El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Aliens

¿He mencionado ya la manía de la gata de orinarse por doquier? Llegó a tener dos areneros que nos desvelábamos por mantener limpios. En el momento en que hacía caca había que limpiarlo. De hecho, la gata, después de defecar, venía a buscarte para que le limpiaras la arena. En serio. De verdad lo digo. No aguantaba tener el cajón sucio, pero nada. Y había altas posibilidades de que, después de hacer sus cosas, si no limpiabas inmediatamente, lo que sí limpiarías sería el puff, con una enorme meada de gato sobre él. Menos mal que estaba hecho de un material impermeable y que lo que nos encontrábamos era un maloliente charco de pis. Yo montaba en cólera cada vez que la gata hacía eso. La perseguía por la casa, la agarraba, me daban ganas de limpiar el puff con ella y luego la mandaba al lavadero. Pero ella insistía.\r\n\r\nUn día de buena mañana encontré un vómito de la gata. Y en el vómito, gusanos. Eran una cosa larga y blanca, finos como espaguetis, una cabeza romboidal y pinta de no ser nada sano. Mierda, tengo que ir a trabajar. Mierda, busco los gusanos en Internet. Mierda, me acojono mucho. Mierda, hasta las 11 no abre el veterinario. Mierda, llamo a mi jefa y le explico como puedo, sin que suene a coña marinera, que no puedo a ir a trabajar por la mañana, porque la gata ha vomitado gusanos y la tengo que llevar al médico.\r\n\r\nParásitos. Era una infección por parásitos tan grande que, literalmente, le salían por la boca. Una imagen que preferiría no tener en mi cabeza. La desparasitación habitual que le hacíamos cada tres meses no le había hecho ni cosquillas a los gusarapos esos. Y se habían hecho fuertes gracias al debilitado sistema inmune de la gata. Ellos eran los responsables de que la gata comiera, comiera y comiera todo el día, y lo único que engordase fuese su panza. Por un momento, sentí hasta lástima por ella. Luego me acordé del puff y se me pasó.\r\n\r\nAsí que todos en casa tuvimos una ronda de desparasitación por cuenta de la gata. La cosa tenía el “valor añadido” de poder transmitirse a los humanos.\r\n\r\nPasados unos meses la historia volvió a repetirse. Esta vez los parásitos aparecieron en las heces. Me los imaginaba atrincherados en el intestino del animal, como los 300 en el paso de las Termópilas, gritándole a las pastillas: “Tú no puedes pasar por aquí”. ¿O ese era Gandalf?\r\n\r\nSegunda ronda de desparasitación general.\r\n\r\nY hasta una tercera vez. En esta ocasión ya nos pusimos serios. El medicamento no servía para nada, y había que buscar algo más efectivo antes de pasar al plan de emergencia: abrir y sacar.\r\n\r\nTodos volvimos a tomar el medicamento, pero esta vez era un tratamiento mucho más fuerte. La gata estuvo una semana cagando gusanos muertos, y de la noche a la mañana nuestra vida cambió.\r\n\r\nLos parásitos no sólo eran los responsables de que la gata pareciera un pozo sin fondo comiendo, o de que no creciera ni engordase. También eran los culpables de su mala leche y de muchas de sus meadas fuera de lugar.\r\n\r\nEn su descargo diré que, después de ese último tratamiento, la gata se convirtió en un animalito cariñoso, tranquilo y dócil. Creció, engordó un poquito y dejó de necesitar dos areneros. Sin embargo, lo que no dejó de hacer, ocasionalmente, fue mearse en el puff. Especialmente cuando se percataba de que se iba a quedar sola un fin de semana y nos quería hacer saber que no le hacía ni pizca de gracia. Carácter que tenía la muchacha.\r\n\r\nPipa-gata-maletas

Fátima Gordillo
Soy una persona normal que usa la tecnología, escribe de tecnología, habla de tecnología y que a veces se recrea en el secreto sueño de tirar el móvil por la ventana y cuidar un rebaño de cabras en algún monte sin cobertura.

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