El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: enero 2017

Que los gatos son unos animalejos la mar de excéntricos lo sabe todo hijo de vecino. Pueden pasar de ser los almohadones más pacíficos y esponjosos a dejarte el cuerpo como un ecce homo, sólo porque un ruidito los asustó mientras los acariciabas.

El gato se pondrá de madrugada a maullar desesperadamente ante tu puerta cerrada, exigiendo “déjame entrar”, para luego mostrarte cómo se alejan él y su ojete al abrir.

El gato sabe exactamente en qué umbral de qué puerta extenderse para que los perros no puedan pasar.

El gato se colará en el baño cuando vayas a hacer tus necesidades. Se subirá sobre tu regazo, saltará al lavabo para exigir que le abras el grifo, atacará el papel higiénico, rascará la toalla y luego se te quedará mirando fijamente mientras tú sigues ahí sentado.

El gato puede quedarse dormido en prácticamente cualquier sitio. Tú le comprarás colchones y cunas para que descanse su regio cuerpo, pero siempre preferirá dormir (y embadurnar de pelos) sobre cualquier prenda de vestir tuya que hayas tenido el descuido de dejar por ahí.

La lista es tan larga como extravagante, pero una de las cosas más curiosas de los gatos es que son adictos a las drogas. En realidad se podría decir que nacen en estado de rehabilitación, pero recaen en cuanto se les pone la tentación por delante.

Casi todos los que tienen gatos conocen el catnip (Nepeta cataria o hierba gatera) y los efectos que producen en ellos. Básicamente se vuelven locos por el olor de esa planta. Puede ser divertido ver cómo la majestuosidad e impasibilidad del gato se van a la porra en cuanto le poner delante unos “gramitos” de catnip. Literalmente se colocan. Y como parece que ese estado de colocón les relaja, alguna que otra vez, cuando los mininos están tensos por haber ido al veterinario o por la entrada de un nuevo animal en casa (o si se les quiere enseñar a que prefieran su cama a tu cama), se pulveriza esencia de catnip en algunos lugares de la casa y se emocionan mucho. Ese es el uso teórico del catnip, pero últimamente su uso fundamental es el de crear contenidos para YouTube.

En casa usamos alguna vez el catnip en pulverizador para convencerles de que rascaran el rascador, en lugar del sofá, aunque sin mucho éxito.

Para nosotros fue toda una sorpresa descubrir (por accidente) que había otra hierba que les ponía igual de tontorrones que el catnip: la valeriana.

Fue uno de esos días que llegas a casa por la noche con todo el cansancio del trabajo, y decides relajarte tomándote una infusión que te ayude a dormir. Así que, mira por dónde, teníamos valeriana en casa y preparamos unas infusiones. Inocentes de nosotros, dejamos la caja con las bolsitas de valeriana sobre la mesa de la cocina y nos llevamos nuestras tazas calentitas al comedor. Piernas en alto, una película, la valeriana… todo relax.

Nos extrañó no ver a ningún gato merodeando para acomodarse encima. También nos pareció raro la cara con la que, pasado un rato, vinieron en tropel a subirse a la mesa donde estaban las tazas para intentar restregarse contra ellas.

En un momento se produjo el desastre. Una taza volcada, la otra sujeta en vilo con una mano y alejando a un gato con la otra y, mientras, otros dos mininos intentaban embadurnarse del líquido derramado. Claro que cuando llegamos a la cocina para coger algo con lo que secar aquel lío vimos la caja de valeriana hecha pedacitos y las bolsitas reducidas a fosfatina. Los restos de la hierba estaban diseminados por todo el suelo, y se conoce que cuando ya no pudieron encontrar nada sólido contra lo que frotarse los hocicos, se lanzaron contra las tazas. Nunca más volvimos a comprar valeriana… hasta hace unos días, aunque fue sin querer queriendo.

Dado el zoo que tenemos en casa todo lo que es comida, arena, premios, bolsas y demás las compramos siempre por Internet. Una vez al mes llegan al menos dos cajas llenas de provisiones y, de vez en cuando, con los puntos acumulados Roberto compra alguna cosa extra.

El último pedido era crítico. De pronto nos habíamos quedado sin comida seca ni húmeda de perro y de gato, sin arena, sin premios, sin bolsas… Así que cuando llegaron las cajas las abrí, cogí lo que necesitaba para ponerles de comer y las dejé abiertas en la entrada para colocarlo todo más tarde.

Pero lo que pasó más tarde es que había tres gatos locos mordiendo y arañando la caja. Dentro había un regalo inesperado: dos bolsitas de tela rellenas de valeriana. Muy locos, de verdad.

Saqué los saquitos del envoltorio de plástico y les arrojé las bolsitas. Al momento Trece se apoderó de una. La agarró con los dientes y se la llevó a donde pudiera disfrutarla en soledad y babear a su antojo. La otra se la repartieron entre Mac y Eme. Primero la acaparó Eme, pero abusó tanto de los restregones que acabó muy perjudicada encima de un mueble, con las pupilas dilatadas y la mirada perdida (ahí está la foto para probarlo). Estuvo así un par de horas al menos, tiempo que aprovechó Macario para atacar la bolsa. Y cuando la bolsa no fue suficiente, el envoltorio en el que venían.

eme-drogada

A todo esto, Maya intentó alguna que otra vez quitarle la bolsa a los gatos. Un par de veces lo consiguió, pensando que aquello que tanto entusiasmaba a la peña felina debía ser muy guay. Primero la cogía con mucho entusiasmo, pero luego la iba medio escupiendo, hasta dejarla colgando de dos dientecillos para, finalmente, soltarla con cara de asco. Después de eso la perra se quedó tumbada en el suelo mirando a los gatos, igual que el nerd de clase contempla desde la calle una fiesta a la que no ha sido invitado.

Resultado:

Maya marginada.

Mac haciendo pedacitos el cartón del envase.

Eme sobre un mueble en pleno “viaje”.

Trece dejando charcos de babas por toda la casa y, finalmente, meándose del gustirrinín al lado de la bolsa.

Loli, para variar, no se enteró de la película hasta dos días después, cuando las bolsas ya estaban muriendo.

La única lista ahí fue Pipa, que dejó que todos disfrutaran de su festival y despertaran de su resaca, mientras ocupaba tranquilamente todo el espacio en el sofá.