El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: octubre 2016

La vida seguía su curso. Eme acosaba a Loli, Maya acosaba a Eme y Trece acosaba a Maya. Un día mi hermana dijo que se casaba. En Málaga. Con un ingeniero italiano. Y para Málaga que nos fuimos a celebrarlo. Dejamos a una amiga en casa cuidando de la fauna salvaje y nos dimos un viajecito en coche un sábado hasta la tierra de los boquerones.\r\n\r\nAl regreso (domingo), las perras estaban como locas de contentas. Con los perros da igual el tiempo que te vayas, tanto si sales y vuelves a entrar porque se te han olvidado las llaves como si te marchas un mes, la fiesta siempre es la misma. Por contra, los gatos se hacen los encontradizos con el perverso objetivo de despreciarte en cuanto intentas acercarte. Te guardan rencor por haberte ido, por haberles dejado sin un cuerpo que mullir con sus uñas durante la noche. Menos mal que te perdonan en cuanto llega la hora de comer, y rápidamente vuelven a regalarte esos clavamientos de garras nocturnos que tanto “añora” uno cuando duerme una noche fuera de casa.\r\n\r\nComo decía, regresamos de Málaga. El recuerdo del enlace eran unas bonitas flores artificiales. Las habían traído desde el pueblo del novio, en Italia. Los pétalos eran peladillas, envueltas y unidas al centro por una finísima tela que convergía en un largo alambre envuelto en papel verde. El conjunto era de una delicadeza maravillosa. El típico regalo comestible, incombustible e incorruptible, tan bonito que sabes que nunca te lo comerás, pero que guardas porque es un último recurso, mitad alimento, mitad arma, en caso de apocalipsis zombie.\r\n\r\nPuse mis flores en lo alto de una estantería, lo suficiente como para que ningún bicho pudiera alcanzarlo, y me puse a trabajar. Era lunes.\r\n\r\n¿Sabéis? Con el tiempo uno aprende muchas cosas, y una de las primeras que aprendes cuando tienes niños es a temerte lo peor cuando no los oyes armar jaleo o no están al alcance de tu mirada. Lo mismo aplica para los perros.\r\n\r\nDurante el desayuno Maya se había dedicado a perseguir a Mac por toda la casa, saltar sobre él y mordisquearle el cuello. Mac protestaba y trataba de esconderse, pero Maya, plena de alegría y ganas de juego, bloqueaba los intentos de huída del gato y lo agarraba con las patas. Mac intentó defenderse con las uñas un par de veces, pero Maya lo miraba como quien mira un insecto y volvía al ataque. Una vez que habían comido todos y pude ponerme a trabajar, cada uno se fue a su rincón a echar la siesta. Las perras, como siempre, a mi lado, y el resto repartidos por rincones oscuros, armarios y cajas.\r\n\r\nCon el tiempo Pipa ha aprendido a estar tranquila y no agobiarse cuando no estamos cerca. Maya todavía no. Si estoy dándole a las teclas y ellas roncan al lado, da igual lo suave que me levante para ir al baño o hacerme un café, Maya siempre viene detrás. Siempre. Y cuando vuelvo a mi silla frente al ordenador, ella viene detrás, sube a su sitio y se duerme. Siempre es igual. Por eso, cuando me levanté para ir al baño y vi que Maya no estaba, me preocupé y la busqué.\r\n\r\nMaya estaba en el sofá devorando algo desesperadamente. Al lado, muy cerca, Mac estaba sentado plácidamente, sin apartar la mirada de Maya. Cuando me acerqué sólo pude quitarle de la boca el alambre que hacía las veces de tallo del comestible, incombustible e incorruptible recuerdo de la boda de mi hermana. Aquella escena ya la había visto antes, hacía justo tres años: la difunta gata contemplando cómo Pipa se zampaba las chocolatinas que ella misma había sacado de una maleta. En aquella ocasión tuve la sospecha de que el atentado había sido deliberado. Ahora, al ver a Mac en las mismas, no me cupo la menor duda: se subió a propósito al mueble y tiró única y exclusivamente las flores para que Maya se las zampara, y Maya, siguiendo el plan como una gallina entrando al corral, agarró el premio y se lo fue a comer.\r\n\r\nLa verdad es que sentí cierto alivio al ver que se había comido las peladillas y no algo peor. Ahí, pensé, Macario no ha sido tan maléfico como Gata. ¿Por qué no se encenderá una bombilla roja cada vez que subestimamos a un gato?\r\n\r\nLlamé a Roberto para reírme con él de la ocurrencia de Mac y prever el subidón que iba a tener la perra a causa del azúcar. Jajá, jijí. Entre risas dije, recordando el incidente de Pipa, que ahora me comería yo la flor que quedaba viva para asegurarme de que dentro sólo había una inocente almendra. Efectivamente, Maya comenzó a ponerse bastante histérica a causa del azúcar y a mi empezaba a darme la risa a ratos al verle la cara de loca con anfetas. Seguí trabajando y al rato, por curiosidad no más, cogí una de las peladillas de la otra flor y me la comí.\r\n\r\n¿Recordáis esa escena de Parque Jurásico en la que el informático traidor está intentando escapar con los embriones de los dinosaurios para venderlos? Cuando su vehículo se queda atrapado en el barro, un dinosaurio en miniatura llega a observar a su posible presa. Como no podía ser de otra manera el tipo lo desprecia y… bueno no debió hacerlo. ¿Y esa otra de un niño insoportable que se queda solo en casa y se echa loción para después del afeitado en la cara? Pues así me sentí yo cuando me comí la peladilla y me di cuenta de que estaban rellenas de chocolate. Aquello dejaba de ser una travesura para convertirse en un intento de asesinato. Macario resultó no ser un sicario tan torpe como pensaba.\r\n\r\nPues nada, a salir corriendo para el veterinario.\r\n\r\nflor