El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Llevo varios años evitando escribir esta entrada. Me digo a mi misma que quizá no lo recuerde lo suficientemente bien, o que es demasiado triste para que a nadie le interese. Pero es parte de la historia el aprender a querer a seres que algún día tienen que irse, aunque siempre esperas que eso suceda lo más tarde posible.\r\n\r\nEse fin de semana Roberto y yo salíamos de viaje, él por cuestiones de trabajo y yo para ver a la familia. Pipa venía conmigo y, como otras veces, Gata se quedaba sola en casa. Yo ya estaba camino de Granada cuando Roberto me llamó: “Oye, yo tengo que salir ya, pero he visto a la gata algo rara. ¿Podrías pedirle a Juan Carlos y Lucía (los que nos dieron a Gata) que pasen por casa a echarle un vistazo?”\r\n\r\nUn par de horas más tarde Juan Carlos, Lucía, Roberto y yo estábamos metidos en un ir y venir incesante de llamadas telefónicas y mensajes tratando de tomar una decisión tras otra.\r\n\r\nCuando nuestros amigos llegaron a casa la gata apenas podía respirar. La llevaron a un hospital veterinario y allí descubrieron que la leucemia felina, ese virus en el que nadie había vuelto a pensar viendo a un animal tan vital, tan listo y tan especial, había finalmente dado la cara. Gata tenía un tumor en los pulmones que le había ocasionado un derrame pleural que le impedía respirar y le causaba dolor.\r\n\r\nEstábamos a casi 500 km de Gata y había que decidir qué hacer. El tumor era grande y no había solución. Nuestra gatita se iba y nosotros no estábamos allí, con ella. Estábamos divididos, rotos. No queríamos que pasara ese momento sin nosotros, pero tampoco podíamos dejar que pasara tantas horas sufriendo hasta que llegásemos.\r\n\r\nDespués de hablar por teléfono con el veterinario acordamos operar a la gata para solucionar el derrame, eliminar el dolor y darnos tiempo a llegar. Ella nos esperó. Tuvo una parada cardiorespiratoria en el quirófano, pero remontó. Fuimos a la clínica a por ella y nos la llevamos a casa… tan pequeña, tan débil y tan maravillosamente cabrona como siempre. Pero sabíamos que era sólo una breve tregua, un respiro para despedirnos. El tumor no tardaría mucho en volver a afectar a la pleura. Podía volver a liberarse en quirófano, pero nos parecía inhumano hacer pasar a nadie por eso una semana y otra sólo porque no queríamos aceptar que había llegado el momento.\r\n\r\nLos primeros momentos de esa semana fueron como siempre, igual que siempre. Pipa y Gata, Gata y Pipa, jugando, tomando el sol juntas en la terraza y viviendo el momento como si nada pudiera alterar ese instante mágico de estar todavía cuando ya vas de salida. Algo había cambiado en ella, era increíblemente cariñosa, buscaba dormir con nosotros y pasar a nuestro lado todo el tiempo posible. Hubo momentos en los que pensamos que todo había sido una equivocación. Era nuestra gatita de siempre, era imposible que hubiera un tumor comiéndosela por dentro… y esperábamos un milagro.\r\n\r\nA los cinco días volvimos a poner los pies en tierra. Gata. No podía respirar. La cogimos con mucho, mucho cariño, sabiendo lo que iba a pasar ya, y dispuestos a que sus últimos momentos fuesen tranquilos y sin dolor. Conteniendo la angustia y las ganas de llorar escuchamos lo que ya sabíamos. De nuevo el tumor y la pleura. La gata sufría y la situación era irreversible. Se podía aplazar con nuevas intervenciones, pero no iba a curarse y no iba a mejorar. Se nos hacía un nudo en la garganta y en el estómago, porque teníamos que decirle adiós, e iba a ser en ese momento. Era más la angustia por verla sufrir que por perderla, al final nunca se pierde del todo a un ser querido, pero verle sufrir…\r\n\r\nEstuvimos con ella mientras le administraban el sedante que precede a la eutanasia. Le cogimos la patita mientras susurrábamos que todo iba a ir bien y que ya no le dolería. Quizá los animales no entiendan y sean palabras más dirigidas a nuestra conciencia que a su entendimiento. Quizá… pero quizá no, y puede que de alguna manera ella sintiera que ese viaje que todos emprendemos solos era, en ese momento, menos solitario.\r\n\r\nCon la primera inyección su respiración dejó de agitarse y, con la segunda, la vimos irse. Roberto y yo llorábamos como niños delante de su cuerpecillo, tan castigado y pequeño, que ya no se movía. Los gatos mueren con los ojos abiertos, tremendamente abiertos y vacíos. Algo que antes estaba ya no está, eso que llamamos vida se llevó a nuestra gata a otro sitio y nos dejó allí su maltrecha forma.\r\n\r\nNos la llevamos envuelta en la misma manta en la que la llevamos. Al llegar a casa Pipa olió y supo, porque pasó semanas triste, mirando la casa y oliendo los lugares donde Gata solía ponerse.\r\n\r\nHan pasado tres años desde ese día. Cada una de las historias que he ido contando en este blog las escribí en su memoria unos meses después. Recordábamos en familia todas las trastadas que había hecho y las barrabasadas que hizo pasar a Pipa y nos reíamos tanto… pero nunca hasta ahora fui capaz de tocar el último capítulo de su vida. Han pasado tres años, pero todavía he tenido que detenerme varias veces porque las lágrimas no me dejaban avanzar. Mi gatita, nuestra gatita, se fue. Dio guerra como pocos, pero la quisimos como a nadie.\r\n\r\nAdiós gatita, adiós.\r\n\r\n

Perro-600

En la foto no se ve, pero gata tiene puesta en la pata la vía con la que salió del hospital veterinario. Es una de las fotos que tomamos de las dos la semana antes de morir.

pato\r\n\r\nEn este instante siento una mezcla de orgullo insano y vergüenza propia y ajena. Todo junto. Por unos momentos la tentación me ha rondado y aún no sé si me he librado de ella o está preparando otro embate, como a san Antonio en el desierto. ¿Qué ha pasado? Pues que he llevado a cabo una hazaña increíble y ya me estaba viendo a mí misma haciendo giras por el mundo impartiendo charlas motivacionales sobre el eje de mi increíble experiencia. Mejor que Josef Ajram sin duda, y sin tener que hacerme tatuajes para parecer molona. Yo, enardeciendo a las masas y levantándolas de sus miserias con el poder de mi oratoria porque yo, ¡YO! he corrido 10 kilómetros sin morir en el intento (aunque poco me faltó).\r\n\r\n¿Pero cómo llega alguien como yo, una madre de familia cuarentona con una hija en la Universidad y otra con crisis existenciales, con cuatro gatos, un perro y un marido, lograr tamaña heroicidad? Ya que insistís os contaré cómo pasó con la máxima falta de modestia posible. Y lo haré con uno de esos comienzos épicos de todos los libros de autoayuda y de esos speechs capaces de convertir en líderes mundiales a los fontaneros de hucha y palillo. Si quieren pueden, ¿no? Porque mi historia tiene todos los ingredientes de los mejores conferenciantes TED.\r\n\r\nHasta hace casi dos años yo no había corrido nunca. En el colegio, las clases de gimnasia en las que nos hacían dar vueltas por el patio eran un sufrimiento y una tortura peor que se te rompa el mando justo cuando comienza MHYV o alguna otra cagarruta por el estilo. En 5º de EGB vinieron al colegio unos “seleccionadores de talento” de la época para hacer pruebas deportivas a todos los niños y niñas que midieran más de 1,50. ¡Qué increíble orgullo estar entre los seleccionados! El primer día eran pruebas de fuerza, salto, estiramientos, agilidad, velocidad… ¡guau!, yo las iba pasando cual gacela. Yo era el pequeño saltamontes y Nadia Comaneci (aunque no sabía entonces quién era esa). Cuando me anunciaron que pasaba a la segunda ronda de pruebas ya me veía a mi misma subiendo al podio en las Olimpiadas, hasta que hubo que hacerlas. Se trataba de dar dos vueltas (corriendo, claro) a una pista de 500 metros en un estadio. Corrí con todas mis fuerzas… los 10 primeros metros, y los 990 restantes me arrastré con la lengua fuera mirando cómo se alejaba la espalda de todas las que iban delante de mi (que curiosamente eran todas las que competían menos yo). Cuando logré llegar a la meta… caminando, mi padre me miró con cara de chasco y me dijo lo obvio con la típica malafollá de un granaíno, luego añadió una propina: “pues has llegado la última y, por cierto, corres como un pato mareado” (al menos no me dijo que corría como Coco).\r\n\r\nNi que decir tiene que la vergüenza me duró años y que no volví a intentar correr. Para colmo, un médico que me examinó en cierta ocasión me dio la excusa (y la justificación) perfecta para hacer frente a mi fracaso corredor: “Tienes un pectus excavatum, tu caja torácica no se puede expandir, nunca podrás correr más allá de evitar que se te escape el autobús, siempre que no esté muy lejos”. ¡Qué bien!, no había quedado la última por manta, ni porque me pesara el culo, sino porque tenía un pectus excavatum.\r\n\r\nPasaron los años, y mi pectus excavatum y yo entablamos una buena amistad.\r\n\r\n-¿Quieres venir a correr?\r\n\r\n-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.\r\n\r\n-Ahhhhh, entiendo.\r\n\r\nFueron tiempos de inocente complacencia y conveniente comodidad. Hasta hace dos años en que, hablando con un amigo médico…\r\n\r\n-¿Te vienes a correr?\r\n\r\n-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.\r\n\r\n-Eso no tiene nada que ver. El cuerpo es capaz de compensar cualquier cosa. Si practicas puede correr.\r\n\r\n-Ahhhhh, entiendo (aunque por dentro pensaba si eso era cierto llevaba años haciendo el canelo).\r\n\r\nTodavía tenía clavada la espina de aquellas pruebas deportivas y la cara de churro de mi padre. Así que probé. Como en todas las historias de gran superación, al principio apenas logré recorrer 50 metros sin desmayarme, pensando que mi amigo se equivocaba, y que un pectus excavatum era un pectus excavatum. Luego, poco a poco, ocurrió el milagro. Mi increíble determinación personal y el ritmo de The Verve me condujeron de los 50 metros a los 500, y de ahí hasta las estrellas y más allá. Logré hacer 1,5 km en 14 minutos (una caca de tiempo, pero para mi era como haber escalado el Everest). Después bajé el tiempo a 7 minutos y subí la distancia a 2 km.\r\n\r\nEn julio de 2014 me ponía como reto correr 30 minutos sin parar y en octubre de ese año hacía 4,5 km en 35 minutos. Entonces decidí apuntarme a mi primera carrera popular en la distancia de 5 km. Eran 4,5 en realidad, pero los hice en 32 minutos sin parar y sentí que acababa de saldar una deuda pendiente con mi infancia. Aunque tuve que darle la razón a mi padre después de ver el vídeo de mi entrada a meta: efectivamente, parecía un pato mareado.\r\n\r\nSeguí corriendo intermitentemente pero feliz, porque había algo que siempre creí que no podría hacer, y sí que podía.\r\n\r\n¡¡Ah!!, pero ahí estaba el hado incierto, el fatal destino, esperando para abalanzarse sobre los ingenuos que se atreven a desafiarle (¡joder, que me emociono con lo bien que me ha quedado eso!). El año 2015 me trajo de regalo la condromalacia rotuliana, la espondilosis lumbar, la ciática y la hernia de disco. Pero como esta es una historia de superación (o de inconsciencia, aún lo estoy decidiendo), me pasé por el refajo el diagnóstico del médico y seguí corriendo, hasta mi más reciente logro: acabar una carrera de 10 km en un tiempo (penoso pero mío) de una hora y catorce minutos. Si con un pectus excavatum podía hacer eso, ¿qué no haría con aquello? Y la verdad es que habría quedado muy bien hasta ahí. Enfermedad degenerativa, reto deportivo y espíritu de victoria en una misma historia. ¿Soy la leche o no?\r\n\r\nPero para ser del todo correctos y no animar a que la gente haga el tonto con su cuerpo y su salud, tengo que hacer una aclaración. En problemas de salud como estos se recomienda hacer ejercicio, aunque dependiendo del médico y la forma de hacerlo, el running se desaconseja por el impacto sobre las rodillas y la espalda. Sin embargo, como cada especialista tiene una opinión al respecto, decidí bajo mi propio riesgo, seguir el consejo que me pareció más sensato: “haz todo el deporte que puedas y quieras siempre que no te cause daño”. Y así lo hago. Especialmente porque si no hago ejercicio, el cuerpo se me empieza a poner rígido y empiezo a caminar, no como un pato mareado, sino como el monstruo de Frankenstein recién bajado de la camilla. Y corro porque creo que nunca me he quitado del todo el mal sabor de boca de aquel día en el estadio, y porque siempre sentí envidia de la gente que podía despegarse del suelo y era capaz de hacer que su cuerpo y su mente resistieran un kilómetro detrás de otro. Corro despacio porque no quiero tener que dejar de hacerlo. Quiero poder seguir resistiendo tiempo aunque la velocidad sea de pena, o aunque como en mis primeros 10 km en una carrera popular, llegue casi al lado del coche escoba. Me da igual porque el logro para mi no está en hacerlo, sino en que siempre creí que no podría.\r\n\r\nNo son los triatlones extremos de Arjam ni su “life trader”, pero para mi es como si lo fueran.

La gata se divertía enormemente persiguiendo cordeles, hilos y, especialmente, cualquier polilla o mosca que se colara por la ventana. Como todos los gatos, supongo. Era una auténtica cazadora. Una de las cosas que solía hacer era engancharse a los cordones de las sudaderas con una habilidad depredadora increíble. Cierta vez que íbamos a salir a cenar fuera,y  con la previsión de llegar tarde a casa, Roberto le dejó a Gata un largo cordel con un juguete colgando del extremo. Como no encontró otro lugar mejor, ató el cordel de marras al pasador de la puerta de entrada.\r\n\r\nCuando salíamos de casa me quedé mirando el cordel pensando, sólo durante unas décimas de segundo, si no habría alguna posibilidad de que el pestillo se corriese accidentalmente durante el juego de la gata. Fueron sólo unas décimas de segundo. La imagen me parecía demasiado rocambolesca para que pasara de verdad. ¡Ja!\r\n\r\nEran casi las dos de la madrugada cuando llegamos a casa, y al ir a abrir la puerta nos encontramos con que estaba bloqueada desde dentro. La puerta se abría apenas lo suficiente para que pasaran los dedos de la mano y, desde luego, para que la perra, desesperada por hacer sus necesidades, asomara el hocico gimiendo y llorando de impotencia.\r\n\r\n¿Hace falta que diga lo que había pasado? Eso mismo. Gata se había enganchado del cordel y había desplazado el pasador. Resultado: nosotros no podíamos entrar en casa y la perra no podía salir.\r\n\r\nTardamos más de dos horas en encontrar una forma de abrir el pasador desde fuera sin tener que recurrir a un cerrajero de urgencias, Pipa pudo hacer sus cosas, nosotros pudimos dormir en casa y Gata… Gata sólo observaba desde el mueble de la entrada sin perder detalle.\r\n\r\nPipa-gata-caseta\r\n\r\n 

Cuanto más lo pienso, más extraña me resulta la relación entre perros y gatos. Y una de las cosas que más me choca es el tema higiénico.\r\n\r\nMientras que la gata es, como todo miso, un bicho bastante limpio (salvo cuando se mea en el puff), la perra, por el contrario, disfruta con la guarrería.\r\n\r\nEntre las extraordinarias cosas de las que disfruta es de revolcarse en el césped del parque. Las primeras veces que la vi hacerlo pensé, ingenua de mí, que simplemente se divertía haciendo volteretas. Más tarde comprendí que para ella era algo parecido a ir de compras con una tarjeta de crédito ilimitado, en plan: “¡Qué olor tan rico! Me lo llevo… y este, y este, me los llevo todos, es más.. ¡¡¡me los llevo puestoooooosss!”.\r\n\r\nMás tarde comprobamos que ese afán de “comprador” compulsivo podía llegar mucho más lejos.\r\n\r\nUno de esos días que la sacaba a pasear por El Retiro a las 6 de la mañana divisé, en medio del camino, un obstáculo. Antes de que pudiese darme cuenta de que se trataba de un enorme mojón de boñigas de caballo, Pipa ya había saltado sobre él y estaba, literalmente, bañándose en caca de jamelgo. Llegar tarde a trabajar porque has tenido que bañar a tu perra de buena mañana, es una excusa difícil de hacer tragar.\r\n\r\nMás tarde, una soleada tarde de invierno, nos tumbamos sobre un pradito de El Retiro Roberto y yo, mientras Pipa correteaba de un lado a otro, más feliz que una perdiz. La vimos practicar su deporte favorito: revolcamiento sobre hierba. La perra, cada vez más feliz, se restregaba con más y más alegría, hasta que comenzó a llegarnos un tufillo a caquilla bastante sospechoso. Para cuando quisimos darnos cuenta de que la que traía y llevaba aquel aroma consigo era Pipa, ya estaba embadurnada hasta las orejas (por dentro).\r\n\r\nTodo el camino de regreso a casa la perra fue brincando de olorosa felicidad. No tenía ni idea de que, al llegar, tendría que bañarse. Es una de las cosas del mundo que menos le gustan.

Roberto es de ese tipo de personas que no miden a veces el alcance de las cosas que dicen o hacen. Tiene, sin embargo, la ventaja de tener buen sentido del humor, y la inmensa suerte de que yo también lo tengo. A veces.\r\n\r\nOtro botón de muestra.\r\n\r\n“Mañana te invito a desayunar”, me dijo un día, mucho antes de que hubiera perro y gato en casa. La idea era levantarnos temprano e ir hasta Avenida de América, donde él tomaba el autobús de su empresa y yo el metro hacia mi trabajo, y tomar juntos un café en alguno de los bares de la zona. Eran las 6:30 de la mañana. La oferta de locales abiertos a esas horas se reducía a uno de esos tugurios, donde los obreros de pantalón con hucha mojaban las tostadas en carajillos y solysombras antes de ir al tajo. Resignadamente entré.\r\n\r\nNos tomamos el café y, a la hora de pagar, me pregunta Roberto si yo llevo efectivo encima. Glup. No. La conversación en la que le explicaba que el que abría la boca para invitar era el que pagaba, ya la habíamos tenido. Contando con que eso estaba claro, no me había tomado la molestia de pasar por el cajero antes de ir a desayunar, pero él tampoco.\r\n\r\nSupongo que leyó mi mirada y salió rápidamente a buscar un cajero, mientras yo lo esperaba allí, sola, vestida de ejecutiva agresiva, en mitad de aquel lugar, lleno de testosterona obrera.\r\n\r\nUn minuto después, sin siquiera llegar a entrar al bar, Roberto abrió la puerta, asomó la cabeza, gritó que se le escapaba el autobús y se largó.\r\n\r\n…\r\n\r\n…\r\n\r\nSe me quedó cara de póker. Durante unos minutos me quedé muy quieta, digiriendo lo que acababa de pasar y esperando que, con cara de guasa, Roberto apareciese por la puerta diciendo que era broma. No, no, no. Eso no pasó.\r\n\r\nAsumida ya la situación traté de negociar con el camarero mi salida en busca de un cajero. Creo que pocas veces he pasado tanta vergüenza. Por más que le juraba al camarero que iba a volver, y que le podía dejar el bolso, el ordenador y el DNI en prenda, él despreció mi ofrecimiento y me dijo que no era necesario, dándome a entender que no esperaba que regresara. Salí, busqué un cajero, saqué pasta, volví, pagué y me fui a trabajar con un cabreo monumental. Dos horas más tarde, Roberto me llamó… No comprendía por qué me enfadaba.\r\n\r\nPues, a pesar de todo, hablamos de una persona sensible. Alguien que aunque quería/no quería perro, aunque quería/no quería gato, se desvivía por que estuviesen bien.\r\n\r\nCuando Pipa llegó a casa, no consentía dejarla más de tres horas sola. Parecía una madre primeriza. Si salíamos a tomar algo con amigos, nosotros éramos los primeros en irnos para “estar con la perra”. Colchón, cuna o caseta perruna que veía, colchón, cuna o caseta perruna que quería comprar. Más juguetes, premios, huesos y, por supuesto, la mejor comida.\r\n\r\nEn una ocasión, Pipa se hizo un poco de daño en una pata y cojeaba levemente. Roberto la llevaba en brazos hasta el césped donde solía hacer sus necesidades y, después, la regresaba, también en brazos, hasta casa.\r\n\r\nViendo el interés que la gata ponía en todo lo que hacíamos delante del ordenador, localizó en YouTube “Videos for cats”, un canal con vídeos especialmente pensados para agradar a los mininos. Fundamentalmente peces en peceras y pajaritos picoteando grano. Para que la gatica no perdiera detalle, en lugar de ponerlos en el ordenador lo puso en la tele nueva. Una pantalla plana LCD de muchas pulgadas que trataba como oro en paño. La primera sesión era una versión de pecera de “Buscando a Nemo”. Aburrida hasta para un gato.\r\n\r\nCuando pasamos a la segunda sesión, pajaritos en una pajarera, Gata pasó de 0 a 100 en 0,5 segundos, y antes de darnos cuenta se había lanzado con las uñas fuera contra la tele.\r\n\r\nLo realmente impresionante no fue el salto de la Gata, sino el de Roberto exclamando: “¡La tele no!”.

A Roberto le daba pena dejar a la gata en casa cuando salía la perra. Estaba convencido de que la gata deseaba ir a la calle, y quiso darle la posibilidad de hacerlo.\r\n\r\nEn un primer intento le dejó la puerta del piso abierta. Como no veía que la gata hiciera por salir, e interpretándolo como un gesto de timidez, la cogió y la puso en el rellano de los ascensores. Vivíamos en un quinto.\r\n\r\nAl verse fuera de la casa la gata sufrió un ataque de pánico y echó a correr escaleras abajo. Roberto la encontró, acurrucada y maullando en el fondo del cuarto de contadores.\r\n\r\nEste pequeño percance no hizo desistir a Roberto, que seguía creyendo que la gata deseaba ir a la calle. En ese momento no me lo dijo, pero había estado viendo fotos en Reddit de gente que paseaba a su gato con arnés y correa. Internet a veces puede ser nocivo.\r\n\r\nRoberto le compró un arnés a la gata. Roberto consiguió ponerle el arnés a la gata. Roberto le enganchó la correa al arnés. Roberto dio un suave tirón de la correa y ahí se acabó la cosa. Al notar el tirón la gata entró en modo pánico acrobático. Empezó a saltar y cabriolear de miedo en el aire, arañando a Roberto, que intentaba en vano sujetarla. Cuando más se encabritaba la gata, más tirones le daba la correa, que seguía enganchada al arnés, y más se asustaba. El duelo terminó cuando la gata logró zafarse de la correa y logramos acercarnos para quitarle el arnés. Roberto hizo recuento de los arañazos sufridos y volvimos a dejar el arnés en un cajón, donde habitualmente dejábamos las correas, collares, arneses y sujeciones varias de la perra. Un cajón situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, ya que le encantaba comerse los cierres de plástico de los arneses (si “alguien” se los acercaba lo suficiente, claro).\r\n\r\nPara recuperarnos del susto y que la gata se tranquilizara, salimos a dar una vuelta. Antes de salir por la puerta tuve una repentina intuición. No me equivocaba.\r\n\r\nAl regresar, el arnés de la gata no existía. Pipa se lo había comido. ¿Por qué? Pues porque de entre todas las correas, collares, arneses y sujeciones varias que guardábamos en un cajón, situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, la gata había dejado caer SU arnés… y la perra hizo el resto. Misión cumplida. Arnés destruido.\r\n\r\nPero eso todavía no era motivo suficiente para convencer a Roberto de que no era buena idea sacar a la gata a la calle. Las contadas salidas al veterinario en el transportín, le dieron una idea que estuvo madurando en silencio.\r\n\r\nÍbamos a pasar un fin de semana fuera y nos llevábamos a Pipa. Gata se quedaría sola un par de días, como en otras ocasiones. O eso creía yo.\r\n\r\nA la hora de salir, Roberto dijo que nos llevábamos a la gata. Traté de hacerle desistir, pero no fue posible.\r\n\r\nMetimos a Pipa en el asiento de atrás con su arnés para coche y a la gata en el transportín, sujeto con el cinturón de seguridad y echamos a andar.\r\n\r\nDesde el momento en que la gata se vio fuera de casa, empezó a ponerse nerviosa, y a maullar con desesperación, pero cuando el coche arrancó, la cosa se puso fea de verdad. Conforme avanzábamos por la carretera la gata se iba poniendo más y más histérica. Al principio arañando la rejilla del transportín pero, luego, con un maullido cada vez más lánguido y desmayado, débil hasta convertirse en un hipido. Poco después supimos qué significaba eso de “el olor del miedo”. Del terror se había cagado y meado encima… pero eso, todavía, no convencía a Roberto de que a la gata no le agradaba el paseo.\r\n\r\nSólo cuando la gata dejó de maullar y empezó a boquear, con los ojos en blanco, consintió en dar la vuelta y regresar a casa.\r\n\r\nYa en casa, al sacar a la gata del transportín, embadurnada de caca y pis, y todavía en estado de shock, tardó aún quince minutos en poder andar. Era como un muñeco de trapo, incapaz de sostener su propio cuerpo, y creo que, por primera vez, se alegró de perdernos de vista por un tiempo.\r\n\r\nSorprendentemente, Roberto siguió ideando formas de hacer que la gata salga, gustosa, de casa. Debería caparle el acceso a Reddit.

Después de un tiempo de convivencia aprendes que, cuando un perro te mira, es porque se está preguntando “¿qué dices que quieres que haga?”. Cuando un gato te mira, en realidad no te mira, te observa. Te vigila. Te controla. Cuando un gato te mira, está tomando nota mental de lo que haces y de cómo lo haces. Parece que está, simplemente, sentado, pero cuando vuelves tu cabeza, estés donde estés, él te está mirando sin perder puntada de tus movimientos. Lo más inquietante es que cuando te das cuenta de su vigilancia, él vuelve la cara indiferente hacia otro lado, pausadamente, disimulando, como si no tuviera la menor importancia. Pero al volver a lo tuyo, ahí estará él… observando.\r\n\r\nGata, como todo felino doméstico, era una gran observadora. Nos observaba cuando preparábamos el desayuno, al guardar la compra, al hacer la limpieza, al jugar con Pipa, al ducharnos, al dormir, al hacer pis… esto último lo observaba muy de cerca. Tan de cerca como puede estar alguien que se sube a tu regazo en ese preciso momento.\r\n\r\nCada día, antes de salir de casa, para que la perra asociase nuestra partida con algo agradable y minimizar su pena, le dábamos un premio. Antes de dárselo decíamos “Sentada, Pipa”, y Pipa se sentaba y recibía su premio. La gata, que no es tonta, en cuanto se percató de que algo se repartía, acudía también a la puerta y, en cuanto oía: “Sentada, Pipa”, se sentaba también.\r\n\r\nUn día empecé a notar olor a pis en el baño. Fregaba, y al poco el olor volvía. El desagüe estaba bien, todo estaba limpio… no se me ocurría que podía ser… hasta que vimos a la gata salir del baño con cara de satisfacción.\r\n\r\nCon sus potentes dotes de observación había deducido que el baño era un lugar autorizado para orinar. Había estado practicando con la taza con cierto éxito, supongo, aunque no lo suficiente, porque caía algo de pis al suelo. Empezamos a dejar siempre la tapa bajada y, siempre que podíamos, la puerta del aseo cerrada.\r\n\r\nSin embargo, sabíamos que cada vez que nos descuidábamos seguía orinando en el baño porque notábamos el olor, pero no localizábamos la meada por ninguna parte.\r\n\r\nEntre el WC y la pared teníamos un pequeño taburete de plástico. Lo que pasaba era que la gata se subía ahí, arrimaba el culo a la pared y orinaba. No encontrábamos más rastro que el oloroso porque el pis se escurría por los azulejos, luego, por el ángulo entre la pared y el suelo, y se filtraba por el viejo fraguado del filo de las losetas.\r\n\r\nPusimos el taburete de canto para que no pudiera subirse y empezó a mearse en la bañera.\r\n\r\nSi la simple observación puede tener sus consecuencias; cuando se mezcla con la desesperación es algo imparable.\r\n\r\nUn día Roberto compró una merluza fresca. Tal cual entró por la puerta de la casa, el olor volvió loca a la gata. Su estado de locura era similar al que tenía con el celo. Mientras Roberto preparaba la merluza para meterla en el congelador, se subía y bajaba de las sillas de la cocina, se restregaba por los varales, maullaba, intentaba subirse a la encimera, trepaba por las piernas… Muy loca, de verdad.\r\n\r\nLa merluza entró al congelador y nosotros salimos a comer con la familia. No estuvimos mucho tiempo fuera de casa, pero fue más que suficiente para que la gata pusiera en práctica sus dotes increíbles de observación.\r\n\r\n¿Cómo pudo hacerlo? Creo que no lo sabremos nunca, pero al regresar estaba el congelador abierto y ella comiéndose tranquilamente la merluza en el suelo de la cocina.\r\n\r\nMientras que Gata encarnaba el más puro espíritu de Sherlock Holmes, Pipa apenas conseguía llegarle a los talones al doctor Watson.\r\n\r\nPor mucho que tratábamos de enseñar a la perra a empujar puertas entornadas para entrar a una habitación, no pillaba el concepto. Para ella, una abertura insuficiente para que pasara su cuerpo con holgura era un obstáculo insalvable y no ampliable.\r\n\r\nPoníamos a la perra a un lado de la puerta entornada y, del otro, nosotros con el premio favorito de Pipa. De un lado, una perra ansiosa, llorando y culebreando, y una gata sentada, observando. Del otro nosotros tentando “toma Pipa”, “ven Pipa”, “premio Pipa”. Nada. Metía el hocico, pero en cuanto notaba el roce de la puerta volvía hacia atrás una y otra vez, poniéndose más tensa y quejicosa por momentos, hasta que, derrotada, se sentaba y sólo lloraba. Ese era el momento en el que la gata aprovechaba para empujar la puerta, pasar y comerse el premio, ante el desconsuelo de la perra.\r\n\r\nEl límite del aprendizaje por imitación de la perra estaba en subirse al brazo del sofá, ocasionalmente a un baúl y, en una ocasión, a la mesa del comedor. ¡Lo que pude reírme ese día!\r\n\r\nGeneralmente, antes de irme a trabajar dejaba las sillas pegadas a la mesa, de manera que los respaldos formaran algún tipo de barrera para la gata. Ilusa de mi. Pero eso ahora no tiene que ver con la historia.\r\n\r\nEse día, antes de irme a trabajar, vi que Pipa se había subido a una de las sillas del comedor y se había hecho un ovillo para dormir. Me dio ternura y la dejé. Jajajajajaja… ¡ternura!\r\n\r\nCuando abrí la puerta al volver de trabajar nadie vino a recibirme. Nadie. Mi perra, que desde que oía la puerta del ascensor ya estaba arañando la puerta, no estaba ahí. Mi perra, que cuando la tenías dormidita encima y sentía abrirse la puerta saltaba sobre ti sin miramientos, no había venido a saludar.\r\n\r\n¿Pipaaaaaaa?, ¿Pipitaaaaaaa?\r\n\r\nNada.\r\n\r\nAl asomarme al comedor la foto por poco me hace caer al suelo de la risa. En algún momento del día Pipa había aprovechado su cercanía a la mesa desde la silla y, en un intento por imitar a la gata, se había subido encima. Sin problema salvo por una pequeña cuestión. No sabía bajar.\r\n\r\nY ahí seguía, saltando sobre la mesa, dios sabe desde cuándo, gruñendo desesperada, pero sin atreverse a dar el salto liberador.

En verano (esto fue cuando la gata todavía convivía con los aliens) vino mi madre a pasar un par de semanas con nosotros (mis dos hijas, Pipa, Gata y yo). Roberto, inteligentemente, se quitó de en medio buscándose como pudo todo tipo de viajes de trabajo, necesarios o no.\r\n\r\nMi madre es un personaje muy particular. Cuando tenía 14 años le pedí que me llevase a hacerme la depilación a la cera. Se negó porque “eso no sirve pa ná y es muy caro”. En su lugar me compró una especie de guante-lija. Decía que si me frotaba las piernas con él, el vello (por llamarlo finamente) se iría desgastando hasta desaparecer. La teoría era fantástica, pero la práctica era absolutamente ineficaz y muy, muy dolorosa.\r\n\r\nCuando íbamos a casa de vuelta de recoger a mi madre de la estación, no dejó de cuestionar que mi gata fuese tan desastre. Ella había tenido gatos, y nunca le hicieron la mitad de lo que yo decía que hacía la mía. Evidentemente, yo exageraba, como siempre. Reconozco que me invadió una insana satisfacción cuando, al abrir la puerta de casa, vimos el suelo del comedor totalmente cubierto de blanco. Varios rollos de papel higiénico habían sido minuciosamente convertidos en confeti y esparcidos por igual por toda la habitación. Esta vez Pipa no tuvo nada que ver.\r\n\r\nLas dos semanas pasaron y, al día siguiente de que mi madre se marchara, observé un comportamiento inusual en Pipa. Nunca le había tenido miedo a la aspiradora, pero ese día, cuando la encendí, la perra salió disparada a esconderse debajo de la cama. Interrogué a mis hijas sobre el particular, y por respuesta recibí dos escuetas palabras:\r\n\r\n-La abuela\r\n\r\nMe lo imaginé. Confieso que me lo imaginé. Conociendo a mi madre dibujé con claridad meridiana en mi mente lo que había pasado. Confirmé mis sospechas cuando añadieron:\r\n\r\n-Se agobió por los pelos que soltaba la perra y quiso aspirarla.\r\n\r\nTate.

Llegó la hora de esterilizar a la gata. Por su enfermedad era muy conveniente que su sistema inmune no se viese alterado por los periodos de celo. Vale. Pero si alguna vez habéis visto lo lasciva y desvergonzada, además de ruidosa y buscona, que resulta una gata en celo, sabréis que no hacen falta muchas más razones para cortar por lo sano.\r\n\r\nDespués de la operación, la temperatura corporal del animal desciende considerablemente, por lo que tratamos de mantenerla muy abrigada. El veterinario nos advirtió de que era conveniente mantenerla dentro del transportín, porque al ir despertando de la anestesia el animal podía sufrir alucinaciones y ataques de pánico, tratar de salir corriendo y abrirse los puntos o golpearse. La mantuvimos todo el día dentro del habitáculo lo más abrigada posible, vigilándola y, al mismo tiempo, apartando a Pipa, que veía a la gata rara y trataba de jugar con ella como lo hacía siempre. No hubo problema hasta la hora de dormir.\r\n\r\nPor la noche la gata estaba empezando a salir, poco a poco, de los efectos de la anestesia. Trataba de caminar medio tambaleándose y un par de veces intentó subirse al sofá, pero no tenía apenas control sobre sus patas traseras. Esa noche tendría que dormir con nosotros y la perra pasaría la noche fuera. Eso no le hizo mucha gracia a Pipa, que de pronto veía cómo se ponía el mundo del revés, pero lo que realmente provocó que se pusiera verde de celos fue cuando cogimos la manta que habitualmente usaba para dormir, una manta azul muy suave y calentita, y envolvimos en ella a la gata para que durmiera.\r\n\r\nExplícale tú a un perro que se trata de una situación circunstancial, y que no lo estás relegando al olvido. Nuestra actitud hacia Pipa no había cambiado (salvo por usar su manta azul y mandarla fuera una noche) pero ella, de pronto, emitía celera hacia la gata por los cuatro costados.\r\n\r\npipa-sofa\r\n\r\nPipa, como siempre, se subía al sofá a dormir durante el día. En el momento en que la gata aparecía, ya un poco más recuperada, yendo o viniendo del arenero, se ponía tiesa como una vara, se subía al brazo del sofá y la seguía con la mirada con los ojos que se le querían salir. Si en ese momento movías a la perra de lugar, continuaba clavando sus ojos en la gata hasta que esta desaparecía por alguna puerta. Si hubiese sido persona, Pipa habría tenido en ese momento la mirada de Jack Nicholson en “El resplandor”, pero sin sonrisa.\r\n\r\nEsa situación se prolongó una semana, y tardó un mes más en volver a jugar con la gata, y un poco más en que todo volviese a ser como antes. Más de un año hasta que volvieron a dormir juntas.

Lo realmente divertido ocurría cuando llegaba a casa de trabajar y me encontraba el estropicio del día. El tándem diabólico había estado a sus anchas, haciendo de las suyas. Algunas fueron hasta divertidas y, otras, épicas.\r\n\r\nEntre las divertidas contaré una vez en que, la amiga gata, alcanzó unos chiles picantes que teníamos colgados para que se secasen y los tiró al suelo. La perra, que es una aspiradora ansiosa, agarró su premio ni bien tocó el suelo y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, se lo llevó al sofá y se lo tragó. Luego ya fue tarde. Vomitó todo lo que tenía en el estómago (por supuesto, en el sofá), y se tragó casi el litro de agua que había en los bebederos (que luego volvió a vomitar). La gata, cómo no, silencioso testigo de los hechos, simplemente se sentó a mirar y tomó nota. Hubo que limpiar y fregar todo el desastre, pero me reía tanto imaginándome lo que había pasado, que lo hice con gusto. Mi único sinsabor fue saber que la gata, muy lista ella, no llegó a degustar su travesura.\r\n\r\nOtra, más sorprendente que divertida, fue una vez que, al levantarme por la mañana vi algo que me dejó patidifusa un buen rato. El día anterior me habían regalado un táper con carne empanada y una generosa ración de ensaladilla rusa. Como hacía frío, lo dejé sobre la mesa, dentro de una bolsa, preparado para ser mi almuerzo en el trabajo al día siguiente.\r\n\r\nA la mañana siguiente, al ir a la cocina vi la cosa más sorprendente que os podáis imaginar. El táper estaba en el suelo, vacío y… ¡cerrado! Me quedé mirándolo un buen rato, sin pensar todavía en que me habían dejado sin comida (porque estaba claro, una vez más, que era cosas del tánden diabólico). No podía entender lo que veía. Estaba claro que la gata se había subido a la mesa de la cocina y lo había tirado al suelo. Era evidente que la perra había dado buena cuenta del filete empanado y la ensaladilla rusa (la pista me la dio la propia perra, tirada inmóvil junto al táper, con la barriga como un globo y restos de ensaladilla en el hocico). Lo que no entendía, por más mirase, era cómo podía seguir el táper cerrado. Del mismo impacto contra el suelo podía haberse abierto pero, ¿cómo demonios lo habían vuelto a cerrar? La respuesta me llegó al levantar el táper del suelo. La misma que ahora apenas podía abrir los ojos del empacho que tenía, se había comido una esquinita del táper y lo había ido sorbiendo todo a través del agujerito. Un trabajo profesional, sin duda.\r\n\r\nEntre las épicas está el día del chocolate.\r\n\r\nRoberto estuvo casi un año viajando a Londres de lunes a viernes por cuestiones de trabajo. Cuando llegaba a casa y soltaba las maletas, Pipa corría a saludarle, mientras que Gata se quedaba olisqueando el equipaje y tomando posesión de cuanto hubiese en su interior al modo de los alpinistas cuando plantan la bandera en una cima, sólo que la que se plantaba en la cima de la maleta era la gata. Vamos, que se tumbaba sobre el equipaje y ponía cara de: “Esto es mío”. A veces Roberto traía en la maleta chocolatinas que había comprado en el aeropuerto.\r\n\r\nUn día trajo muchas, muchas chocolatinas. El mismo día que la gata aprendió a abrir cremalleras.\r\n\r\nPero eso no lo sabíamos todavía, y nos fuimos a dormir muy tranquilos.\r\n\r\nEra “por fin viernes”. Llevaba toda la semana sin apenas dormir por cuestiones del trabajo, con una contractura monumental en el cuello y, como Roberto estaba fuera, sacando a la perra todos los días a las 6 de la mañana. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Roberto se encargaría de pasear a Pipa por la mañana, me metí en el cuerpo un relajante muscular y una pastillita de melatonina, dejé a la perra y a la gata fuera del dormitorio, puse la oreja en la almohada y me quedé frita.\r\n\r\nComo hay cosas que ni con soporíferos se pueden evitar, sobre las 4-5 de la madrugada me levanté a hacer pis. Al otro lado de la puerta la perra estaba en pleno desconsuelo, llorando y agitándose como una culebrilla. Abrí la puerta, vi la maleta abierta, los restos de los envoltorios de algunas chocolatinas en el suelo, cerré de nuevo la puerta y me volví a la cama exclamando: ¡vaya mierda!\r\n\r\n¿Qué pasa? -preguntó Roberto.\r\nNada, que la perra que se comido los chocolates.\r\n\r\nY no recuerdo nada más, hasta que, a la mañana siguiente Roberto vino a despertarme con cara de cabreo y me puso al día de sus andanzas nocturnas.\r\n\r\nDespués de que yo comentara que Pipa se había comido los chocolates, Roberto pensó que, entonces, la perra debía estar necesitada de ir a hacer pupú. Se levantó y la sacó a la calle (a las 5 de la madrugada) mientras buscaba, en el navegador de su móvil, perro + chocolate. A los ojos le saltaron tres nefastas palabras: muerte, muerte y muerte, con la coletilla de “salir corriendo para urgencias pero ¡ya!”. Según me contó luego, la dosis letal de chocolate puro era como de 100 gramos, y la perra se había zampado 600 de chocolate con leche, con papel y todo. A eso de las 5:30 estaba llevando a Pipa a unas urgencias veterinarias, donde le dijeron que tenía que dejar a la perra ingresada todo el día a ver cómo evolucionaba. Cuando me despertó, venía de regreso. Creo que nunca le he visto tan acongojado.\r\n\r\nAfortunadamente la cosa se quedó en el susto y 120 euros menos por el ingreso. Por la tarde pudimos ir a recogerla y la muy desgraciada todavía, al llegar a casa, olía el chocolate y se lanzaba a intentar comérselo.