El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

De cómo pasé de “no quiero perro” a “tenemos perro”

Pasaron los años. Otra pareja, otra casa, pero la misma firme decisión: “No quiero bichos en casa”. Sin embargo, a mi pareja, Roberto, le gustaban los perros. Llegué a esa conclusión porque durante los cinco primeros años de convivencia se vio todos los programas de “El encantador de perros” de César Millán, me mandaba por email fotos de perritos e, incluso, convenció a una amiga que tenía un Yorkshire para que se lo prestara algunos fines de semana. A todo esto, cada vez que teníamos cualquier tipo de conversación (subrayo el “cualquier”), siempre la zanjaba con un: “Pues entonces me compro un perro”.

En cierta ocasión me convenció para hacer una apuesta: Si bajaba (él) 15 kilos en un año, tenía que aceptar perro en casa. Convencida hasta la médula de que no lo conseguiría, sellé el pacto con un apretón de manos ante testigos del compromiso. Los meses iban pasando y el muy capullo se iba acercando peligrosamente a la cifra convenida. Seguro de su victoria empezó a enviarme, a diario, enlaces a fotos de perritos con cara lastimera, provenientes de refugios para animales abandonados. Pero no conseguiría ablandarme. La imagen de un sofá lleno de pelos, y de tener que sacar a un chucho a cagar tres veces al día, con lluvia, nieve o sol, era demasiado poderosa.

Así, el año se iba acercando a su fin y él a los 15 kilos de menos, y yo veía cómo no me iba a quedar otra que tragar con el bicho. De nada servían los argumentos acerca del tiempo que el pobre animal tendría que pasar solo en casa, de las ataduras de tener un chucho, de no poder ir de viaje sin dejar al animal con alguien o en algún caro hotel canino, de los gastos en vacunas, comida, etc. Todos los días entraban en mi correo enlaces a webs de refugios y protectoras, o de gente que regalaba perro. Nada de perros de tienda. Alguno para adoptar y que dieran de alguna camada para salvarlo de la muerte y el abandono. ¡Qué tierno!, ¿verdad?

Hay que saber ganar y hay que saber perder. Yo iba a perder, y la única opción que me quedaba era hacerlo con cierta dignidad e ir haciéndome a la idea de que, en poco tiempo, habría perro. Como la fecha de finalización de la apuesta caía más o menos cerca de su cumpleaños, decidí regalárselo. Estaba claro que él quería perro, ¿o no?

Por tantear, se me ocurrió preguntar a mi hermano. Él vive en un pueblo de Granada, y en los pueblos siempre es más fácil encontrarte con gente que le han pillado a la perra y cuyos cachorros, con toda probabilidad, acabarán ahogados en un cubo de agua, o dentro de una bolsa, en el río. Así es que le dije a mi hermano que si se enteraba de alguien que fuese a tener una camada, de un perro que no fuese muy grande, ni muy peludo, que me avisara, que estaba viendo posibilidades, a ver si para mayo o junio (estábamos en marzo), tal vez, pudiera ser que, si no había más remedio, perhaps, y si los astros entraban en la conjunción adecuada, quizá me plantease la posibilidad de quedarme con un cachorro.

Digamos que eso fue un lunes. El martes recibo una llamada de mi ‘brother’ diciéndome que le preguntó a una amiga que tenía un perro que era buenísimo, y que la madre de ese perro, que era de otra amiga, había parido hacía poco (la madre del perro, osea, la perra). Que la amiga (la primera) ya se había llevado una perrita a su casa, pero que como ella vivía con el padre y el padre detestaba a los perros (aunque ya tenían uno, ese tan buenísimo), o me lo llevaba YA, o lo mataban. Empecé a sentir un poco de pressing.

No me quedó más remedio que destaparle la sorpresa a Roberto: “Amor mío. Como sé que siempre has querido perro, y he perdido la apuesta, he de comunicarte que ya tengo un perrito para ti”, y le conté lo de las amigas, el perrito buenísimo y la cachorra con pena de muerte inminente. ¿Cuál creéis que fue la respuesta? ¿Por fin mi perrito? ¿Cuánto tiempo he esperado que llegara este momento? ¿Cómo me alegra poder salvar a un chucho de las garras de la muerte? ¿Un simple gracias? No, nada de eso. La respuesta de Roberto fue la siguiente: “Yo no quería perro”. Literal.

Unos cuantos gritos (míos) más tarde, la explicación que más o menos pude entender, dentro del estado de shock en el que me encontraba fue que, en realidad, le gustan los perros, sí, pero no quiere perro. Estos cinco años de insistencia hasta el límite eran sólo para hacerme rabiar porque yo decía que no quería, y para probarse a sí mismo que puede ver fotos de perros sin querer tener un perro. Lógico. ¡Cómo pude no darme cuentan antes! Está claro que cuando alguien se pasa un lustro tratando de convencerte de tener un perro en casa es porque, en realidad, no lo quiere.

Se me calentó un poquito la sangre, lo confieso, y me dije a mi misma que, fuera como fuese, Roberto se iba a tragar ese perro. Hablé con mi hermano para que detuviera la ejecución, y el miércoles ya lo tenía él en su casa, a la espera de que yo llegara a recogerlo el viernes desde Madrid. Oficialmente comuniqué: “Roberto, querido, el lunes llega tu perro”.

Pipa-cachorra

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

2 comentarios en “De cómo pasé de “no quiero perro” a “tenemos perro”

  1. Jajajajajajajajajaja 😀 Roberto es un crack. Pero no supo lo que significaba exactamente lo de “encontrar la horma de su zapato” hasta que se juntó contigo XD\r\nHe vivido eso de tener que comerme un perro por culpa de una promesa. Por supuesto, el perrito, un chuchillo adorable al que mis hijos ven monísimo, cree que es mío. O que soy suyo, que para un perro viene a ser lo mismo.

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