El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Las redes sociales son muy, muy, muy peligrosas

Nuestra pequeña familia animal pasaba sus días tranquila, envuelta en su rutina habitual: Trece moqueaba e ignoraba a Pipa, Eme acosaba a Loli e ignoraba a Pipa, Loli huía de Eme e ignoraba a Pipa, Mac pedía que le rascaran la cabeza e ignoraba a Pipa… y Pipa miraba “telegato” con cara de circunstancias todo el día, aburrida como una ostra.\r\n\r\nRoberto y yo nos mirábamos y recordábamos cómo acabamos con 4 gatos por el deseo de que Pipa no se sintiera sola. Un hilo de acontecimientos que tuvo su Edad Dorada cuando la difunta Gata vivía y que nos acabó arrastrando a una de esas situaciones que evitas comentar con amigos, familia y conocidos, porque sabes que el pensamiento que pasará por la cabeza de todos será: “Son como la loca de los gatos”.\r\n\r\nEl problema de convivir con animales es que acabas desarrollando una sensibilidad especial hacia todo bicho viviente. Igual que cuando tienes hijos. Yo, por lo menos, lo paso horriblemente mal con las escenas violentas de las películas o las noticias del estilo a raíz de tener a mis hijas, y ha ido a más tras tener animales. En realidad, el solo hecho de pensar que existen personas capaces de causar daño a los más indefensos e inocentes, como los niños y los animales, me descompone el cuerpo de tal manera que me duele mucho, incluso en la ficción.\r\n\r\nVer a Pipa tan abatida era muy triste, y en alguna ocasión intentamos tener en casa una conversación sobre la posibilidad de traer otro perro. Entonces empezábamos a contar y, al llegar a cinco nos dábamos cuenta de que sólo pensarlo era una locura. ¿Y si no congenia con los gatos? ¿Y si no congenia con Pipa? ¿Y si todo sale del revés y tenemos otro animal en casa y Pipa sigue triste? Y a todo eso hay que sumarle lo que cuesta mantenerlos a todos, darles una comida medio buena y que tengan sus revisiones al día, posibles accidentes aparte. Así que lo pensábamos y lo despensábamos rápidamente.\r\n\r\nEn cierta ocasión la cara triste de Pipa cuando intentaba jugar con Eme y le dio el culo con desprecio, casi nos hace adoptar un mastín de los Pirineos. Lo que nos echó atrás fue pensar que cuando Pipa se hirió la pata tuvimos que llevarla en brazos al hospital. Pudimos hacerlo porque pesa 11 kilos, si llega a pesar 80 no hubiéramos podido alzarla del suelo. Bueno, también nos echó atrás caer en la cuenta de que si en invierno a todos los bichos (menos a la pobre Loli) les da por venir a dormir con nosotros…\r\n\r\nComo las redes sociales son como son y están pensadas para lo que están pensadas, hace tiempo que me tenían calada y bombardeaban mi timeline con anuncios de protectoras, vídeos de perritos y peticiones urgentes de ayuda.\r\n\r\nYo me resistía como podía. Cuando la pena era mucha y la tentación también, le enviaba el enlace a Roberto y él se encargaba de ponerme los pies en tierra usando sus mejores argumentos como armas: “¿Aguantarás más pelos en casa?” Por general esa pregunta bastaba para rebajar en nivel de emoción, superar el momento de peligro y dejar de mirar Facebook por una semana.\r\n\r\nSin embargo, de la misma manera que hay ocasiones excepcionales en las que los astros se alinean en el cielo, hay otras en las que parece que todo se confabula para obtener un propósito muy claro (y prometo por lo más sagrado que no leo a Paulo Coello).\r\n\r\nPues nada. Un día andaba en Twitter para huir del acoso perruno de Facebook cuando, de pronto, veo un retuit de Arturo Pérez Reverte sobre una perrita y sus dos cachorros de apenas dos meses, rescatados de un vertedero en Sevilla. El resto de la camada había muerto aplastada por las máquinas y las basuras, y se habían llevado a la mami y a los dos pequeños a una residencia temporal mientras les buscaban adoptadores.\r\n\r\nzara+hermano\r\n\r\nLo último que me esperaba era que el maestro de las hostias verbales me pillara con las defensas bajadas, justo en el día tonto. Como siempre, activé las contramedidas y le pasé el enlace a Roberto para que me ayudara a desistir. Sin embargo, en lugar de sus habituales razonamientos en contra me respondió con un: “Si lo haces no quiero saberlo hasta que lo hagas”.\r\n\r\nEstaba empezando a ajustarse un nudo alrededor de mi cuello y yo sólo podía contemplar cómo mi propia mano tiraba para apretarlo más. Y cuanto más hacía para desliarme, más me enredaba.\r\n\r\nEn un alarde de ingenuidad muy propio de mi escribí para interesarme por los perritos y tratar, al mismo tiempo, de echar balones fuera explicando que era una pena que los cachorros estuvieran en Sevilla y yo en Madrid. La respuesta fue que no había problema, que podían viajar a cualquier parte de España, especialmente a Madrid. Alea jacta est.\r\n\r\nPara hacer la historia corta acabé rellenando los papeles de adopción de uno de los dos cachorros, una hembra de color canela con las cuatro patas blancas. De no haber tenido gatos en casa me hubiera quedado con la mamá, pero había más probabilidades de que todo el mundo se sintiera menos amenazado por un cachorro que por un perro adulto.\r\n\r\nRoberto no quiso saber nada hasta el día que recogíamos a la perrita. Venía en un transporte especial para perros que hacía la ruta Sevilla-Madrid-Zaragoza-Barcelona recogiendo y entregando animales para adoptar. Justo antes de salir de casa para recogerla en el punto de encuentro nos dijo: “Mira la casa, mira a los animales, mira cómo está todo… porque a partir de hoy nada volverá a ser igual”.\r\n\r\n¡Cuánta razón tenía el bocarrape!

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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