El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Celos

Llegó la hora de esterilizar a la gata. Por su enfermedad era muy conveniente que su sistema inmune no se viese alterado por los periodos de celo. Vale. Pero si alguna vez habéis visto lo lasciva y desvergonzada, además de ruidosa y buscona, que resulta una gata en celo, sabréis que no hacen falta muchas más razones para cortar por lo sano.

Después de la operación, la temperatura corporal del animal desciende considerablemente, por lo que tratamos de mantenerla muy abrigada. El veterinario nos advirtió de que era conveniente mantenerla dentro del transportín, porque al ir despertando de la anestesia el animal podía sufrir alucinaciones y ataques de pánico, tratar de salir corriendo y abrirse los puntos o golpearse. La mantuvimos todo el día dentro del habitáculo lo más abrigada posible, vigilándola y, al mismo tiempo, apartando a Pipa, que veía a la gata rara y trataba de jugar con ella como lo hacía siempre. No hubo problema hasta la hora de dormir.

Por la noche la gata estaba empezando a salir, poco a poco, de los efectos de la anestesia. Trataba de caminar medio tambaleándose y un par de veces intentó subirse al sofá, pero no tenía apenas control sobre sus patas traseras. Esa noche tendría que dormir con nosotros y la perra pasaría la noche fuera. Eso no le hizo mucha gracia a Pipa, que de pronto veía cómo se ponía el mundo del revés, pero lo que realmente provocó que se pusiera verde de celos fue cuando cogimos la manta que habitualmente usaba para dormir, una manta azul muy suave y calentita, y envolvimos en ella a la gata para que durmiera.

Explícale tú a un perro que se trata de una situación circunstancial, y que no lo estás relegando al olvido. Nuestra actitud hacia Pipa no había cambiado (salvo por usar su manta azul y mandarla fuera una noche) pero ella, de pronto, emitía celera hacia la gata por los cuatro costados.

pipa-sofa

Pipa, como siempre, se subía al sofá a dormir durante el día. En el momento en que la gata aparecía, ya un poco más recuperada, yendo o viniendo del arenero, se ponía tiesa como una vara, se subía al brazo del sofá y la seguía con la mirada con los ojos que se le querían salir. Si en ese momento movías a la perra de lugar, continuaba clavando sus ojos en la gata hasta que esta desaparecía por alguna puerta. Si hubiese sido persona, Pipa habría tenido en ese momento la mirada de Jack Nicholson en “El resplandor”, pero sin sonrisa.

Esa situación se prolongó una semana, y tardó un mes más en volver a jugar con la gata, y un poco más en que todo volviese a ser como antes. Más de un año hasta que volvieron a dormir juntas.

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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