El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: mayo 2016

Llevo varios años evitando escribir esta entrada. Me digo a mi misma que quizá no lo recuerde lo suficientemente bien, o que es demasiado triste para que a nadie le interese. Pero es parte de la historia el aprender a querer a seres que algún día tienen que irse, aunque siempre esperas que eso suceda lo más tarde posible.\r\n\r\nEse fin de semana Roberto y yo salíamos de viaje, él por cuestiones de trabajo y yo para ver a la familia. Pipa venía conmigo y, como otras veces, Gata se quedaba sola en casa. Yo ya estaba camino de Granada cuando Roberto me llamó: “Oye, yo tengo que salir ya, pero he visto a la gata algo rara. ¿Podrías pedirle a Juan Carlos y Lucía (los que nos dieron a Gata) que pasen por casa a echarle un vistazo?”\r\n\r\nUn par de horas más tarde Juan Carlos, Lucía, Roberto y yo estábamos metidos en un ir y venir incesante de llamadas telefónicas y mensajes tratando de tomar una decisión tras otra.\r\n\r\nCuando nuestros amigos llegaron a casa la gata apenas podía respirar. La llevaron a un hospital veterinario y allí descubrieron que la leucemia felina, ese virus en el que nadie había vuelto a pensar viendo a un animal tan vital, tan listo y tan especial, había finalmente dado la cara. Gata tenía un tumor en los pulmones que le había ocasionado un derrame pleural que le impedía respirar y le causaba dolor.\r\n\r\nEstábamos a casi 500 km de Gata y había que decidir qué hacer. El tumor era grande y no había solución. Nuestra gatita se iba y nosotros no estábamos allí, con ella. Estábamos divididos, rotos. No queríamos que pasara ese momento sin nosotros, pero tampoco podíamos dejar que pasara tantas horas sufriendo hasta que llegásemos.\r\n\r\nDespués de hablar por teléfono con el veterinario acordamos operar a la gata para solucionar el derrame, eliminar el dolor y darnos tiempo a llegar. Ella nos esperó. Tuvo una parada cardiorespiratoria en el quirófano, pero remontó. Fuimos a la clínica a por ella y nos la llevamos a casa… tan pequeña, tan débil y tan maravillosamente cabrona como siempre. Pero sabíamos que era sólo una breve tregua, un respiro para despedirnos. El tumor no tardaría mucho en volver a afectar a la pleura. Podía volver a liberarse en quirófano, pero nos parecía inhumano hacer pasar a nadie por eso una semana y otra sólo porque no queríamos aceptar que había llegado el momento.\r\n\r\nLos primeros momentos de esa semana fueron como siempre, igual que siempre. Pipa y Gata, Gata y Pipa, jugando, tomando el sol juntas en la terraza y viviendo el momento como si nada pudiera alterar ese instante mágico de estar todavía cuando ya vas de salida. Algo había cambiado en ella, era increíblemente cariñosa, buscaba dormir con nosotros y pasar a nuestro lado todo el tiempo posible. Hubo momentos en los que pensamos que todo había sido una equivocación. Era nuestra gatita de siempre, era imposible que hubiera un tumor comiéndosela por dentro… y esperábamos un milagro.\r\n\r\nA los cinco días volvimos a poner los pies en tierra. Gata. No podía respirar. La cogimos con mucho, mucho cariño, sabiendo lo que iba a pasar ya, y dispuestos a que sus últimos momentos fuesen tranquilos y sin dolor. Conteniendo la angustia y las ganas de llorar escuchamos lo que ya sabíamos. De nuevo el tumor y la pleura. La gata sufría y la situación era irreversible. Se podía aplazar con nuevas intervenciones, pero no iba a curarse y no iba a mejorar. Se nos hacía un nudo en la garganta y en el estómago, porque teníamos que decirle adiós, e iba a ser en ese momento. Era más la angustia por verla sufrir que por perderla, al final nunca se pierde del todo a un ser querido, pero verle sufrir…\r\n\r\nEstuvimos con ella mientras le administraban el sedante que precede a la eutanasia. Le cogimos la patita mientras susurrábamos que todo iba a ir bien y que ya no le dolería. Quizá los animales no entiendan y sean palabras más dirigidas a nuestra conciencia que a su entendimiento. Quizá… pero quizá no, y puede que de alguna manera ella sintiera que ese viaje que todos emprendemos solos era, en ese momento, menos solitario.\r\n\r\nCon la primera inyección su respiración dejó de agitarse y, con la segunda, la vimos irse. Roberto y yo llorábamos como niños delante de su cuerpecillo, tan castigado y pequeño, que ya no se movía. Los gatos mueren con los ojos abiertos, tremendamente abiertos y vacíos. Algo que antes estaba ya no está, eso que llamamos vida se llevó a nuestra gata a otro sitio y nos dejó allí su maltrecha forma.\r\n\r\nNos la llevamos envuelta en la misma manta en la que la llevamos. Al llegar a casa Pipa olió y supo, porque pasó semanas triste, mirando la casa y oliendo los lugares donde Gata solía ponerse.\r\n\r\nHan pasado tres años desde ese día. Cada una de las historias que he ido contando en este blog las escribí en su memoria unos meses después. Recordábamos en familia todas las trastadas que había hecho y las barrabasadas que hizo pasar a Pipa y nos reíamos tanto… pero nunca hasta ahora fui capaz de tocar el último capítulo de su vida. Han pasado tres años, pero todavía he tenido que detenerme varias veces porque las lágrimas no me dejaban avanzar. Mi gatita, nuestra gatita, se fue. Dio guerra como pocos, pero la quisimos como a nadie.\r\n\r\nAdiós gatita, adiós.\r\n\r\n

Perro-600

En la foto no se ve, pero gata tiene puesta en la pata la vía con la que salió del hospital veterinario. Es una de las fotos que tomamos de las dos la semana antes de morir.