El coche sarcástico

El coche sarcástico es una trepidante aventura de un hombre que no existe en un mundo lleno de listillos.

La peonza y la Thermomix

Sí, yo nací en los setenta y fui niño en los ochenta. La mejor generación o, por lo menos, eso dicen ahora para vendernos cosas que nuestros padres no comprarían y nuestros hermanos pequeños no pueden comprar porque no trabajan, trabajan y no cobran o trabajan y cobran, pero en Bristol. Hay libros sobre lo guay que eran los ochenta, monólogos sobre lo molones que eran los ochenta y el número de versiones de La chica de ayer publicadas supera en número el repertorio de alguna de esas emisoras de radio musicales que pinchan por ley una canción de Amaral (siempre la misma) al menos una vez a la hora.\r\n\r\nEn esa época escolar, los recreos eran el momento social por excelencia. Hay que recordar que el recreo es esa media hora en la que los niños descargan su adrenalina, para poder seguir después con las clases sin volver locos a los profesores. Los profesores, por su parte, lo que hacen es asimilar toda esa adrenalina infantil, pendientes de que Manolito no se caiga, Teresita no pegue a Manolito y Tomasín no meta la cabeza ahí, que vamos a tener un disgusto. Es un hecho científico probado que un grupo de niños sin un objetivo es una turba descontrolada capaz de cualquier barbaridad, por lo que son necesarios los juegos. Pero los juegos no se desarrollaban de forma casual y espontánea. No, porque ahí estaban “las modas”.\r\n\r\ncanicasMe explico. Hay juegos infantiles que sirven para todo el año, como el de dar patadas a un balón (y a Manolito, si se pone a tiro). Los niños practican este deporte y aprenden sus nobles valores tanto cuando el calor amenaza con insolaciones y deshidratación, como cuando el frío les garantiza una pulmonía doble. Pero la mayoría de los juegos infantiles son estacionales y funcionan por modas.\r\n\r\nAlgunas de estas modas tienen lógica: ¿recordamos el juego del clavo? Era aquél en el que se iba ganando terreno al rival lanzando un clavo al suelo y, sin mover los pies del sitio, recortando tanto espacio como nos permitiese la posición del clavo, hasta ocupar la totalidad del espacio de juego. Para jugar a eso hace falta que la tierra esté mínimamente mojada, de lo contrario, no había forma de clavar la barrita de metal arrancada de la valla del colegio y afilada a base de frotarla con una piedra (a falta de Pokémon, teníamos Papillon, La fuga de Alcatraz y hasta El Conde de Montecristo). Por eso se jugaba cuando llovía, y no cuando la tierra estaba seca.\r\n\r\nSin embargo, detrás de la mayoría de estas modas infantiles había una poderosa mano negra que decidía cuándo tocaba la peonza, cuando las canicas y cuando era el momento de recortar cromos para hacerse un equipo de chapas. ¿Los profesores temerosos de que, aburridos del mismo juego, los menores tomasen el poder? ¿Misteriosas organizaciones internacionales? No, era el quiosquero del barrio que, en mi caso, era el de la tienda de chuches. Como buen empresario, cuando veía que la venta de canicas perdía fuerza, sacaba del armario los yo-yos y los padres, a la salida del colegio, seguían gastando dinero.\r\n\r\nEsta tendencia a las modas del recreo, al parecer, venía de generaciones anteriores y se mantuvo en las posteriores. De lo que no somos conscientes es de que los adultos formados en esa dinámica cambiamos de juguetes, pero seguimos jugando en el mismo patio emocional, por decirlo de alguna manera. Hemos aumentado los ciclos y podemos seguir en el mismo juego sin cansarnos durante unos años. También hemos aumentado la capacidad de inversión, así que el quiosquero de nuestra edad adulta nos puede seguir vendiendo complementos y accesorios de forma casi indefinida.\r\n\r\nTengo amigos que tienen en casa un juego completo de palos de golf, con su bolsa de diseño (y alguna vez me ha parecido ver a un caddie escondido detrás de las cortinas). Luego les dio por el pádel, así que tienen cuatro modelos diferentes de raqueta, que fueron adquiriendo porque las necesitaban a medida que iban elevando su nivel de juego. Cuando llegaron a la élite y ganaron el torneo de solteros contra casados de la oficina, el pádel dejó de motivarles. Así que tienen unos esquís último modelo que han visto menos nieve que un tuareg, zapatillas que pronan y zapatillas que supinan, un arsenal de herramientas de jardín en miniatura con los que han asesinado suficientes bonsáis como para repoblar los Monegros, otro arsenal de herramientas de jardín un poco más grandes de cuando se pusó de moda cultivar tomates en la terraza (ellos lo llaman “huerto ecológico”)… la lista es casi interminable.\r\n\r\nParece que ahora, que la moda del recreo es la alta cocina, lo que se lleva es tener en la cocina, al lado del butano, una bombona de nitrógeno líquido. Mis amigos tienen en los cajones moldes con formas de mariposa, corazón, estrella y lo que se te ocurra. Un pelapatatas que saca la monda en una sola tira (algo que todos hemos soñado con tener), un juego de cuchillos normal y otro japonés e incluso un vaporizador que se clava en los limones para ir sacando el jugo sin que se sequen en la nevera. ¿Que exagero? No sólo no exagero: el sacazumos de limones venía en pack con otro más pequeño para las limas.\r\n\r\nSí, la moda del recreo hoy por hoy es la cocina. Por eso ya no se promocionan los cuerpos diez, formados a base de horas de gimnasio y privaciones, sino que nos inventamos palabras como “fofisano” y “gordibuena”. Si no, ¿de qué iba a vender el fulano del quiosco, que ahora tiene una tienda de gastronomía, todos esos cachivaches? Nadie invierte más de los 10 euros que cuesta una cazuela para comer acelgas.\r\n\r\nDe todos estos artilugios llamados a ser los reyes de la casa por un tiempo, hasta ocupar un lugar de honor en el trastero, la Thermomix es el alfa y el omega. Una Thermomix es como una abuela: cocina de todo, está rico y no se desperdicia nada. Además, tarda mucho menos tiempo. Los poseedores de este Grial culinario no pierden la ocasión de recordarnos lo afortunados que son. –”Ayer hice unas croquetas riquísimas”. –”Pues en la Thermomix me salen mejor y me hace la bechamel en 10 segundos”.\r\n\r\nTengo un amigo que se compró una y todo lo hace con la Thermomix: los primeros, los segundos y los postres. Hasta los chuletones. Vale que luego se los comen a cucharadas, pero le quedan al punto. Una cosa loca. Este, de pequeño, era el que tenía esas canicas con una capa como metalizada, el yo-yo Russell profesional con el que podías ir a competiciones (porque había competiciones oficiales, aunque la única forma de competir con yo-yos que se me ocurre es en un combate a muerte). También era el que tenía toda la colección de Star Wars, que cuando jugábamos en el patio del colegio era el único que llevaba a su muñeco en una nave. Los demás juntábamos a Han Solo, a Luke, Leia, Yoda, dos soldados de asalto, un marciano indeterminado y un ewok y los poníamos a andar por la arena. Vamos, que no sabíamos si jugábamos a Star Wars o a El Señor de los Anillos.\r\n\r\nY así estamos ahora, que mientras vemos top-chef comiendo un plato de macarrones soñamos con hacer un curso de cocina que nos permita esferificar hasta a nuestra suegra (aunque para eso se basta ella sola, y a base de cocina tradicional). Pero no pasa nada, porque me han dicho que el señor del quiosco ya tiene preparado su siguiente golpe. Lo van a montar con programas de televisión, estrellas mediáticas, productos aspiracionales, accesorios a tutiplén (perdonen el término, lo ochentero está de moda) y hasta un campeonato internacional. No sabemos si será la plancha y tendremos que llevar las camisas tan almidonadas que no podremos doblar los codos, si se pondrá de moda cultivar plantas carnívoras (–”Pues yo a la mía sólo le doy buey de Kobe”) o el deporte ese de ir barriendo el hielo delante de una pelotita, a ver hasta donde llega. Conmigo que no cuenten, que yo me quedo con la peonza, las chapas y las canicas.

Juan F. Barbero
Son muchas las cosas que me indignan y no me las callo. La úlcera que le salga a ellos. ¿Insoportable? A ratos, pero tampoco me guardo lo que admiro de las personas que me rodean. A veces os exterminaría un poquito a todos.

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