El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.
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¡Socorro! Tengo un podenco

Hay veces en las que me acuerdo de la difunta Gata, de todas las trastadas que hizo, de las veces que se meó en el puff y de sus casi exitosos intentos de liquidar a Pipa. Aunque la echamos de menos, sería falso no admitir que la tranquilidad llegó a nuestras vidas el día que se murió. Llegamos a tener cuatro gatos para llenar el vacío que nos dejó, pero de ninguna manera los cuatro gatos juntos llegaban a dar ni un 10% de la guerra que dio aquella gata bandida de apenas 2 kilos de peso.

La vida transcurría tranquila hasta que llegó Maya. Ya he contado cómo esta perra sevillana (en el sentido más literal dela frase) acabó metiéndose en nuestras vidas, lo que no he contado es que es la encarnación de Kali, la diosa hindú de la destrucción.

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La primera vez que enseñamos, con orgullo de padres, la foto de Maya a nuestros amigos, escuchamos comentarios como: “Los podencos son carne de perrera”, “Es imposible educar a un podenco, por eso acaban siempre abandonados”, “¿Cómo se os ha ocurrido adoptar un podenco?”, “¿No intenta cazar a los gatos?”… Empezamos a sospechar que su sangre podenca podía tener algo que ver con su aparente “autismo” para cualquier intento de enseñarle a obedecer una orden sencilla y con el acoso permanente al que somete a los gatos.

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Maya es la típica acosadora de patio de colegio que se mea encima cuando otro más grande le hace frente, pero sobre todo es una versión loca de Hulk, sólo que en vez de volverse verde y destrozar camisas cuando se enfada, a esta perra directamente se le va la pinza cuando entra en modo bucle obsesivo, no hace caso de nada ni de nadie. Al menos Hulk tiene a la Viuda Negra para ayudarle a volver a ser Bruce Banner. Para que Maya regrese a un estado de tranquilidad hay que esperar a que se dé una conjunción planetaria, capturar un unicornio arcoiris y hacer una danza ritual sobre un volcán de lava hirviente.

Maya tiene la habilidad de despertarnos la más extrema de las ternuras y provocarnos el más extremo de los cabreos. No se puede negar que es una perrita cariñosa y sociable como pocas, un bicho peludo difícil de no achuchar, acariciar y querer, alegre porque sí y excepcionalmente lista para lo que quiere. Como defectillo tiene el de no hacer ni puñetero caso y el de haberse comido cinco mandos de la tele, los dos brazos de un sillón, todos los cojines de la casa, el edredón nórdico, las fundas del edredón nórdico, un marco de puerta, un mueble de Ikea, los cobertores del sofá, las sábanas de verano, la manta de mi hija, el forro del somier, varios trozos de pared, dos alfombras de baño, varias chanclas de playa y un sofá. Y no se puede decir que lo haga cuando la dejas sola en represalia por haberla dejado sola, no. Muchas de esas cosas se las ha comido estando nosotros en casa, las ha agarrado, se ha ido tranquilamente al salón o al dormitorio, y ha empezado a mascar hasta no dejar más que hilos. Cuando la hemos pillado y empezado a dar voces como energúmenos, simplemente nos ha mirado bajando la cabeza, ha agachado las orejas, ha resoplado y ha vuelto a las andadas nada más darnos la vuelta.

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¿Recordáis cuando os contaba que la difunta Gata se ponía en la puerta a esperar a que Pipa volviera del parque y, cuando lo hacía, la perra le metía la cabeza por debajo del vientre y la levantaba en vuelo? Maya tiene una curiosa relación con los gatos de la casa.

  • Trece y ella directamente no se llevan. Si vamos a comer, Maya no deja que Trece se acerque a la mesa. Es su forma de decirle que no está invitado al reparto de sobras. Trece espera pacientemente en algún pasillo o detrás de alguna puerta, y le arrea un zarpazo a Maya en cuanto tiene ocasión. La situación entre ambos es tan delicada que cuando, por la razón que sea Trece se ha asustado, automáticamente ha pensado que era culpa de Maya y ha ido a buscarla para darle leña.
  • Loli vive en una eterna lucha consigo misma y con el mundo. Sus conflictos interiores hacen que quiera pero no quiera. Le encanta jugar, pero no quiere jugar con nadie. Maya la persigue por la casa cada vez que la ve y Loli bufa y ataca para hacerle saber que no quiere nada con ella, pero cuando Maya se va a perseguir a otro gato, Loli la mira con pena en los ojos, diciéndose a sí misma que la cara vista es un anuncio de signal, y la cara oculta es la resulta de su idea genial de echarla, le cuesta tanto olvidarla.
  • Mac, el tierno Mac con su voz de pito. El pobrecito sólo sabe esconderse y arrugarse cuando ve venir al terremoto Maya, de frente hacia él con una boca abierta llena de dientes, en plan apisonadora y directa a su cuello.
  • Eme es rara. Muy rara. Cuando volvemos del parque con las perras por la mañana Eme está montando guardia para que no se nos olvide que es la hora de comer, y Maya, ante la expectativa de zampar se entusiasma tanto que se flipa sola. La hora de la comida es uno de esos momentos en los que a Maya más se le va la pinza, porque mientras preparamos los cuencos de todos, ella se abalanza sobre los gatos, pero especialmente sobre Eme. La persigue por la casa, se tira encima de ella, la agarra con los dientes por el pellejo del cuello y empieza a arrastrarla por la cocina o el salón mientras Eme, paralizada, chilla. Nos preocupaba bastante ver a Eme arrastrada del cuello por el suelo como si fuera un calcetín, así que al principio regañábamos a Maya para que soltara a la pobre gata, hasta que nos dimos cuenta de que era Eme la que se ponía a pasear su culo por los morros de Maya hasta que la perra entraba al trapo (lo cual era muy fácil) y le daba un paseo gratis por el parquet. Pues así todos los días.

Maya todavía es una cachorra, hace muy poquito que ha cumplido un año, pero ya ha superado en trastadas y sustos a la difunta Gata que en gloria esté. Del último todavía me estoy recuperando yo y aún sigue ella castigada (y por mi lo estaría de por vida). Haciendo la historia corta, recién llegamos al parque por la mañana y las suelto, Maya ve a una señora con un perro que le chirría. Maya empieza a ladrarles mientras los ve salir del parque y cruzar la carretera y, como no le hacen ni caso se empieza a rayar. Total, que decide ir a decirles personalmente que hay algo en ellos que no le gusta, y sale disparada.

Maya corre detrás.

Yo grito.

Maya sigue corriendo y sale del parque.

Yo grito más y echo a correr también.

Maya cruza una carretera.

Los coches pegan frenazos.

Yo corro.

Pipa cree que es un juego y también corre.

Maya sigue persiguiendo a la señora con el perro y cruza otra carretera.

Más coches dando frenazos.

Yo cruzo la primera carretera sin mirar.

Pipa se lo pasa pipa y me adelanta para alcanzar a Maya.

Frenazos.

Maya alcanza a la señora y al perro.

Pipa alcanza a Maya.

Yo alcanzo a todos.

Coches atravesados acordándose de mi madre y de la de mis perras.

Llamo a Maya, que no me hace caso. Consigo que la señora agarre a Maya. Consigo enganchar a Maya con la correa. Engancho a Pipa, que seguía brincando la mar de contenta, y tiro para casa pegándole tirones a Maya y echándole la bronca del siglo. ¿Creéis que ha servido de algo? Claramente no.

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Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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