El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

¡Lo que sufrimos las madres solteras!

Una de mis tías solía exclamar entre suspiros: “¡Lo que sufrimos las madres solteras!”, cada vez que en alguna reunión familiar alguien contaba alguna pena, una alegría, un chiste o lo que fuera. Vamos, que no perdía ocasión de soltarlo. Mi tía no era madre soltera aunque tuvo, como muchas mujeres en aquella época, que casarse de penalti.

Me acuerdo mucho de aquella frase, especialmente cuando pienso en todas las cosas que se llegan a hacer o aguantar por los que quieres, tengan dos piernas o cuatro patas. Me recuerdo y me veo haciendo cosas que no podría contar en una reunión de amigos sin que dijeran que estoy muy, pero que muy mal. ¿Ejemplos?

Como la Loli  tiene ese espíritu tan “sociable” que, básicamente tiene que ir a hacer sus necesidades a escondidas para que el resto no le zurren, se pasas demasiadas horas sin hacer pis, y los riñones los tiene engrosados. Ahora, varias veces al día la cogemos, echamos a todos los gatos del lavadero, la metemos a ella y nos quedamos bloqueando la puerta para asegurarnos de que hace sus cosas sin interrupciones.

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(Loli reunida consigo misma en algún lugar elevado y apartado del mundo)

Como a Maya le encanta tanto roer (los agujeros en mis colchas, cojines, calcetines y edredones lo prueban) alguna vez le he comprado huesos de pellejo para que se entretenga. El problema es que se entretiene tanto que no sale a saludar cuando llega alguien, te ignora cuando la llamas, no le ladra al timbre de la puerta y, cuando se está orinando, coge su hueso entre los dientes, se mete debajo de la mesa del comedor, mea, y se regresa al sofá a seguir royendo como si nada.

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(Este es mi cargador de iPod después de pasar por los dientes de Maya)

Como Trece vive permanentemente resfriado hay ocasiones en las que, cuando estornuda, echa unos mocos verdes, largos y pastosos que se le quedan colgando de la nariz y, en ocasiones, se le pegan en la cabeza. Cuando eso pasa nos toca ir detrás del gato para limpiarle los mocos antes de que se los coma y a nosotros nos dé un ataque de asquito.

Igual cuando se pone malo del estómago y tiene diarrea. Como tiene el pelo tan largo, y con todo lo grande que es todavía no sabe tapar su caca, en ocasiones se le quedan restos el el pelo alrededor del ojete. Generalmente nos damos cuenta cuando el gato salta sobre nosotros y se nos sienta encima. Ese es uno de los momentos más “¡mayday!, ¡mayday!” que se pueden vivir. Movilización general: uno agarra al gato todo despatarrado, con el culo para arriba, mientras otro corre a buscar toallitas higiénicas y empieza a dejarle el agujerillo del culo (y alrededores) como una patena. Cuando te pilla estando solo la cosa es bastante más divertida.

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(Además de moquear, a Trece le encanta dormir panza arriba sobre tus apuntes cuando estudias. Sus favoritos son los de química)

Como conté antes, el carácter asocial de Loli hace que nadie quiera jugar con ella (ni ella con nadie, seamos sinceros), por lo que la pobre se mete cada vez más en su cebolla a lo Shrek. La única forma que hemos descubierto que hace que baje sus defensas emocionales y se enternezca es lamiéndole la cabeza de vez en cuando. ¿Que cómo lo sabemos? No preguntes si no quieres conocer la respuesta.

Como Maya todavía es joven y tiene algo de mamitis, tengo que dejarla entrar al baño cuando voy a ducharme. Generalmente Loli también está ahí. Mientras estoy bajo el agua Maya se entretiene en comerse la alfombrilla del baño y Loli se tumba en mi toalla. Cuando salgo tengo que hacer malabarismos para no pisar a la perra (que por supuesto no se quita), y echar a Loli para poder secarme, al tiempo que me embadurno de buena mañana de una parte de mi ración diaria de pelos de gato.

Pipa es una especie de Sheldon Cooper para el sofá. Tiene su sitio, es el que le gusta y donde quiere ponerse. Le da igual si hay tres personas prietamente sentadas. Después de lloriquear, gemir y aullar, saltará encima y presionará con todo su ser para que, milagrosamente, el sofá ensanche 30 cm más y pueda caber. Como eso no ha pasado todavía, se sube al brazo del sofá y se te queda mirando fijamente, muy fijamente, hasta que te levantas y te vas o aceptas ver la película con ella tumbada encima. Sólo son 12 kilos pero, como dice el hombre del tiempo, la “sensación térmica” es de muchos más.

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(Estés donde estés, ellas quieren estar contigo)

A Pipa le encanta revolcarse en el césped cuando vamos al parque. Impregnarse de los olores de la naturaleza y disfrutar del frescor de la hierba verde. Más de una vez, al regresar a casa he ido a limpiarle el barro que se le había quedado pegado en el cuerpo y…, bueno, no era barro. ¿Tienes prisa por ir a alguna parte? Pues no la tengas, porque en ese momento toca perseguir a Pipa por la casa, porque cuando se huele que hay baño sale corriendo a esconderse debajo de algo y se deja caer como si se quedase pegada al suelo. Hay que arrastrarla, tirar de ella, empujarla hacia el baño y lidiar con una mirada de condenado a muerte mientras le echas agua y champú.

En fin, así nos entretenemos y pasamos los días. Tengo hijas y tengo animales, y puedo constatar que no dan más trabajo los animales que los niños. Ambas cosas son, y serán siempre, cuestión de responsabilidad y de cariño. Aunque sea escatológico, cuando quieres a alguien y te sientes responsable, te da lo mismo que los mocos salgan de una nariz humana que de una animal.

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

Un comentario en “¡Lo que sufrimos las madres solteras!

  1. Me suena mucho la foto de la cama jijiji Muy bonito los animales sí es cierto que son como hijos que nunca crecen y que tampoco deseas que lo hagan

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