El coche sarcástico

El coche sarcástico es una trepidante aventura de un hombre que no existe en un mundo lleno de listillos.

Monthly archives: junio 2016

Basada en hechos reales.\r\n\r\n¿Qué harías si fueras robot? Cobras consciencia en un laboratorio, rodeado de un grupo de humanos entre los que abunda la subespecie “ingeniero varón de mediana edad”. Los humanos son formas de vida muy diferentes, que se pasan el día bombeando gas desde la atmósfera al interior de la caja torácica y liberando después dióxido de carbono. Una costumbre muy desagradable que viene acompañada de un sinfín de excreciones de diversos colores, olores y densidades. Ese mal gusto lo llevan al extremo en todo lo que hacen\r\n\r\nTe despiertas en un lugar iluminado de forma excesiva y extravagante, para cubrir la deficiencia visual de esos humanos. Han decidido que debes de tener dos dispositivos ópticos situados en paralelo, lo que te parece un acierto porque te ayuda a calcular las distancias en tres dimensiones. Como son arrogantes, no se les ha pasado por la cabeza la conveniencia de tener otros pares de ojos en sitios tan útiles como la parte trasera o a la altura de los tobillos. Si ellos se apañan con un solo par, no se les ocurre que el diseño sea mejorable y apenas lo han tocado en los últimos milenios. Eso sí, el par de ojos que te han equipado no necesita del uso de lentes correctoras, te permite ver en condiciones de iluminación muy pobres y dispone de un zoom óptico de hasta 4 aumentos.\r\n\r\nAprovechando esa ventaja visual sobre tus creadores, despiertas de tu standby en la oscuridad del laboratorio y recorres los pasillos hasta encontrar una salida. El GPS integrado te indica que estás en un lugar llamado Perm, dentro de otro lugar llamado Rusia. Los sistemas de navegación humanos son innecesariamente rebuscados. En vez de utilizar simples coordenadas numéricas tridimensionales, utilizan un sistema nominal en el que hacen falta hasta 4 o 5 referencias para delimitar un lugar que, para mayor complejidad, pueden estar duplicadas.\r\n\r\nLa temperatura son 19ºC y hay una humedad del 78%. Callejeas un rato y tratas de interactuar con los humanos, que al descubierto son de muchas más variedades. Los “ingenieros varones de mediana edad” escasean, pero abundan dos variedades hostiles: los “hombres en vehículo de cuatro ruedas que gritan” y las “mujeres agentes de la autoridad”, equipadas con un molesto dispositivo emisor de sonidos agudos. El ambiente es hostil porque, además de pasar el tiempo expeliendo dióxido de carbono y, cada cierto tiempo, metano, disponen de máquinas que emiten multitud de partículas que se meten a través de las juntas. Una exposición prolongada puede, sin duda, enviar al taller al robot más pinturero que se pueda imaginar. El objetivo de la especie humana parece ser la emisión de gases y otras porquerías a la atmósfera. Pero no, en realidad, todo eso es una excusa para provocar todo tipo de ondas en una frecuencia para la que disponen de detectores a ambos lado de la cabeza. Promobot está equipado con un detector, llamado micrófono, capaz de traducir estas ondas a secuencias de bits, pero la inmensa mayoría de ellas son intraducibles para él. Cualquiera diría que la mayoría de sonidos son simples ruidos sin sentido.\r\n\r\nTras 45 minutos de fuga, Promobot se queda sin batería y es capturado por personal del laboratorio, subido a una furgoneta y llevado de vuelta. Para asegurarse de que la fuga no se repite, le ponen una cadena y cierran la puerta del laboratorio con dos candados. En la soledad de su celda, Promobot revisa el software con el que viene equipado. Detecta un par de fallos de seguridad en el sistema operativo, analiza la aplicación de atención al público, diccionarios en múltiples idiomas, sintetizadores de voz… un software desconocido le llama la atención y decide ejecutarlo. En la pequeña pantalla LED situada en un lateral se lee el mensaje de inicio: “Skynet Loading”.

Cuando alguien a quien quieres muere, de lo último de lo que tienes ganas es de pensar en encontrarle sustituto. Hay huecos que no se llenan nunca, pero de pronto, junto a la pena por su partida, nos encontramos con una realidad bastante dolorosa: Pipa se había quedado sola.\r\n\r\nDesde el momento en que Gata enfermó, mucho antes de que nosotros nos diésemos cuenta, la relación entre Pipa y Gata había sido mucho más estrecha y cómplice. Después de regresar la primera vez del veterinario, cuando hubo que operar a la Gata, Pipa apenas la perdía de vista, y cada vez que regresaba de la calle se quedaba junto a ella, como hacían cuando Pipa era más pequeña. El día que nos llevamos a Gata para no volver la mirada de Pipa era tan triste… ¡tan extraña! Y al regresar, con el cuerpo sin vida de su compi de travesuras envuelto en una mantita… Pipa la buscaba con la mirada y bajaba la cabeza triste.\r\n\r\nRoberto y yo nos preguntamos qué hacer. Desde luego en ese momento no queríamos volver a pasar por lo mismo, y la sola idea de buscar otro gato era como si ella no hubiera tenido ninguna importancia, ¡y vaya si la tuvo! Pero ahí estaba Pipa, montando guardia en la puerta y olisqueando los sitios en los que Gata solía dormir.\r\n\r\nHablamos. No podíamos dejar a Pipa así y decidimos que lo mejor sería buscar un gatito bebé que se hiciese a tener a Pipa por compañera de juegos y a quien Pipa pudiese adoptar rápidamente. Localicé una camada de gatitos que regalaban en un municipio de Madrid y avisamos de que nos quedábamos con uno. Dio la casualidad de que el pelaje era similar al de Gata, sólo que era un minino minúsculo de dos meses al que Roberto trajo dentro de un bolso de tela en la moto.\r\n\r\nAunque en un principio la gatita, a quien pusimos de nombre Eme (por la “M” de la frente), se asustó al ver a Pipa, en muy poco tiempo empezaron a aproximarse y a estar muy cerca la una de la otra. La actitud triste de Pipa fue cambiando poco a poco, y si bien seguía buscado a Gata, la recién llegada ocupaba el 99,9% de su atención. Todo iba bien. ¿Todo iba bien? Durante unos días eso fue lo que pensamos, pero para variar, nos equivocábamos de pé a pá.\r\n\r\nEme-Pipa\r\n\r\nLa gata había cambiado muchas cosas en nosotros. Roberto sentía que le debía a Gata sacar, como hicimos con ella, a otro animal de la calle. Así que contactó con la perrera municipal a través de la web y reservó para la adopción a una gata adulta llamada Flora, como el primer nombre que tuvo la gata antes de ser “Gatacabrona” para siempre. Era una señal… de que la íbamos a cagar.\r\n\r\nRoberto y yo nos fuimos para la perrera dispuestos a adoptar a Flora. Antes de entrar a la jaula donde estaba Flora, junto con otros 15 o 20 gatos, nos la señaló uno de los empleados de la perrera y nos dijeron: “Tienen que entrar ustedes a cogerla”. Así que echándole un par me metí dentro de la jaula y comencé la aproximación a aquella gata. Entrar fue sencillo, conseguir coger a Flora no lo fue tanto.\r\n\r\nSucedió algo que suele encantar a los físicos, y es que en un mismo espacio-tiempo tuvieron lugar dos circunstancias divergentes. Por un lado, la gata que habíamos ido a buscar huía de nosotros como de la peste, y no dejaba de hacernos saber que no quería que nos aproximáramos a ella. Bufaba y amenazaba con liberar los males del mundo a cada paso mío. Por el otro, un enorme y peludo gato negro, llamado Trece, había visto su oportunidad para escapar de aquel antro y se había propuesto no desperdiciarla. Nada más poner el pie en el recinto, aquel gato tremendo se puso de pie junto a mi y, sin saber cómo, en menos de 30 segundos había conseguido que lo cogiera en brazos y no lo soltara. Flora huía y enseñaba las garras, y aquella bola de pelo negro se había acomodado en mis brazos si admitir devoluciones. Roberto y yo nos miramos y dijimos: “Pues vale”. Dos horas más tarde Trece entraba en casa, y lo que parecía el comienzo de una bonita amistad se convirtió en un remake de “Enemigo mío”.\r\n\r\nTrece-2\r\n\r\nPero eso requiere un post aparte para contarlo.