El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: abril 2016

pato\r\n\r\nEn este instante siento una mezcla de orgullo insano y vergüenza propia y ajena. Todo junto. Por unos momentos la tentación me ha rondado y aún no sé si me he librado de ella o está preparando otro embate, como a san Antonio en el desierto. ¿Qué ha pasado? Pues que he llevado a cabo una hazaña increíble y ya me estaba viendo a mí misma haciendo giras por el mundo impartiendo charlas motivacionales sobre el eje de mi increíble experiencia. Mejor que Josef Ajram sin duda, y sin tener que hacerme tatuajes para parecer molona. Yo, enardeciendo a las masas y levantándolas de sus miserias con el poder de mi oratoria porque yo, ¡YO! he corrido 10 kilómetros sin morir en el intento (aunque poco me faltó).\r\n\r\n¿Pero cómo llega alguien como yo, una madre de familia cuarentona con una hija en la Universidad y otra con crisis existenciales, con cuatro gatos, un perro y un marido, lograr tamaña heroicidad? Ya que insistís os contaré cómo pasó con la máxima falta de modestia posible. Y lo haré con uno de esos comienzos épicos de todos los libros de autoayuda y de esos speechs capaces de convertir en líderes mundiales a los fontaneros de hucha y palillo. Si quieren pueden, ¿no? Porque mi historia tiene todos los ingredientes de los mejores conferenciantes TED.\r\n\r\nHasta hace casi dos años yo no había corrido nunca. En el colegio, las clases de gimnasia en las que nos hacían dar vueltas por el patio eran un sufrimiento y una tortura peor que se te rompa el mando justo cuando comienza MHYV o alguna otra cagarruta por el estilo. En 5º de EGB vinieron al colegio unos “seleccionadores de talento” de la época para hacer pruebas deportivas a todos los niños y niñas que midieran más de 1,50. ¡Qué increíble orgullo estar entre los seleccionados! El primer día eran pruebas de fuerza, salto, estiramientos, agilidad, velocidad… ¡guau!, yo las iba pasando cual gacela. Yo era el pequeño saltamontes y Nadia Comaneci (aunque no sabía entonces quién era esa). Cuando me anunciaron que pasaba a la segunda ronda de pruebas ya me veía a mi misma subiendo al podio en las Olimpiadas, hasta que hubo que hacerlas. Se trataba de dar dos vueltas (corriendo, claro) a una pista de 500 metros en un estadio. Corrí con todas mis fuerzas… los 10 primeros metros, y los 990 restantes me arrastré con la lengua fuera mirando cómo se alejaba la espalda de todas las que iban delante de mi (que curiosamente eran todas las que competían menos yo). Cuando logré llegar a la meta… caminando, mi padre me miró con cara de chasco y me dijo lo obvio con la típica malafollá de un granaíno, luego añadió una propina: “pues has llegado la última y, por cierto, corres como un pato mareado” (al menos no me dijo que corría como Coco).\r\n\r\nNi que decir tiene que la vergüenza me duró años y que no volví a intentar correr. Para colmo, un médico que me examinó en cierta ocasión me dio la excusa (y la justificación) perfecta para hacer frente a mi fracaso corredor: “Tienes un pectus excavatum, tu caja torácica no se puede expandir, nunca podrás correr más allá de evitar que se te escape el autobús, siempre que no esté muy lejos”. ¡Qué bien!, no había quedado la última por manta, ni porque me pesara el culo, sino porque tenía un pectus excavatum.\r\n\r\nPasaron los años, y mi pectus excavatum y yo entablamos una buena amistad.\r\n\r\n-¿Quieres venir a correr?\r\n\r\n-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.\r\n\r\n-Ahhhhh, entiendo.\r\n\r\nFueron tiempos de inocente complacencia y conveniente comodidad. Hasta hace dos años en que, hablando con un amigo médico…\r\n\r\n-¿Te vienes a correr?\r\n\r\n-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.\r\n\r\n-Eso no tiene nada que ver. El cuerpo es capaz de compensar cualquier cosa. Si practicas puede correr.\r\n\r\n-Ahhhhh, entiendo (aunque por dentro pensaba si eso era cierto llevaba años haciendo el canelo).\r\n\r\nTodavía tenía clavada la espina de aquellas pruebas deportivas y la cara de churro de mi padre. Así que probé. Como en todas las historias de gran superación, al principio apenas logré recorrer 50 metros sin desmayarme, pensando que mi amigo se equivocaba, y que un pectus excavatum era un pectus excavatum. Luego, poco a poco, ocurrió el milagro. Mi increíble determinación personal y el ritmo de The Verve me condujeron de los 50 metros a los 500, y de ahí hasta las estrellas y más allá. Logré hacer 1,5 km en 14 minutos (una caca de tiempo, pero para mi era como haber escalado el Everest). Después bajé el tiempo a 7 minutos y subí la distancia a 2 km.\r\n\r\nEn julio de 2014 me ponía como reto correr 30 minutos sin parar y en octubre de ese año hacía 4,5 km en 35 minutos. Entonces decidí apuntarme a mi primera carrera popular en la distancia de 5 km. Eran 4,5 en realidad, pero los hice en 32 minutos sin parar y sentí que acababa de saldar una deuda pendiente con mi infancia. Aunque tuve que darle la razón a mi padre después de ver el vídeo de mi entrada a meta: efectivamente, parecía un pato mareado.\r\n\r\nSeguí corriendo intermitentemente pero feliz, porque había algo que siempre creí que no podría hacer, y sí que podía.\r\n\r\n¡¡Ah!!, pero ahí estaba el hado incierto, el fatal destino, esperando para abalanzarse sobre los ingenuos que se atreven a desafiarle (¡joder, que me emociono con lo bien que me ha quedado eso!). El año 2015 me trajo de regalo la condromalacia rotuliana, la espondilosis lumbar, la ciática y la hernia de disco. Pero como esta es una historia de superación (o de inconsciencia, aún lo estoy decidiendo), me pasé por el refajo el diagnóstico del médico y seguí corriendo, hasta mi más reciente logro: acabar una carrera de 10 km en un tiempo (penoso pero mío) de una hora y catorce minutos. Si con un pectus excavatum podía hacer eso, ¿qué no haría con aquello? Y la verdad es que habría quedado muy bien hasta ahí. Enfermedad degenerativa, reto deportivo y espíritu de victoria en una misma historia. ¿Soy la leche o no?\r\n\r\nPero para ser del todo correctos y no animar a que la gente haga el tonto con su cuerpo y su salud, tengo que hacer una aclaración. En problemas de salud como estos se recomienda hacer ejercicio, aunque dependiendo del médico y la forma de hacerlo, el running se desaconseja por el impacto sobre las rodillas y la espalda. Sin embargo, como cada especialista tiene una opinión al respecto, decidí bajo mi propio riesgo, seguir el consejo que me pareció más sensato: “haz todo el deporte que puedas y quieras siempre que no te cause daño”. Y así lo hago. Especialmente porque si no hago ejercicio, el cuerpo se me empieza a poner rígido y empiezo a caminar, no como un pato mareado, sino como el monstruo de Frankenstein recién bajado de la camilla. Y corro porque creo que nunca me he quitado del todo el mal sabor de boca de aquel día en el estadio, y porque siempre sentí envidia de la gente que podía despegarse del suelo y era capaz de hacer que su cuerpo y su mente resistieran un kilómetro detrás de otro. Corro despacio porque no quiero tener que dejar de hacerlo. Quiero poder seguir resistiendo tiempo aunque la velocidad sea de pena, o aunque como en mis primeros 10 km en una carrera popular, llegue casi al lado del coche escoba. Me da igual porque el logro para mi no está en hacerlo, sino en que siempre creí que no podría.\r\n\r\nNo son los triatlones extremos de Arjam ni su “life trader”, pero para mi es como si lo fueran.

La gata se divertía enormemente persiguiendo cordeles, hilos y, especialmente, cualquier polilla o mosca que se colara por la ventana. Como todos los gatos, supongo. Era una auténtica cazadora. Una de las cosas que solía hacer era engancharse a los cordones de las sudaderas con una habilidad depredadora increíble. Cierta vez que íbamos a salir a cenar fuera,y  con la previsión de llegar tarde a casa, Roberto le dejó a Gata un largo cordel con un juguete colgando del extremo. Como no encontró otro lugar mejor, ató el cordel de marras al pasador de la puerta de entrada.\r\n\r\nCuando salíamos de casa me quedé mirando el cordel pensando, sólo durante unas décimas de segundo, si no habría alguna posibilidad de que el pestillo se corriese accidentalmente durante el juego de la gata. Fueron sólo unas décimas de segundo. La imagen me parecía demasiado rocambolesca para que pasara de verdad. ¡Ja!\r\n\r\nEran casi las dos de la madrugada cuando llegamos a casa, y al ir a abrir la puerta nos encontramos con que estaba bloqueada desde dentro. La puerta se abría apenas lo suficiente para que pasaran los dedos de la mano y, desde luego, para que la perra, desesperada por hacer sus necesidades, asomara el hocico gimiendo y llorando de impotencia.\r\n\r\n¿Hace falta que diga lo que había pasado? Eso mismo. Gata se había enganchado del cordel y había desplazado el pasador. Resultado: nosotros no podíamos entrar en casa y la perra no podía salir.\r\n\r\nTardamos más de dos horas en encontrar una forma de abrir el pasador desde fuera sin tener que recurrir a un cerrajero de urgencias, Pipa pudo hacer sus cosas, nosotros pudimos dormir en casa y Gata… Gata sólo observaba desde el mueble de la entrada sin perder detalle.\r\n\r\nPipa-gata-caseta\r\n\r\n 

Cuanto más lo pienso, más extraña me resulta la relación entre perros y gatos. Y una de las cosas que más me choca es el tema higiénico.\r\n\r\nMientras que la gata es, como todo miso, un bicho bastante limpio (salvo cuando se mea en el puff), la perra, por el contrario, disfruta con la guarrería.\r\n\r\nEntre las extraordinarias cosas de las que disfruta es de revolcarse en el césped del parque. Las primeras veces que la vi hacerlo pensé, ingenua de mí, que simplemente se divertía haciendo volteretas. Más tarde comprendí que para ella era algo parecido a ir de compras con una tarjeta de crédito ilimitado, en plan: “¡Qué olor tan rico! Me lo llevo… y este, y este, me los llevo todos, es más.. ¡¡¡me los llevo puestoooooosss!”.\r\n\r\nMás tarde comprobamos que ese afán de “comprador” compulsivo podía llegar mucho más lejos.\r\n\r\nUno de esos días que la sacaba a pasear por El Retiro a las 6 de la mañana divisé, en medio del camino, un obstáculo. Antes de que pudiese darme cuenta de que se trataba de un enorme mojón de boñigas de caballo, Pipa ya había saltado sobre él y estaba, literalmente, bañándose en caca de jamelgo. Llegar tarde a trabajar porque has tenido que bañar a tu perra de buena mañana, es una excusa difícil de hacer tragar.\r\n\r\nMás tarde, una soleada tarde de invierno, nos tumbamos sobre un pradito de El Retiro Roberto y yo, mientras Pipa correteaba de un lado a otro, más feliz que una perdiz. La vimos practicar su deporte favorito: revolcamiento sobre hierba. La perra, cada vez más feliz, se restregaba con más y más alegría, hasta que comenzó a llegarnos un tufillo a caquilla bastante sospechoso. Para cuando quisimos darnos cuenta de que la que traía y llevaba aquel aroma consigo era Pipa, ya estaba embadurnada hasta las orejas (por dentro).\r\n\r\nTodo el camino de regreso a casa la perra fue brincando de olorosa felicidad. No tenía ni idea de que, al llegar, tendría que bañarse. Es una de las cosas del mundo que menos le gustan.