El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

¿Qué felices seremos?

La gata entró en casa con su tierna historia de abandono y hambre detrás. Todo fachada. Por lo visto, llevaba semanas deambulando por el pueblo donde mi amiga la recogió, paseándose por la iglesia en hora de misa, maullándoles a las buenas gentes de allí y, en fin, tratando de hacerse notar. Hasta que finalmente se coló en casa de mi amiga y, por ende, en la mía.\r\n\r\nSu aspecto era de cachorrilla, muy pequeña, muy flaca. El veterinario comentó que estaba desnutrida y que era imposible determinar su edad. La dentición definitiva ya estaba completa, a falta de un dientecillo incisivo que debió perder por el camino, pero su tamaño y su peso apenas se acercaban al de un gato adulto. Penita de animal.\r\n\r\nComo venía con hongos en cabeza y orejas, no pudimos empezar a vacunarla hasta que conseguimos que desaparecieran, lo cual no fue cosa de dos días, dicho sea de paso. Aparte de la medicación, el veterinario recomendó que todos los días se le lavase la cabeza con jabón casero y luego con agua oxigenada, para matar lo que sea que fuera con el contraste ácido-base. ¿Lavarle la cabeza a un gato? Eso es, lavarle la cabeza a un gato. Durante dos meses, seguimos como pudimos las instrucciones del veterinario. Finalmente, la gata le dijo adiós a los hongos y hola a su nuevo look de rubia oxigenada.\r\n\r\nPipa+gata\r\n\r\nAparte de una mala leche impropia de un animal agradecido, Gata manifestaba un apetito desmedido y una especial devoción por Pipa. Cuando sacábamos a la perra, la gata maullaba desesperada como alma en pena por toda la casa, buscándola. Cuando sentía la puerta, salía disparada para hacer una cosa muy rara: ponerse transversalmente a la trayectoria de la perra. Cada vez que esto sucedía, Pipa, que entraba a casa como toro en toriles, embestía a Gata con la cabeza por debajo del abdomen hasta llegar a levantarla del suelo. E invariablemente, cada vez que la perra volvía de la calle, la gata buscaba el mismo resultado, una y otra vez.\r\n\r\nJugaban juntas hasta agotarse y, después, se quedaban dormidas juntas también. Sin embargo, como la perra había llegado antes, mantenía ciertos privilegios, como el de dormir por la noche dentro de nuestro dormitorio. La gata dormía en la cocina. El que pasasen la noche separadas fue una cuestión de pura supervivencia. La gata parecía poseída, especialmente por las noches, su actividad era frenética, y su obsesión por jugar a todas horas con la perra llegó a un punto en el que juraría que Pipa tenía ojeras de no dormir. Nos dimos cuenta de que la perra se escondía de la gata para tratar de arrancarle unos minutos al sueño en cualquier rincón, porque en cuanto la gata la encontraba, se lanzaba sobre ella como un tigre y la tentaba para que entrara al trapo, cosa que conseguía el cien por cien de las veces.\r\n\r\nEvidentemente, no sólo no podía dormir la perra. Nosotros tampoco pegábamos ojo. Bueno, para ser exactos, yo no pegaba ojo. Roberto, como buen ejemplar del sexo masculino, no tenía el más mínimo problema para dormir en medio de un bombardeo. A pesar de varios tabiques y tres puertas cerradas de por medio, escuchaba el estrépito que la gata montaba en la cocina desde el dormitorio. Yo no me explicaba qué demonios hacía para provocar ese sonido, como si golpeara una pared con un martillo, hasta que lo descubrí y no pude por más que hacer como todas las madres, gritar su nombre completo para que supiera que se la iba a ganar.\r\n\r\n¿Qué era ese ruido entonces? Aunque parezca increíble, era el sonido del cuerpo de la gata estampándose contra el frigorífico.\r\n\r\nY no la estaba lanzando nadie, se lanzaba solita.\r\n\r\nQuería hacer caer los imanes de la nevera.\r\n\r\nY lo consiguió.\r\n\r\nEl día que volvimos de trabajar y nos encontramos a la perra en el sofá devorando con fruición unos imanes de escayola que nos trajeron de Grecia, lo comprendimos todo. Gata cabr***, al lavadero.\r\n\r\nEse fue uno de los muchos tándenes diabólicos que protagonizaron las dos. Básicamente, nosotros nos empeñábamos en poner cosas fuera del alcance de la perra para que no se las comiese, y la gata se dedicaba a volver a ponérselas a mano en cuanto salíamos por la puerta. En el cómputo general de bienes destruidos por el método del “yo te lo alcanzo” hay, hasta la fecha, 3 bluetooth, entre 5 y 6 auriculares, 4 mandos a distancia, varios libros, los imanes de la nevera, unos cuantos chiles picantes, una ración de carne empanada con ensaladilla rusa con su táper, incontables bolígrafos, rotuladores, lápices y pinzas de la ropa, y una cantidad mortal de chocolate. Pero esa historia me la dejo para más adelante.\r\n\r\ngata-dormida

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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