El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Debilidad

Roberto es de ese tipo de personas que no miden a veces el alcance de las cosas que dicen o hacen. Tiene, sin embargo, la ventaja de tener buen sentido del humor, y la inmensa suerte de que yo también lo tengo. A veces.

Otro botón de muestra.

“Mañana te invito a desayunar”, me dijo un día, mucho antes de que hubiera perro y gato en casa. La idea era levantarnos temprano e ir hasta Avenida de América, donde él tomaba el autobús de su empresa y yo el metro hacia mi trabajo, y tomar juntos un café en alguno de los bares de la zona. Eran las 6:30 de la mañana. La oferta de locales abiertos a esas horas se reducía a uno de esos tugurios, donde los obreros de pantalón con hucha mojaban las tostadas en carajillos y solysombras antes de ir al tajo. Resignadamente entré.

Nos tomamos el café y, a la hora de pagar, me pregunta Roberto si yo llevo efectivo encima. Glup. No. La conversación en la que le explicaba que el que abría la boca para invitar era el que pagaba, ya la habíamos tenido. Contando con que eso estaba claro, no me había tomado la molestia de pasar por el cajero antes de ir a desayunar, pero él tampoco.

Supongo que leyó mi mirada y salió rápidamente a buscar un cajero, mientras yo lo esperaba allí, sola, vestida de ejecutiva agresiva, en mitad de aquel lugar, lleno de testosterona obrera.

Un minuto después, sin siquiera llegar a entrar al bar, Roberto abrió la puerta, asomó la cabeza, gritó que se le escapaba el autobús y se largó.

Se me quedó cara de póker. Durante unos minutos me quedé muy quieta, digiriendo lo que acababa de pasar y esperando que, con cara de guasa, Roberto apareciese por la puerta diciendo que era broma. No, no, no. Eso no pasó.

Asumida ya la situación traté de negociar con el camarero mi salida en busca de un cajero. Creo que pocas veces he pasado tanta vergüenza. Por más que le juraba al camarero que iba a volver, y que le podía dejar el bolso, el ordenador y el DNI en prenda, él despreció mi ofrecimiento y me dijo que no era necesario, dándome a entender que no esperaba que regresara. Salí, busqué un cajero, saqué pasta, volví, pagué y me fui a trabajar con un cabreo monumental. Dos horas más tarde, Roberto me llamó… No comprendía por qué me enfadaba.

Pues, a pesar de todo, hablamos de una persona sensible. Alguien que aunque quería/no quería perro, aunque quería/no quería gato, se desvivía por que estuviesen bien.

Cuando Pipa llegó a casa, no consentía dejarla más de tres horas sola. Parecía una madre primeriza. Si salíamos a tomar algo con amigos, nosotros éramos los primeros en irnos para “estar con la perra”. Colchón, cuna o caseta perruna que veía, colchón, cuna o caseta perruna que quería comprar. Más juguetes, premios, huesos y, por supuesto, la mejor comida.

En una ocasión, Pipa se hizo un poco de daño en una pata y cojeaba levemente. Roberto la llevaba en brazos hasta el césped donde solía hacer sus necesidades y, después, la regresaba, también en brazos, hasta casa.

Viendo el interés que la gata ponía en todo lo que hacíamos delante del ordenador, localizó en YouTube “Videos for cats”, un canal con vídeos especialmente pensados para agradar a los mininos. Fundamentalmente peces en peceras y pajaritos picoteando grano. Para que la gatica no perdiera detalle, en lugar de ponerlos en el ordenador lo puso en la tele nueva. Una pantalla plana LCD de muchas pulgadas que trataba como oro en paño. La primera sesión era una versión de pecera de “Buscando a Nemo”. Aburrida hasta para un gato.

Cuando pasamos a la segunda sesión, pajaritos en una pajarera, Gata pasó de 0 a 100 en 0,5 segundos, y antes de darnos cuenta se había lanzado con las uñas fuera contra la tele.

Lo realmente impresionante no fue el salto de la Gata, sino el de Roberto gritando con los ojos muy abiertos: “¡¡¡La tele no!!!”.

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *