El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: marzo 2016

El nombre que traía la gata era Flora. Bucólico, sin duda, pero impronunciable para mí. La mayor parte del tiempo no conseguía articular su nombre antes de que me saliera un “¡maldita gata cabrona!”. Para abreviar, el nombre se quedó finalmente en “Gata”. Además, esperaba que se muriera antes de pasar un año, así que, ¿para qué molestarse en ponerle nombre?\r\n\r\nY es que el angelito lo tenía todo: leucemia felina, gingivitis, hongos, parásitos intestinales, desnutrición y la irritante manía de orinarse en todas partes, especialmente en el puff que regalé a Roberto por Reyes, el mismo día que el animalico puso una pata en mi casa. De la factura del veterinario mejor ni os hablo, pero el trato de cliente VIP que nos hizo después de ver su estado y calcular las veces que íbamos a tener que volver, era casi profético.\r\n\r\nAfortunadamente, en menos de una semana Pipa y Gata se habían hecho inseparables, y pasaban el día jugando juntas. Así que los problemas de ansiedad por soledad de Pipa llegaron a su fin. Los de ansiedad por Gata, sin embargo, no habían hecho más que empezar.\r\n\r\npipa y gata

Para los que crecimos hace ya un par de generaciones, una marca era Coca-Cola o Volkswagen. Después nos enteramos de que había “marcas electorales” y hasta una “marca España”, gracias a quienes piensan (y nos hacen pensar) que el voto es se elige como si fuese un champú en el lineal de una gran superficie y que un país debe de funcionar como una empresa. También nos contaron que existen las marcas personales. Y, lo que es más, que todos tenemos una marca personal (en las versiones más radicales, que somos una marca personal) y que, además, debemos desarrollarla. Por supuesto, un asunto de tanta importancia no puede dejarse al azar y la sociedad necesita de libros, teorías y un buen puñado de gurús a tanto la hora que nos traigan la buena nueva y nos descubran los secretos para triunfar con nuestra propia marca.\r\n\r\nEn otras palabras, hay toda una industria para que el ciudadano medio interiorice que en su situación personal no tiene nada que ver el vivir en un país con cuatro millones de parados, de que nadie le avisara a tiempo de que el inglés es el idioma de los negocios, pero que por si acaso aprendiese chino y alemán, o de no poder pagarse un segundo máster que le capacite, por fin, para tener un contrato con más de tres meses de duración y una nómina con cuatro dígitos. El problema empieza y termina en uno mismo. Sea usted un joven licenciado con dos titulaciones o un veterano trabajador manual, su problema es que no ha desarrollado su marca personal.\r\n\r\nY uno tiende a creer que algo de razón no les falta a estos gurús. Basta una conversación no demasiado profunda o, en su defecto, asistir dos veces a la misma conferencia, para darse cuenta de que, a falta de capacidad, una buena campaña de automarketing es capaz de elevar a los altares a cualquier mediocre capaz de simular talento durante la media hora que dura una charla o en media docena de tweets diarios.\r\n\r\nCuando uno sale de una de estas charlas lo tiene todo clarísimo. Con un manejo experto de las redes sociales el puesto sirviendo hamburguesas en una cadena de comida basura se convertirá en un cargo de alta dirección. Y ensayando un buen elevator pitch en la cola del paro nos ofrecerán un buen trabajo. Eso sí, el discursito que no dure más de uno o dos minutos: con ese tiempo es más que suficiente para que sepan quién eres, ¿no?\r\n\r\nA fin de cuentas, el éxito no está en el producto, sino en la marca. Grandes marcas como las de refrescos son negocios multimillonarios en todo el mundo, a pesar de ser perjudiciales para la salud. Otras, que fabrican automóviles, se consideran ejemplos de gran ingeniería aunque hayan trucado sus motores para poder vender vehículos que nos intoxican masivamente.\r\n\r\nNo importa que la ingeniería sea deficiente o que la “chispa de la vida” sea en realidad la chispa de la obesidad y las enfermedades cardiovasculares. Una buena marca puede con eso y más. Durante años, la marca personal de tantos políticos corruptos podía más que lo evidente de sus prácticas corruptas, cuyos detalles han destapado jueces, fiscales y policías, pero cuyos indicios eran evidentes, públicos y visibles para los electores que, como un champú, les elegían en el supermercado electoral porque HS les parecía demasiado agresivo y Pantene, con sus melenas ideales, demasiado utópico.\r\n\r\nLo de la marca personal, es cierto, funciona. Pero sólo funciona para unos pocos. En un sistema laboral que fomenta la competitividad, cuatro millones de parados hace casi imposible competir con un currículum brillante. Siempre hay un candidato mejor preparado y, si no es así, mala suerte: estás sobrecualificado para el puesto. No pasa nada, porque tú, precisamente tú, tienes muchas ganas de trabajar. ¿Estás disponible para viajar de Madrid a Málaga cada semana? Hay cuatro candidatos dispuestos a ir y volver en el día, pagando la gasolina y las dietas de su bolsillo. Y un quinto que tiene un primo en Marbella que le da posada y fonda si hace falta ir para varios días.\r\n\r\nAsí que nos queda competir en marca personal, que es como “Mira quien baila” pero en plan duelo a muerte. En no pocas ocasiones pasa por vestirse un poco demasiado moderno, incluso de forma estrafalaria, decir cosas ingeniosas que sorprendan y hagan reír y tener un punto de descaro para decir lo que nadie se atreve a decir, pero sin que te corten el cuello por hacerlo. ¡Joder, acabo de describir al bufón de cualquier corte medieval!\r\n\r\nPorque las marcas personales sí que existen: en el deporte se habla desde hace mucho tiempo de los jugadores franquicia, esos que son el referente de su equipo en lo deportivo y que atraen a los aficionados. Hablamos de los Kobe Bryant o Stephen Curry que son la seña de identidad de los equipos de la NBA, o de los Cristiano Ronaldo y Messi de nuestra liga. Ellos tienen marcas personales que producen millones de euros anualmente.\r\n\r\nLo de los demás es, simplemente, imagen personal, prestigio profesional o como queramos llamarlo sin ser el bufón de la corte. La marca de los deportistas no sólo se sostiene por un peinado atrevido y una sonrisa de anuncio de (marca de) pasta de dientes. Si la marca personal de Messi vale algo no es porque sea especialmente pinturero o por su labia, sino porque juega al fútbol muy bien.\r\n\r\n¿Eres tan bueno como Messi en lo tuyo? ¿Ya venden camisetas con tu nombre? Habla entonces de marca personal. En otro caso, muestra tu preparación, tu profesionalidad e, incluso, si eres increíblemente bueno, tu humildad. Porque Messi sin otros 20 compañeros de equipo, entrenadores, responsables del césped, de la taquilla y de que haya balones en su sitio cuando hace falta, no tendría ninguna marca personal. Pretender que todos seamos la estrella a la que apuntan los focos genera legiones de personas frustradas que se culpan por no ser lo bastante buenas. A los productores de Prozac, Lexatin y Orfidal les gusta esto.\r\n\r\nAclarado que marca personal tiene una persona entre un millón, la de los simples mortales que también tenemos derecho a un trabajo digno y sólo queremos “vendernos bien” no es una marca personal, es una marca impersonal, que nos lleva a adoptar un rol, a fingir que somos vete a saber qué cosa: hay que sonreír siempre, tener un mensaje positivo y ser constructivo hasta cuando te escupen en la cara. La verdad, eso se parece más a los mayordomos robóticos de la ciencia ficción que a una persona. ¡Que no, que no hace falta que te conviertas en hombre (o mujer) anuncio del hombre (o mujer) que los demás esperan que seas para tener éxito! ¡Que Steve Jobs, el de las frases inspiradoras, era un borde insoportable! A él le funcionaba el rollo de la marca personal porque entre presentación y presentación pasaban muchas cosas que permitían que saliese al escenario con un iPhone en el bolsillo. Si hubiese salido con un producto condenado al fracaso, hablaríamos del maniático malhumorado que hundió Apple con sus excentricidades.\r\n\r\nQue el secreto del éxito sean las marcas personales sólo puede ser recibido con alegría por alguien que no tiene otras virtudes, o cuya mayor virtud es la de escribir libros de autoayuda (se llaman así porque ayudan a su autor, de ayudar a los lectores serían de ayuda a secas). Así que, si vas por ahí vendiendo todas esas teorías de la marca personal, o la que toque vender esta temporada, dedica unos minutos a retomar el contacto con las personas a las que has ayudado durante tu carrera. ¿Han triunfado todos o, al menos, una mayoría? ¿Has supuesto alguna diferencia en las vidas de muchos de ellos? ¿Has causado algún efecto que no se pueda achacar a lo puramente estadístico? Porque si tu ayuda no les ha llevado al éxito, o te han tocado todos los torpes a ti (tienes buena marca personal, pero eres gafe), o el humo que tú vendes emite más gases contaminantes de los permitidos. Yo, por si acaso, cuando me cruzo con los de tu gremio, me pongo la mascarilla.

Me vais a decir que con una vez basta para aprender. Pero en esta ocasión no fue así (tampoco).\r\n\r\nPasó el verano, las vacaciones, la jornada continua en el trabajo y un breve lapsus de desempleo de Roberto. Todo lo anterior nos permitió pasar bastante tiempo con el nuevo miembro de la familia, Pipa. Le enseñamos a hacer pipí y pupú en la calle, a aceptar que tocáramos su comida, a obedecer “No”, a responder al “Muy bien”, a sentarse y algunas cosas más básicas para la convivencia. Sin embargo, cuando llegó el horario de invierno y Roberto volvió a trabajar, Pipa pasaba mucho tiempo sola. Algunas veces, al llegar a casa, nos encontrábamos con que “alguien” se había entretenido en comerse los rodapiés de parqué, los varales de la mesa de madera y mis zapatillas.\r\n\r\nComo decía antes, una vez debería haberme bastado para aprender. Roberto empezó a dejar caer que Pipa necesitaba compañía, y que quizá le sentase bien tener un gato en casa. Cuando digo que “empezó a decir” no me refiero a que lo mencionó de pasada, sino que recibía (otra vez) correos suyos con fotos de gatitos, que hablaba de gatos hasta hartar, de lo bien que le vendría a Pipa otro animal en casa, que me enviaba estudios, artículos, reportajes y cualquier cosa que se os ocurra donde se loaran los beneficios de la convivencia perro-gato. Yo dije: “NO QUIERO GATO”.\r\n\r\nPara qué insistir.\r\n\r\nEl 3 de enero del año siguiente a que llegara Pipa, recibí un email de una amiga: Me decía que tenía en su casa del pueblo una gatita recogida de la calle, y que si sabíamos de alguien que quisiera quedársela. Resulta que tenía leucemia felina, y ella ya tenía un gato en casa al que se la podía contagiar, por lo que no podía quedársela. Para colmo de maldades el correo iba con fotos. Un consejo, si os mandan correos con lastimosas o enternecedoras fotos de animalitos, ¡¡¡no los abráis!! puede ser más peligroso que el spam, el phishing y el morphing juntos. Sé de lo que hablo.\r\n\r\nAsí pues, entrando en el juego de Roberto, el día 4 le di a reenviar. La respuesta fue:\r\n\r\n…\r\n\r\nA lo que yo respondí: “¿Ese … cómo debo interpretarlo?” Hasta la fecha sigue sin responderme. A partir de ahí no sé qué me pasó. Tal vez pensé que realmente la perra necesitaba compañía o quería que Roberto aprendiese, de una vez por todas, a no hacerme creer que algo le interesaba cuando no era así.\r\n\r\nEl día 5 de enero, mientras la cabalgata de Reyes recorría las calles de Madrid, la gata llegó a casa.\r\n\r\nGata

Entra dentro de la lógica de nuestro sistema económico que las compañías intenten favorecer a sus propios productos frente a los de los competidores. El mal llamado libre mercado permite, con ciertos límites legales, que el vendedor haga lo que quiera con su producto. Todos hemos tenido en casa alguna impresora de inyección de tinta cuyos cartuchos costaban más que la propia máquina, como si en su interior hubiese sangre de unicornio virgen derramada una noche de Luna llena, en vez de unos pocos mililitros de tinta de colores. Hace ya muchos años, los usuarios de micros AMD, descubrieron la forma de hacer que sus procesadores funcionasen a mayor velocidad de la especificada: en realidad, las versiones más baratas eran idénticas a las superiores, pero estaban limitadas para tener varios productos de varios precios.\r\n\r\nEstas prácticas pueden parecernos más o menos elegantes, y plantean dilemas éticos. Tanto las impresoras de usar y tirar como el procesador que hay que cambiar antes de tiempo por otro más veloz generan residuos y aumentan la producción innecesariamente, con el consiguiente deterioro del planeta. Los productos hechos para durar muchos años son más respetuosos con el medio ambiente. Reparar las cosas que se estropean si es posible es tan importante como reciclar.\r\n\r\nSin embargo, hasta las grandes empresas tienen algunos límites. Pocos y no siempre respetados, pero los tienen. Uno de esos límites es el de no perjudicar a la competencia aprovechando una situación de monopolio. Microsoft conoce muy bien esa regla: en 1997 evitó que Borland les llevase a juicio por competencia desleal mediante un acuerdo entre ambas partes cuyo contenido se desconoce, pero que es seguro que costó a la compañía fundada por Bill Gates y Paul Allen una millonada. Borland acusaba a Microsoft de utilizar en sus compiladores (el software utilizado para convertir el código de programación en aplicaciones) funciones secretas del sistema operativo que le daban ventaja respecto a los compiladores desarrollados por Borland.\r\n\r\nMás adelante, Microsoft volvería a sufrir algunos reveses. En 2010 tuvo que publicar BrowserChoice, una página en la que ofrece al usuario de sus sistemas operativos la posibilidad de instalar un navegador diferente de Internet Explorer. Para la Comisión Europea, Microsoft utilizaba su posición dominante en el mercado de los sistemas operativos para imponer su navegador web, preinstalado en estos. Mucho antes de esto, en 2000, un juez falló en contra de la posición de monopolio de Microsoft y les sentenció a dividir la compañía en dos partes: una dedicada al sistema operativo Windows y otra para todo lo demás. La sentencia nunca llegó a materializarse y la situación de monopolio que la motivo parece superada a día de hoy.\r\n\r\nHay que preguntarse qué pensarán los que vivieron en Microsoft aquellos tiempos difíciles cuando ven cómo Google acapara el mercado de los datos personales. Eugeny Morozov explica en su libro “La locura del solucionismo tecnológico” que la gran ventaja de la compañía no es que sus algoritmos sean mucho mejores que los de sus rivales, sino que procesan una cantidad de datos mucho mayor que los demás, lo que les permite afinar mejor sus resultados. Bienvenidos a la era del big data.\r\n\r\nY, sobre todo, hay que preguntarse por qué una empresa como Facebook, que ostenta el monopolio de un determinado tipo de red social tras sacar del mercado a Hi5, Friendster o MySpace, puede perjudicar a sus competidores a plena luz del día sin que nadie les lleve a los tribunales. La compañía de Zuckerberg posee la aplicación de mensajería móvil Whatsapp, así como la red social de fotos Instagram. Ambos productos han bloqueado los enlaces a Telegram, uno de los principales rivales de Whatsapp en el mercado de la mensajería instantánea, que en Tek’n’Life nos gusta especialmente.\r\n\r\nSi hace 15 años Microsoft estuvo a punto de ser partido en dos para garantizar el juego limpio con sus competidores fue por causas mucho menos visibles. El veto de Facebook a las aplicaciones y servicios que pueden hacer sombra a las de su propiedad es público, hecho a la luz del día y alguien debería hacerse mirar por qué el listón ha bajado tanto en los últimos años. Pero lo que más sorprende es que Facebook, líder indiscutible del mercado de las redes sociales y empresa que, pese a haber frenado en su crecimiento, es una máquina de ganar dinero, muestre tan a las claras que tiene que proteger una inversión de 16.000 millones de dólares porque, pese a ser líder en su sector, tiene competidores dispuestos a disputarle ese liderazgo.\r\n\r\nEstá por ver si limitar la interacción de tus propios usuarios para que no se vayan a la competencia tiene el efecto deseado o, por el contrario, los usuarios preferirán utilizar herramientas que no vayan a ser limitadas por el fabricante para satisfacer sus intereses particulares, y no los de los usuarios. Y es que el mercado, cuando era un poco menos libre y los jueces miraban con lupa a esos informáticos excéntricos, era más eficiente y mejor para el consumidor. La mano bien visible del regulador evita que los Zuckerberg del mundo intenten decirnos qué aplicaciones nos conviene utilizar y cuáles no.

Pasaron los años. Otra pareja, otra casa, pero la misma firme decisión: “No quiero bichos en casa”. Sin embargo, a mi pareja, Roberto, le gustaban los perros. Llegué a esa conclusión porque durante los cinco primeros años de convivencia se vio todos los programas de “El encantador de perros” de César Millán, me mandaba por email fotos de perritos e, incluso, convenció a una amiga que tenía un Yorkshire para que se lo prestara algunos fines de semana. A todo esto, cada vez que teníamos cualquier tipo de conversación (subrayo el “cualquier”), siempre la zanjaba con un: “Pues entonces me compro un perro”.\r\n\r\nEn cierta ocasión me convenció para hacer una apuesta: Si bajaba (él) 15 kilos en un año, tenía que aceptar perro en casa. Convencida hasta la médula de que no lo conseguiría, sellé el pacto con un apretón de manos ante testigos del compromiso. Los meses iban pasando y el muy capullo se iba acercando peligrosamente a la cifra convenida. Seguro de su victoria empezó a enviarme, a diario, enlaces a fotos de perritos con cara lastimera, provenientes de refugios para animales abandonados. Pero no conseguiría ablandarme. La imagen de un sofá lleno de pelos, y de tener que sacar a un chucho a cagar tres veces al día, con lluvia, nieve o sol, era demasiado poderosa.\r\n\r\nAsí, el año se iba acercando a su fin y él a los 15 kilos de menos, y yo veía cómo no me iba a quedar otra que tragar con el bicho. De nada servían los argumentos acerca del tiempo que el pobre animal tendría que pasar solo en casa, de las ataduras de tener un chucho, de no poder ir de viaje sin dejar al animal con alguien o en algún caro hotel canino, de los gastos en vacunas, comida, etc. Todos los días entraban en mi correo enlaces a webs de refugios y protectoras, o de gente que regalaba perro. Nada de perros de tienda. Alguno para adoptar y que dieran de alguna camada para salvarlo de la muerte y el abandono. ¡Qué tierno!, ¿verdad?\r\n\r\nHay que saber ganar y hay que saber perder. Yo iba a perder, y la única opción que me quedaba era hacerlo con cierta dignidad e ir haciéndome a la idea de que, en poco tiempo, habría perro. Como la fecha de finalización de la apuesta caía más o menos cerca de su cumpleaños, decidí regalárselo. Estaba claro que él quería perro, ¿o no?\r\n\r\nPor tantear, se me ocurrió preguntar a mi hermano. Él vive en un pueblo de Granada, y en los pueblos siempre es más fácil encontrarte con gente que le han pillado a la perra y cuyos cachorros, con toda probabilidad, acabarán ahogados en un cubo de agua, o dentro de una bolsa, en el río. Así es que le dije a mi hermano que si se enteraba de alguien que fuese a tener una camada, de un perro que no fuese muy grande, ni muy peludo, que me avisara, que estaba viendo posibilidades, a ver si para mayo o junio (estábamos en marzo), tal vez, pudiera ser que, si no había más remedio, perhaps, y si los astros entraban en la conjunción adecuada, quizá me plantease la posibilidad de quedarme con un cachorro.\r\n\r\nDigamos que eso fue un lunes. El martes recibo una llamada de mi ‘brother’ diciéndome que le preguntó a una amiga que tenía un perro que era buenísimo, y que la madre de ese perro, que era de otra amiga, había parido hacía poco (la madre del perro, osea, la perra). Que la amiga (la primera) ya se había llevado una perrita a su casa, pero que como ella vivía con el padre y el padre detestaba a los perros (aunque ya tenían uno, ese tan buenísimo), o me lo llevaba YA, o lo mataban. Empecé a sentir un poco de pressing.\r\n\r\nNo me quedó más remedio que destaparle la sorpresa a Roberto: “Amor mío. Como sé que siempre has querido perro, y he perdido la apuesta, he de comunicarte que ya tengo un perrito para ti”, y le conté lo de las amigas, el perrito buenísimo y la cachorra con pena de muerte inminente. ¿Cuál creéis que fue la respuesta? ¿Por fin mi perrito? ¿Cuánto tiempo he esperado que llegara este momento? ¿Cómo me alegra poder salvar a un chucho de las garras de la muerte? ¿Un simple gracias? No, nada de eso. La respuesta de Roberto fue la siguiente: “Yo no quería perro”. Literal.\r\n\r\nUnos cuantos gritos (míos) más tarde, la explicación que más o menos pude entender, dentro del estado de shock en el que me encontraba fue que, en realidad, le gustan los perros, sí, pero no quiere perro. Estos cinco años de insistencia hasta el límite eran sólo para hacerme rabiar porque yo decía que no quería, y para probarse a sí mismo que puede ver fotos de perros sin querer tener un perro. Lógico. ¡Cómo pude no darme cuentan antes! Está claro que cuando alguien se pasa un lustro tratando de convencerte de tener un perro en casa es porque, en realidad, no lo quiere.\r\n\r\nSe me calentó un poquito la sangre, lo confieso, y me dije a mi misma que, fuera como fuese, Roberto se iba a tragar ese perro. Hablé con mi hermano para que detuviera la ejecución, y el miércoles ya lo tenía él en su casa, a la espera de que yo llegara a recogerlo el viernes desde Madrid. Oficialmente comuniqué: “Roberto, querido, el lunes llega tu perro”.\r\n\r\nPipa-cachorra

Cuando somos pequeños vemos la vida de una forma simple, limpia e inocente. Cuando nos hacemos mayores la cosa se complica. De pequeña, quería tener muchos hijos, ser arqueóloga, antropóloga, paleontóloga, veterinaria y bailarina (a la vez), y cuidar en mi casa a todo bicho abandonado que se cruzase en mi camino.\r\n\r\nPara desgracia de mi madre, no esperé a ser mayor para meter en casa gatos atropellados, murciélagos, topillos, ratones, perros pulgosos, gusanos de seda y pájaros de distinto calado. Con los años y, especialmente, al tener casa propia (y el deseo superior e incontenible de verla limpia), llegué a la rotunda conclusión que no quería bichos, aparte, claro, de mis dos hijas. Las dos solitas ya se las apañaban bastante bien para mantener elevado el nivel de desastre en la casa, sin necesidad de que un chucho peludo y baboso contribuyera.\r\n\r\nPara muestra, un botón\r\n\r\nNuestra casa no era muy grande y, para ahorrar espacio, el dormitorio de las niñas disponía de una cama armario, que no es otra cosa que un armario de 1,50 de alto con la cama encima. Dado que las niñas eran pequeñas y existía el riesgo de que se cayeran, construimos un enrejado alrededor de toda la cama que llegaba hasta el techo. Tenía más pinta de cárcel que de cama, pero estaban relativamente seguras del riesgo de caer, y no podían salir de ahí por ellas mismas, lo que daba cierta tranquilidad en las mañanas.\r\n\r\nComo cada mañana, yo me levantaba y aprovechaba los minutos antes de que se despertaran para ducharme y desayunar algo. Ese día parecía empezar bien, porque las oí despertarse pero no reclamar la excarcelación. Me dije: “Aprovechemos para limpiar la cocina”. Así, con el oído puesto en ellas y las manos puestas en el estropajo, me regocijaba por lo bien que estaban saliendo las cosas ese día. Las escuchaba reírse y jugar. Nada de “¡¡¡¡SÁCAMEEEEEE!!!! Ssstupendo, me iba a dar tiempo de darle un repasito al baño, y para allá que me fui.\r\n\r\n¿No os ha pasado que, de pronto, una voz os sopla que algo no anda bien? Pues en este caso, más que una voz fue un repentino silencio. Un silencio de esos que no presagian nada bueno. Un silencio que me hizo soltarlo todo y salir disparada a ver qué pasaba. No llegué a tiempo. Antes de cruzar la puerta los gritos de mi hija mayor se escucharon en todo el edificio. Chillaba como en las pelis malas de terror, y lo que vi al entrar al cuarto era, efectivamente, terrorífico.\r\n\r\nDurante ese silencio que transcurrió entre las risas y los gritos, mi hija pequeña se había quitado el pañal, recién cagado, y había embadurnado con él a su hermana, la cama, los barrotes, la pared y a ella misma. La estampa (sin mencionar el olor) era la de una niña enmierdada hasta arriba, con brazos y piernas extendidos para no tocarse, chillando de puro asco mientras empezaba a tener manifiestas arcadas. A su lado, otra niña, también enmierdada, con un pañal colgando de una mano, como cuelgan las pistolas de un sheriff que acaba de batirse en duelo, y una sonrisa de satisfacción tan alentadora como aquel panorama.\r\n\r\nPues eso. Sólo de pensar en sumarle a eso cacas de perro o gato, pelos en el sofá y mordiscos en las zapatillas, se me ponían los pelos como escarpias. Decididamente NO. No quería animales en casa. Pero las cosas no siempre son como uno espera que sean.