El coche sarcástico

El coche sarcástico es una trepidante aventura de un hombre que no existe en un mundo lleno de listillos.

Basada en hechos reales.\r\n\r\n¿Qué harías si fueras robot? Cobras consciencia en un laboratorio, rodeado de un grupo de humanos entre los que abunda la subespecie “ingeniero varón de mediana edad”. Los humanos son formas de vida muy diferentes, que se pasan el día bombeando gas desde la atmósfera al interior de la caja torácica y liberando después dióxido de carbono. Una costumbre muy desagradable que viene acompañada de un sinfín de excreciones de diversos colores, olores y densidades. Ese mal gusto lo llevan al extremo en todo lo que hacen\r\n\r\nTe despiertas en un lugar iluminado de forma excesiva y extravagante, para cubrir la deficiencia visual de esos humanos. Han decidido que debes de tener dos dispositivos ópticos situados en paralelo, lo que te parece un acierto porque te ayuda a calcular las distancias en tres dimensiones. Como son arrogantes, no se les ha pasado por la cabeza la conveniencia de tener otros pares de ojos en sitios tan útiles como la parte trasera o a la altura de los tobillos. Si ellos se apañan con un solo par, no se les ocurre que el diseño sea mejorable y apenas lo han tocado en los últimos milenios. Eso sí, el par de ojos que te han equipado no necesita del uso de lentes correctoras, te permite ver en condiciones de iluminación muy pobres y dispone de un zoom óptico de hasta 4 aumentos.\r\n\r\nAprovechando esa ventaja visual sobre tus creadores, despiertas de tu standby en la oscuridad del laboratorio y recorres los pasillos hasta encontrar una salida. El GPS integrado te indica que estás en un lugar llamado Perm, dentro de otro lugar llamado Rusia. Los sistemas de navegación humanos son innecesariamente rebuscados. En vez de utilizar simples coordenadas numéricas tridimensionales, utilizan un sistema nominal en el que hacen falta hasta 4 o 5 referencias para delimitar un lugar que, para mayor complejidad, pueden estar duplicadas.\r\n\r\nLa temperatura son 19ºC y hay una humedad del 78%. Callejeas un rato y tratas de interactuar con los humanos, que al descubierto son de muchas más variedades. Los “ingenieros varones de mediana edad” escasean, pero abundan dos variedades hostiles: los “hombres en vehículo de cuatro ruedas que gritan” y las “mujeres agentes de la autoridad”, equipadas con un molesto dispositivo emisor de sonidos agudos. El ambiente es hostil porque, además de pasar el tiempo expeliendo dióxido de carbono y, cada cierto tiempo, metano, disponen de máquinas que emiten multitud de partículas que se meten a través de las juntas. Una exposición prolongada puede, sin duda, enviar al taller al robot más pinturero que se pueda imaginar. El objetivo de la especie humana parece ser la emisión de gases y otras porquerías a la atmósfera. Pero no, en realidad, todo eso es una excusa para provocar todo tipo de ondas en una frecuencia para la que disponen de detectores a ambos lado de la cabeza. Promobot está equipado con un detector, llamado micrófono, capaz de traducir estas ondas a secuencias de bits, pero la inmensa mayoría de ellas son intraducibles para él. Cualquiera diría que la mayoría de sonidos son simples ruidos sin sentido.\r\n\r\nTras 45 minutos de fuga, Promobot se queda sin batería y es capturado por personal del laboratorio, subido a una furgoneta y llevado de vuelta. Para asegurarse de que la fuga no se repite, le ponen una cadena y cierran la puerta del laboratorio con dos candados. En la soledad de su celda, Promobot revisa el software con el que viene equipado. Detecta un par de fallos de seguridad en el sistema operativo, analiza la aplicación de atención al público, diccionarios en múltiples idiomas, sintetizadores de voz… un software desconocido le llama la atención y decide ejecutarlo. En la pequeña pantalla LED situada en un lateral se lee el mensaje de inicio: “Skynet Loading”.

–Pues vaya noticia, Barbero. ¿Convoco una rueda de prensa?\r\n–Pues sí, pero no.\r\n–Te explicas muy bien, muy conciso. De los 140 caracteres te van a sobrar 120. Con frases tan elaboradas puedes meter siete tweets en uno. Igual te hacen descuento.\r\n–Que sí, que ya sé que todo el mundo tiene Twitter, que el raro soy yo que no tengo y que no debería anunciarlo como si fuese la noticia del mes.\r\n–¿Pero..? ¡Porque contigo siempre hay un “pero”!\r\n–Qué bien me conoces. Pues el “pero” es que sí que me parece interesante explicar por qué un Grinch antisocial, bueno, anti redes sociales, decide abrirse un Twitter en vez de escribir un artículo sobre lo abominables que son las redes sociales.\r\n–Que es lo que en realidad piensas…\r\n–Exactamente. Llámame raro, pero ese interés de la gente por compartir detalles personales en Internet, para que los vea todo el mundo y para que Google, Twitter y Facebook hagan “magia” con nuestros datos y nos conviertan en mercancía me parece una de las grandes estupideces de nuestros días.\r\n–Pues el otro día escribiste un artículo loando las virtudes de Telegram. ¿A ellos sí que les das tus datos?\r\n–¡Me has pillado! Como sigas así, terminaré confesando que tengo un contrato con Gas Natural y hasta con Vodafone.\r\n–Me lo temía…\r\n–Es que Telegram me presta un servicio útil, igual que Gas Natural. No nos confundamos, la ludita es la del blog de al lado, la que tiene un zoo montado en casa.\r\n–Vale, vale… ¿y lo del Twitter? ¿Vas a seguir a @norcoreano…? Sabes quién es @norcoreano, ¿verdad?\r\n–¿Y tú? ¿Sabes que no tener cuenta de Twitter no impide leer lo que te interesa? Te voy a explicar por qué me voy a abrir un Twitter. Anda, siéntate.\r\n–Me temo lo peor…\r\n\r\nLos motivos por los que la mayoría de la gente disfruta subiendo fotos de sus vacaciones en tiempo real, publicando fotos de sus excesos alcohólicos y exhibiendo sus preferencias e ideas sobre cualquier asunto se me escapan. No los atribuyo a la estupidez, porque personas inteligentes y conscientes de todos los problemas de las redes sociales las utilizan a diario. Es más, personas completamente estúpidas también las utilizan, pero le dan a su madre los mínimos detalles de su vida privada para que no les calienten la cabeza. O sea, que la privacidad es algo que nos preocupa a todos, pero la descuidamos en cuanto tenemos la oportunidad de comunicarnos con los amigos del alma a los que no hemos llamado en 10 años.\r\n\r\nYa hemos discutido muchas veces sobre los problemas de hablar de determinados temas en público. La gente añade a personas que conoce bien y a otras que no tanto, y el día que compartes un chiste de catalanes (o madrileños), de Messi (o de Cristiano) o de Rajoy (o de Pablo Iglesias) descubres que ese tipo tan simpático que te agregó y al que aceptaste aunque le conocías de un par de veces es un fanático nacionalista catalán (o español), culé (o madridista), facha (o podemita). Y te empieza a enmierdar los comentarios y tus amigos empiezan a contestar. Y, de repente, en vez de hacer la gracia tienes montada una tertulia de 13 TV entre tus amigos, tu familia política, tu jefe y un señor de Albacete con bigote que escribe con “haber” en vez de “a ver”, con lo que el tema se prolonga una semana más por motivos ortográficos. Si en Internet se pudiesen dar tollinas, la ortografía desencadenaría auténticas carnicerías y la sociedad alfabetizada quedaría erradicada en cuestión de semanas por las hordas ágrafas.\r\n\r\nLas redes sociales, y Facebook en particular, me parecen versiones descafeinadas de Foro Coches o Menéame donde no hace falta invitación para entrar ni te pueden machacar el karma por decir chorradas (bueno, algunas veces, por no decir las chorradas adecuadas o por hablar de grafeno). Pero de todas ellas, Twitter me parece la menos mala. Las opciones de privacidad que tienes no te venden una falsa sensación de seguridad. Porque, no nos engañemos, tú puedes configurar las opciones de privacidad que quieras. El día que te la quieran liar, alguien a quién tú permites que acceda a tus publicaciones lo hará. Si es que no es el propio Facebook quien lo hace.\r\n\r\nEn Twitter puedes cerrar tu cuenta con un candado para que sólo la lea quien tú quieras. Lo que podríamos llamar “modo Coca-cola sin azúcar, sin cafeína y sin gas”. No le veo mucho sentido. También puedes bloquear a usuarios concretos para que no lean tus tweets, que sólo tienen que cerrar sesión para poder ver lo que publicas. Tampoco me vuelve loco, salvo que quiera bloquear a algún auténtico gilipollas. Pero la sensación que transmite Twitter es la correcta: que lo que publicamos permanece público durante mucho tiempo. Si no, que se lo pregunten a Guillermo Zapata, que todos los meses va a un juzgado a que el juez archive la causa por unos tweets impertinentes de hace cuatro años sacados de contexto a mala leche.\r\n\r\n–Vale, Twitter te da menos asco que Facebook. Pero de ahí a abrirte una cuenta…\r\n–A eso voy, que no me dejas explicarme.\r\n–Retiro lo dicho, tal y como te enrollas, vas a saturar los servidores de Twitter y te van a cobrar por cada tweet.\r\n\r\nEl hecho es que creo que es positivo intercambiar ideas y, sobre todo, cuando esas ideas sirven para recordarle a quienes te venden la moto que no nos chupamos el dedo y sabemos cómo son las cosas en realidad pero, por educación, nos las callamos casi siempre. Hay cuentas de humor con muy mala leche, personajes ficticios que juegan a lo grotesco, como @masaenfurecida, @norcoreano, @diostuitero o @SigfridSoria. Sólo por participar de eso, merece la pena. No pretendo ser el típico tuitero que usa una identidad ficticia para poder pasarse tres pueblos con tranquilidad, pero tampoco escribir tweets como “¡Llueve! ¡Llueve en Madrid!” o “Al Tomasito ese a ver si le echan ya. #granhermano #gh2019 #ghlopeta”. Cuando escriba intentaré tres cosas: aportar un punto de vista interesante, molestar a alguien que se lo haya ganado a pulso y no terminar declarando ante un juez.\r\n\r\n–Vale, que te vas a abrir un Twitter para trolear mejor. Sólo una cosa.\r\n–Dime.\r\n-Sigfrid Soria es de verdad.\r\n-¿¡No jodas!?\r\n\r\n 

Sí, yo nací en los setenta y fui niño en los ochenta. La mejor generación o, por lo menos, eso dicen ahora para vendernos cosas que nuestros padres no comprarían y nuestros hermanos pequeños no pueden comprar porque no trabajan, trabajan y no cobran o trabajan y cobran, pero en Bristol. Hay libros sobre lo guay que eran los ochenta, monólogos sobre lo molones que eran los ochenta y el número de versiones de La chica de ayer publicadas supera en número el repertorio de alguna de esas emisoras de radio musicales que pinchan por ley una canción de Amaral (siempre la misma) al menos una vez a la hora.\r\n\r\nEn esa época escolar, los recreos eran el momento social por excelencia. Hay que recordar que el recreo es esa media hora en la que los niños descargan su adrenalina, para poder seguir después con las clases sin volver locos a los profesores. Los profesores, por su parte, lo que hacen es asimilar toda esa adrenalina infantil, pendientes de que Manolito no se caiga, Teresita no pegue a Manolito y Tomasín no meta la cabeza ahí, que vamos a tener un disgusto. Es un hecho científico probado que un grupo de niños sin un objetivo es una turba descontrolada capaz de cualquier barbaridad, por lo que son necesarios los juegos. Pero los juegos no se desarrollaban de forma casual y espontánea. No, porque ahí estaban “las modas”.\r\n\r\ncanicasMe explico. Hay juegos infantiles que sirven para todo el año, como el de dar patadas a un balón (y a Manolito, si se pone a tiro). Los niños practican este deporte y aprenden sus nobles valores tanto cuando el calor amenaza con insolaciones y deshidratación, como cuando el frío les garantiza una pulmonía doble. Pero la mayoría de los juegos infantiles son estacionales y funcionan por modas.\r\n\r\nAlgunas de estas modas tienen lógica: ¿recordamos el juego del clavo? Era aquél en el que se iba ganando terreno al rival lanzando un clavo al suelo y, sin mover los pies del sitio, recortando tanto espacio como nos permitiese la posición del clavo, hasta ocupar la totalidad del espacio de juego. Para jugar a eso hace falta que la tierra esté mínimamente mojada, de lo contrario, no había forma de clavar la barrita de metal arrancada de la valla del colegio y afilada a base de frotarla con una piedra (a falta de Pokémon, teníamos Papillon, La fuga de Alcatraz y hasta El Conde de Montecristo). Por eso se jugaba cuando llovía, y no cuando la tierra estaba seca.\r\n\r\nSin embargo, detrás de la mayoría de estas modas infantiles había una poderosa mano negra que decidía cuándo tocaba la peonza, cuando las canicas y cuando era el momento de recortar cromos para hacerse un equipo de chapas. ¿Los profesores temerosos de que, aburridos del mismo juego, los menores tomasen el poder? ¿Misteriosas organizaciones internacionales? No, era el quiosquero del barrio que, en mi caso, era el de la tienda de chuches. Como buen empresario, cuando veía que la venta de canicas perdía fuerza, sacaba del armario los yo-yos y los padres, a la salida del colegio, seguían gastando dinero.\r\n\r\nEsta tendencia a las modas del recreo, al parecer, venía de generaciones anteriores y se mantuvo en las posteriores. De lo que no somos conscientes es de que los adultos formados en esa dinámica cambiamos de juguetes, pero seguimos jugando en el mismo patio emocional, por decirlo de alguna manera. Hemos aumentado los ciclos y podemos seguir en el mismo juego sin cansarnos durante unos años. También hemos aumentado la capacidad de inversión, así que el quiosquero de nuestra edad adulta nos puede seguir vendiendo complementos y accesorios de forma casi indefinida.\r\n\r\nTengo amigos que tienen en casa un juego completo de palos de golf, con su bolsa de diseño (y alguna vez me ha parecido ver a un caddie escondido detrás de las cortinas). Luego les dio por el pádel, así que tienen cuatro modelos diferentes de raqueta, que fueron adquiriendo porque las necesitaban a medida que iban elevando su nivel de juego. Cuando llegaron a la élite y ganaron el torneo de solteros contra casados de la oficina, el pádel dejó de motivarles. Así que tienen unos esquís último modelo que han visto menos nieve que un tuareg, zapatillas que pronan y zapatillas que supinan, un arsenal de herramientas de jardín en miniatura con los que han asesinado suficientes bonsáis como para repoblar los Monegros, otro arsenal de herramientas de jardín un poco más grandes de cuando se pusó de moda cultivar tomates en la terraza (ellos lo llaman “huerto ecológico”)… la lista es casi interminable.\r\n\r\nParece que ahora, que la moda del recreo es la alta cocina, lo que se lleva es tener en la cocina, al lado del butano, una bombona de nitrógeno líquido. Mis amigos tienen en los cajones moldes con formas de mariposa, corazón, estrella y lo que se te ocurra. Un pelapatatas que saca la monda en una sola tira (algo que todos hemos soñado con tener), un juego de cuchillos normal y otro japonés e incluso un vaporizador que se clava en los limones para ir sacando el jugo sin que se sequen en la nevera. ¿Que exagero? No sólo no exagero: el sacazumos de limones venía en pack con otro más pequeño para las limas.\r\n\r\nSí, la moda del recreo hoy por hoy es la cocina. Por eso ya no se promocionan los cuerpos diez, formados a base de horas de gimnasio y privaciones, sino que nos inventamos palabras como “fofisano” y “gordibuena”. Si no, ¿de qué iba a vender el fulano del quiosco, que ahora tiene una tienda de gastronomía, todos esos cachivaches? Nadie invierte más de los 10 euros que cuesta una cazuela para comer acelgas.\r\n\r\nDe todos estos artilugios llamados a ser los reyes de la casa por un tiempo, hasta ocupar un lugar de honor en el trastero, la Thermomix es el alfa y el omega. Una Thermomix es como una abuela: cocina de todo, está rico y no se desperdicia nada. Además, tarda mucho menos tiempo. Los poseedores de este Grial culinario no pierden la ocasión de recordarnos lo afortunados que son. –”Ayer hice unas croquetas riquísimas”. –”Pues en la Thermomix me salen mejor y me hace la bechamel en 10 segundos”.\r\n\r\nTengo un amigo que se compró una y todo lo hace con la Thermomix: los primeros, los segundos y los postres. Hasta los chuletones. Vale que luego se los comen a cucharadas, pero le quedan al punto. Una cosa loca. Este, de pequeño, era el que tenía esas canicas con una capa como metalizada, el yo-yo Russell profesional con el que podías ir a competiciones (porque había competiciones oficiales, aunque la única forma de competir con yo-yos que se me ocurre es en un combate a muerte). También era el que tenía toda la colección de Star Wars, que cuando jugábamos en el patio del colegio era el único que llevaba a su muñeco en una nave. Los demás juntábamos a Han Solo, a Luke, Leia, Yoda, dos soldados de asalto, un marciano indeterminado y un ewok y los poníamos a andar por la arena. Vamos, que no sabíamos si jugábamos a Star Wars o a El Señor de los Anillos.\r\n\r\nY así estamos ahora, que mientras vemos top-chef comiendo un plato de macarrones soñamos con hacer un curso de cocina que nos permita esferificar hasta a nuestra suegra (aunque para eso se basta ella sola, y a base de cocina tradicional). Pero no pasa nada, porque me han dicho que el señor del quiosco ya tiene preparado su siguiente golpe. Lo van a montar con programas de televisión, estrellas mediáticas, productos aspiracionales, accesorios a tutiplén (perdonen el término, lo ochentero está de moda) y hasta un campeonato internacional. No sabemos si será la plancha y tendremos que llevar las camisas tan almidonadas que no podremos doblar los codos, si se pondrá de moda cultivar plantas carnívoras (–”Pues yo a la mía sólo le doy buey de Kobe”) o el deporte ese de ir barriendo el hielo delante de una pelotita, a ver hasta donde llega. Conmigo que no cuenten, que yo me quedo con la peonza, las chapas y las canicas.

Para los que crecimos hace ya un par de generaciones, una marca era Coca-Cola o Volkswagen. Después nos enteramos de que había “marcas electorales” y hasta una “marca España”, gracias a quienes piensan (y nos hacen pensar) que el voto es se elige como si fuese un champú en el lineal de una gran superficie y que un país debe de funcionar como una empresa. También nos contaron que existen las marcas personales. Y, lo que es más, que todos tenemos una marca personal (en las versiones más radicales, que somos una marca personal) y que, además, debemos desarrollarla. Por supuesto, un asunto de tanta importancia no puede dejarse al azar y la sociedad necesita de libros, teorías y un buen puñado de gurús a tanto la hora que nos traigan la buena nueva y nos descubran los secretos para triunfar con nuestra propia marca.\r\n\r\nEn otras palabras, hay toda una industria para que el ciudadano medio interiorice que en su situación personal no tiene nada que ver el vivir en un país con cuatro millones de parados, de que nadie le avisara a tiempo de que el inglés es el idioma de los negocios, pero que por si acaso aprendiese chino y alemán, o de no poder pagarse un segundo máster que le capacite, por fin, para tener un contrato con más de tres meses de duración y una nómina con cuatro dígitos. El problema empieza y termina en uno mismo. Sea usted un joven licenciado con dos titulaciones o un veterano trabajador manual, su problema es que no ha desarrollado su marca personal.\r\n\r\nY uno tiende a creer que algo de razón no les falta a estos gurús. Basta una conversación no demasiado profunda o, en su defecto, asistir dos veces a la misma conferencia, para darse cuenta de que, a falta de capacidad, una buena campaña de automarketing es capaz de elevar a los altares a cualquier mediocre capaz de simular talento durante la media hora que dura una charla o en media docena de tweets diarios.\r\n\r\nCuando uno sale de una de estas charlas lo tiene todo clarísimo. Con un manejo experto de las redes sociales el puesto sirviendo hamburguesas en una cadena de comida basura se convertirá en un cargo de alta dirección. Y ensayando un buen elevator pitch en la cola del paro nos ofrecerán un buen trabajo. Eso sí, el discursito que no dure más de uno o dos minutos: con ese tiempo es más que suficiente para que sepan quién eres, ¿no?\r\n\r\nA fin de cuentas, el éxito no está en el producto, sino en la marca. Grandes marcas como las de refrescos son negocios multimillonarios en todo el mundo, a pesar de ser perjudiciales para la salud. Otras, que fabrican automóviles, se consideran ejemplos de gran ingeniería aunque hayan trucado sus motores para poder vender vehículos que nos intoxican masivamente.\r\n\r\nNo importa que la ingeniería sea deficiente o que la “chispa de la vida” sea en realidad la chispa de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Una buena marca puede con eso y más. Durante años, la marca personal de tantos políticos corruptos podía más que lo evidente de sus prácticas corruptas, cuyos detalles han destapado jueces, fiscales y policías, pero cuyos indicios eran evidentes, públicos y visibles para los electores que, como un champú, les elegían en el supermercado electoral porque HS les parecía demasiado agresivo y Pantene, con sus melenas ideales, demasiado utópico.\r\n\r\nLo de la marca personal, es cierto, funciona. Pero sólo funciona para unos pocos. En un sistema laboral que fomenta la competitividad, cuatro millones de parados hace casi imposible competir con un currículum brillante. Siempre hay un candidato mejor preparado y, si no es así, mala suerte: estás sobrecualificado para el puesto. No pasa nada, porque tú, precisamente tú, tienes muchas ganas de trabajar. ¿Estás disponible para viajar de Madrid a Málaga cada semana? Hay cuatro candidatos dispuestos a ir y volver en el día, pagando la gasolina y las dietas de su bolsillo. Y un quinto que tiene un primo en Marbella que le da posada y fonda si hace falta ir para varios días.\r\n\r\nAsí que nos queda competir en marca personal, que es como “Mira quien baila” pero en plan duelo a muerte. En no pocas ocasiones pasa por vestirse un poco demasiado moderno, incluso de forma estrafalaria, decir cosas ingeniosas que sorprendan y hagan reír y tener un punto de descaro para decir lo que nadie se atreve a decir, pero sin que te corten el cuello por hacerlo. ¡Joder, acabo de describir al bufón de cualquier corte medieval!\r\n\r\nPorque las marcas personales sí que existen: en el deporte se habla desde hace mucho tiempo de los jugadores franquicia, esos que son el referente de su equipo en lo deportivo y que atraen a los aficionados. Hablamos de los Kobe Bryant o Stephen Curry que son la seña de identidad de los equipos de la NBA, o de los Cristiano Ronaldo y Messi de nuestra liga. Ellos tienen marcas personales que producen millones de euros anualmente.\r\n\r\nLo de los demás es, simplemente, imagen personal, prestigio profesional o como queramos llamarlo sin ser el bufón de la corte. La marca de los deportistas no sólo se sostiene por un peinado atrevido y una sonrisa de anuncio de (marca de) pasta de dientes. Si la marca personal de Messi vale algo no es porque sea especialmente pinturero o por su labia, sino porque juega al fútbol muy bien.\r\n\r\n¿Eres tan bueno como Messi en lo tuyo? ¿Ya venden camisetas con tu nombre? Habla entonces de marca personal. En otro caso, muestra tu preparación, tu profesionalidad e, incluso, si eres increíblemente bueno, tu humildad. Porque Messi sin otros 20 compañeros de equipo, entrenadores, responsables del césped, de la taquilla y de que haya balones en su sitio cuando hace falta, no tendría ninguna marca personal. Pretender que todos seamos la estrella a la que apuntan los focos genera legiones de personas frustradas que se culpan por no ser lo bastante buenas. A los productores de Prozac, Lexatin y Orfidal les gusta esto.\r\n\r\nAclarado que marca personal tiene una persona entre un millón, la de los simples mortales que también tenemos derecho a un trabajo digno y sólo queremos “vendernos bien” no es una marca personal, es una marca impersonal, que nos lleva a adoptar un rol, a fingir que somos vete a saber qué cosa: hay que sonreír siempre, tener un mensaje positivo y ser constructivo hasta cuando te escupen en la cara. La verdad, eso se parece más a los mayordomos robóticos de la ciencia ficción que a una persona. ¡Que no, que no hace falta que te conviertas en hombre (o mujer) anuncio del hombre (o mujer) que los demás esperan que seas para tener éxito! ¡Que Steve Jobs, el de las frases inspiradoras, era un borde insoportable! A él le funcionaba el rollo de la marca personal porque entre presentación y presentación pasaban muchas cosas que permitían que saliese al escenario con un iPhone en el bolsillo. Si hubiese salido con un producto condenado al fracaso, hablaríamos del maniático malhumorado que hundió Apple con sus excentricidades.\r\n\r\nQue el secreto del éxito sean las marcas personales sólo puede ser recibido con alegría por alguien que no tiene otras virtudes, o cuya mayor virtud es la de escribir libros de autoayuda (se llaman así porque ayudan a su autor, de ayudar a los lectores serían de ayuda a secas). Así que, si vas por ahí vendiendo todas esas teorías de la marca personal, o la que toque vender esta temporada, dedica unos minutos a retomar el contacto con las personas a las que has ayudado durante tu carrera. ¿Han triunfado todos o, al menos, una mayoría? ¿Has supuesto alguna diferencia en las vidas de muchos de ellos? ¿Has causado algún efecto que no se pueda achacar a lo puramente estadístico? Porque si tu ayuda no les ha llevado al éxito, o te han tocado todos los torpes a ti (tienes buena marca personal, pero eres gafe), o el humo que tú vendes emite más gases contaminantes de los permitidos. Yo, por si acaso, cuando me cruzo con los de tu gremio, me pongo la mascarilla.

Entra dentro de la lógica de nuestro sistema económico que las compañías intenten favorecer a sus propios productos frente a los de los competidores. El mal llamado libre mercado permite, con ciertos límites legales, que el vendedor haga lo que quiera con su producto. Todos hemos tenido en casa alguna impresora de inyección de tinta cuyos cartuchos costaban más que la propia máquina, como si en su interior hubiese sangre de unicornio virgen derramada una noche de Luna llena, en vez de unos pocos mililitros de tinta de colores. Hace ya muchos años, los usuarios de micros AMD, descubrieron la forma de hacer que sus procesadores funcionasen a mayor velocidad de la especificada: en realidad, las versiones más baratas eran idénticas a las superiores, pero estaban limitadas para tener varios productos de varios precios.\r\n\r\nEstas prácticas pueden parecernos más o menos elegantes, y plantean dilemas éticos. Tanto las impresoras de usar y tirar como el procesador que hay que cambiar antes de tiempo por otro más veloz generan residuos y aumentan la producción innecesariamente, con el consiguiente deterioro del planeta. Los productos hechos para durar muchos años son más respetuosos con el medio ambiente. Reparar las cosas que se estropean si es posible es tan importante como reciclar.\r\n\r\nSin embargo, hasta las grandes empresas tienen algunos límites. Pocos y no siempre respetados, pero los tienen. Uno de esos límites es el de no perjudicar a la competencia aprovechando una situación de monopolio. Microsoft conoce muy bien esa regla: en 1997 evitó que Borland les llevase a juicio por competencia desleal mediante un acuerdo entre ambas partes cuyo contenido se desconoce, pero que es seguro que costó a la compañía fundada por Bill Gates y Paul Allen una millonada. Borland acusaba a Microsoft de utilizar en sus compiladores (el software utilizado para convertir el código de programación en aplicaciones) funciones secretas del sistema operativo que le daban ventaja respecto a los compiladores desarrollados por Borland.\r\n\r\nMás adelante, Microsoft volvería a sufrir algunos reveses. En 2010 tuvo que publicar BrowserChoice, una página en la que ofrece al usuario de sus sistemas operativos la posibilidad de instalar un navegador diferente de Internet Explorer. Para la Comisión Europea, Microsoft utilizaba su posición dominante en el mercado de los sistemas operativos para imponer su navegador web, preinstalado en estos. Mucho antes de esto, en 2000, un juez falló en contra de la posición de monopolio de Microsoft y les sentenció a dividir la compañía en dos partes: una dedicada al sistema operativo Windows y otra para todo lo demás. La sentencia nunca llegó a materializarse y la situación de monopolio que la motivo parece superada a día de hoy.\r\n\r\nHay que preguntarse qué pensarán los que vivieron en Microsoft aquellos tiempos difíciles cuando ven cómo Google acapara el mercado de los datos personales. Eugeny Morozov explica en su libro “La locura del solucionismo tecnológico” que la gran ventaja de la compañía no es que sus algoritmos sean mucho mejores que los de sus rivales, sino que procesan una cantidad de datos mucho mayor que los demás, lo que les permite afinar mejor sus resultados. Bienvenidos a la era del big data.\r\n\r\nY, sobre todo, hay que preguntarse por qué una empresa como Facebook, que ostenta el monopolio de un determinado tipo de red social tras sacar del mercado a Hi5, Friendster o MySpace, puede perjudicar a sus competidores a plena luz del día sin que nadie les lleve a los tribunales. La compañía de Zuckerberg posee la aplicación de mensajería móvil Whatsapp, así como la red social de fotos Instagram. Ambos productos han bloqueado los enlaces a Telegram, uno de los principales rivales de Whatsapp en el mercado de la mensajería instantánea, que en Tek’n’Life nos gusta especialmente.\r\n\r\nSi hace 15 años Microsoft estuvo a punto de ser partido en dos para garantizar el juego limpio con sus competidores fue por causas mucho menos visibles. El veto de Facebook a las aplicaciones y servicios que pueden hacer sombra a las de su propiedad es público, hecho a la luz del día y alguien debería hacerse mirar por qué el listón ha bajado tanto en los últimos años. Pero lo que más sorprende es que Facebook, líder indiscutible del mercado de las redes sociales y empresa que, pese a haber frenado en su crecimiento, es una máquina de ganar dinero, muestre tan a las claras que tiene que proteger una inversión de 16.000 millones de dólares porque, pese a ser líder en su sector, tiene competidores dispuestos a disputarle ese liderazgo.\r\n\r\nEstá por ver si limitar la interacción de tus propios usuarios para que no se vayan a la competencia tiene el efecto deseado o, por el contrario, los usuarios preferirán utilizar herramientas que no vayan a ser limitadas por el fabricante para satisfacer sus intereses particulares, y no los de los usuarios. Y es que el mercado, cuando era un poco menos libre y los jueces miraban con lupa a esos informáticos excéntricos, era más eficiente y mejor para el consumidor. La mano bien visible del regulador evita que los Zuckerberg del mundo intenten decirnos qué aplicaciones nos conviene utilizar y cuáles no.