El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: noviembre 2016

Dicen que cuando tienes hijos ya no vuelves a dormir bien. Se queda algo corto pero, básicamente, es cierto. Al nacer mi segunda hija, cuando la primera tenía sólo 17 meses, pasé los primeros 90 días durmiendo apenas tres horas seguidas. Recuerdo una vez que vinieron a visitarnos a casa y me quedé dormida con los ojos abiertos. Una parte de mi cerebro se esforzaba por dar respuestas monosilábicas a las típicas preguntas sobre la niña: “¿Come-caga-duerme bien?”, y la otra parte se quedó frita y empezó a soñar que dormía.\r\n\r\nIncluso cuando los hijos crecen queda latente eso que llaman “sexto sentido”, que suena muy guay, pero que es más como una de esas apps puntuales que se instalan en el móvil. Cuando deja de ser útil la desinstalas (o eso crees), pero vuelve a activarse cuando menos te lo esperas y sólo te libras de ella tirando el teléfono por la ventana desde un séptimo piso.\r\n\r\nCuando Pipa llegó a casa, Roberto y yo nos dijimos con convicción que la perra no se subiría ni al sofá ni a la cama. Somos unos blandos. No sé en qué momento fue, posiblemente la primera vez que se puso malita o tuvo miedo, o quizá cuando llegó Gata, pero a partir de ese momento la cama ya no volvió a ser nuestra. Las noches en casa son un auténtico cachondeo, y causa de más de una contractura severa. Nuestra cama es el objeto de deseo por el que todos los animales de la casa compiten.\r\n\r\ncama\r\n\r\nA la hora de dormir Pipa se levanta la primera del sofá y sale disparada para el cuarto. Eso si no se ha olido la película antes y cuando llegas ya está apalancada sobre el edredón. Enciendes la luz del cuarto y te la encuentras ya ahí, mirándote de medio lado mientras en su cerebro perruno suena la letra de “No nos moverán”. En esos momentos Pipa deja de ser una perra para convertirse en un misterio de la física. ¿Sabes lo que es una enana blanca? Una enana blanca es una estrella que se ha comprimido tanto sobre sí misma que se vuelve súper densa, de manera que en un tamaño muy pequeño (por ejemplo 1 cm) puede acumularse tal cantidad de masa, que sea imposible moverla. Pues eso le pasa a Pipa cuando se sube a la cama, que ya no hay quien la baje. Se agarra de tal manera a la cama, se engurruñe tanto y es tal la forma en la que se resiste, que no es fácil siquiera de desplazar. Encima te mira fijamente a los ojos mientras intentas echarla, por lo que a la fuerza que hay que ejercer hay que sumar el peso acumulativo de la pena.\r\n\r\nLa mayoría de las ocasiones conseguimos bajarla sólo porque Roberto la agarra en brazos y la mete en su colchón. Pero es como intentar que un click de Playmobil beba un vaso de agua. Se queda absolutamente rígida, sin dejar de mirarte y menear la cola hasta que apagas la luz. En ese momento se sale del colchón y comienza a dar vueltas alrededor de la cama haciendo tikitikitikitikiti con las uñitas sobre el parquet. Tikitikitikiti para un lado, tikitikitikiti para el otro. Ahora te respira en la oreja, ahora te huele los pies. Tikitikiti de nuevo. La habitación está a oscuras, pero a pesar de eso sientes claramente cómo clava su mirada en tu conciencia culpable. Después del vigésimotercer tikitikitikiti suelen pasar dos cosas: o que uno de los dos (Roberto o yo) gritemos “¡Ya vale Pipa, sube de una vez y deja de hacer ruido!”, o que la perra espere a que nos durmamos para pegar un brinco y volver a agarrar posición en la cama.\r\n\r\nEl problema con Pipa es que es un auténtico bodoque, un bulto inamovible con el que tropiezan tus piernas cada vez que quieres estirarte, una grapa que impide la fluidez del edredón. Pero pongamos por caso que consigues acomodarte a pesar de tener medio cuerpo al aire y una postura imposible, y dormirte. Cuando refresca por la mañana empieza a escarbar con el hocico, como un cerdo buscando trufas, para meterse debajo del edredón, y ahí se queda hasta que la necesidad de hacer pipí o pupú es tan fuerte que la obliga a salir contra su voluntad. Si no, estoy convencida de que podría empollar huevos ahí dentro.\r\n\r\nAlgunas veces me da por pensar en cuál de todos los animales que tenemos en casa me comería primero en caso de Apocalipsis zombie, y siempre me viene a la cabeza el mismo nombre: Eme. Si hay alguien que encarne a la perfección el terror nocturno esa es Eme. Con ella no te puedes hacer el dormido. Ella sabe perfectamente cuándo acabas de coger el sueño, y ese es justamente el momento que aprovecha para saltar sobre ti desde la cómoda con un maullido de guerra. Todavía te estás preguntando qué ha pasado cuando sientes una opresión en el pecho y diez garras clavándose sobre tu carne. Luego se acomoda, te muerde la nariz y se duerme.Cuando se cansa usa tu cuerpo como trampolín y salta hacia otros lares.\r\n\r\nEn fin, son cosas como esas las que hacen que la considere primera candidata al sacrificio. Luego hace cosas como velarte día y noche cuando estás con fiebre, y entiendes que deshacerte de ella no es una opción en ningún caso.\r\n\r\nA veces lo que pasa es que te despierta un curioso cosquilleo: es la cola de un gato pasando una y otra vez bajo tus bigotes. No es nada agradable la experiencia de despertar en mitad de la noche y ver un ojo que te mira fijamente a menos de un centímetro de tu cara, especialmente cuando se trata del ojo del culo de Trece.\r\n\r\nHa habido días por la mañana que, haciendo recuento, había 7 seres en la cama. Estábamos todos menos Loli, que se automargina.\r\n\r\nLa buena noticia es que esto sólo pasa en invierno, cuando hace frío por las noches. En verano todo el mundo busca los rincones más frescos del suelo para tirarse, y nadie conoce ya lealtades ni derechos sobre la cama. Verano en la única época del año en la que subimos a Pipa a propósito a la cama, sólo para ver cómo la muy traidora se larga corriendo en cuando cree que estamos dormidos.\r\n\r\nPero que uno o dos animales te salten encima sin ningún cuidado, o te babeen, o te claven las uñas, o te muerdan, o reclamen cariño en mitad de la madrugada no es lo único que puede pasarte de noche.\r\n\r\nComo con los niños, los animales también se enferman por la noche. En el mejor de los casos Pipa puede despertarte jadeando, señal inequívoca de que se está haciendo pupú y que hay que salir sí o sí a la de ¡ya! ¿Que son las cinco de la mañana? Decide qué prefieres, ¿sacarla o limpiar diarrea en casa?\r\n\r\n¡Ah!, cuántas veces llegábamos a casa de madrugada después de tomar algo por el centro de Madrid y veíamos a gente en la calle, con el abrigo encima del pijama y cara de dormida, paseando al perro. Cuántas veces nos mirábamos y pensábamos: “¡Menudos pringaos!”Ahora nos miramos igualmente, pero conscientes de que los pringaos somos nosotros.\r\n\r\nsiesta\r\n\r\nPero puede ser peor. Puedes levantarte de madrugada para ir al baño, con los ojos cerrados y descalzo para no desvelarte y pisar un vómito, una bola de pelo, un pis o una caca. Y no tengo nada más que decir.\r\n\r\nContando estas cosas podría parecer que quiero desanimar a la gente y que no tenga animales, pero no es así. Cuando tienes hijos, igual que cuando tienes animales, hay que cuidarlos y responsabilizarte en lo bueno y en lo malo. Jugar con ellos es divertido, observarlos enseña mucho y, de una forma que no se puede explicar, son capaces de despertar una inmensa ternura y amor. Pero nada de eso pasa ni se disfruta sin entender que forma parte de un pack en el que también, a veces, te tocará despertar al tufillo de una peste tremenda porque alguno de ellos se ha enfermado y no ha llegado a tiempo de avisar que necesitaba salir. Los quieres porque compartes con ellos por igual los momentos de diversión y los cuidados. Por eso, aunque cuente estas cosas como si hablara de una tortura forzosa, no es así. Y es rara la vez que, incluso después pasar la noche en vela porque a todos les ha dado por ir a dormir encima de ti, acabas riéndote recordando la escena. Alguna vez, estando muy cansados, hemos cerrado la puerta y los hemos dejado a todos fuera del dormitorio. Hemos dormido, es cierto, pero también los hemos echado de menos. Y esto sólo puede entenderlo quien lo haya vivido.