El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Eso no se come

Lo realmente divertido ocurría cuando llegaba a casa de trabajar y me encontraba el estropicio del día. El tándem diabólico había estado a sus anchas, haciendo de las suyas. Algunas fueron hasta divertidas y, otras, épicas.\r\n\r\nEntre las divertidas contaré una vez en que, la amiga gata, alcanzó unos chiles picantes que teníamos colgados para que se secasen y los tiró al suelo. La perra, que es una aspiradora ansiosa, agarró su premio ni bien tocó el suelo y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, se lo llevó al sofá y se lo tragó. Luego ya fue tarde. Vomitó todo lo que tenía en el estómago (por supuesto, en el sofá), y se tragó casi el litro de agua que había en los bebederos (que luego volvió a vomitar). La gata, cómo no, silencioso testigo de los hechos, simplemente se sentó a mirar y tomó nota. Hubo que limpiar y fregar todo el desastre, pero me reía tanto imaginándome lo que había pasado, que lo hice con gusto. Mi único sinsabor fue saber que la gata, muy lista ella, no llegó a degustar su travesura.\r\n\r\nOtra, más sorprendente que divertida, fue una vez que, al levantarme por la mañana vi algo que me dejó patidifusa un buen rato. El día anterior me habían regalado un táper con carne empanada y una generosa ración de ensaladilla rusa. Como hacía frío, lo dejé sobre la mesa, dentro de una bolsa, preparado para ser mi almuerzo en el trabajo al día siguiente.\r\n\r\nA la mañana siguiente, al ir a la cocina vi la cosa más sorprendente que os podáis imaginar. El táper estaba en el suelo, vacío y… ¡cerrado! Me quedé mirándolo un buen rato, sin pensar todavía en que me habían dejado sin comida (porque estaba claro, una vez más, que era cosas del tánden diabólico). No podía entender lo que veía. Estaba claro que la gata se había subido a la mesa de la cocina y lo había tirado al suelo. Era evidente que la perra había dado buena cuenta del filete empanado y la ensaladilla rusa (la pista me la dio la propia perra, tirada inmóvil junto al táper, con la barriga como un globo y restos de ensaladilla en el hocico). Lo que no entendía, por más mirase, era cómo podía seguir el táper cerrado. Del mismo impacto contra el suelo podía haberse abierto pero, ¿cómo demonios lo habían vuelto a cerrar? La respuesta me llegó al levantar el táper del suelo. La misma que ahora apenas podía abrir los ojos del empacho que tenía, se había comido una esquinita del táper y lo había ido sorbiendo todo a través del agujerito. Un trabajo profesional, sin duda.\r\n\r\nEntre las épicas está el día del chocolate.\r\n\r\nRoberto estuvo casi un año viajando a Londres de lunes a viernes por cuestiones de trabajo. Cuando llegaba a casa y soltaba las maletas, Pipa corría a saludarle, mientras que Gata se quedaba olisqueando el equipaje y tomando posesión de cuanto hubiese en su interior al modo de los alpinistas cuando plantan la bandera en una cima, sólo que la que se plantaba en la cima de la maleta era la gata. Vamos, que se tumbaba sobre el equipaje y ponía cara de: “Esto es mío”. A veces Roberto traía en la maleta chocolatinas que había comprado en el aeropuerto.\r\n\r\nUn día trajo muchas, muchas chocolatinas. El mismo día que la gata aprendió a abrir cremalleras.\r\n\r\nPero eso no lo sabíamos todavía, y nos fuimos a dormir muy tranquilos.\r\n\r\nEra “por fin viernes”. Llevaba toda la semana sin apenas dormir por cuestiones del trabajo, con una contractura monumental en el cuello y, como Roberto estaba fuera, sacando a la perra todos los días a las 6 de la mañana. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Roberto se encargaría de pasear a Pipa por la mañana, me metí en el cuerpo un relajante muscular y una pastillita de melatonina, dejé a la perra y a la gata fuera del dormitorio, puse la oreja en la almohada y me quedé frita.\r\n\r\nComo hay cosas que ni con soporíferos se pueden evitar, sobre las 4-5 de la madrugada me levanté a hacer pis. Al otro lado de la puerta la perra estaba en pleno desconsuelo, llorando y agitándose como una culebrilla. Abrí la puerta, vi la maleta abierta, los restos de los envoltorios de algunas chocolatinas en el suelo, cerré de nuevo la puerta y me volví a la cama exclamando: ¡vaya mierda!\r\n\r\n¿Qué pasa? -preguntó Roberto.\r\nNada, que la perra que se comido los chocolates.\r\n\r\nY no recuerdo nada más, hasta que, a la mañana siguiente Roberto vino a despertarme con cara de cabreo y me puso al día de sus andanzas nocturnas.\r\n\r\nDespués de que yo comentara que Pipa se había comido los chocolates, Roberto pensó que, entonces, la perra debía estar necesitada de ir a hacer pupú. Se levantó y la sacó a la calle (a las 5 de la madrugada) mientras buscaba, en el navegador de su móvil, perro + chocolate. A los ojos le saltaron tres nefastas palabras: muerte, muerte y muerte, con la coletilla de “salir corriendo para urgencias pero ¡ya!”. Según me contó luego, la dosis letal de chocolate puro era como de 100 gramos, y la perra se había zampado 600 de chocolate con leche, con papel y todo. A eso de las 5:30 estaba llevando a Pipa a unas urgencias veterinarias, donde le dijeron que tenía que dejar a la perra ingresada todo el día a ver cómo evolucionaba. Cuando me despertó, venía de regreso. Creo que nunca le he visto tan acongojado.\r\n\r\nAfortunadamente la cosa se quedó en el susto y 120 euros menos por el ingreso. Por la tarde pudimos ir a recogerla y la muy desgraciada todavía, al llegar a casa, olía el chocolate y se lanzaba a intentar comérselo.

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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