El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Bienvenidos al caos

Hay momentos en la vida en los que todo cambia. El mundo da una vuelta de 180º y te quedas mirando al infinito con cara de tonto, preguntándote cómo has podido llegar a esa situación. Yo sabía muy bien cómo había llegado a esa situación, y esta vez no podía echarle la culpa a Roberto, porque la responsabilidad era mía y sólo mía.\r\n\r\nFue un 6 de mayo cuando fuimos hasta el parking de un centro comercial de Getafe, a recoger a un chucho de dos meses rescatado de un vertedero de basuras. El animal se llamaba Zara, pero dado que a todos nos recordaba la cadena de tiendas de ropa, y como encima Roberto (como buen latino) tiene ciertas dificultades para pronunciar la zeta sin que parezca que necesita ir al logopeda, decidimos cambiárselo por Maya (por el mes de mayo, no por la abeja).\r\n\r\nCreo que hacía tiempo que no estábamos todos tan nerviosos. Maya llegaba para quedarse, y lo que esperábamos todos era que se llevara bien con Pipa y Pipa con ella. Si no, los próximos años iban a ser muuuuuy divertidos. Yo contuve la respiración al llegar a casa con la cachorra para ver cómo reaccionaban todos: Loli (como era de esperar) ni siquiera salió a saludar, Mac se fue a esconder, Eme se erizó y Trece fue, prudente pero valiente, a oler al intruso antes de decidir si exterminaba la amenaza o pasaba de ella. ¿Y Pipa?\r\n\r\nCuando Pipa vio a la recién llegada nos miró, la miró, nos miró otra vez, la volvió a mirar, olisqueó en la distancia y se negó a acercarse.\r\n\r\nAquel primer encuentro no parecía muy prometedor.\r\n\r\nDejamos a la cachorra reconociendo la casa y dejando que el resto de los habitantes de la casa se acercaran a olerle el trasero. Pipa la controlaba desde una distancia prudencial, pero si Maya se acercaba demasiado le gruñía con cara de muy pocos amigos y a nosotros se nos ponía un nudo en la garganta.\r\n\r\nCuando la cachorra llegó olisqueando a nuestro dormitorio y vio el colchón de Pipa saltó dentro sin dudarlo y se puso a dormir. No hubo manera de echarla de ahí.\r\n\r\nAquello tampoco parecía bueno. Habría que tener mucha paciencia.\r\n\r\nLos ojos de Pipa parecían querer salirse de las órbitas ante aquella invasión inesperada de sus escasas posesiones. Pero acostumbrada como estaba a que los gatos la ningunearan, bajó la cabeza y se dio media vuelta con cara (como dijo mi hija Laura) de Oliver Twist. Pero como no hay mal que por bien no venga, Pipa aprovechó la coyuntura para saltar con todo el descaro a nuestra cama cuando llegó la hora de dormir, sabiendo que nuestro sentimiento de culpa por permitir que le quitaran su cama le daba carta blanca para compartir el colchón grande.\r\n\r\nTambién le quitó su sitio en el sofá, sus juguetes y su comida.\r\n\r\nmaya-peque-dormida\r\n\r\nLos días siguientes fueron intensitos. Maya se reveló como un verdadero desastre natural, nada extraño por otra parte en un cachorro de dos meses. Su ritmo de mear y cagar por la casa superaba con creces nuestra capacidad para limpiarlo. Tal cual estábamos terminando de fregar uno, la muy bicha ya se estaba agachando para soltar otra descarga. Le daba igual que fuese el suelo, el sofá o una cama, así que comenzamos rápido a limitarle el acceso a ciertos lugares de la casa si no había alguien montado guardia para no quitarle ojo de encima.\r\n\r\nMaya-cara-buena\r\n\r\nEso por la parte de los pipís, luego estaba el tema dientes. Igual que pasa con los bebés humanos, mientras un perro cambia los dientes de leche su obsesión es morderlo todo. A Pipa le dio por los mandos de la tele, los cargadores de móvil, una mesa y los bluetooth. Maya (así a la cuenta gorda) se comió una pared, continuó la obra inconclusa de Pipa con los rodapiés de madera, destripó uno de los cojines del sofá, dejó marcas en las patas de las sillas, se zampó un vestido, dos camisetas, tres pares de zapatos y los cordones de las Converse de Laura, destruyó sin piedad los dos rascadores de los gatos, varios peluches, la tela del somier nuevo y, finalmente, inutilizó uno de los dos colchones nuevos que compramos a Pipa para sustituir el que Maya le había usurpado (el otro sólo lo meó y le sacó la espuma por un agujero).\r\n\r\nMaya-sofa\r\n\r\nAunque Pipa le hacía poco o ningún caso a Maya y no permitía que se le acercara, la enana era inasequible al desaliento. Le daba igual cuántas veces Pipa le gruñera o ladrara, o que se largara de la habitación cada vez que ella llegaba; Maya se acercaba para jugar con ella como si nada y se llevaba un responso… el problema era que hacía lo mismo con los gatos, y eso no era una buena idea.\r\n\r\nmaya-mac\r\n\r\nEn la vida las lecciones llegan siempre, y a Maya estaba a punto de llegarle una difícil de olvidar. Un día, a la hora del desayuno, Maya hacía sus habituales intentos por jugar con Pipa sin que esta le diera mucha bola, así que no se le ocurrió otra cosa que intentarlo con Trece.\r\n\r\nTrece estaba la mar de tranquilo tumbado, cual largo era, en el suelo. Hasta el momento había mantenido cierta tolerancia hacia las osadías de la cachorra, que no temía (como Pipa) pasar por delante (o por encima) del gato cuando se atravesaba en un umbral, y lo repetía una y otra vez con alegría ante la mirada envidiosa de Pipa y el gesto perezoso de Trece. En un momento de euforia Maya se lanzó sobre Trece de un salto, queriendo agarrarle el cuello con los dientes como hacen los animales cuando juegan. Trece lazó un grito y se levantó atónito para venir a refugiarse bajo mi silla mientras que Maya, pensando que el juego seguía, le perseguía.\r\n\r\nCuando Trece logró reaccionar ante aquella terrible afrenta hacia su persona, tardó menos de tres segundos en aplicar la ley del Talión. No nos dio tiempo a hacer nada. A Trece sólo le faltó decir: “Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?” antes de salir corriendo detrás de Maya como una némesis. Lo siguiente que oímos fueron lo chillidos de Maya mientras Trece le daba una somanta de palos con la pata. Cuanto conseguimos que dejara a Maya en paz, la perra empezó a lamer su lomo herido agazapada junto al sofá y Trece se retiró a su posición de poder, en el umbral de la puerta, a contemplar satisfecho al enemigo masacrado. Ahora, cada vez que oímos a Maya ladrar sabemos a ciencia cierta que es porque Trece está cerca de una puerta por la que ella quiere pasar… y no se atreve. Desde entonces a Trece le llamamos “Padrino”.\r\n\r\nHay que decir que, con el tiempo, un poquito de paciencia y una increíble capacidad para insistir, Pipa acabó rindiéndose a los encantos de la enana, y en aproximadamente dos semanas desde la llegada de Maya las dos comenzaron a jugar juntas, un mes después Pipa la iba a buscar cuando se rezagaba en el parque y la protegía como una hermana mayor de los perros pesados y, a los dos meses, Pipa le lava la cara a Maya con la lengua hasta dejarla hecha un pincel. Un verdadero amor.\r\n\r\nPipa-maya

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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