El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: agosto 2016

Hay momentos en la vida en los que todo cambia. El mundo da una vuelta de 180º y te quedas mirando al infinito con cara de tonto, preguntándote cómo has podido llegar a esa situación. Yo sabía muy bien cómo había llegado a esa situación, y esta vez no podía echarle la culpa a Roberto, porque la responsabilidad era mía y sólo mía.\r\n\r\nFue un 6 de mayo cuando fuimos hasta el parking de un centro comercial de Getafe, a recoger a un chucho de dos meses rescatado de un vertedero de basuras. El animal se llamaba Zara, pero dado que a todos nos recordaba la cadena de tiendas de ropa, y como encima Roberto (como buen latino) tiene ciertas dificultades para pronunciar la zeta sin que parezca que necesita ir al logopeda, decidimos cambiárselo por Maya (por el mes de mayo, no por la abeja).\r\n\r\nCreo que hacía tiempo que no estábamos todos tan nerviosos. Maya llegaba para quedarse, y lo que esperábamos todos era que se llevara bien con Pipa y Pipa con ella. Si no, los próximos años iban a ser muuuuuy divertidos. Yo contuve la respiración al llegar a casa con la cachorra para ver cómo reaccionaban todos: Loli (como era de esperar) ni siquiera salió a saludar, Mac se fue a esconder, Eme se erizó y Trece fue, prudente pero valiente, a oler al intruso antes de decidir si exterminaba la amenaza o pasaba de ella. ¿Y Pipa?\r\n\r\nCuando Pipa vio a la recién llegada nos miró, la miró, nos miró otra vez, la volvió a mirar, olisqueó en la distancia y se negó a acercarse.\r\n\r\nAquel primer encuentro no parecía muy prometedor.\r\n\r\nDejamos a la cachorra reconociendo la casa y dejando que el resto de los habitantes de la casa se acercaran a olerle el trasero. Pipa la controlaba desde una distancia prudencial, pero si Maya se acercaba demasiado le gruñía con cara de muy pocos amigos y a nosotros se nos ponía un nudo en la garganta.\r\n\r\nCuando la cachorra llegó olisqueando a nuestro dormitorio y vio el colchón de Pipa saltó dentro sin dudarlo y se puso a dormir. No hubo manera de echarla de ahí.\r\n\r\nAquello tampoco parecía bueno. Habría que tener mucha paciencia.\r\n\r\nLos ojos de Pipa parecían querer salirse de las órbitas ante aquella invasión inesperada de sus escasas posesiones. Pero acostumbrada como estaba a que los gatos la ningunearan, bajó la cabeza y se dio media vuelta con cara (como dijo mi hija Laura) de Oliver Twist. Pero como no hay mal que por bien no venga, Pipa aprovechó la coyuntura para saltar con todo el descaro a nuestra cama cuando llegó la hora de dormir, sabiendo que nuestro sentimiento de culpa por permitir que le quitaran su cama le daba carta blanca para compartir el colchón grande.\r\n\r\nTambién le quitó su sitio en el sofá, sus juguetes y su comida.\r\n\r\nmaya-peque-dormida\r\n\r\nLos días siguientes fueron intensitos. Maya se reveló como un verdadero desastre natural, nada extraño por otra parte en un cachorro de dos meses. Su ritmo de mear y cagar por la casa superaba con creces nuestra capacidad para limpiarlo. Tal cual estábamos terminando de fregar uno, la muy bicha ya se estaba agachando para soltar otra descarga. Le daba igual que fuese el suelo, el sofá o una cama, así que comenzamos rápido a limitarle el acceso a ciertos lugares de la casa si no había alguien montado guardia para no quitarle ojo de encima.\r\n\r\nMaya-cara-buena\r\n\r\nEso por la parte de los pipís, luego estaba el tema dientes. Igual que pasa con los bebés humanos, mientras un perro cambia los dientes de leche su obsesión es morderlo todo. A Pipa le dio por los mandos de la tele, los cargadores de móvil, una mesa y los bluetooth. Maya (así a la cuenta gorda) se comió una pared, continuó la obra inconclusa de Pipa con los rodapiés de madera, destripó uno de los cojines del sofá, dejó marcas en las patas de las sillas, se zampó un vestido, dos camisetas, tres pares de zapatos y los cordones de las Converse de Laura, destruyó sin piedad los dos rascadores de los gatos, varios peluches, la tela del somier nuevo y, finalmente, inutilizó uno de los dos colchones nuevos que compramos a Pipa para sustituir el que Maya le había usurpado (el otro sólo lo meó y le sacó la espuma por un agujero).\r\n\r\nMaya-sofa\r\n\r\nAunque Pipa le hacía poco o ningún caso a Maya y no permitía que se le acercara, la enana era inasequible al desaliento. Le daba igual cuántas veces Pipa le gruñera o ladrara, o que se largara de la habitación cada vez que ella llegaba; Maya se acercaba para jugar con ella como si nada y se llevaba un responso… el problema era que hacía lo mismo con los gatos, y eso no era una buena idea.\r\n\r\nmaya-mac\r\n\r\nEn la vida las lecciones llegan siempre, y a Maya estaba a punto de llegarle una difícil de olvidar. Un día, a la hora del desayuno, Maya hacía sus habituales intentos por jugar con Pipa sin que esta le diera mucha bola, así que no se le ocurrió otra cosa que intentarlo con Trece.\r\n\r\nTrece estaba la mar de tranquilo tumbado, cual largo era, en el suelo. Hasta el momento había mantenido cierta tolerancia hacia las osadías de la cachorra, que no temía (como Pipa) pasar por delante (o por encima) del gato cuando se atravesaba en un umbral, y lo repetía una y otra vez con alegría ante la mirada envidiosa de Pipa y el gesto perezoso de Trece. En un momento de euforia Maya se lanzó sobre Trece de un salto, queriendo agarrarle el cuello con los dientes como hacen los animales cuando juegan. Trece lazó un grito y se levantó atónito para venir a refugiarse bajo mi silla mientras que Maya, pensando que el juego seguía, le perseguía.\r\n\r\nCuando Trece logró reaccionar ante aquella terrible afrenta hacia su persona, tardó menos de tres segundos en aplicar la ley del Talión. No nos dio tiempo a hacer nada. A Trece sólo le faltó decir: “Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?” antes de salir corriendo detrás de Maya como una némesis. Lo siguiente que oímos fueron lo chillidos de Maya mientras Trece le daba una somanta de palos con la pata. Cuanto conseguimos que dejara a Maya en paz, la perra empezó a lamer su lomo herido agazapada junto al sofá y Trece se retiró a su posición de poder, en el umbral de la puerta, a contemplar satisfecho al enemigo masacrado. Ahora, cada vez que oímos a Maya ladrar sabemos a ciencia cierta que es porque Trece está cerca de una puerta por la que ella quiere pasar… y no se atreve. Desde entonces a Trece le llamamos “Padrino”.\r\n\r\nHay que decir que, con el tiempo, un poquito de paciencia y una increíble capacidad para insistir, Pipa acabó rindiéndose a los encantos de la enana, y en aproximadamente dos semanas desde la llegada de Maya las dos comenzaron a jugar juntas, un mes después Pipa la iba a buscar cuando se rezagaba en el parque y la protegía como una hermana mayor de los perros pesados y, a los dos meses, Pipa le lava la cara a Maya con la lengua hasta dejarla hecha un pincel. Un verdadero amor.\r\n\r\nPipa-maya

Nuestra pequeña familia animal pasaba sus días tranquila, envuelta en su rutina habitual: Trece moqueaba e ignoraba a Pipa, Eme acosaba a Loli e ignoraba a Pipa, Loli huía de Eme e ignoraba a Pipa, Mac pedía que le rascaran la cabeza e ignoraba a Pipa… y Pipa miraba “telegato” con cara de circunstancias todo el día, aburrida como una ostra.\r\n\r\nRoberto y yo nos mirábamos y recordábamos cómo acabamos con 4 gatos por el deseo de que Pipa no se sintiera sola. Un hilo de acontecimientos que tuvo su Edad Dorada cuando la difunta Gata vivía y que nos acabó arrastrando a una de esas situaciones que evitas comentar con amigos, familia y conocidos, porque sabes que el pensamiento que pasará por la cabeza de todos será: “Son como la loca de los gatos”.\r\n\r\nEl problema de convivir con animales es que acabas desarrollando una sensibilidad especial hacia todo bicho viviente. Igual que cuando tienes hijos. Yo, por lo menos, lo paso horriblemente mal con las escenas violentas de las películas o las noticias del estilo a raíz de tener a mis hijas, y ha ido a más tras tener animales. En realidad, el solo hecho de pensar que existen personas capaces de causar daño a los más indefensos e inocentes, como los niños y los animales, me descompone el cuerpo de tal manera que me duele mucho, incluso en la ficción.\r\n\r\nVer a Pipa tan abatida era muy triste, y en alguna ocasión intentamos tener en casa una conversación sobre la posibilidad de traer otro perro. Entonces empezábamos a contar y, al llegar a cinco nos dábamos cuenta de que sólo pensarlo era una locura. ¿Y si no congenia con los gatos? ¿Y si no congenia con Pipa? ¿Y si todo sale del revés y tenemos otro animal en casa y Pipa sigue triste? Y a todo eso hay que sumarle lo que cuesta mantenerlos a todos, darles una comida medio buena y que tengan sus revisiones al día, posibles accidentes aparte. Así que lo pensábamos y lo despensábamos rápidamente.\r\n\r\nEn cierta ocasión la cara triste de Pipa cuando intentaba jugar con Eme y le dio el culo con desprecio, casi nos hace adoptar un mastín de los Pirineos. Lo que nos echó atrás fue pensar que cuando Pipa se hirió la pata tuvimos que llevarla en brazos al hospital. Pudimos hacerlo porque pesa 11 kilos, si llega a pesar 80 no hubiéramos podido alzarla del suelo. Bueno, también nos echó atrás caer en la cuenta de que si en invierno a todos los bichos (menos a la pobre Loli) les da por venir a dormir con nosotros…\r\n\r\nComo las redes sociales son como son y están pensadas para lo que están pensadas, hace tiempo que me tenían calada y bombardeaban mi timeline con anuncios de protectoras, vídeos de perritos y peticiones urgentes de ayuda.\r\n\r\nYo me resistía como podía. Cuando la pena era mucha y la tentación también, le enviaba el enlace a Roberto y él se encargaba de ponerme los pies en tierra usando sus mejores argumentos como armas: “¿Aguantarás más pelos en casa?” Por general esa pregunta bastaba para rebajar en nivel de emoción, superar el momento de peligro y dejar de mirar Facebook por una semana.\r\n\r\nSin embargo, de la misma manera que hay ocasiones excepcionales en las que los astros se alinean en el cielo, hay otras en las que parece que todo se confabula para obtener un propósito muy claro (y prometo por lo más sagrado que no leo a Paulo Coello).\r\n\r\nPues nada. Un día andaba en Twitter para huir del acoso perruno de Facebook cuando, de pronto, veo un retuit de Arturo Pérez Reverte sobre una perrita y sus dos cachorros de apenas dos meses, rescatados de un vertedero en Sevilla. El resto de la camada había muerto aplastada por las máquinas y las basuras, y se habían llevado a la mami y a los dos pequeños a una residencia temporal mientras les buscaban adoptadores.\r\n\r\nzara+hermano\r\n\r\nLo último que me esperaba era que el maestro de las hostias verbales me pillara con las defensas bajadas, justo en el día tonto. Como siempre, activé las contramedidas y le pasé el enlace a Roberto para que me ayudara a desistir. Sin embargo, en lugar de sus habituales razonamientos en contra me respondió con un: “Si lo haces no quiero saberlo hasta que lo hagas”.\r\n\r\nEstaba empezando a ajustarse un nudo alrededor de mi cuello y yo sólo podía contemplar cómo mi propia mano tiraba para apretarlo más. Y cuanto más hacía para desliarme, más me enredaba.\r\n\r\nEn un alarde de ingenuidad muy propio de mi escribí para interesarme por los perritos y tratar, al mismo tiempo, de echar balones fuera explicando que era una pena que los cachorros estuvieran en Sevilla y yo en Madrid. La respuesta fue que no había problema, que podían viajar a cualquier parte de España, especialmente a Madrid. Alea jacta est.\r\n\r\nPara hacer la historia corta acabé rellenando los papeles de adopción de uno de los dos cachorros, una hembra de color canela con las cuatro patas blancas. De no haber tenido gatos en casa me hubiera quedado con la mamá, pero había más probabilidades de que todo el mundo se sintiera menos amenazado por un cachorro que por un perro adulto.\r\n\r\nRoberto no quiso saber nada hasta el día que recogíamos a la perrita. Venía en un transporte especial para perros que hacía la ruta Sevilla-Madrid-Zaragoza-Barcelona recogiendo y entregando animales para adoptar. Justo antes de salir de casa para recogerla en el punto de encuentro nos dijo: “Mira la casa, mira a los animales, mira cómo está todo… porque a partir de hoy nada volverá a ser igual”.\r\n\r\n¡Cuánta razón tenía el bocarrape!