelo. Era evidente que la perra había dado buena cuenta del filete empanado y la ensaladilla rusa (la pista me la dio la propia perra, tirada inmóvil junto al táper, con la barriga como un globo y restos de ensaladilla en el hocico). Lo que no entendía, por más mirase, era cómo podía seguir el táper cerrado. Del mismo impacto contra el suelo podía haberse abierto pero, ¿cómo demonios lo habían vuelto a cerrar? La respuesta me llegó al levantar el táper del suelo. La misma que ahora apenas podía abrir los ojos del empacho que tenía, se había comido una esquinita del táper y lo había ido sorbiendo todo a través del agujerito. Un trabajo profesional, sin duda.

Entre las épicas está el día del chocolate.

Roberto estuvo casi un año viajando a Londres de lunes a viernes por cuestiones de trabajo. Cuando llegaba a casa y soltaba las maletas, Pipa corría a saludarle, mientras que Gata se quedaba olisqueando el equipaje y tomando posesión de cuanto hubiese en su interior al modo de los alpinistas cuando plantan la bandera en una cima, sólo que la que se plantaba en la cima de la maleta era la gata. Vamos, que se tumbaba sobre el equipaje y ponía cara de: “Esto es mío”. A veces Roberto traía en la maleta chocolatinas que había comprado en el aeropuerto.

Un día trajo muchas, muchas chocolatinas. El mismo día que la gata aprendió a abrir cremalleras.

Pero eso no lo sabíamos todavía, y nos fuimos a dormir muy tranquilos.

Era “por fin viernes”. Llevaba toda la semana sin apenas dormir por cuestiones del trabajo, con una contractura monumental en el cuello y, como Roberto estaba de viaje, sacando a la perra todos los días a las 6 de la mañana. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Roberto se encargaría de pasear a Pipa por la mañana, me metí en el cuerpo un relajante muscular y una pastillita de melatonina, dejé a la perra y a la gata fuera del dormitorio, puse la oreja en la almohada y me quedé frita.

Como hay cosas que ni con soporíferos se pueden evitar, sobre las 4-5 de la madrugada me levanté a hacer pis. Al otro lado de la puerta la perra estaba en pleno desconsuelo, llorando y agitándose como una culebrilla. Abrí la puerta, vi la maleta abierta, los restos de los envoltorios de algunas chocolatinas en el suelo, cerré de nuevo la puerta y me volví a la cama exclamando: ¡vaya mierda!

– ¿Qué pasa? -preguntó Roberto.

-Nada, que la perra que se comido los chocolates.

Y no recuerdo nada más, hasta que, a la mañana siguiente Roberto vino a despertarme con cara de cabreo y me puso al día de sus andanzas nocturnas.

Después de que yo comentara que Pipa se había comido los chocolates, Roberto pensó que, entonces, la perra debía estar necesitada de ir a hacer pupú. Se levantó y la sacó a la calle (a las 5 de la madrugada) mientras buscaba, en el navegador de su móvil, perro + chocolate. A los ojos le saltaron tres nefastas palabras: muerte, muerte y muerte, con la coletilla de “salir corriendo para urgencias pero ¡ya!”. Según me contó luego, la dosis letal de chocolate puro era como de 100 gramos, y la perra se había zampado 600 de chocolate con leche, con papel y todo. A eso de las 5:30 estaba llevando a Pipa a unas urgencias veterinarias, donde le dijeron que tenía que dejar a la perra ingresada todo el día a ver cómo evolucionaba. Cuando me despertó, venía de regreso. Creo que nunca le he visto tan acongojado.

Afortunadamente la cosa se quedó en el susto y 120 euros menos por el ingreso. Por la tarde pudimos ir a recogerla y la muy desgraciada todavía, al llegar a casa, olía el chocolate y se lanzaba a intentar comérselo.

¿He mencionado ya la manía de la gata de orinarse por doquier? Llegó a tener dos areneros que nos desvelábamos por mantener limpios. En el momento en que hacía caca había que limpiarlo. De hecho, la gata, después de defecar, venía a buscarte para que le limpiaras la arena. En serio. De verdad lo digo. No aguantaba tener el cajón sucio, pero nada. Y había altas posibilidades de que, después de hacer sus cosas, si no limpiabas inmediatamente, lo que sí limpiarías sería el puff, con una enorme meada de gato sobre él.

Menos mal que estaba hecho de un material impermeable y que lo que nos encontrábamos era un maloliente charco de pis. Yo montaba en cólera cada vez que la gata hacía eso. La perseguía por la casa, la agarraba, me daban ganas de limpiar el puff con ella y luego la mandaba al lavadero. Pero ella insistía.

Un día de buena mañana encontré un vómito de la gata. Y en el vómito, gusanos. Eran una cosa larga y blanca, finos como espaguetis, una cabeza romboidal y pinta de no ser nada sano. Mierda, tengo que ir a trabajar. Mierda, busco los gusanos en Internet. Mierda, me acojono mucho. Mierda, hasta las 11 no abre el veterinario. Mierda, llamo a mi jefa y le explico como puedo, sin que suene a coña marinera, que no puedo a ir a trabajar por la mañana, porque la gata ha vomitado gusanos y la tengo que llevar al médico.

Parásitos. Era una infección por parásitos tan grande que, literalmente, le salían por la boca. Una imagen que preferiría no tener en mi cabeza. La desparasitación habitual que le hacíamos cada tres meses no le había hecho ni cosquillas a los gusarapos esos. Y se habían hecho fuertes gracias al debilitado sistema inmune de la gata. Ellos eran los responsables de que la gata comiera, comiera y comiera todo el día, y lo único que engordase fuese su panza. Por un momento, sentí hasta lástima por ella. Luego me acordé del puff y se me pasó.

Así que todos en casa tuvimos una ronda de desparasitación por cuenta de la gata. La cosa tenía el “valor añadido” de poder transmitirse a los humanos.

Pasados unos meses la historia volvió a repetirse. Esta vez los parásitos aparecieron en las heces. Me los imaginaba atrincherados en el intestino del animal, como los 300 en el paso de las Termópilas, gritándole a las pastillas: “Tú no puedes pasar por aquí”. ¿O ese era Gandalf?

Segunda ronda de desparasitación general.

Y hasta una tercera vez. En esta ocasión ya nos pusimos serios. El medicamento no servía para nada, y había que buscar algo más efectivo antes de pasar al plan de emergencia: abrir y sacar.

Todos volvimos a tomar el medicamento, pero esta vez era un tratamiento mucho más fuerte. La gata estuvo una semana cagando gusanos muertos, y de la noche a la mañana nuestra vida cambió.

Los parásitos no sólo eran los responsables de que la gata pareciera un pozo sin fondo comiendo, o de que no creciera ni engordase. También eran los culpables de su mala leche y de muchas de sus meadas fuera de lugar.

En su descargo diré que, después de ese último tratamiento, la gata se convirtió en un animalito cariñoso, tranquilo y dócil. Creció, engordó un poquito y dejó de necesitar dos areneros. Sin embargo, lo que no dejó de hacer, ocasionalmente, fue mearse en el puff. Especialmente cuando se percataba de que se iba a quedar sola un fin de semana y nos quería hacer saber que no le hacía ni pizca de gracia. Carácter que tenía la muchacha.

Pipa-gata-maletas

–Pues vaya noticia, Barbero. ¿Convoco una rueda de prensa?\r\n–Pues sí, pero no.\r\n–Te explicas muy bien, muy conciso. De los 140 caracteres te van a sobrar 120. Con frases tan elaboradas puedes meter siete tweets en uno. Igual te hacen descuento.\r\n–Que sí, que ya sé que todo el mundo tiene Twitter, que el raro soy yo que no tengo y que no debería anunciarlo como si fuese la noticia del mes.\r\n–¿Pero..? ¡Porque contigo siempre hay un “pero”!\r\n–Qué bien me conoces. Pues el “pero” es que sí que me parece interesante explicar por qué un Grinch antisocial, bueno, anti redes sociales, decide abrirse un Twitter en vez de escribir un artículo sobre lo abominables que son las redes sociales.\r\n–Que es lo que en realidad piensas…\r\n–Exactamente. Llámame raro, pero ese interés de la gente por compartir detalles personales en Internet, para que los vea todo el mundo y para que Google, Twitter y Facebook hagan “magia” con nuestros datos y nos conviertan en mercancía me parece una de las grandes estupideces de nuestros días.\r\n–Pues el otro día escribiste un artículo loando las virtudes de Telegram. ¿A ellos sí que les das tus datos?\r\n–¡Me has pillado! Como sigas así, terminaré confesando que tengo un contrato con Gas Natural y hasta con Vodafone.\r\n–Me lo temía…\r\n–Es que Telegram me presta un servicio útil, igual que Gas Natural. No nos confundamos, la ludita es la del blog de al lado, la que tiene un zoo montado en casa.\r\n–Vale, vale… ¿y lo del Twitter? ¿Vas a seguir a @norcoreano…? Sabes quién es @norcoreano, ¿verdad?\r\n–¿Y tú? ¿Sabes que no tener cuenta de Twitter no impide leer lo que te interesa? Te voy a explicar por qué me voy a abrir un Twitter. Anda, siéntate.\r\n–Me temo lo peor…\r\n\r\nLos motivos por los que la mayoría de la gente disfruta subiendo fotos de sus vacaciones en tiempo real, publicando fotos de sus excesos alcohólicos y exhibiendo sus preferencias e ideas sobre cualquier asunto se me escapan. No los atribuyo a la estupidez, porque personas inteligentes y conscientes de todos los problemas de las redes sociales las utilizan a diario. Es más, personas completamente estúpidas también las utilizan, pero le dan a su madre los mínimos detalles de su vida privada para que no les calienten la cabeza. O sea, que la privacidad es algo que nos preocupa a todos, pero la descuidamos en cuanto tenemos la oportunidad de comunicarnos con los amigos del alma a los que no hemos llamado en 10 años.\r\n\r\nYa hemos discutido muchas veces sobre los problemas de hablar de determinados temas en público. La gente añade a personas que conoce bien y a otras que no tanto, y el día que compartes un chiste de catalanes (o madrileños), de Messi (o de Cristiano) o de Rajoy (o de Pablo Iglesias) descubres que ese tipo tan simpático que te agregó y al que aceptaste aunque le conocías de un par de veces es un fanático nacionalista catalán (o español), culé (o madridista), facha (o podemita). Y te empieza a enmierdar los comentarios y tus amigos empiezan a contestar. Y, de repente, en vez de hacer la gracia tienes montada una tertulia de 13 TV entre tus amigos, tu familia política, tu jefe y un señor de Albacete con bigote que escribe con “haber” en vez de “a ver”, con lo que el tema se prolonga una semana más por motivos ortográficos. Si en Internet se pudiesen dar tollinas, la ortografía desencadenaría auténticas carnicerías y la sociedad alfabetizada quedaría erradicada en cuestión de semanas por las hordas ágrafas.\r\n\r\nLas redes sociales, y Facebook en particular, me parecen versiones descafeinadas de Foro Coches o Menéame donde no hace falta invitación para entrar ni te pueden machacar el karma por decir chorradas (bueno, algunas veces, por no decir las chorradas adecuadas o por hablar de grafeno). Pero de todas ellas, Twitter me parece la menos mala. Las opciones de privacidad que tienes no te venden una falsa sensación de seguridad. Porque, no nos engañemos, tú puedes configurar las opciones de privacidad que quieras. El día que te la quieran liar, alguien a quién tú permites que acceda a tus publicaciones lo hará. Si es que no es el propio Facebook quien lo hace.\r\n\r\nEn Twitter puedes cerrar tu cuenta con un candado para que sólo la lea quien tú quieras. Lo que podríamos llamar “modo Coca-cola sin azúcar, sin cafeína y sin gas”. No le veo mucho sentido. También puedes bloquear a usuarios concretos para que no lean tus tweets, que sólo tienen que cerrar sesión para poder ver lo que publicas. Tampoco me vuelve loco, salvo que quiera bloquear a algún auténtico gilipollas. Pero la sensación que transmite Twitter es la correcta: que lo que publicamos permanece público durante mucho tiempo. Si no, que se lo pregunten a Guillermo Zapata, que todos los meses va a un juzgado a que el juez archive la causa por unos tweets impertinentes de hace cuatro años sacados de contexto a mala leche.\r\n\r\n–Vale, Twitter te da menos asco que Facebook. Pero de ahí a abrirte una cuenta…\r\n–A eso voy, que no me dejas explicarme.\r\n–Retiro lo dicho, tal y como te enrollas, vas a saturar los servidores de Twitter y te van a cobrar por cada tweet.\r\n\r\nEl hecho es que creo que es positivo intercambiar ideas y, sobre todo, cuando esas ideas sirven para recordarle a quienes te venden la moto que no nos chupamos el dedo y sabemos cómo son las cosas en realidad pero, por educación, nos las callamos casi siempre. Hay cuentas de humor con muy mala leche, personajes ficticios que juegan a lo grotesco, como @masaenfurecida, @norcoreano, @diostuitero o @SigfridSoria. Sólo por participar de eso, merece la pena. No pretendo ser el típico tuitero que usa una identidad ficticia para poder pasarse tres pueblos con tranquilidad, pero tampoco escribir tweets como “¡Llueve! ¡Llueve en Madrid!” o “Al Tomasito ese a ver si le echan ya. #granhermano #gh2019 #ghlopeta”. Cuando escriba intentaré tres cosas: aportar un punto de vista interesante, molestar a alguien que se lo haya ganado a pulso y no terminar declarando ante un juez.\r\n\r\n–Vale, que te vas a abrir un Twitter para trolear mejor. Sólo una cosa.\r\n–Dime.\r\n-Sigfrid Soria es de verdad.\r\n-¿¡No jodas!?\r\n\r\n 

La gata entró en casa con su tierna historia de abandono y hambre detrás. Todo fachada. Por lo visto, llevaba semanas deambulando por el pueblo donde mi amiga la recogió, paseándose por la iglesia en hora de misa, maullándoles a las buenas gentes de allí y, en fin, tratando de hacerse notar. Hasta que finalmente se coló en casa de mi amiga y, por ende, en la mía.

Su aspecto era de cachorrilla, muy pequeña, muy flaca. El veterinario comentó que estaba desnutrida y que era imposible determinar su edad. La dentición definitiva ya estaba completa, a falta de un dientecillo incisivo que debió perder por el camino, pero su tamaño y su peso apenas se acercaban al de un gato adulto. Penita de animal.

Como venía con hongos en cabeza y orejas, no pudimos empezar a vacunarla hasta que conseguimos que desaparecieran, lo cual no fue cosa de dos días, dicho sea de paso. Aparte de la medicación, el veterinario recomendó que todos los días se le lavase la cabeza con jabón casero y luego con agua oxigenada, para matar lo que sea que fuera con el contraste ácido-base. ¿Lavarle la cabeza a un gato? Eso es, lavarle la cabeza a un gato. Durante dos meses, seguimos como pudimos las instrucciones del veterinario. Finalmente, la gata le dijo adiós a los hongos y hola a su nuevo look de rubia oxigenada.

Pipa+gata

Aparte de una mala leche impropia de un animal agradecido, Gata manifestaba un apetito desmedido y una especial devoción por Pipa. Cuando sacábamos a la perra, la gata maullaba desesperada como alma en pena por toda la casa, buscándola. Cuando sentía la puerta, salía disparada para hacer una cosa muy rara: ponerse transversalmente a la trayectoria de la perra. Cada vez que esto sucedía, Pipa, que entraba a casa como toro en toriles, embestía a Gata con la cabeza por debajo del abdomen hasta llegar a levantarla del suelo. E invariablemente, cada vez que la perra volvía de la calle, la gata buscaba el mismo resultado, una y otra vez.

Jugaban juntas hasta agotarse y, después, se quedaban dormidas juntas también. Sin embargo, como la perra había llegado antes, mantenía ciertos privilegios, como el de dormir por la noche dentro de nuestro dormitorio. La gata dormía en la cocina. El que pasasen la noche separadas fue una cuestión de pura supervivencia. La gata parecía poseída, especialmente por las noches, su actividad era frenética, y su obsesión por jugar a todas horas con la perra llegó a un punto en el que juraría que Pipa tenía ojeras de no dormir. Nos dimos cuenta de que la perra se escondía de la gata para tratar de arrancarle unos minutos al sueño en cualquier rincón, porque en cuanto la gata la encontraba, se lanzaba sobre ella como un tigre y la tentaba para que entrara al trapo, cosa que conseguía el cien por cien de las veces.

Evidentemente, no sólo no podía dormir la perra. Nosotros tampoco pegábamos ojo. Bueno, para ser exactos, yo no pegaba ojo. Roberto, como buen ejemplar del sexo masculino, no tenía el más mínimo problema para dormir en medio de un bombardeo. A pesar de varios tabiques y tres puertas cerradas de por medio, escuchaba el estrépito que la gata montaba en la cocina desde el dormitorio. Yo no me explicaba qué demonios hacía para provocar ese sonido, como si golpeara una pared con un martillo, hasta que lo descubrí y no pude por más que hacer como todas las madres, gritar su nombre completo para que supiera que se la iba a ganar.

¿Qué era ese ruido entonces? Aunque parezca increíble, era el sonido del cuerpo de la gata estampándose contra el frigorífico.

Y no la estaba lanzando nadie, se lanzaba solita.

Quería hacer caer los imanes de la nevera.

Y lo consiguió.

El día que volvimos de trabajar y nos encontramos a la perra en el sofá devorando con fruición unos imanes de escayola que nos trajeron de Grecia, lo comprendimos todo. Gata cabr***, al lavadero.

Ese fue uno de los muchos tándenes diabólicos que protagonizaron las dos. Básicamente, nosotros nos empeñábamos en poner cosas fuera del alcance de la perra para que no se las comiese, y la gata se dedicaba a volver a ponérselas a mano en cuanto salíamos por la puerta. En el cómputo general de bienes destruidos por el método del “yo te lo alcanzo” hay, hasta la fecha, 3 bluetooth, entre 5 y 6 auriculares, 4 mandos a distancia, varios libros, los imanes de la nevera, unos cuantos chiles picantes, una ración de carne empanada con ensaladilla rusa con su táper, incontables bolígrafos, rotuladores, lápices y pinzas de la ropa, y una cantidad mortal de chocolate. Pero esa historia me la dejo para más adelante.

gata-dormida

Sí, yo nací en los setenta y fui niño en los ochenta. La mejor generación o, por lo menos, eso dicen ahora para vendernos cosas que nuestros padres no comprarían y nuestros hermanos pequeños no pueden comprar porque no trabajan, trabajan y no cobran o trabajan y cobran, pero en Bristol. Hay libros sobre lo guay que eran los ochenta, monólogos sobre lo molones que eran los ochenta y el número de versiones de La chica de ayer publicadas supera en número el repertorio de alguna de esas emisoras de radio musicales que pinchan por ley una canción de Amaral (siempre la misma) al menos una vez a la hora.\r\n\r\nEn esa época escolar, los recreos eran el momento social por excelencia. Hay que recordar que el recreo es esa media hora en la que los niños descargan su adrenalina, para poder seguir después con las clases sin volver locos a los profesores. Los profesores, por su parte, lo que hacen es asimilar toda esa adrenalina infantil, pendientes de que Manolito no se caiga, Teresita no pegue a Manolito y Tomasín no meta la cabeza ahí, que vamos a tener un disgusto. Es un hecho científico probado que un grupo de niños sin un objetivo es una turba descontrolada capaz de cualquier barbaridad, por lo que son necesarios los juegos. Pero los juegos no se desarrollaban de forma casual y espontánea. No, porque ahí estaban “las modas”.\r\n\r\ncanicasMe explico. Hay juegos infantiles que sirven para todo el año, como el de dar patadas a un balón (y a Manolito, si se pone a tiro). Los niños practican este deporte y aprenden sus nobles valores tanto cuando el calor amenaza con insolaciones y deshidratación, como cuando el frío les garantiza una pulmonía doble. Pero la mayoría de los juegos infantiles son estacionales y funcionan por modas.\r\n\r\nAlgunas de estas modas tienen lógica: ¿recordamos el juego del clavo? Era aquél en el que se iba ganando terreno al rival lanzando un clavo al suelo y, sin mover los pies del sitio, recortando tanto espacio como nos permitiese la posición del clavo, hasta ocupar la totalidad del espacio de juego. Para jugar a eso hace falta que la tierra esté mínimamente mojada, de lo contrario, no había forma de clavar la barrita de metal arrancada de la valla del colegio y afilada a base de frotarla con una piedra (a falta de Pokémon, teníamos Papillon, La fuga de Alcatraz y hasta El Conde de Montecristo). Por eso se jugaba cuando llovía, y no cuando la tierra estaba seca.\r\n\r\nSin embargo, detrás de la mayoría de estas modas infantiles había una poderosa mano negra que decidía cuándo tocaba la peonza, cuando las canicas y cuando era el momento de recortar cromos para hacerse un equipo de chapas. ¿Los profesores temerosos de que, aburridos del mismo juego, los menores tomasen el poder? ¿Misteriosas organizaciones internacionales? No, era el quiosquero del barrio que, en mi caso, era el de la tienda de chuches. Como buen empresario, cuando veía que la venta de canicas perdía fuerza, sacaba del armario los yo-yos y los padres, a la salida del colegio, seguían gastando dinero.\r\n\r\nEsta tendencia a las modas del recreo, al parecer, venía de generaciones anteriores y se mantuvo en las posteriores. De lo que no somos conscientes es de que los adultos formados en esa dinámica cambiamos de juguetes, pero seguimos jugando en el mismo patio emocional, por decirlo de alguna manera. Hemos aumentado los ciclos y podemos seguir en el mismo juego sin cansarnos durante unos años. También hemos aumentado la capacidad de inversión, así que el quiosquero de nuestra edad adulta nos puede seguir vendiendo complementos y accesorios de forma casi indefinida.\r\n\r\nTengo amigos que tienen en casa un juego completo de palos de golf, con su bolsa de diseño (y alguna vez me ha parecido ver a un caddie escondido detrás de las cortinas). Luego les dio por el pádel, así que tienen cuatro modelos diferentes de raqueta, que fueron adquiriendo porque las necesitaban a medida que iban elevando su nivel de juego. Cuando llegaron a la élite y ganaron el torneo de solteros contra casados de la oficina, el pádel dejó de motivarles. Así que tienen unos esquís último modelo que han visto menos nieve que un tuareg, zapatillas que pronan y zapatillas que supinan, un arsenal de herramientas de jardín en miniatura con los que han asesinado suficientes bonsáis como para repoblar los Monegros, otro arsenal de herramientas de jardín un poco más grandes de cuando se pusó de moda cultivar tomates en la terraza (ellos lo llaman “huerto ecológico”)… la lista es casi interminable.\r\n\r\nParece que ahora, que la moda del recreo es la alta cocina, lo que se lleva es tener en la cocina, al lado del butano, una bombona de nitrógeno líquido. Mis amigos tienen en los cajones moldes con formas de mariposa, corazón, estrella y lo que se te ocurra. Un pelapatatas que saca la monda en una sola tira (algo que todos hemos soñado con tener), un juego de cuchillos normal y otro japonés e incluso un vaporizador que se clava en los limones para ir sacando el jugo sin que se sequen en la nevera. ¿Que exagero? No sólo no exagero: el sacazumos de limones venía en pack con otro más pequeño para las limas.\r\n\r\nSí, la moda del recreo hoy por hoy es la cocina. Por eso ya no se promocionan los cuerpos diez, formados a base de horas de gimnasio y privaciones, sino que nos inventamos palabras como “fofisano” y “gordibuena”. Si no, ¿de qué iba a vender el fulano del quiosco, que ahora tiene una tienda de gastronomía, todos esos cachivaches? Nadie invierte más de los 10 euros que cuesta una cazuela para comer acelgas.\r\n\r\nDe todos estos artilugios llamados a ser los reyes de la casa por un tiempo, hasta ocupar un lugar de honor en el trastero, la Thermomix es el alfa y el omega. Una Thermomix es como una abuela: cocina de todo, está rico y no se desperdicia nada. Además, tarda mucho menos tiempo. Los poseedores de este Grial culinario no pierden la ocasión de recordarnos lo afortunados que son. –”Ayer hice unas croquetas riquísimas”. –”Pues en la Thermomix me salen mejor y me hace la bechamel en 10 segundos”.\r\n\r\nTengo un amigo que se compró una y todo lo hace con la Thermomix: los primeros, los segundos y los postres. Hasta los chuletones. Vale que luego se los comen a cucharadas, pero le quedan al punto. Una cosa loca. Este, de pequeño, era el que tenía esas canicas con una capa como metalizada, el yo-yo Russell profesional con el que podías ir a competiciones (porque había competiciones oficiales, aunque la única forma de competir con yo-yos que se me ocurre es en un combate a muerte). También era el que tenía toda la colección de Star Wars, que cuando jugábamos en el patio del colegio era el único que llevaba a su muñeco en una nave. Los demás juntábamos a Han Solo, a Luke, Leia, Yoda, dos soldados de asalto, un marciano indeterminado y un ewok y los poníamos a andar por la arena. Vamos, que no sabíamos si jugábamos a Star Wars o a El Señor de los Anillos.\r\n\r\nY así estamos ahora, que mientras vemos top-chef comiendo un plato de macarrones soñamos con hacer un curso de cocina que nos permita esferificar hasta a nuestra suegra (aunque para eso se basta ella sola, y a base de cocina tradicional). Pero no pasa nada, porque me han dicho que el señor del quiosco ya tiene preparado su siguiente golpe. Lo van a montar con programas de televisión, estrellas mediáticas, productos aspiracionales, accesorios a tutiplén (perdonen el término, lo ochentero está de moda) y hasta un campeonato internacional. No sabemos si será la plancha y tendremos que llevar las camisas tan almidonadas que no podremos doblar los codos, si se pondrá de moda cultivar plantas carnívoras (–”Pues yo a la mía sólo le doy buey de Kobe”) o el deporte ese de ir barriendo el hielo delante de una pelotita, a ver hasta donde llega. Conmigo que no cuenten, que yo me quedo con la peonza, las chapas y las canicas.

El nombre que traía la gata era Flora. Bucólico, sin duda, pero impronunciable para mí. La mayor parte del tiempo no conseguía articular su nombre antes de que me saliera un “¡maldita gata cabrona!”. Para abreviar, el nombre se quedó finalmente en “Gata”. Además, esperaba que se muriera antes de pasar un año, así que, ¿para qué molestarse en ponerle nombre?

Y es que el angelito lo tenía todo: leucemia felina, gingivitis, hongos, parásitos intestinales, desnutrición y la irritante manía de orinarse en todas partes, especialmente en el puff que regalé a Roberto por Reyes, el mismo día que el animalico puso una pata en mi casa. De la factura del veterinario mejor ni os hablo, pero el trato de cliente VIP que nos hizo después de ver su estado y calcular las veces que íbamos a tener que volver, era casi profético.

Afortunadamente, en menos de una semana Pipa y Gata se habían hecho inseparables, y pasaban el día jugando juntas. Así que los problemas de ansiedad por soledad de Pipa llegaron a su fin. Los de ansiedad por Gata, sin embargo, no habían hecho más que empezar.

pipa y gata

Para los que crecimos hace ya un par de generaciones, una marca era Coca-Cola o Volkswagen. Después nos enteramos de que había “marcas electorales” y hasta una “marca España”, gracias a quienes piensan (y nos hacen pensar) que el voto es se elige como si fuese un champú en el lineal de una gran superficie y que un país debe de funcionar como una empresa. También nos contaron que existen las marcas personales. Y, lo que es más, que todos tenemos una marca personal (en las versiones más radicales, que somos una marca personal) y que, además, debemos desarrollarla. Por supuesto, un asunto de tanta importancia no puede dejarse al azar y la sociedad necesita de libros, teorías y un buen puñado de gurús a tanto la hora que nos traigan la buena nueva y nos descubran los secretos para triunfar con nuestra propia marca.\r\n\r\nEn otras palabras, hay toda una industria para que el ciudadano medio interiorice que en su situación personal no tiene nada que ver el vivir en un país con cuatro millones de parados, de que nadie le avisara a tiempo de que el inglés es el idioma de los negocios, pero que por si acaso aprendiese chino y alemán, o de no poder pagarse un segundo máster que le capacite, por fin, para tener un contrato con más de tres meses de duración y una nómina con cuatro dígitos. El problema empieza y termina en uno mismo. Sea usted un joven licenciado con dos titulaciones o un veterano trabajador manual, su problema es que no ha desarrollado su marca personal.\r\n\r\nY uno tiende a creer que algo de razón no les falta a estos gurús. Basta una conversación no demasiado profunda o, en su defecto, asistir dos veces a la misma conferencia, para darse cuenta de que, a falta de capacidad, una buena campaña de automarketing es capaz de elevar a los altares a cualquier mediocre capaz de simular talento durante la media hora que dura una charla o en media docena de tweets diarios.\r\n\r\nCuando uno sale de una de estas charlas lo tiene todo clarísimo. Con un manejo experto de las redes sociales el puesto sirviendo hamburguesas en una cadena de comida basura se convertirá en un cargo de alta dirección. Y ensayando un buen elevator pitch en la cola del paro nos ofrecerán un buen trabajo. Eso sí, el discursito que no dure más de uno o dos minutos: con ese tiempo es más que suficiente para que sepan quién eres, ¿no?\r\n\r\nA fin de cuentas, el éxito no está en el producto, sino en la marca. Grandes marcas como las de refrescos son negocios multimillonarios en todo el mundo, a pesar de ser perjudiciales para la salud. Otras, que fabrican automóviles, se consideran ejemplos de gran ingeniería aunque hayan trucado sus motores para poder vender vehículos que nos intoxican masivamente.\r\n\r\nNo importa que la ingeniería sea deficiente o que la “chispa de la vida” sea en realidad la chispa de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Una buena marca puede con eso y más. Durante años, la marca personal de tantos políticos corruptos podía más que lo evidente de sus prácticas corruptas, cuyos detalles han destapado jueces, fiscales y policías, pero cuyos indicios eran evidentes, públicos y visibles para los electores que, como un champú, les elegían en el supermercado electoral porque HS les parecía demasiado agresivo y Pantene, con sus melenas ideales, demasiado utópico.\r\n\r\nLo de la marca personal, es cierto, funciona. Pero sólo funciona para unos pocos. En un sistema laboral que fomenta la competitividad, cuatro millones de parados hace casi imposible competir con un currículum brillante. Siempre hay un candidato mejor preparado y, si no es así, mala suerte: estás sobrecualificado para el puesto. No pasa nada, porque tú, precisamente tú, tienes muchas ganas de trabajar. ¿Estás disponible para viajar de Madrid a Málaga cada semana? Hay cuatro candidatos dispuestos a ir y volver en el día, pagando la gasolina y las dietas de su bolsillo. Y un quinto que tiene un primo en Marbella que le da posada y fonda si hace falta ir para varios días.\r\n\r\nAsí que nos queda competir en marca personal, que es como “Mira quien baila” pero en plan duelo a muerte. En no pocas ocasiones pasa por vestirse un poco demasiado moderno, incluso de forma estrafalaria, decir cosas ingeniosas que sorprendan y hagan reír y tener un punto de descaro para decir lo que nadie se atreve a decir, pero sin que te corten el cuello por hacerlo. ¡Joder, acabo de describir al bufón de cualquier corte medieval!\r\n\r\nPorque las marcas personales sí que existen: en el deporte se habla desde hace mucho tiempo de los jugadores franquicia, esos que son el referente de su equipo en lo deportivo y que atraen a los aficionados. Hablamos de los Kobe Bryant o Stephen Curry que son la seña de identidad de los equipos de la NBA, o de los Cristiano Ronaldo y Messi de nuestra liga. Ellos tienen marcas personales que producen millones de euros anualmente.\r\n\r\nLo de los demás es, simplemente, imagen personal, prestigio profesional o como queramos llamarlo sin ser el bufón de la corte. La marca de los deportistas no sólo se sostiene por un peinado atrevido y una sonrisa de anuncio de (marca de) pasta de dientes. Si la marca personal de Messi vale algo no es porque sea especialmente pinturero o por su labia, sino porque juega al fútbol muy bien.\r\n\r\n¿Eres tan bueno como Messi en lo tuyo? ¿Ya venden camisetas con tu nombre? Habla entonces de marca personal. En otro caso, muestra tu preparación, tu profesionalidad e, incluso, si eres increíblemente bueno, tu humildad. Porque Messi sin otros 20 compañeros de equipo, entrenadores, responsables del césped, de la taquilla y de que haya balones en su sitio cuando hace falta, no tendría ninguna marca personal. Pretender que todos seamos la estrella a la que apuntan los focos genera legiones de personas frustradas que se culpan por no ser lo bastante buenas. A los productores de Prozac, Lexatin y Orfidal les gusta esto.\r\n\r\nAclarado que marca personal tiene una persona entre un millón, la de los simples mortales que también tenemos derecho a un trabajo digno y sólo queremos “vendernos bien” no es una marca personal, es una marca impersonal, que nos lleva a adoptar un rol, a fingir que somos vete a saber qué cosa: hay que sonreír siempre, tener un mensaje positivo y ser constructivo hasta cuando te escupen en la cara. La verdad, eso se parece más a los mayordomos robóticos de la ciencia ficción que a una persona. ¡Que no, que no hace falta que te conviertas en hombre (o mujer) anuncio del hombre (o mujer) que los demás esperan que seas para tener éxito! ¡Que Steve Jobs, el de las frases inspiradoras, era un borde insoportable! A él le funcionaba el rollo de la marca personal porque entre presentación y presentación pasaban muchas cosas que permitían que saliese al escenario con un iPhone en el bolsillo. Si hubiese salido con un producto condenado al fracaso, hablaríamos del maniático malhumorado que hundió Apple con sus excentricidades.\r\n\r\nQue el secreto del éxito sean las marcas personales sólo puede ser recibido con alegría por alguien que no tiene otras virtudes, o cuya mayor virtud es la de escribir libros de autoayuda (se llaman así porque ayudan a su autor, de ayudar a los lectores serían de ayuda a secas). Así que, si vas por ahí vendiendo todas esas teorías de la marca personal, o la que toque vender esta temporada, dedica unos minutos a retomar el contacto con las personas a las que has ayudado durante tu carrera. ¿Han triunfado todos o, al menos, una mayoría? ¿Has supuesto alguna diferencia en las vidas de muchos de ellos? ¿Has causado algún efecto que no se pueda achacar a lo puramente estadístico? Porque si tu ayuda no les ha llevado al éxito, o te han tocado todos los torpes a ti (tienes buena marca personal, pero eres gafe), o el humo que tú vendes emite más gases contaminantes de los permitidos. Yo, por si acaso, cuando me cruzo con los de tu gremio, me pongo la mascarilla.

Me vais a decir que con una vez basta para aprender. Pero en esta ocasión no fue así (tampoco).

Pasó el verano, las vacaciones, la jornada continua en el trabajo y un breve lapsus de desempleo de Roberto. Todo lo anterior nos permitió pasar bastante tiempo con el nuevo miembro de la familia, Pipa. Le enseñamos a hacer pipí y pupú en la calle, a aceptar que tocáramos su comida, a obedecer “No”, a responder al “Muy bien”, a sentarse y algunas cosas más básicas para la convivencia. Sin embargo, cuando llegó el horario de invierno y Roberto volvió a trabajar, Pipa pasaba mucho tiempo sola. Algunas veces, al llegar a casa, nos encontrábamos con que “alguien” se había entretenido en comerse los rodapiés de parqué, los varales de la mesa de madera y mis zapatillas.

Como decía antes, una vez debería haberme bastado para aprender. Roberto empezó a dejar caer que Pipa necesitaba compañía, y que quizá le sentase bien tener un gato en casa. Cuando digo que “empezó a decir” no me refiero a que lo mencionó de pasada, sino que recibía (otra vez) correos suyos con fotos de gatitos, que hablaba de gatos hasta hartar, de lo bien que le vendría a Pipa otro animal en casa, que me enviaba estudios, artículos, reportajes y cualquier cosa que se os ocurra donde se loaran los beneficios de la convivencia perro-gato. Yo dije: “NO QUIERO GATO”.

Para qué insistir.

El 3 de enero del año siguiente a que llegara Pipa, recibí un email de una amiga: Me decía que tenía en su casa del pueblo una gatita recogida de la calle, y que si sabíamos de alguien que quisiera quedársela. Resulta que tenía leucemia felina, y ella ya tenía un gato en casa al que se la podía contagiar, por lo que no podía quedársela. Para colmo de maldades el correo iba con fotos. Un consejo, si os mandan correos con lastimosas o enternecedoras fotos de animalitos, ¡¡¡no los abráis!! puede ser más peligroso que el spam, el phishing y el morphing juntos. Sé de lo que hablo.

Así pues, entrando en el juego de Roberto, el día 4 le di a reenviar. La respuesta fue:

A lo que yo respondí: “¿Ese … cómo debo interpretarlo?” Hasta la fecha sigue sin responderme. A partir de ahí no sé qué me pasó. Tal vez pensé que realmente la perra necesitaba compañía o quería que Roberto aprendiese, de una vez por todas, a no hacerme creer que algo le interesaba cuando no era así.

El día 5 de enero, mientras la cabalgata de Reyes recorría las calles de Madrid, la gata llegó a casa.

Gata

Entra dentro de la lógica de nuestro sistema económico que las compañías intenten favorecer a sus propios productos frente a los de los competidores. El mal llamado libre mercado permite, con ciertos límites legales, que el vendedor haga lo que quiera con su producto. Todos hemos tenido en casa alguna impresora de inyección de tinta cuyos cartuchos costaban más que la propia máquina, como si en su interior hubiese sangre de unicornio virgen derramada una noche de Luna llena, en vez de unos pocos mililitros de tinta de colores. Hace ya muchos años, los usuarios de micros AMD, descubrieron la forma de hacer que sus procesadores funcionasen a mayor velocidad de la especificada: en realidad, las versiones más baratas eran idénticas a las superiores, pero estaban limitadas para tener varios productos de varios precios.\r\n\r\nEstas prácticas pueden parecernos más o menos elegantes, y plantean dilemas éticos. Tanto las impresoras de usar y tirar como el procesador que hay que cambiar antes de tiempo por otro más veloz generan residuos y aumentan la producción innecesariamente, con el consiguiente deterioro del planeta. Los productos hechos para durar muchos años son más respetuosos con el medio ambiente. Reparar las cosas que se estropean si es posible es tan importante como reciclar.\r\n\r\nSin embargo, hasta las grandes empresas tienen algunos límites. Pocos y no siempre respetados, pero los tienen. Uno de esos límites es el de no perjudicar a la competencia aprovechando una situación de monopolio. Microsoft conoce muy bien esa regla: en 1997 evitó que Borland les llevase a juicio por competencia desleal mediante un acuerdo entre ambas partes cuyo contenido se desconoce, pero que es seguro que costó a la compañía fundada por Bill Gates y Paul Allen una millonada. Borland acusaba a Microsoft de utilizar en sus compiladores (el software utilizado para convertir el código de programación en aplicaciones) funciones secretas del sistema operativo que le daban ventaja respecto a los compiladores desarrollados por Borland.\r\n\r\nMás adelante, Microsoft volvería a sufrir algunos reveses. En 2010 tuvo que publicar BrowserChoice, una página en la que ofrece al usuario de sus sistemas operativos la posibilidad de instalar un navegador diferente de Internet Explorer. Para la Comisión Europea, Microsoft utilizaba su posición dominante en el mercado de los sistemas operativos para imponer su navegador web, preinstalado en estos. Mucho antes de esto, en 2000, un juez falló en contra de la posición de monopolio de Microsoft y les sentenció a dividir la compañía en dos partes: una dedicada al sistema operativo Windows y otra para todo lo demás. La sentencia nunca llegó a materializarse y la situación de monopolio que la motivo parece superada a día de hoy.\r\n\r\nHay que preguntarse qué pensarán los que vivieron en Microsoft aquellos tiempos difíciles cuando ven cómo Google acapara el mercado de los datos personales. Eugeny Morozov explica en su libro “La locura del solucionismo tecnológico” que la gran ventaja de la compañía no es que sus algoritmos sean mucho mejores que los de sus rivales, sino que procesan una cantidad de datos mucho mayor que los demás, lo que les permite afinar mejor sus resultados. Bienvenidos a la era del big data.\r\n\r\nY, sobre todo, hay que preguntarse por qué una empresa como Facebook, que ostenta el monopolio de un determinado tipo de red social tras sacar del mercado a Hi5, Friendster o MySpace, puede perjudicar a sus competidores a plena luz del día sin que nadie les lleve a los tribunales. La compañía de Zuckerberg posee la aplicación de mensajería móvil Whatsapp, así como la red social de fotos Instagram. Ambos productos han bloqueado los enlaces a Telegram, uno de los principales rivales de Whatsapp en el mercado de la mensajería instantánea, que en Tek’n’Life nos gusta especialmente.\r\n\r\nSi hace 15 años Microsoft estuvo a punto de ser partido en dos para garantizar el juego limpio con sus competidores fue por causas mucho menos visibles. El veto de Facebook a las aplicaciones y servicios que pueden hacer sombra a las de su propiedad es público, hecho a la luz del día y alguien debería hacerse mirar por qué el listón ha bajado tanto en los últimos años. Pero lo que más sorprende es que Facebook, líder indiscutible del mercado de las redes sociales y empresa que, pese a haber frenado en su crecimiento, es una máquina de ganar dinero, muestre tan a las claras que tiene que proteger una inversión de 16.000 millones de dólares porque, pese a ser líder en su sector, tiene competidores dispuestos a disputarle ese liderazgo.\r\n\r\nEstá por ver si limitar la interacción de tus propios usuarios para que no se vayan a la competencia tiene el efecto deseado o, por el contrario, los usuarios preferirán utilizar herramientas que no vayan a ser limitadas por el fabricante para satisfacer sus intereses particulares, y no los de los usuarios. Y es que el mercado, cuando era un poco menos libre y los jueces miraban con lupa a esos informáticos excéntricos, era más eficiente y mejor para el consumidor. La mano bien visible del regulador evita que los Zuckerberg del mundo intenten decirnos qué aplicaciones nos conviene utilizar y cuáles no.

Pasaron los años. Otra pareja, otra casa, pero la misma firme decisión: “No quiero bichos en casa”. Sin embargo, a mi pareja, Roberto, le gustaban los perros. Llegué a esa conclusión porque durante los cinco primeros años de convivencia se vio todos los programas de “El encantador de perros” de César Millán, me mandaba por email fotos de perritos e, incluso, convenció a una amiga que tenía un Yorkshire para que se lo prestara algunos fines de semana. A todo esto, cada vez que teníamos cualquier tipo de conversación (subrayo el “cualquier”), siempre la zanjaba con un: “Pues entonces me compro un perro”.

En cierta ocasión me convenció para hacer una apuesta: Si bajaba (él) 15 kilos en un año, tenía que aceptar perro en casa. Convencida hasta la médula de que no lo conseguiría, sellé el pacto con un apretón de manos ante testigos del compromiso. Los meses iban pasando y el muy capullo se iba acercando peligrosamente a la cifra convenida. Seguro de su victoria empezó a enviarme, a diario, enlaces a fotos de perritos con cara lastimera, provenientes de refugios para animales abandonados. Pero no conseguiría ablandarme. La imagen de un sofá lleno de pelos, y de tener que sacar a un chucho a cagar tres veces al día, con lluvia, nieve o sol, era demasiado poderosa.

Así, el año se iba acercando a su fin y él a los 15 kilos de menos, y yo veía cómo no me iba a quedar otra que tragar con el bicho. De nada servían los argumentos acerca del tiempo que el pobre animal tendría que pasar solo en casa, de las ataduras de tener un chucho, de no poder ir de viaje sin dejar al animal con alguien o en algún caro hotel canino, de los gastos en vacunas, comida, etc. Todos los días entraban en mi correo enlaces a webs de refugios y protectoras, o de gente que regalaba perro. Nada de perros de tienda. Alguno para adoptar y que dieran de alguna camada para salvarlo de la muerte y el abandono. ¡Qué tierno!, ¿verdad?

Hay que saber ganar y hay que saber perder. Yo iba a perder, y la única opción que me quedaba era hacerlo con cierta dignidad e ir haciéndome a la idea de que, en poco tiempo, habría perro. Como la fecha de finalización de la apuesta caía más o menos cerca de su cumpleaños, decidí regalárselo. Estaba claro que él quería perro, ¿o no?

Por tantear, se me ocurrió preguntar a mi hermano. Él vive en un pueblo de Granada, y en los pueblos siempre es más fácil encontrarte con gente que le han pillado a la perra y cuyos cachorros, con toda probabilidad, acabarán ahogados en un cubo de agua, o dentro de una bolsa, en el río. Así es que le dije a mi hermano que si se enteraba de alguien que fuese a tener una camada, de un perro que no fuese muy grande, ni muy peludo, que me avisara, que estaba viendo posibilidades, a ver si para mayo o junio (estábamos en marzo), tal vez, pudiera ser que, si no había más remedio, perhaps, y si los astros entraban en la conjunción adecuada, quizá me plantease la posibilidad de quedarme con un cachorro.

Digamos que eso fue un lunes. El martes recibo una llamada de mi ‘brother’ diciéndome que le preguntó a una amiga que tenía un perro que era buenísimo, y que la madre de ese perro, que era de otra amiga, había parido hacía poco (la madre del perro, osea, la perra). Que la amiga (la primera) ya se había llevado una perrita a su casa, pero que como ella vivía con el padre y el padre detestaba a los perros (aunque ya tenían uno, ese tan buenísimo), o me lo llevaba YA, o lo mataban. Empecé a sentir un poco de pressing.

No me quedó más remedio que destaparle la sorpresa a Roberto: “Amor mío. Como sé que siempre has querido perro, y he perdido la apuesta, he de comunicarte que ya tengo un perrito para ti”, y le conté lo de las amigas, el perrito buenísimo y la cachorra con pena de muerte inminente. ¿Cuál creéis que fue la respuesta? ¿Por fin mi perrito? ¿Cuánto tiempo he esperado que llegara este momento? ¿Cómo me alegra poder salvar a un chucho de las garras de la muerte? ¿Un simple gracias? No, nada de eso. La respuesta de Roberto fue la siguiente: “Yo no quería perro”. Literal.

Unos cuantos gritos (míos) más tarde, la explicación que más o menos pude entender, dentro del estado de shock en el que me encontraba fue que, en realidad, le gustan los perros, sí, pero no quiere perro. Estos cinco años de insistencia hasta el límite eran sólo para hacerme rabiar porque yo decía que no quería, y para probarse a sí mismo que puede ver fotos de perros sin querer tener un perro. Lógico. ¡Cómo pude no darme cuentan antes! Está claro que cuando alguien se pasa un lustro tratando de convencerte de tener un perro en casa es porque, en realidad, no lo quiere.

Se me calentó un poquito la sangre, lo confieso, y me dije a mi misma que, fuera como fuese, Roberto se iba a tragar ese perro. Hablé con mi hermano para que detuviera la ejecución, y el miércoles ya lo tenía él en su casa, a la espera de que yo llegara a recogerlo el viernes desde Madrid. Oficialmente comuniqué: “Roberto, querido, el lunes llega tu perro”.

Pipa-cachorra