El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

El increíble poder de la observación

Después de un tiempo de convivencia aprendes que, cuando un perro te mira, es porque se está preguntando “¿qué dices que quieres que haga?”. Cuando un gato te mira, en realidad no te mira, te observa. Te vigila. Te controla. Cuando un gato te mira, está tomando nota mental de lo que haces y de cómo lo haces. Parece que está, simplemente, sentado, pero cuando vuelves tu cabeza, estés donde estés, él te está mirando sin perder puntada de tus movimientos. Lo más inquietante es que cuando te das cuenta de su vigilancia, él vuelve la cara indiferente hacia otro lado, pausadamente, disimulando, como si no tuviera la menor importancia. Pero al volver a lo tuyo, ahí estará él… observando.

Gata, como todo felino doméstico, era una gran observadora. Nos observaba cuando preparábamos el desayuno, al guardar la compra, al hacer la limpieza, al jugar con Pipa, al ducharnos, al dormir, al hacer pis… esto último lo observaba muy de cerca. Tan de cerca como puede estar alguien que se sube a tu regazo en ese preciso momento.

Cada día, antes de salir de casa, para que la perra asociase nuestra partida con algo agradable y minimizar su pena, le dábamos un premio. Antes de dárselo decíamos “Sentada, Pipa”, y Pipa se sentaba y recibía su premio. La gata, que no es tonta, en cuanto se percató de que algo se repartía, acudía también a la puerta y, en cuanto oía: “Sentada, Pipa”, se sentaba también.

Un día empecé a notar olor a pis en el baño. Fregaba, y al poco el olor volvía. El desagüe estaba bien, todo estaba limpio… no se me ocurría que podía ser… hasta que vimos a la gata salir del baño con cara de satisfacción.

Con sus potentes dotes de observación había deducido que el baño era un lugar autorizado para orinar. Había estado practicando con la taza con cierto éxito, supongo, aunque no lo suficiente, porque caía algo de pis al suelo. Empezamos a dejar siempre la tapa bajada y, siempre que podíamos, la puerta del aseo cerrada.

Sin embargo, sabíamos que cada vez que nos descuidábamos seguía orinando en el baño porque notábamos el olor, pero no localizábamos la meada por ninguna parte.

Entre el WC y la pared teníamos un pequeño taburete de plástico. Lo que pasaba era que la gata se subía ahí, arrimaba el culo a la pared y orinaba. No encontrábamos más rastro que el oloroso porque el pis se escurría por los azulejos, luego, por el ángulo entre la pared y el suelo, y se filtraba por el viejo fraguado del filo de las losetas.

Pusimos el taburete de canto para que no pudiera subirse y empezó a mearse en la bañera.

Si la simple observación puede tener sus consecuencias; cuando se mezcla con la desesperación es algo imparable.

Un día Roberto compró una merluza fresca. Tal cual entró por la puerta de la casa, el olor volvió loca a la gata. Su estado de locura era similar al que tenía con el celo. Mientras Roberto preparaba la merluza para meterla en el congelador, se subía y bajaba de las sillas de la cocina, se restregaba por los varales, maullaba, intentaba subirse a la encimera, trepaba por las piernas… Muy loca, de verdad.

La merluza entró al congelador y nosotros salimos a comer con la familia. No estuvimos mucho tiempo fuera de casa, pero fue más que suficiente para que la gata pusiera en práctica sus dotes increíbles de observación.

¿Cómo pudo hacerlo? Creo que no lo sabremos nunca, pero al regresar estaba el congelador abierto y ella comiéndose tranquilamente la merluza en el suelo de la cocina.

Mientras que Gata encarnaba el más puro espíritu de Sherlock Holmes, Pipa apenas conseguía llegarle a los talones al doctor Watson.

Por mucho que tratábamos de enseñar a la perra a empujar puertas entornadas para entrar a una habitación, no pillaba el concepto. Para ella, una abertura insuficiente para que pasara su cuerpo con holgura era un obstáculo insalvable y no ampliable.

Poníamos a la perra a un lado de la puerta entornada y, del otro, nosotros con el premio favorito de Pipa. De un lado, una perra ansiosa, llorando y culebreando, y una gata sentada, observando. Del otro nosotros tentando “toma Pipa”, “ven Pipa”, “premio Pipa”. Nada. Metía el hocico, pero en cuanto notaba el roce de la puerta volvía hacia atrás una y otra vez, poniéndose más tensa y quejicosa por momentos, hasta que, derrotada, se sentaba y sólo lloraba. Ese era el momento en el que la gata aprovechaba para empujar la puerta, pasar y comerse el premio, ante el desconsuelo de la perra.

El límite del aprendizaje por imitación de la perra estaba en subirse al brazo del sofá, ocasionalmente a un baúl y, en una ocasión, a la mesa del comedor. ¡Lo que pude reírme ese día!

Generalmente, antes de irme a trabajar dejaba las sillas pegadas a la mesa, de manera que los respaldos formaran algún tipo de barrera para la gata. Ilusa de mi. Pero eso ahora no tiene que ver con la historia.

Ese día, antes de irme a trabajar, vi que Pipa se había subido a una de las sillas del comedor y se había hecho un ovillo para dormir. Me dio ternura y la dejé. Jajajajajaja… ¡ternura!

Cuando abrí la puerta al volver de trabajar nadie vino a recibirme. Nadie. Mi perra, que desde que oía la puerta del ascensor ya estaba arañando la puerta, no estaba ahí. Mi perra, que cuando la tenías dormidita encima y sentía abrirse la puerta saltaba sobre ti sin miramientos, no había venido a saludar.

¿Pipaaaaaaa?, ¿Pipitaaaaaaa?

Nada.

Al asomarme al comedor la foto por poco me hace caer al suelo de la risa. En algún momento del día Pipa había aprovechado su cercanía a la mesa desde la silla y, en un intento por imitar a la gata, se había subido encima. Sin problema salvo por una pequeña cuestión. No sabía bajar.

Y ahí seguía, saltando sobre la mesa, dios sabe desde cuándo, gruñendo desesperada, pero sin atreverse a dar el salto liberador.

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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