El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Llevo varios años evitando escribir esta entrada. Me digo a mi misma que quizá no lo recuerde lo suficientemente bien, o que es demasiado triste para que a nadie le interese. Pero es parte de la historia el aprender a querer a seres que algún día tienen que irse, aunque siempre esperas que eso suceda lo más tarde posible.\r\n\r\nEse fin de semana Roberto y yo salíamos de viaje, él por cuestiones de trabajo y yo para ver a la familia. Pipa venía conmigo y, como otras veces, Gata se quedaba sola en casa. Yo ya estaba camino de Granada cuando Roberto me llamó: “Oye, yo tengo que salir ya, pero he visto a la gata algo rara. ¿Podrías pedirle a Juan Carlos y Lucía (los que nos dieron a Gata) que pasen por casa a echarle un vistazo?”\r\n\r\nUn par de horas más tarde Juan Carlos, Lucía, Roberto y yo estábamos metidos en un ir y venir incesante de llamadas telefónicas y mensajes tratando de tomar una decisión tras otra.\r\n\r\nCuando nuestros amigos llegaron a casa la gata apenas podía respirar. La llevaron a un hospital veterinario y allí descubrieron que la leucemia felina, ese virus en el que nadie había vuelto a pensar viendo a un animal tan vital, tan listo y tan especial, había finalmente dado la cara. Gata tenía un tumor en los pulmones que le había ocasionado un derrame pleural que le impedía respirar y le causaba dolor.\r\n\r\nEstábamos a casi 500 km de Gata y había que decidir qué hacer. El tumor era grande y no había solución. Nuestra gatita se iba y nosotros no estábamos allí, con ella. Estábamos divididos, rotos. No queríamos que pasara ese momento sin nosotros, pero tampoco podíamos dejar que pasara tantas horas sufriendo hasta que llegásemos.\r\n\r\nDespués de hablar por teléfono con el veterinario acordamos operar a la gata para solucionar el derrame, eliminar el dolor y darnos tiempo a llegar. Ella nos esperó. Tuvo una parada cardiorespiratoria en el quirófano, pero remontó. Fuimos a la clínica a por ella y nos la llevamos a casa… tan pequeña, tan débil y tan maravillosamente cabrona como siempre. Pero sabíamos que era sólo una breve tregua, un respiro para despedirnos. El tumor no tardaría mucho en volver a afectar a la pleura. Podía volver a liberarse en quirófano, pero nos parecía inhumano hacer pasar a nadie por eso una semana y otra sólo porque no queríamos aceptar que había llegado el momento.\r\n\r\nLos primeros momentos de esa semana fueron como siempre, igual que siempre. Pipa y Gata, Gata y Pipa, jugando, tomando el sol juntas en la terraza y viviendo el momento como si nada pudiera alterar ese instante mágico de estar todavía cuando ya vas de salida. Algo había cambiado en ella, era increíblemente cariñosa, buscaba dormir con nosotros y pasar a nuestro lado todo el tiempo posible. Hubo momentos en los que pensamos que todo había sido una equivocación. Era nuestra gatita de siempre, era imposible que hubiera un tumor comiéndosela por dentro… y esperábamos un milagro.\r\n\r\nA los cinco días volvimos a poner los pies en tierra. Gata. No podía respirar. La cogimos con mucho, mucho cariño, sabiendo lo que iba a pasar ya, y dispuestos a que sus últimos momentos fuesen tranquilos y sin dolor. Conteniendo la angustia y las ganas de llorar escuchamos lo que ya sabíamos. De nuevo el tumor y la pleura. La gata sufría y la situación era irreversible. Se podía aplazar con nuevas intervenciones, pero no iba a curarse y no iba a mejorar. Se nos hacía un nudo en la garganta y en el estómago, porque teníamos que decirle adiós, e iba a ser en ese momento. Era más la angustia por verla sufrir que por perderla, al final nunca se pierde del todo a un ser querido, pero verle sufrir…\r\n\r\nEstuvimos con ella mientras le administraban el sedante que precede a la eutanasia. Le cogimos la patita mientras susurrábamos que todo iba a ir bien y que ya no le dolería. Quizá los animales no entiendan y sean palabras más dirigidas a nuestra conciencia que a su entendimiento. Quizá… pero quizá no, y puede que de alguna manera ella sintiera que ese viaje que todos emprendemos solos era, en ese momento, menos solitario.\r\n\r\nCon la primera inyección su respiración dejó de agitarse y, con la segunda, la vimos irse. Roberto y yo llorábamos como niños delante de su cuerpecillo, tan castigado y pequeño, que ya no se movía. Los gatos mueren con los ojos abiertos, tremendamente abiertos y vacíos. Algo que antes estaba ya no está, eso que llamamos vida se llevó a nuestra gata a otro sitio y nos dejó allí su maltrecha forma.\r\n\r\nNos la llevamos envuelta en la misma manta en la que la llevamos. Al llegar a casa Pipa olió y supo, porque pasó semanas triste, mirando la casa y oliendo los lugares donde Gata solía ponerse.\r\n\r\nHan pasado tres años desde ese día. Cada una de las historias que he ido contando en este blog las escribí en su memoria unos meses después. Recordábamos en familia todas las trastadas que había hecho y las barrabasadas que hizo pasar a Pipa y nos reíamos tanto… pero nunca hasta ahora fui capaz de tocar el último capítulo de su vida. Han pasado tres años, pero todavía he tenido que detenerme varias veces porque las lágrimas no me dejaban avanzar. Mi gatita, nuestra gatita, se fue. Dio guerra como pocos, pero la quisimos como a nadie.\r\n\r\nAdiós gatita, adiós.\r\n\r\n

Perro-600

En la foto no se ve, pero gata tiene puesta en la pata la vía con la que salió del hospital veterinario. Es una de las fotos que tomamos de las dos la semana antes de morir.

La gata se divertía enormemente persiguiendo cordeles, hilos y, especialmente, cualquier polilla o mosca que se colara por la ventana. Como todos los gatos, supongo. Era una auténtica cazadora. Una de las cosas que solía hacer era engancharse a los cordones de las sudaderas con una habilidad depredadora increíble. Cierta vez que íbamos a salir a cenar fuera,y  con la previsión de llegar tarde a casa, Roberto le dejó a Gata un largo cordel con un juguete colgando del extremo. Como no encontró otro lugar mejor, ató el cordel de marras al pasador de la puerta de entrada.\r\n\r\nCuando salíamos de casa me quedé mirando el cordel pensando, sólo durante unas décimas de segundo, si no habría alguna posibilidad de que el pestillo se corriese accidentalmente durante el juego de la gata. Fueron sólo unas décimas de segundo. La imagen me parecía demasiado rocambolesca para que pasara de verdad. ¡Ja!\r\n\r\nEran casi las dos de la madrugada cuando llegamos a casa, y al ir a abrir la puerta nos encontramos con que estaba bloqueada desde dentro. La puerta se abría apenas lo suficiente para que pasaran los dedos de la mano y, desde luego, para que la perra, desesperada por hacer sus necesidades, asomara el hocico gimiendo y llorando de impotencia.\r\n\r\n¿Hace falta que diga lo que había pasado? Eso mismo. Gata se había enganchado del cordel y había desplazado el pasador. Resultado: nosotros no podíamos entrar en casa y la perra no podía salir.\r\n\r\nTardamos más de dos horas en encontrar una forma de abrir el pasador desde fuera sin tener que recurrir a un cerrajero de urgencias, Pipa pudo hacer sus cosas, nosotros pudimos dormir en casa y Gata… Gata sólo observaba desde el mueble de la entrada sin perder detalle.\r\n\r\nPipa-gata-caseta\r\n\r\n 

Cuanto más lo pienso, más extraña me resulta la relación entre perros y gatos. Y una de las cosas que más me choca es el tema higiénico.\r\n\r\nMientras que la gata es, como todo miso, un bicho bastante limpio (salvo cuando se mea en el puff), la perra, por el contrario, disfruta con la guarrería.\r\n\r\nEntre las extraordinarias cosas de las que disfruta es de revolcarse en el césped del parque. Las primeras veces que la vi hacerlo pensé, ingenua de mí, que simplemente se divertía haciendo volteretas. Más tarde comprendí que para ella era algo parecido a ir de compras con una tarjeta de crédito ilimitado, en plan: “¡Qué olor tan rico! Me lo llevo… y este, y este, me los llevo todos, es más.. ¡¡¡me los llevo puestoooooosss!”.\r\n\r\nMás tarde comprobamos que ese afán de “comprador” compulsivo podía llegar mucho más lejos.\r\n\r\nUno de esos días que la sacaba a pasear por El Retiro a las 6 de la mañana divisé, en medio del camino, un obstáculo. Antes de que pudiese darme cuenta de que se trataba de un enorme mojón de boñigas de caballo, Pipa ya había saltado sobre él y estaba, literalmente, bañándose en caca de jamelgo. Llegar tarde a trabajar porque has tenido que bañar a tu perra de buena mañana, es una excusa difícil de hacer tragar.\r\n\r\nMás tarde, una soleada tarde de invierno, nos tumbamos sobre un pradito de El Retiro Roberto y yo, mientras Pipa correteaba de un lado a otro, más feliz que una perdiz. La vimos practicar su deporte favorito: revolcamiento sobre hierba. La perra, cada vez más feliz, se restregaba con más y más alegría, hasta que comenzó a llegarnos un tufillo a caquilla bastante sospechoso. Para cuando quisimos darnos cuenta de que la que traía y llevaba aquel aroma consigo era Pipa, ya estaba embadurnada hasta las orejas (por dentro).\r\n\r\nTodo el camino de regreso a casa la perra fue brincando de olorosa felicidad. No tenía ni idea de que, al llegar, tendría que bañarse. Es una de las cosas del mundo que menos le gustan.

Roberto es de ese tipo de personas que no miden a veces el alcance de las cosas que dicen o hacen. Tiene, sin embargo, la ventaja de tener buen sentido del humor, y la inmensa suerte de que yo también lo tengo. A veces.\r\n\r\nOtro botón de muestra.\r\n\r\n“Mañana te invito a desayunar”, me dijo un día, mucho antes de que hubiera perro y gato en casa. La idea era levantarnos temprano e ir hasta Avenida de América, donde él tomaba el autobús de su empresa y yo el metro hacia mi trabajo, y tomar juntos un café en alguno de los bares de la zona. Eran las 6:30 de la mañana. La oferta de locales abiertos a esas horas se reducía a uno de esos tugurios, donde los obreros de pantalón con hucha mojaban las tostadas en carajillos y solysombras antes de ir al tajo. Resignadamente entré.\r\n\r\nNos tomamos el café y, a la hora de pagar, me pregunta Roberto si yo llevo efectivo encima. Glup. No. La conversación en la que le explicaba que el que abría la boca para invitar era el que pagaba, ya la habíamos tenido. Contando con que eso estaba claro, no me había tomado la molestia de pasar por el cajero antes de ir a desayunar, pero él tampoco.\r\n\r\nSupongo que leyó mi mirada y salió rápidamente a buscar un cajero, mientras yo lo esperaba allí, sola, vestida de ejecutiva agresiva, en mitad de aquel lugar, lleno de testosterona obrera.\r\n\r\nUn minuto después, sin siquiera llegar a entrar al bar, Roberto abrió la puerta, asomó la cabeza, gritó que se le escapaba el autobús y se largó.\r\n\r\n…\r\n\r\n…\r\n\r\nSe me quedó cara de póker. Durante unos minutos me quedé muy quieta, digiriendo lo que acababa de pasar y esperando que, con cara de guasa, Roberto apareciese por la puerta diciendo que era broma. No, no, no. Eso no pasó.\r\n\r\nAsumida ya la situación traté de negociar con el camarero mi salida en busca de un cajero. Creo que pocas veces he pasado tanta vergüenza. Por más que le juraba al camarero que iba a volver, y que le podía dejar el bolso, el ordenador y el DNI en prenda, él despreció mi ofrecimiento y me dijo que no era necesario, dándome a entender que no esperaba que regresara. Salí, busqué un cajero, saqué pasta, volví, pagué y me fui a trabajar con un cabreo monumental. Dos horas más tarde, Roberto me llamó… No comprendía por qué me enfadaba.\r\n\r\nPues, a pesar de todo, hablamos de una persona sensible. Alguien que aunque quería/no quería perro, aunque quería/no quería gato, se desvivía por que estuviesen bien.\r\n\r\nCuando Pipa llegó a casa, no consentía dejarla más de tres horas sola. Parecía una madre primeriza. Si salíamos a tomar algo con amigos, nosotros éramos los primeros en irnos para “estar con la perra”. Colchón, cuna o caseta perruna que veía, colchón, cuna o caseta perruna que quería comprar. Más juguetes, premios, huesos y, por supuesto, la mejor comida.\r\n\r\nEn una ocasión, Pipa se hizo un poco de daño en una pata y cojeaba levemente. Roberto la llevaba en brazos hasta el césped donde solía hacer sus necesidades y, después, la regresaba, también en brazos, hasta casa.\r\n\r\nViendo el interés que la gata ponía en todo lo que hacíamos delante del ordenador, localizó en YouTube “Videos for cats”, un canal con vídeos especialmente pensados para agradar a los mininos. Fundamentalmente peces en peceras y pajaritos picoteando grano. Para que la gatica no perdiera detalle, en lugar de ponerlos en el ordenador lo puso en la tele nueva. Una pantalla plana LCD de muchas pulgadas que trataba como oro en paño. La primera sesión era una versión de pecera de “Buscando a Nemo”. Aburrida hasta para un gato.\r\n\r\nCuando pasamos a la segunda sesión, pajaritos en una pajarera, Gata pasó de 0 a 100 en 0,5 segundos, y antes de darnos cuenta se había lanzado con las uñas fuera contra la tele.\r\n\r\nLo realmente impresionante no fue el salto de la Gata, sino el de Roberto exclamando: “¡La tele no!”.

A Roberto le daba pena dejar a la gata en casa cuando salía la perra. Estaba convencido de que la gata deseaba ir a la calle, y quiso darle la posibilidad de hacerlo.\r\n\r\nEn un primer intento le dejó la puerta del piso abierta. Como no veía que la gata hiciera por salir, e interpretándolo como un gesto de timidez, la cogió y la puso en el rellano de los ascensores. Vivíamos en un quinto.\r\n\r\nAl verse fuera de la casa la gata sufrió un ataque de pánico y echó a correr escaleras abajo. Roberto la encontró, acurrucada y maullando en el fondo del cuarto de contadores.\r\n\r\nEste pequeño percance no hizo desistir a Roberto, que seguía creyendo que la gata deseaba ir a la calle. En ese momento no me lo dijo, pero había estado viendo fotos en Reddit de gente que paseaba a su gato con arnés y correa. Internet a veces puede ser nocivo.\r\n\r\nRoberto le compró un arnés a la gata. Roberto consiguió ponerle el arnés a la gata. Roberto le enganchó la correa al arnés. Roberto dio un suave tirón de la correa y ahí se acabó la cosa. Al notar el tirón la gata entró en modo pánico acrobático. Empezó a saltar y cabriolear de miedo en el aire, arañando a Roberto, que intentaba en vano sujetarla. Cuando más se encabritaba la gata, más tirones le daba la correa, que seguía enganchada al arnés, y más se asustaba. El duelo terminó cuando la gata logró zafarse de la correa y logramos acercarnos para quitarle el arnés. Roberto hizo recuento de los arañazos sufridos y volvimos a dejar el arnés en un cajón, donde habitualmente dejábamos las correas, collares, arneses y sujeciones varias de la perra. Un cajón situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, ya que le encantaba comerse los cierres de plástico de los arneses (si “alguien” se los acercaba lo suficiente, claro).\r\n\r\nPara recuperarnos del susto y que la gata se tranquilizara, salimos a dar una vuelta. Antes de salir por la puerta tuve una repentina intuición. No me equivocaba.\r\n\r\nAl regresar, el arnés de la gata no existía. Pipa se lo había comido. ¿Por qué? Pues porque de entre todas las correas, collares, arneses y sujeciones varias que guardábamos en un cajón, situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, la gata había dejado caer SU arnés… y la perra hizo el resto. Misión cumplida. Arnés destruido.\r\n\r\nPero eso todavía no era motivo suficiente para convencer a Roberto de que no era buena idea sacar a la gata a la calle. Las contadas salidas al veterinario en el transportín, le dieron una idea que estuvo madurando en silencio.\r\n\r\nÍbamos a pasar un fin de semana fuera y nos llevábamos a Pipa. Gata se quedaría sola un par de días, como en otras ocasiones. O eso creía yo.\r\n\r\nA la hora de salir, Roberto dijo que nos llevábamos a la gata. Traté de hacerle desistir, pero no fue posible.\r\n\r\nMetimos a Pipa en el asiento de atrás con su arnés para coche y a la gata en el transportín, sujeto con el cinturón de seguridad y echamos a andar.\r\n\r\nDesde el momento en que la gata se vio fuera de casa, empezó a ponerse nerviosa, y a maullar con desesperación, pero cuando el coche arrancó, la cosa se puso fea de verdad. Conforme avanzábamos por la carretera la gata se iba poniendo más y más histérica. Al principio arañando la rejilla del transportín pero, luego, con un maullido cada vez más lánguido y desmayado, débil hasta convertirse en un hipido. Poco después supimos qué significaba eso de “el olor del miedo”. Del terror se había cagado y meado encima… pero eso, todavía, no convencía a Roberto de que a la gata no le agradaba el paseo.\r\n\r\nSólo cuando la gata dejó de maullar y empezó a boquear, con los ojos en blanco, consintió en dar la vuelta y regresar a casa.\r\n\r\nYa en casa, al sacar a la gata del transportín, embadurnada de caca y pis, y todavía en estado de shock, tardó aún quince minutos en poder andar. Era como un muñeco de trapo, incapaz de sostener su propio cuerpo, y creo que, por primera vez, se alegró de perdernos de vista por un tiempo.\r\n\r\nSorprendentemente, Roberto siguió ideando formas de hacer que la gata salga, gustosa, de casa. Debería caparle el acceso a Reddit.

Después de un tiempo de convivencia aprendes que, cuando un perro te mira, es porque se está preguntando “¿qué dices que quieres que haga?”. Cuando un gato te mira, en realidad no te mira, te observa. Te vigila. Te controla. Cuando un gato te mira, está tomando nota mental de lo que haces y de cómo lo haces. Parece que está, simplemente, sentado, pero cuando vuelves tu cabeza, estés donde estés, él te está mirando sin perder puntada de tus movimientos. Lo más inquietante es que cuando te das cuenta de su vigilancia, él vuelve la cara indiferente hacia otro lado, pausadamente, disimulando, como si no tuviera la menor importancia. Pero al volver a lo tuyo, ahí estará él… observando.\r\n\r\nGata, como todo felino doméstico, era una gran observadora. Nos observaba cuando preparábamos el desayuno, al guardar la compra, al hacer la limpieza, al jugar con Pipa, al ducharnos, al dormir, al hacer pis… esto último lo observaba muy de cerca. Tan de cerca como puede estar alguien que se sube a tu regazo en ese preciso momento.\r\n\r\nCada día, antes de salir de casa, para que la perra asociase nuestra partida con algo agradable y minimizar su pena, le dábamos un premio. Antes de dárselo decíamos “Sentada, Pipa”, y Pipa se sentaba y recibía su premio. La gata, que no es tonta, en cuanto se percató de que algo se repartía, acudía también a la puerta y, en cuanto oía: “Sentada, Pipa”, se sentaba también.\r\n\r\nUn día empecé a notar olor a pis en el baño. Fregaba, y al poco el olor volvía. El desagüe estaba bien, todo estaba limpio… no se me ocurría que podía ser… hasta que vimos a la gata salir del baño con cara de satisfacción.\r\n\r\nCon sus potentes dotes de observación había deducido que el baño era un lugar autorizado para orinar. Había estado practicando con la taza con cierto éxito, supongo, aunque no lo suficiente, porque caía algo de pis al suelo. Empezamos a dejar siempre la tapa bajada y, siempre que podíamos, la puerta del aseo cerrada.\r\n\r\nSin embargo, sabíamos que cada vez que nos descuidábamos seguía orinando en el baño porque notábamos el olor, pero no localizábamos la meada por ninguna parte.\r\n\r\nEntre el WC y la pared teníamos un pequeño taburete de plástico. Lo que pasaba era que la gata se subía ahí, arrimaba el culo a la pared y orinaba. No encontrábamos más rastro que el oloroso porque el pis se escurría por los azulejos, luego, por el ángulo entre la pared y el suelo, y se filtraba por el viejo fraguado del filo de las losetas.\r\n\r\nPusimos el taburete de canto para que no pudiera subirse y empezó a mearse en la bañera.\r\n\r\nSi la simple observación puede tener sus consecuencias; cuando se mezcla con la desesperación es algo imparable.\r\n\r\nUn día Roberto compró una merluza fresca. Tal cual entró por la puerta de la casa, el olor volvió loca a la gata. Su estado de locura era similar al que tenía con el celo. Mientras Roberto preparaba la merluza para meterla en el congelador, se subía y bajaba de las sillas de la cocina, se restregaba por los varales, maullaba, intentaba subirse a la encimera, trepaba por las piernas… Muy loca, de verdad.\r\n\r\nLa merluza entró al congelador y nosotros salimos a comer con la familia. No estuvimos mucho tiempo fuera de casa, pero fue más que suficiente para que la gata pusiera en práctica sus dotes increíbles de observación.\r\n\r\n¿Cómo pudo hacerlo? Creo que no lo sabremos nunca, pero al regresar estaba el congelador abierto y ella comiéndose tranquilamente la merluza en el suelo de la cocina.\r\n\r\nMientras que Gata encarnaba el más puro espíritu de Sherlock Holmes, Pipa apenas conseguía llegarle a los talones al doctor Watson.\r\n\r\nPor mucho que tratábamos de enseñar a la perra a empujar puertas entornadas para entrar a una habitación, no pillaba el concepto. Para ella, una abertura insuficiente para que pasara su cuerpo con holgura era un obstáculo insalvable y no ampliable.\r\n\r\nPoníamos a la perra a un lado de la puerta entornada y, del otro, nosotros con el premio favorito de Pipa. De un lado, una perra ansiosa, llorando y culebreando, y una gata sentada, observando. Del otro nosotros tentando “toma Pipa”, “ven Pipa”, “premio Pipa”. Nada. Metía el hocico, pero en cuanto notaba el roce de la puerta volvía hacia atrás una y otra vez, poniéndose más tensa y quejicosa por momentos, hasta que, derrotada, se sentaba y sólo lloraba. Ese era el momento en el que la gata aprovechaba para empujar la puerta, pasar y comerse el premio, ante el desconsuelo de la perra.\r\n\r\nEl límite del aprendizaje por imitación de la perra estaba en subirse al brazo del sofá, ocasionalmente a un baúl y, en una ocasión, a la mesa del comedor. ¡Lo que pude reírme ese día!\r\n\r\nGeneralmente, antes de irme a trabajar dejaba las sillas pegadas a la mesa, de manera que los respaldos formaran algún tipo de barrera para la gata. Ilusa de mi. Pero eso ahora no tiene que ver con la historia.\r\n\r\nEse día, antes de irme a trabajar, vi que Pipa se había subido a una de las sillas del comedor y se había hecho un ovillo para dormir. Me dio ternura y la dejé. Jajajajajaja… ¡ternura!\r\n\r\nCuando abrí la puerta al volver de trabajar nadie vino a recibirme. Nadie. Mi perra, que desde que oía la puerta del ascensor ya estaba arañando la puerta, no estaba ahí. Mi perra, que cuando la tenías dormidita encima y sentía abrirse la puerta saltaba sobre ti sin miramientos, no había venido a saludar.\r\n\r\n¿Pipaaaaaaa?, ¿Pipitaaaaaaa?\r\n\r\nNada.\r\n\r\nAl asomarme al comedor la foto por poco me hace caer al suelo de la risa. En algún momento del día Pipa había aprovechado su cercanía a la mesa desde la silla y, en un intento por imitar a la gata, se había subido encima. Sin problema salvo por una pequeña cuestión. No sabía bajar.\r\n\r\nY ahí seguía, saltando sobre la mesa, dios sabe desde cuándo, gruñendo desesperada, pero sin atreverse a dar el salto liberador.

En verano (esto fue cuando la gata todavía convivía con los aliens) vino mi madre a pasar un par de semanas con nosotros (mis dos hijas, Pipa, Gata y yo). Roberto, inteligentemente, se quitó de en medio buscándose como pudo todo tipo de viajes de trabajo, necesarios o no.\r\n\r\nMi madre es un personaje muy particular. Cuando tenía 14 años le pedí que me llevase a hacerme la depilación a la cera. Se negó porque “eso no sirve pa ná y es muy caro”. En su lugar me compró una especie de guante-lija. Decía que si me frotaba las piernas con él, el vello (por llamarlo finamente) se iría desgastando hasta desaparecer. La teoría era fantástica, pero la práctica era absolutamente ineficaz y muy, muy dolorosa.\r\n\r\nCuando íbamos a casa de vuelta de recoger a mi madre de la estación, no dejó de cuestionar que mi gata fuese tan desastre. Ella había tenido gatos, y nunca le hicieron la mitad de lo que yo decía que hacía la mía. Evidentemente, yo exageraba, como siempre. Reconozco que me invadió una insana satisfacción cuando, al abrir la puerta de casa, vimos el suelo del comedor totalmente cubierto de blanco. Varios rollos de papel higiénico habían sido minuciosamente convertidos en confeti y esparcidos por igual por toda la habitación. Esta vez Pipa no tuvo nada que ver.\r\n\r\nLas dos semanas pasaron y, al día siguiente de que mi madre se marchara, observé un comportamiento inusual en Pipa. Nunca le había tenido miedo a la aspiradora, pero ese día, cuando la encendí, la perra salió disparada a esconderse debajo de la cama. Interrogué a mis hijas sobre el particular, y por respuesta recibí dos escuetas palabras:\r\n\r\n-La abuela\r\n\r\nMe lo imaginé. Confieso que me lo imaginé. Conociendo a mi madre dibujé con claridad meridiana en mi mente lo que había pasado. Confirmé mis sospechas cuando añadieron:\r\n\r\n-Se agobió por los pelos que soltaba la perra y quiso aspirarla.\r\n\r\nTate.

Lo realmente divertido ocurría cuando llegaba a casa de trabajar y me encontraba el estropicio del día. El tándem diabólico había estado a sus anchas, haciendo de las suyas. Algunas fueron hasta divertidas y, otras, épicas.\r\n\r\nEntre las divertidas contaré una vez en que, la amiga gata, alcanzó unos chiles picantes que teníamos colgados para que se secasen y los tiró al suelo. La perra, que es una aspiradora ansiosa, agarró su premio ni bien tocó el suelo y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, se lo llevó al sofá y se lo tragó. Luego ya fue tarde. Vomitó todo lo que tenía en el estómago (por supuesto, en el sofá), y se tragó casi el litro de agua que había en los bebederos (que luego volvió a vomitar). La gata, cómo no, silencioso testigo de los hechos, simplemente se sentó a mirar y tomó nota. Hubo que limpiar y fregar todo el desastre, pero me reía tanto imaginándome lo que había pasado, que lo hice con gusto. Mi único sinsabor fue saber que la gata, muy lista ella, no llegó a degustar su travesura.\r\n\r\nOtra, más sorprendente que divertida, fue una vez que, al levantarme por la mañana vi algo que me dejó patidifusa un buen rato. El día anterior me habían regalado un táper con carne empanada y una generosa ración de ensaladilla rusa. Como hacía frío, lo dejé sobre la mesa, dentro de una bolsa, preparado para ser mi almuerzo en el trabajo al día siguiente.\r\n\r\nA la mañana siguiente, al ir a la cocina vi la cosa más sorprendente que os podáis imaginar. El táper estaba en el suelo, vacío y… ¡cerrado! Me quedé mirándolo un buen rato, sin pensar todavía en que me habían dejado sin comida (porque estaba claro, una vez más, que era cosas del tánden diabólico). No podía entender lo que veía. Estaba claro que la gata se había subido a la mesa de la cocina y lo había tirado al suelo. Era evidente que la perra había dado buena cuenta del filete empanado y la ensaladilla rusa (la pista me la dio la propia perra, tirada inmóvil junto al táper, con la barriga como un globo y restos de ensaladilla en el hocico). Lo que no entendía, por más mirase, era cómo podía seguir el táper cerrado. Del mismo impacto contra el suelo podía haberse abierto pero, ¿cómo demonios lo habían vuelto a cerrar? La respuesta me llegó al levantar el táper del suelo. La misma que ahora apenas podía abrir los ojos del empacho que tenía, se había comido una esquinita del táper y lo había ido sorbiendo todo a través del agujerito. Un trabajo profesional, sin duda.\r\n\r\nEntre las épicas está el día del chocolate.\r\n\r\nRoberto estuvo casi un año viajando a Londres de lunes a viernes por cuestiones de trabajo. Cuando llegaba a casa y soltaba las maletas, Pipa corría a saludarle, mientras que Gata se quedaba olisqueando el equipaje y tomando posesión de cuanto hubiese en su interior al modo de los alpinistas cuando plantan la bandera en una cima, sólo que la que se plantaba en la cima de la maleta era la gata. Vamos, que se tumbaba sobre el equipaje y ponía cara de: “Esto es mío”. A veces Roberto traía en la maleta chocolatinas que había comprado en el aeropuerto.\r\n\r\nUn día trajo muchas, muchas chocolatinas. El mismo día que la gata aprendió a abrir cremalleras.\r\n\r\nPero eso no lo sabíamos todavía, y nos fuimos a dormir muy tranquilos.\r\n\r\nEra “por fin viernes”. Llevaba toda la semana sin apenas dormir por cuestiones del trabajo, con una contractura monumental en el cuello y, como Roberto estaba fuera, sacando a la perra todos los días a las 6 de la mañana. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Roberto se encargaría de pasear a Pipa por la mañana, me metí en el cuerpo un relajante muscular y una pastillita de melatonina, dejé a la perra y a la gata fuera del dormitorio, puse la oreja en la almohada y me quedé frita.\r\n\r\nComo hay cosas que ni con soporíferos se pueden evitar, sobre las 4-5 de la madrugada me levanté a hacer pis. Al otro lado de la puerta la perra estaba en pleno desconsuelo, llorando y agitándose como una culebrilla. Abrí la puerta, vi la maleta abierta, los restos de los envoltorios de algunas chocolatinas en el suelo, cerré de nuevo la puerta y me volví a la cama exclamando: ¡vaya mierda!\r\n\r\n¿Qué pasa? -preguntó Roberto.\r\nNada, que la perra que se comido los chocolates.\r\n\r\nY no recuerdo nada más, hasta que, a la mañana siguiente Roberto vino a despertarme con cara de cabreo y me puso al día de sus andanzas nocturnas.\r\n\r\nDespués de que yo comentara que Pipa se había comido los chocolates, Roberto pensó que, entonces, la perra debía estar necesitada de ir a hacer pupú. Se levantó y la sacó a la calle (a las 5 de la madrugada) mientras buscaba, en el navegador de su móvil, perro + chocolate. A los ojos le saltaron tres nefastas palabras: muerte, muerte y muerte, con la coletilla de “salir corriendo para urgencias pero ¡ya!”. Según me contó luego, la dosis letal de chocolate puro era como de 100 gramos, y la perra se había zampado 600 de chocolate con leche, con papel y todo. A eso de las 5:30 estaba llevando a Pipa a unas urgencias veterinarias, donde le dijeron que tenía que dejar a la perra ingresada todo el día a ver cómo evolucionaba. Cuando me despertó, venía de regreso. Creo que nunca le he visto tan acongojado.\r\n\r\nAfortunadamente la cosa se quedó en el susto y 120 euros menos por el ingreso. Por la tarde pudimos ir a recogerla y la muy desgraciada todavía, al llegar a casa, olía el chocolate y se lanzaba a intentar comérselo.

¿He mencionado ya la manía de la gata de orinarse por doquier? Llegó a tener dos areneros que nos desvelábamos por mantener limpios. En el momento en que hacía caca había que limpiarlo. De hecho, la gata, después de defecar, venía a buscarte para que le limpiaras la arena. En serio. De verdad lo digo. No aguantaba tener el cajón sucio, pero nada. Y había altas posibilidades de que, después de hacer sus cosas, si no limpiabas inmediatamente, lo que sí limpiarías sería el puff, con una enorme meada de gato sobre él. Menos mal que estaba hecho de un material impermeable y que lo que nos encontrábamos era un maloliente charco de pis. Yo montaba en cólera cada vez que la gata hacía eso. La perseguía por la casa, la agarraba, me daban ganas de limpiar el puff con ella y luego la mandaba al lavadero. Pero ella insistía.\r\n\r\nUn día de buena mañana encontré un vómito de la gata. Y en el vómito, gusanos. Eran una cosa larga y blanca, finos como espaguetis, una cabeza romboidal y pinta de no ser nada sano. Mierda, tengo que ir a trabajar. Mierda, busco los gusanos en Internet. Mierda, me acojono mucho. Mierda, hasta las 11 no abre el veterinario. Mierda, llamo a mi jefa y le explico como puedo, sin que suene a coña marinera, que no puedo a ir a trabajar por la mañana, porque la gata ha vomitado gusanos y la tengo que llevar al médico.\r\n\r\nParásitos. Era una infección por parásitos tan grande que, literalmente, le salían por la boca. Una imagen que preferiría no tener en mi cabeza. La desparasitación habitual que le hacíamos cada tres meses no le había hecho ni cosquillas a los gusarapos esos. Y se habían hecho fuertes gracias al debilitado sistema inmune de la gata. Ellos eran los responsables de que la gata comiera, comiera y comiera todo el día, y lo único que engordase fuese su panza. Por un momento, sentí hasta lástima por ella. Luego me acordé del puff y se me pasó.\r\n\r\nAsí que todos en casa tuvimos una ronda de desparasitación por cuenta de la gata. La cosa tenía el “valor añadido” de poder transmitirse a los humanos.\r\n\r\nPasados unos meses la historia volvió a repetirse. Esta vez los parásitos aparecieron en las heces. Me los imaginaba atrincherados en el intestino del animal, como los 300 en el paso de las Termópilas, gritándole a las pastillas: “Tú no puedes pasar por aquí”. ¿O ese era Gandalf?\r\n\r\nSegunda ronda de desparasitación general.\r\n\r\nY hasta una tercera vez. En esta ocasión ya nos pusimos serios. El medicamento no servía para nada, y había que buscar algo más efectivo antes de pasar al plan de emergencia: abrir y sacar.\r\n\r\nTodos volvimos a tomar el medicamento, pero esta vez era un tratamiento mucho más fuerte. La gata estuvo una semana cagando gusanos muertos, y de la noche a la mañana nuestra vida cambió.\r\n\r\nLos parásitos no sólo eran los responsables de que la gata pareciera un pozo sin fondo comiendo, o de que no creciera ni engordase. También eran los culpables de su mala leche y de muchas de sus meadas fuera de lugar.\r\n\r\nEn su descargo diré que, después de ese último tratamiento, la gata se convirtió en un animalito cariñoso, tranquilo y dócil. Creció, engordó un poquito y dejó de necesitar dos areneros. Sin embargo, lo que no dejó de hacer, ocasionalmente, fue mearse en el puff. Especialmente cuando se percataba de que se iba a quedar sola un fin de semana y nos quería hacer saber que no le hacía ni pizca de gracia. Carácter que tenía la muchacha.\r\n\r\nPipa-gata-maletas

La gata entró en casa con su tierna historia de abandono y hambre detrás. Todo fachada. Por lo visto, llevaba semanas deambulando por el pueblo donde mi amiga la recogió, paseándose por la iglesia en hora de misa, maullándoles a las buenas gentes de allí y, en fin, tratando de hacerse notar. Hasta que finalmente se coló en casa de mi amiga y, por ende, en la mía.\r\n\r\nSu aspecto era de cachorrilla, muy pequeña, muy flaca. El veterinario comentó que estaba desnutrida y que era imposible determinar su edad. La dentición definitiva ya estaba completa, a falta de un dientecillo incisivo que debió perder por el camino, pero su tamaño y su peso apenas se acercaban al de un gato adulto. Penita de animal.\r\n\r\nComo venía con hongos en cabeza y orejas, no pudimos empezar a vacunarla hasta que conseguimos que desaparecieran, lo cual no fue cosa de dos días, dicho sea de paso. Aparte de la medicación, el veterinario recomendó que todos los días se le lavase la cabeza con jabón casero y luego con agua oxigenada, para matar lo que sea que fuera con el contraste ácido-base. ¿Lavarle la cabeza a un gato? Eso es, lavarle la cabeza a un gato. Durante dos meses, seguimos como pudimos las instrucciones del veterinario. Finalmente, la gata le dijo adiós a los hongos y hola a su nuevo look de rubia oxigenada.\r\n\r\nPipa+gata\r\n\r\nAparte de una mala leche impropia de un animal agradecido, Gata manifestaba un apetito desmedido y una especial devoción por Pipa. Cuando sacábamos a la perra, la gata maullaba desesperada como alma en pena por toda la casa, buscándola. Cuando sentía la puerta, salía disparada para hacer una cosa muy rara: ponerse transversalmente a la trayectoria de la perra. Cada vez que esto sucedía, Pipa, que entraba a casa como toro en toriles, embestía a Gata con la cabeza por debajo del abdomen hasta llegar a levantarla del suelo. E invariablemente, cada vez que la perra volvía de la calle, la gata buscaba el mismo resultado, una y otra vez.\r\n\r\nJugaban juntas hasta agotarse y, después, se quedaban dormidas juntas también. Sin embargo, como la perra había llegado antes, mantenía ciertos privilegios, como el de dormir por la noche dentro de nuestro dormitorio. La gata dormía en la cocina. El que pasasen la noche separadas fue una cuestión de pura supervivencia. La gata parecía poseída, especialmente por las noches, su actividad era frenética, y su obsesión por jugar a todas horas con la perra llegó a un punto en el que juraría que Pipa tenía ojeras de no dormir. Nos dimos cuenta de que la perra se escondía de la gata para tratar de arrancarle unos minutos al sueño en cualquier rincón, porque en cuanto la gata la encontraba, se lanzaba sobre ella como un tigre y la tentaba para que entrara al trapo, cosa que conseguía el cien por cien de las veces.\r\n\r\nEvidentemente, no sólo no podía dormir la perra. Nosotros tampoco pegábamos ojo. Bueno, para ser exactos, yo no pegaba ojo. Roberto, como buen ejemplar del sexo masculino, no tenía el más mínimo problema para dormir en medio de un bombardeo. A pesar de varios tabiques y tres puertas cerradas de por medio, escuchaba el estrépito que la gata montaba en la cocina desde el dormitorio. Yo no me explicaba qué demonios hacía para provocar ese sonido, como si golpeara una pared con un martillo, hasta que lo descubrí y no pude por más que hacer como todas las madres, gritar su nombre completo para que supiera que se la iba a ganar.\r\n\r\n¿Qué era ese ruido entonces? Aunque parezca increíble, era el sonido del cuerpo de la gata estampándose contra el frigorífico.\r\n\r\nY no la estaba lanzando nadie, se lanzaba solita.\r\n\r\nQuería hacer caer los imanes de la nevera.\r\n\r\nY lo consiguió.\r\n\r\nEl día que volvimos de trabajar y nos encontramos a la perra en el sofá devorando con fruición unos imanes de escayola que nos trajeron de Grecia, lo comprendimos todo. Gata cabr***, al lavadero.\r\n\r\nEse fue uno de los muchos tándenes diabólicos que protagonizaron las dos. Básicamente, nosotros nos empeñábamos en poner cosas fuera del alcance de la perra para que no se las comiese, y la gata se dedicaba a volver a ponérselas a mano en cuanto salíamos por la puerta. En el cómputo general de bienes destruidos por el método del “yo te lo alcanzo” hay, hasta la fecha, 3 bluetooth, entre 5 y 6 auriculares, 4 mandos a distancia, varios libros, los imanes de la nevera, unos cuantos chiles picantes, una ración de carne empanada con ensaladilla rusa con su táper, incontables bolígrafos, rotuladores, lápices y pinzas de la ropa, y una cantidad mortal de chocolate. Pero esa historia me la dejo para más adelante.\r\n\r\ngata-dormida