El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.
Pipa-gata-caseta

Déjame entrar

La gata se divertía enormemente persiguiendo cordeles, hilos y, especialmente, cualquier polilla o mosca que se colara por la ventana. Como todos los gatos, supongo. Era una auténtica cazadora. Una de las cosas que solía hacer era engancharse a los cordones de las sudaderas con una habilidad depredadora increíble. Cierta vez que íbamos a salir a cenar fuera,y  con la previsión de llegar tarde a casa, Roberto le dejó a Gata un largo cordel con un juguete colgando del extremo. Como no encontró otro lugar mejor, ató el cordel de marras al pasador de la puerta de entrada.

Cuando salíamos de casa me quedé mirando el cordel pensando, sólo durante unas décimas de segundo, si no habría alguna posibilidad de que el pestillo se corriese accidentalmente durante el juego de la gata. Fueron sólo unas décimas de segundo. La imagen me parecía demasiado rocambolesca para que pasara de verdad. ¡Ja!

Eran casi las dos de la madrugada cuando llegamos a casa, y al ir a abrir la puerta nos encontramos con que estaba bloqueada desde dentro. La puerta se abría apenas lo suficiente para que pasaran los dedos de la mano y, desde luego, para que la perra, desesperada por hacer sus necesidades, asomara el hocico gimiendo y llorando de impotencia.

¿Hace falta que diga lo que había pasado? Eso mismo. Gata se había enganchado del cordel y había desplazado el pasador. Resultado: nosotros no podíamos entrar en casa y la perra no podía salir.

Tardamos más de dos horas en encontrar una forma de abrir el pasador desde fuera sin tener que recurrir a un cerrajero de urgencias, Pipa pudo hacer sus cosas, nosotros pudimos dormir en casa y Gata… Gata sólo observaba desde el mueble de la entrada sin perder detalle.

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Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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