El cuaderno ludita

Los monstruos de la Edad Media no son nada comparado con el sobrecogimiento y pavor que produce a veces la tecnología.

Monthly archives: marzo 2016

Roberto es de ese tipo de personas que no miden a veces el alcance de las cosas que dicen o hacen. Tiene, sin embargo, la ventaja de tener buen sentido del humor, y la inmensa suerte de que yo también lo tengo. A veces.\r\n\r\nOtro botón de muestra.\r\n\r\n“Mañana te invito a desayunar”, me dijo un día, mucho antes de que hubiera perro y gato en casa. La idea era levantarnos temprano e ir hasta Avenida de América, donde él tomaba el autobús de su empresa y yo el metro hacia mi trabajo, y tomar juntos un café en alguno de los bares de la zona. Eran las 6:30 de la mañana. La oferta de locales abiertos a esas horas se reducía a uno de esos tugurios, donde los obreros de pantalón con hucha mojaban las tostadas en carajillos y solysombras antes de ir al tajo. Resignadamente entré.\r\n\r\nNos tomamos el café y, a la hora de pagar, me pregunta Roberto si yo llevo efectivo encima. Glup. No. La conversación en la que le explicaba que el que abría la boca para invitar era el que pagaba, ya la habíamos tenido. Contando con que eso estaba claro, no me había tomado la molestia de pasar por el cajero antes de ir a desayunar, pero él tampoco.\r\n\r\nSupongo que leyó mi mirada y salió rápidamente a buscar un cajero, mientras yo lo esperaba allí, sola, vestida de ejecutiva agresiva, en mitad de aquel lugar, lleno de testosterona obrera.\r\n\r\nUn minuto después, sin siquiera llegar a entrar al bar, Roberto abrió la puerta, asomó la cabeza, gritó que se le escapaba el autobús y se largó.\r\n\r\n…\r\n\r\n…\r\n\r\nSe me quedó cara de póker. Durante unos minutos me quedé muy quieta, digiriendo lo que acababa de pasar y esperando que, con cara de guasa, Roberto apareciese por la puerta diciendo que era broma. No, no, no. Eso no pasó.\r\n\r\nAsumida ya la situación traté de negociar con el camarero mi salida en busca de un cajero. Creo que pocas veces he pasado tanta vergüenza. Por más que le juraba al camarero que iba a volver, y que le podía dejar el bolso, el ordenador y el DNI en prenda, él despreció mi ofrecimiento y me dijo que no era necesario, dándome a entender que no esperaba que regresara. Salí, busqué un cajero, saqué pasta, volví, pagué y me fui a trabajar con un cabreo monumental. Dos horas más tarde, Roberto me llamó… No comprendía por qué me enfadaba.\r\n\r\nPues, a pesar de todo, hablamos de una persona sensible. Alguien que aunque quería/no quería perro, aunque quería/no quería gato, se desvivía por que estuviesen bien.\r\n\r\nCuando Pipa llegó a casa, no consentía dejarla más de tres horas sola. Parecía una madre primeriza. Si salíamos a tomar algo con amigos, nosotros éramos los primeros en irnos para “estar con la perra”. Colchón, cuna o caseta perruna que veía, colchón, cuna o caseta perruna que quería comprar. Más juguetes, premios, huesos y, por supuesto, la mejor comida.\r\n\r\nEn una ocasión, Pipa se hizo un poco de daño en una pata y cojeaba levemente. Roberto la llevaba en brazos hasta el césped donde solía hacer sus necesidades y, después, la regresaba, también en brazos, hasta casa.\r\n\r\nViendo el interés que la gata ponía en todo lo que hacíamos delante del ordenador, localizó en YouTube “Videos for cats”, un canal con vídeos especialmente pensados para agradar a los mininos. Fundamentalmente peces en peceras y pajaritos picoteando grano. Para que la gatica no perdiera detalle, en lugar de ponerlos en el ordenador lo puso en la tele nueva. Una pantalla plana LCD de muchas pulgadas que trataba como oro en paño. La primera sesión era una versión de pecera de “Buscando a Nemo”. Aburrida hasta para un gato.\r\n\r\nCuando pasamos a la segunda sesión, pajaritos en una pajarera, Gata pasó de 0 a 100 en 0,5 segundos, y antes de darnos cuenta se había lanzado con las uñas fuera contra la tele.\r\n\r\nLo realmente impresionante no fue el salto de la Gata, sino el de Roberto exclamando: “¡La tele no!”.

A Roberto le daba pena dejar a la gata en casa cuando salía la perra. Estaba convencido de que la gata deseaba ir a la calle, y quiso darle la posibilidad de hacerlo.\r\n\r\nEn un primer intento le dejó la puerta del piso abierta. Como no veía que la gata hiciera por salir, e interpretándolo como un gesto de timidez, la cogió y la puso en el rellano de los ascensores. Vivíamos en un quinto.\r\n\r\nAl verse fuera de la casa la gata sufrió un ataque de pánico y echó a correr escaleras abajo. Roberto la encontró, acurrucada y maullando en el fondo del cuarto de contadores.\r\n\r\nEste pequeño percance no hizo desistir a Roberto, que seguía creyendo que la gata deseaba ir a la calle. En ese momento no me lo dijo, pero había estado viendo fotos en Reddit de gente que paseaba a su gato con arnés y correa. Internet a veces puede ser nocivo.\r\n\r\nRoberto le compró un arnés a la gata. Roberto consiguió ponerle el arnés a la gata. Roberto le enganchó la correa al arnés. Roberto dio un suave tirón de la correa y ahí se acabó la cosa. Al notar el tirón la gata entró en modo pánico acrobático. Empezó a saltar y cabriolear de miedo en el aire, arañando a Roberto, que intentaba en vano sujetarla. Cuando más se encabritaba la gata, más tirones le daba la correa, que seguía enganchada al arnés, y más se asustaba. El duelo terminó cuando la gata logró zafarse de la correa y logramos acercarnos para quitarle el arnés. Roberto hizo recuento de los arañazos sufridos y volvimos a dejar el arnés en un cajón, donde habitualmente dejábamos las correas, collares, arneses y sujeciones varias de la perra. Un cajón situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, ya que le encantaba comerse los cierres de plástico de los arneses (si “alguien” se los acercaba lo suficiente, claro).\r\n\r\nPara recuperarnos del susto y que la gata se tranquilizara, salimos a dar una vuelta. Antes de salir por la puerta tuve una repentina intuición. No me equivocaba.\r\n\r\nAl regresar, el arnés de la gata no existía. Pipa se lo había comido. ¿Por qué? Pues porque de entre todas las correas, collares, arneses y sujeciones varias que guardábamos en un cajón, situado a suficiente altura del suelo como para que la perra no alcanzase, la gata había dejado caer SU arnés… y la perra hizo el resto. Misión cumplida. Arnés destruido.\r\n\r\nPero eso todavía no era motivo suficiente para convencer a Roberto de que no era buena idea sacar a la gata a la calle. Las contadas salidas al veterinario en el transportín, le dieron una idea que estuvo madurando en silencio.\r\n\r\nÍbamos a pasar un fin de semana fuera y nos llevábamos a Pipa. Gata se quedaría sola un par de días, como en otras ocasiones. O eso creía yo.\r\n\r\nA la hora de salir, Roberto dijo que nos llevábamos a la gata. Traté de hacerle desistir, pero no fue posible.\r\n\r\nMetimos a Pipa en el asiento de atrás con su arnés para coche y a la gata en el transportín, sujeto con el cinturón de seguridad y echamos a andar.\r\n\r\nDesde el momento en que la gata se vio fuera de casa, empezó a ponerse nerviosa, y a maullar con desesperación, pero cuando el coche arrancó, la cosa se puso fea de verdad. Conforme avanzábamos por la carretera la gata se iba poniendo más y más histérica. Al principio arañando la rejilla del transportín pero, luego, con un maullido cada vez más lánguido y desmayado, débil hasta convertirse en un hipido. Poco después supimos qué significaba eso de “el olor del miedo”. Del terror se había cagado y meado encima… pero eso, todavía, no convencía a Roberto de que a la gata no le agradaba el paseo.\r\n\r\nSólo cuando la gata dejó de maullar y empezó a boquear, con los ojos en blanco, consintió en dar la vuelta y regresar a casa.\r\n\r\nYa en casa, al sacar a la gata del transportín, embadurnada de caca y pis, y todavía en estado de shock, tardó aún quince minutos en poder andar. Era como un muñeco de trapo, incapaz de sostener su propio cuerpo, y creo que, por primera vez, se alegró de perdernos de vista por un tiempo.\r\n\r\nSorprendentemente, Roberto siguió ideando formas de hacer que la gata salga, gustosa, de casa. Debería caparle el acceso a Reddit.

Después de un tiempo de convivencia aprendes que, cuando un perro te mira, es porque se está preguntando “¿qué dices que quieres que haga?”. Cuando un gato te mira, en realidad no te mira, te observa. Te vigila. Te controla. Cuando un gato te mira, está tomando nota mental de lo que haces y de cómo lo haces. Parece que está, simplemente, sentado, pero cuando vuelves tu cabeza, estés donde estés, él te está mirando sin perder puntada de tus movimientos. Lo más inquietante es que cuando te das cuenta de su vigilancia, él vuelve la cara indiferente hacia otro lado, pausadamente, disimulando, como si no tuviera la menor importancia. Pero al volver a lo tuyo, ahí estará él… observando.\r\n\r\nGata, como todo felino doméstico, era una gran observadora. Nos observaba cuando preparábamos el desayuno, al guardar la compra, al hacer la limpieza, al jugar con Pipa, al ducharnos, al dormir, al hacer pis… esto último lo observaba muy de cerca. Tan de cerca como puede estar alguien que se sube a tu regazo en ese preciso momento.\r\n\r\nCada día, antes de salir de casa, para que la perra asociase nuestra partida con algo agradable y minimizar su pena, le dábamos un premio. Antes de dárselo decíamos “Sentada, Pipa”, y Pipa se sentaba y recibía su premio. La gata, que no es tonta, en cuanto se percató de que algo se repartía, acudía también a la puerta y, en cuanto oía: “Sentada, Pipa”, se sentaba también.\r\n\r\nUn día empecé a notar olor a pis en el baño. Fregaba, y al poco el olor volvía. El desagüe estaba bien, todo estaba limpio… no se me ocurría que podía ser… hasta que vimos a la gata salir del baño con cara de satisfacción.\r\n\r\nCon sus potentes dotes de observación había deducido que el baño era un lugar autorizado para orinar. Había estado practicando con la taza con cierto éxito, supongo, aunque no lo suficiente, porque caía algo de pis al suelo. Empezamos a dejar siempre la tapa bajada y, siempre que podíamos, la puerta del aseo cerrada.\r\n\r\nSin embargo, sabíamos que cada vez que nos descuidábamos seguía orinando en el baño porque notábamos el olor, pero no localizábamos la meada por ninguna parte.\r\n\r\nEntre el WC y la pared teníamos un pequeño taburete de plástico. Lo que pasaba era que la gata se subía ahí, arrimaba el culo a la pared y orinaba. No encontrábamos más rastro que el oloroso porque el pis se escurría por los azulejos, luego, por el ángulo entre la pared y el suelo, y se filtraba por el viejo fraguado del filo de las losetas.\r\n\r\nPusimos el taburete de canto para que no pudiera subirse y empezó a mearse en la bañera.\r\n\r\nSi la simple observación puede tener sus consecuencias; cuando se mezcla con la desesperación es algo imparable.\r\n\r\nUn día Roberto compró una merluza fresca. Tal cual entró por la puerta de la casa, el olor volvió loca a la gata. Su estado de locura era similar al que tenía con el celo. Mientras Roberto preparaba la merluza para meterla en el congelador, se subía y bajaba de las sillas de la cocina, se restregaba por los varales, maullaba, intentaba subirse a la encimera, trepaba por las piernas… Muy loca, de verdad.\r\n\r\nLa merluza entró al congelador y nosotros salimos a comer con la familia. No estuvimos mucho tiempo fuera de casa, pero fue más que suficiente para que la gata pusiera en práctica sus dotes increíbles de observación.\r\n\r\n¿Cómo pudo hacerlo? Creo que no lo sabremos nunca, pero al regresar estaba el congelador abierto y ella comiéndose tranquilamente la merluza en el suelo de la cocina.\r\n\r\nMientras que Gata encarnaba el más puro espíritu de Sherlock Holmes, Pipa apenas conseguía llegarle a los talones al doctor Watson.\r\n\r\nPor mucho que tratábamos de enseñar a la perra a empujar puertas entornadas para entrar a una habitación, no pillaba el concepto. Para ella, una abertura insuficiente para que pasara su cuerpo con holgura era un obstáculo insalvable y no ampliable.\r\n\r\nPoníamos a la perra a un lado de la puerta entornada y, del otro, nosotros con el premio favorito de Pipa. De un lado, una perra ansiosa, llorando y culebreando, y una gata sentada, observando. Del otro nosotros tentando “toma Pipa”, “ven Pipa”, “premio Pipa”. Nada. Metía el hocico, pero en cuanto notaba el roce de la puerta volvía hacia atrás una y otra vez, poniéndose más tensa y quejicosa por momentos, hasta que, derrotada, se sentaba y sólo lloraba. Ese era el momento en el que la gata aprovechaba para empujar la puerta, pasar y comerse el premio, ante el desconsuelo de la perra.\r\n\r\nEl límite del aprendizaje por imitación de la perra estaba en subirse al brazo del sofá, ocasionalmente a un baúl y, en una ocasión, a la mesa del comedor. ¡Lo que pude reírme ese día!\r\n\r\nGeneralmente, antes de irme a trabajar dejaba las sillas pegadas a la mesa, de manera que los respaldos formaran algún tipo de barrera para la gata. Ilusa de mi. Pero eso ahora no tiene que ver con la historia.\r\n\r\nEse día, antes de irme a trabajar, vi que Pipa se había subido a una de las sillas del comedor y se había hecho un ovillo para dormir. Me dio ternura y la dejé. Jajajajajaja… ¡ternura!\r\n\r\nCuando abrí la puerta al volver de trabajar nadie vino a recibirme. Nadie. Mi perra, que desde que oía la puerta del ascensor ya estaba arañando la puerta, no estaba ahí. Mi perra, que cuando la tenías dormidita encima y sentía abrirse la puerta saltaba sobre ti sin miramientos, no había venido a saludar.\r\n\r\n¿Pipaaaaaaa?, ¿Pipitaaaaaaa?\r\n\r\nNada.\r\n\r\nAl asomarme al comedor la foto por poco me hace caer al suelo de la risa. En algún momento del día Pipa había aprovechado su cercanía a la mesa desde la silla y, en un intento por imitar a la gata, se había subido encima. Sin problema salvo por una pequeña cuestión. No sabía bajar.\r\n\r\nY ahí seguía, saltando sobre la mesa, dios sabe desde cuándo, gruñendo desesperada, pero sin atreverse a dar el salto liberador.

En verano (esto fue cuando la gata todavía convivía con los aliens) vino mi madre a pasar un par de semanas con nosotros (mis dos hijas, Pipa, Gata y yo). Roberto, inteligentemente, se quitó de en medio buscándose como pudo todo tipo de viajes de trabajo, necesarios o no.\r\n\r\nMi madre es un personaje muy particular. Cuando tenía 14 años le pedí que me llevase a hacerme la depilación a la cera. Se negó porque “eso no sirve pa ná y es muy caro”. En su lugar me compró una especie de guante-lija. Decía que si me frotaba las piernas con él, el vello (por llamarlo finamente) se iría desgastando hasta desaparecer. La teoría era fantástica, pero la práctica era absolutamente ineficaz y muy, muy dolorosa.\r\n\r\nCuando íbamos a casa de vuelta de recoger a mi madre de la estación, no dejó de cuestionar que mi gata fuese tan desastre. Ella había tenido gatos, y nunca le hicieron la mitad de lo que yo decía que hacía la mía. Evidentemente, yo exageraba, como siempre. Reconozco que me invadió una insana satisfacción cuando, al abrir la puerta de casa, vimos el suelo del comedor totalmente cubierto de blanco. Varios rollos de papel higiénico habían sido minuciosamente convertidos en confeti y esparcidos por igual por toda la habitación. Esta vez Pipa no tuvo nada que ver.\r\n\r\nLas dos semanas pasaron y, al día siguiente de que mi madre se marchara, observé un comportamiento inusual en Pipa. Nunca le había tenido miedo a la aspiradora, pero ese día, cuando la encendí, la perra salió disparada a esconderse debajo de la cama. Interrogué a mis hijas sobre el particular, y por respuesta recibí dos escuetas palabras:\r\n\r\n-La abuela\r\n\r\nMe lo imaginé. Confieso que me lo imaginé. Conociendo a mi madre dibujé con claridad meridiana en mi mente lo que había pasado. Confirmé mis sospechas cuando añadieron:\r\n\r\n-Se agobió por los pelos que soltaba la perra y quiso aspirarla.\r\n\r\nTate.

Llegó la hora de esterilizar a la gata. Por su enfermedad era muy conveniente que su sistema inmune no se viese alterado por los periodos de celo. Vale. Pero si alguna vez habéis visto lo lasciva y desvergonzada, además de ruidosa y buscona, que resulta una gata en celo, sabréis que no hacen falta muchas más razones para cortar por lo sano.\r\n\r\nDespués de la operación, la temperatura corporal del animal desciende considerablemente, por lo que tratamos de mantenerla muy abrigada. El veterinario nos advirtió de que era conveniente mantenerla dentro del transportín, porque al ir despertando de la anestesia el animal podía sufrir alucinaciones y ataques de pánico, tratar de salir corriendo y abrirse los puntos o golpearse. La mantuvimos todo el día dentro del habitáculo lo más abrigada posible, vigilándola y, al mismo tiempo, apartando a Pipa, que veía a la gata rara y trataba de jugar con ella como lo hacía siempre. No hubo problema hasta la hora de dormir.\r\n\r\nPor la noche la gata estaba empezando a salir, poco a poco, de los efectos de la anestesia. Trataba de caminar medio tambaleándose y un par de veces intentó subirse al sofá, pero no tenía apenas control sobre sus patas traseras. Esa noche tendría que dormir con nosotros y la perra pasaría la noche fuera. Eso no le hizo mucha gracia a Pipa, que de pronto veía cómo se ponía el mundo del revés, pero lo que realmente provocó que se pusiera verde de celos fue cuando cogimos la manta que habitualmente usaba para dormir, una manta azul muy suave y calentita, y envolvimos en ella a la gata para que durmiera.\r\n\r\nExplícale tú a un perro que se trata de una situación circunstancial, y que no lo estás relegando al olvido. Nuestra actitud hacia Pipa no había cambiado (salvo por usar su manta azul y mandarla fuera una noche) pero ella, de pronto, emitía celera hacia la gata por los cuatro costados.\r\n\r\npipa-sofa\r\n\r\nPipa, como siempre, se subía al sofá a dormir durante el día. En el momento en que la gata aparecía, ya un poco más recuperada, yendo o viniendo del arenero, se ponía tiesa como una vara, se subía al brazo del sofá y la seguía con la mirada con los ojos que se le querían salir. Si en ese momento movías a la perra de lugar, continuaba clavando sus ojos en la gata hasta que esta desaparecía por alguna puerta. Si hubiese sido persona, Pipa habría tenido en ese momento la mirada de Jack Nicholson en “El resplandor”, pero sin sonrisa.\r\n\r\nEsa situación se prolongó una semana, y tardó un mes más en volver a jugar con la gata, y un poco más en que todo volviese a ser como antes. Más de un año hasta que volvieron a dormir juntas.

Lo realmente divertido ocurría cuando llegaba a casa de trabajar y me encontraba el estropicio del día. El tándem diabólico había estado a sus anchas, haciendo de las suyas. Algunas fueron hasta divertidas y, otras, épicas.\r\n\r\nEntre las divertidas contaré una vez en que, la amiga gata, alcanzó unos chiles picantes que teníamos colgados para que se secasen y los tiró al suelo. La perra, que es una aspiradora ansiosa, agarró su premio ni bien tocó el suelo y, antes de darse cuenta de lo que estaba pasando, se lo llevó al sofá y se lo tragó. Luego ya fue tarde. Vomitó todo lo que tenía en el estómago (por supuesto, en el sofá), y se tragó casi el litro de agua que había en los bebederos (que luego volvió a vomitar). La gata, cómo no, silencioso testigo de los hechos, simplemente se sentó a mirar y tomó nota. Hubo que limpiar y fregar todo el desastre, pero me reía tanto imaginándome lo que había pasado, que lo hice con gusto. Mi único sinsabor fue saber que la gata, muy lista ella, no llegó a degustar su travesura.\r\n\r\nOtra, más sorprendente que divertida, fue una vez que, al levantarme por la mañana vi algo que me dejó patidifusa un buen rato. El día anterior me habían regalado un táper con carne empanada y una generosa ración de ensaladilla rusa. Como hacía frío, lo dejé sobre la mesa, dentro de una bolsa, preparado para ser mi almuerzo en el trabajo al día siguiente.\r\n\r\nA la mañana siguiente, al ir a la cocina vi la cosa más sorprendente que os podáis imaginar. El táper estaba en el suelo, vacío y… ¡cerrado! Me quedé mirándolo un buen rato, sin pensar todavía en que me habían dejado sin comida (porque estaba claro, una vez más, que era cosas del tánden diabólico). No podía entender lo que veía. Estaba claro que la gata se había subido a la mesa de la cocina y lo había tirado al suelo. Era evidente que la perra había dado buena cuenta del filete empanado y la ensaladilla rusa (la pista me la dio la propia perra, tirada inmóvil junto al táper, con la barriga como un globo y restos de ensaladilla en el hocico). Lo que no entendía, por más mirase, era cómo podía seguir el táper cerrado. Del mismo impacto contra el suelo podía haberse abierto pero, ¿cómo demonios lo habían vuelto a cerrar? La respuesta me llegó al levantar el táper del suelo. La misma que ahora apenas podía abrir los ojos del empacho que tenía, se había comido una esquinita del táper y lo había ido sorbiendo todo a través del agujerito. Un trabajo profesional, sin duda.\r\n\r\nEntre las épicas está el día del chocolate.\r\n\r\nRoberto estuvo casi un año viajando a Londres de lunes a viernes por cuestiones de trabajo. Cuando llegaba a casa y soltaba las maletas, Pipa corría a saludarle, mientras que Gata se quedaba olisqueando el equipaje y tomando posesión de cuanto hubiese en su interior al modo de los alpinistas cuando plantan la bandera en una cima, sólo que la que se plantaba en la cima de la maleta era la gata. Vamos, que se tumbaba sobre el equipaje y ponía cara de: “Esto es mío”. A veces Roberto traía en la maleta chocolatinas que había comprado en el aeropuerto.\r\n\r\nUn día trajo muchas, muchas chocolatinas. El mismo día que la gata aprendió a abrir cremalleras.\r\n\r\nPero eso no lo sabíamos todavía, y nos fuimos a dormir muy tranquilos.\r\n\r\nEra “por fin viernes”. Llevaba toda la semana sin apenas dormir por cuestiones del trabajo, con una contractura monumental en el cuello y, como Roberto estaba fuera, sacando a la perra todos los días a las 6 de la mañana. Así que aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Roberto se encargaría de pasear a Pipa por la mañana, me metí en el cuerpo un relajante muscular y una pastillita de melatonina, dejé a la perra y a la gata fuera del dormitorio, puse la oreja en la almohada y me quedé frita.\r\n\r\nComo hay cosas que ni con soporíferos se pueden evitar, sobre las 4-5 de la madrugada me levanté a hacer pis. Al otro lado de la puerta la perra estaba en pleno desconsuelo, llorando y agitándose como una culebrilla. Abrí la puerta, vi la maleta abierta, los restos de los envoltorios de algunas chocolatinas en el suelo, cerré de nuevo la puerta y me volví a la cama exclamando: ¡vaya mierda!\r\n\r\n¿Qué pasa? -preguntó Roberto.\r\nNada, que la perra que se comido los chocolates.\r\n\r\nY no recuerdo nada más, hasta que, a la mañana siguiente Roberto vino a despertarme con cara de cabreo y me puso al día de sus andanzas nocturnas.\r\n\r\nDespués de que yo comentara que Pipa se había comido los chocolates, Roberto pensó que, entonces, la perra debía estar necesitada de ir a hacer pupú. Se levantó y la sacó a la calle (a las 5 de la madrugada) mientras buscaba, en el navegador de su móvil, perro + chocolate. A los ojos le saltaron tres nefastas palabras: muerte, muerte y muerte, con la coletilla de “salir corriendo para urgencias pero ¡ya!”. Según me contó luego, la dosis letal de chocolate puro era como de 100 gramos, y la perra se había zampado 600 de chocolate con leche, con papel y todo. A eso de las 5:30 estaba llevando a Pipa a unas urgencias veterinarias, donde le dijeron que tenía que dejar a la perra ingresada todo el día a ver cómo evolucionaba. Cuando me despertó, venía de regreso. Creo que nunca le he visto tan acongojado.\r\n\r\nAfortunadamente la cosa se quedó en el susto y 120 euros menos por el ingreso. Por la tarde pudimos ir a recogerla y la muy desgraciada todavía, al llegar a casa, olía el chocolate y se lanzaba a intentar comérselo.

¿He mencionado ya la manía de la gata de orinarse por doquier? Llegó a tener dos areneros que nos desvelábamos por mantener limpios. En el momento en que hacía caca había que limpiarlo. De hecho, la gata, después de defecar, venía a buscarte para que le limpiaras la arena. En serio. De verdad lo digo. No aguantaba tener el cajón sucio, pero nada. Y había altas posibilidades de que, después de hacer sus cosas, si no limpiabas inmediatamente, lo que sí limpiarías sería el puff, con una enorme meada de gato sobre él. Menos mal que estaba hecho de un material impermeable y que lo que nos encontrábamos era un maloliente charco de pis. Yo montaba en cólera cada vez que la gata hacía eso. La perseguía por la casa, la agarraba, me daban ganas de limpiar el puff con ella y luego la mandaba al lavadero. Pero ella insistía.\r\n\r\nUn día de buena mañana encontré un vómito de la gata. Y en el vómito, gusanos. Eran una cosa larga y blanca, finos como espaguetis, una cabeza romboidal y pinta de no ser nada sano. Mierda, tengo que ir a trabajar. Mierda, busco los gusanos en Internet. Mierda, me acojono mucho. Mierda, hasta las 11 no abre el veterinario. Mierda, llamo a mi jefa y le explico como puedo, sin que suene a coña marinera, que no puedo a ir a trabajar por la mañana, porque la gata ha vomitado gusanos y la tengo que llevar al médico.\r\n\r\nParásitos. Era una infección por parásitos tan grande que, literalmente, le salían por la boca. Una imagen que preferiría no tener en mi cabeza. La desparasitación habitual que le hacíamos cada tres meses no le había hecho ni cosquillas a los gusarapos esos. Y se habían hecho fuertes gracias al debilitado sistema inmune de la gata. Ellos eran los responsables de que la gata comiera, comiera y comiera todo el día, y lo único que engordase fuese su panza. Por un momento, sentí hasta lástima por ella. Luego me acordé del puff y se me pasó.\r\n\r\nAsí que todos en casa tuvimos una ronda de desparasitación por cuenta de la gata. La cosa tenía el “valor añadido” de poder transmitirse a los humanos.\r\n\r\nPasados unos meses la historia volvió a repetirse. Esta vez los parásitos aparecieron en las heces. Me los imaginaba atrincherados en el intestino del animal, como los 300 en el paso de las Termópilas, gritándole a las pastillas: “Tú no puedes pasar por aquí”. ¿O ese era Gandalf?\r\n\r\nSegunda ronda de desparasitación general.\r\n\r\nY hasta una tercera vez. En esta ocasión ya nos pusimos serios. El medicamento no servía para nada, y había que buscar algo más efectivo antes de pasar al plan de emergencia: abrir y sacar.\r\n\r\nTodos volvimos a tomar el medicamento, pero esta vez era un tratamiento mucho más fuerte. La gata estuvo una semana cagando gusanos muertos, y de la noche a la mañana nuestra vida cambió.\r\n\r\nLos parásitos no sólo eran los responsables de que la gata pareciera un pozo sin fondo comiendo, o de que no creciera ni engordase. También eran los culpables de su mala leche y de muchas de sus meadas fuera de lugar.\r\n\r\nEn su descargo diré que, después de ese último tratamiento, la gata se convirtió en un animalito cariñoso, tranquilo y dócil. Creció, engordó un poquito y dejó de necesitar dos areneros. Sin embargo, lo que no dejó de hacer, ocasionalmente, fue mearse en el puff. Especialmente cuando se percataba de que se iba a quedar sola un fin de semana y nos quería hacer saber que no le hacía ni pizca de gracia. Carácter que tenía la muchacha.\r\n\r\nPipa-gata-maletas

–Pues vaya noticia, Barbero. ¿Convoco una rueda de prensa?\r\n–Pues sí, pero no.\r\n–Te explicas muy bien, muy conciso. De los 140 caracteres te van a sobrar 120. Con frases tan elaboradas puedes meter siete tweets en uno. Igual te hacen descuento.\r\n–Que sí, que ya sé que todo el mundo tiene Twitter, que el raro soy yo que no tengo y que no debería anunciarlo como si fuese la noticia del mes.\r\n–¿Pero..? ¡Porque contigo siempre hay un “pero”!\r\n–Qué bien me conoces. Pues el “pero” es que sí que me parece interesante explicar por qué un Grinch antisocial, bueno, anti redes sociales, decide abrirse un Twitter en vez de escribir un artículo sobre lo abominables que son las redes sociales.\r\n–Que es lo que en realidad piensas…\r\n–Exactamente. Llámame raro, pero ese interés de la gente por compartir detalles personales en Internet, para que los vea todo el mundo y para que Google, Twitter y Facebook hagan “magia” con nuestros datos y nos conviertan en mercancía me parece una de las grandes estupideces de nuestros días.\r\n–Pues el otro día escribiste un artículo loando las virtudes de Telegram. ¿A ellos sí que les das tus datos?\r\n–¡Me has pillado! Como sigas así, terminaré confesando que tengo un contrato con Gas Natural y hasta con Vodafone.\r\n–Me lo temía…\r\n–Es que Telegram me presta un servicio útil, igual que Gas Natural. No nos confundamos, la ludita es la del blog de al lado, la que tiene un zoo montado en casa.\r\n–Vale, vale… ¿y lo del Twitter? ¿Vas a seguir a @norcoreano…? Sabes quién es @norcoreano, ¿verdad?\r\n–¿Y tú? ¿Sabes que no tener cuenta de Twitter no impide leer lo que te interesa? Te voy a explicar por qué me voy a abrir un Twitter. Anda, siéntate.\r\n–Me temo lo peor…\r\n\r\nLos motivos por los que la mayoría de la gente disfruta subiendo fotos de sus vacaciones en tiempo real, publicando fotos de sus excesos alcohólicos y exhibiendo sus preferencias e ideas sobre cualquier asunto se me escapan. No los atribuyo a la estupidez, porque personas inteligentes y conscientes de todos los problemas de las redes sociales las utilizan a diario. Es más, personas completamente estúpidas también las utilizan, pero le dan a su madre los mínimos detalles de su vida privada para que no les calienten la cabeza. O sea, que la privacidad es algo que nos preocupa a todos, pero la descuidamos en cuanto tenemos la oportunidad de comunicarnos con los amigos del alma a los que no hemos llamado en 10 años.\r\n\r\nYa hemos discutido muchas veces sobre los problemas de hablar de determinados temas en público. La gente añade a personas que conoce bien y a otras que no tanto, y el día que compartes un chiste de catalanes (o madrileños), de Messi (o de Cristiano) o de Rajoy (o de Pablo Iglesias) descubres que ese tipo tan simpático que te agregó y al que aceptaste aunque le conocías de un par de veces es un fanático nacionalista catalán (o español), culé (o madridista), facha (o podemita). Y te empieza a enmierdar los comentarios y tus amigos empiezan a contestar. Y, de repente, en vez de hacer la gracia tienes montada una tertulia de 13 TV entre tus amigos, tu familia política, tu jefe y un señor de Albacete con bigote que escribe con “haber” en vez de “a ver”, con lo que el tema se prolonga una semana más por motivos ortográficos. Si en Internet se pudiesen dar tollinas, la ortografía desencadenaría auténticas carnicerías y la sociedad alfabetizada quedaría erradicada en cuestión de semanas por las hordas ágrafas.\r\n\r\nLas redes sociales, y Facebook en particular, me parecen versiones descafeinadas de Foro Coches o Menéame donde no hace falta invitación para entrar ni te pueden machacar el karma por decir chorradas (bueno, algunas veces, por no decir las chorradas adecuadas o por hablar de grafeno). Pero de todas ellas, Twitter me parece la menos mala. Las opciones de privacidad que tienes no te venden una falsa sensación de seguridad. Porque, no nos engañemos, tú puedes configurar las opciones de privacidad que quieras. El día que te la quieran liar, alguien a quién tú permites que acceda a tus publicaciones lo hará. Si es que no es el propio Facebook quien lo hace.\r\n\r\nEn Twitter puedes cerrar tu cuenta con un candado para que sólo la lea quien tú quieras. Lo que podríamos llamar “modo Coca-cola sin azúcar, sin cafeína y sin gas”. No le veo mucho sentido. También puedes bloquear a usuarios concretos para que no lean tus tweets, que sólo tienen que cerrar sesión para poder ver lo que publicas. Tampoco me vuelve loco, salvo que quiera bloquear a algún auténtico gilipollas. Pero la sensación que transmite Twitter es la correcta: que lo que publicamos permanece público durante mucho tiempo. Si no, que se lo pregunten a Guillermo Zapata, que todos los meses va a un juzgado a que el juez archive la causa por unos tweets impertinentes de hace cuatro años sacados de contexto a mala leche.\r\n\r\n–Vale, Twitter te da menos asco que Facebook. Pero de ahí a abrirte una cuenta…\r\n–A eso voy, que no me dejas explicarme.\r\n–Retiro lo dicho, tal y como te enrollas, vas a saturar los servidores de Twitter y te van a cobrar por cada tweet.\r\n\r\nEl hecho es que creo que es positivo intercambiar ideas y, sobre todo, cuando esas ideas sirven para recordarle a quienes te venden la moto que no nos chupamos el dedo y sabemos cómo son las cosas en realidad pero, por educación, nos las callamos casi siempre. Hay cuentas de humor con muy mala leche, personajes ficticios que juegan a lo grotesco, como @masaenfurecida, @norcoreano, @diostuitero o @SigfridSoria. Sólo por participar de eso, merece la pena. No pretendo ser el típico tuitero que usa una identidad ficticia para poder pasarse tres pueblos con tranquilidad, pero tampoco escribir tweets como “¡Llueve! ¡Llueve en Madrid!” o “Al Tomasito ese a ver si le echan ya. #granhermano #gh2019 #ghlopeta”. Cuando escriba intentaré tres cosas: aportar un punto de vista interesante, molestar a alguien que se lo haya ganado a pulso y no terminar declarando ante un juez.\r\n\r\n–Vale, que te vas a abrir un Twitter para trolear mejor. Sólo una cosa.\r\n–Dime.\r\n-Sigfrid Soria es de verdad.\r\n-¿¡No jodas!?\r\n\r\n 

La gata entró en casa con su tierna historia de abandono y hambre detrás. Todo fachada. Por lo visto, llevaba semanas deambulando por el pueblo donde mi amiga la recogió, paseándose por la iglesia en hora de misa, maullándoles a las buenas gentes de allí y, en fin, tratando de hacerse notar. Hasta que finalmente se coló en casa de mi amiga y, por ende, en la mía.\r\n\r\nSu aspecto era de cachorrilla, muy pequeña, muy flaca. El veterinario comentó que estaba desnutrida y que era imposible determinar su edad. La dentición definitiva ya estaba completa, a falta de un dientecillo incisivo que debió perder por el camino, pero su tamaño y su peso apenas se acercaban al de un gato adulto. Penita de animal.\r\n\r\nComo venía con hongos en cabeza y orejas, no pudimos empezar a vacunarla hasta que conseguimos que desaparecieran, lo cual no fue cosa de dos días, dicho sea de paso. Aparte de la medicación, el veterinario recomendó que todos los días se le lavase la cabeza con jabón casero y luego con agua oxigenada, para matar lo que sea que fuera con el contraste ácido-base. ¿Lavarle la cabeza a un gato? Eso es, lavarle la cabeza a un gato. Durante dos meses, seguimos como pudimos las instrucciones del veterinario. Finalmente, la gata le dijo adiós a los hongos y hola a su nuevo look de rubia oxigenada.\r\n\r\nPipa+gata\r\n\r\nAparte de una mala leche impropia de un animal agradecido, Gata manifestaba un apetito desmedido y una especial devoción por Pipa. Cuando sacábamos a la perra, la gata maullaba desesperada como alma en pena por toda la casa, buscándola. Cuando sentía la puerta, salía disparada para hacer una cosa muy rara: ponerse transversalmente a la trayectoria de la perra. Cada vez que esto sucedía, Pipa, que entraba a casa como toro en toriles, embestía a Gata con la cabeza por debajo del abdomen hasta llegar a levantarla del suelo. E invariablemente, cada vez que la perra volvía de la calle, la gata buscaba el mismo resultado, una y otra vez.\r\n\r\nJugaban juntas hasta agotarse y, después, se quedaban dormidas juntas también. Sin embargo, como la perra había llegado antes, mantenía ciertos privilegios, como el de dormir por la noche dentro de nuestro dormitorio. La gata dormía en la cocina. El que pasasen la noche separadas fue una cuestión de pura supervivencia. La gata parecía poseída, especialmente por las noches, su actividad era frenética, y su obsesión por jugar a todas horas con la perra llegó a un punto en el que juraría que Pipa tenía ojeras de no dormir. Nos dimos cuenta de que la perra se escondía de la gata para tratar de arrancarle unos minutos al sueño en cualquier rincón, porque en cuanto la gata la encontraba, se lanzaba sobre ella como un tigre y la tentaba para que entrara al trapo, cosa que conseguía el cien por cien de las veces.\r\n\r\nEvidentemente, no sólo no podía dormir la perra. Nosotros tampoco pegábamos ojo. Bueno, para ser exactos, yo no pegaba ojo. Roberto, como buen ejemplar del sexo masculino, no tenía el más mínimo problema para dormir en medio de un bombardeo. A pesar de varios tabiques y tres puertas cerradas de por medio, escuchaba el estrépito que la gata montaba en la cocina desde el dormitorio. Yo no me explicaba qué demonios hacía para provocar ese sonido, como si golpeara una pared con un martillo, hasta que lo descubrí y no pude por más que hacer como todas las madres, gritar su nombre completo para que supiera que se la iba a ganar.\r\n\r\n¿Qué era ese ruido entonces? Aunque parezca increíble, era el sonido del cuerpo de la gata estampándose contra el frigorífico.\r\n\r\nY no la estaba lanzando nadie, se lanzaba solita.\r\n\r\nQuería hacer caer los imanes de la nevera.\r\n\r\nY lo consiguió.\r\n\r\nEl día que volvimos de trabajar y nos encontramos a la perra en el sofá devorando con fruición unos imanes de escayola que nos trajeron de Grecia, lo comprendimos todo. Gata cabr***, al lavadero.\r\n\r\nEse fue uno de los muchos tándenes diabólicos que protagonizaron las dos. Básicamente, nosotros nos empeñábamos en poner cosas fuera del alcance de la perra para que no se las comiese, y la gata se dedicaba a volver a ponérselas a mano en cuanto salíamos por la puerta. En el cómputo general de bienes destruidos por el método del “yo te lo alcanzo” hay, hasta la fecha, 3 bluetooth, entre 5 y 6 auriculares, 4 mandos a distancia, varios libros, los imanes de la nevera, unos cuantos chiles picantes, una ración de carne empanada con ensaladilla rusa con su táper, incontables bolígrafos, rotuladores, lápices y pinzas de la ropa, y una cantidad mortal de chocolate. Pero esa historia me la dejo para más adelante.\r\n\r\ngata-dormida

Sí, yo nací en los setenta y fui niño en los ochenta. La mejor generación o, por lo menos, eso dicen ahora para vendernos cosas que nuestros padres no comprarían y nuestros hermanos pequeños no pueden comprar porque no trabajan, trabajan y no cobran o trabajan y cobran, pero en Bristol. Hay libros sobre lo guay que eran los ochenta, monólogos sobre lo molones que eran los ochenta y el número de versiones de La chica de ayer publicadas supera en número el repertorio de alguna de esas emisoras de radio musicales que pinchan por ley una canción de Amaral (siempre la misma) al menos una vez a la hora.\r\n\r\nEn esa época escolar, los recreos eran el momento social por excelencia. Hay que recordar que el recreo es esa media hora en la que los niños descargan su adrenalina, para poder seguir después con las clases sin volver locos a los profesores. Los profesores, por su parte, lo que hacen es asimilar toda esa adrenalina infantil, pendientes de que Manolito no se caiga, Teresita no pegue a Manolito y Tomasín no meta la cabeza ahí, que vamos a tener un disgusto. Es un hecho científico probado que un grupo de niños sin un objetivo es una turba descontrolada capaz de cualquier barbaridad, por lo que son necesarios los juegos. Pero los juegos no se desarrollaban de forma casual y espontánea. No, porque ahí estaban “las modas”.\r\n\r\ncanicasMe explico. Hay juegos infantiles que sirven para todo el año, como el de dar patadas a un balón (y a Manolito, si se pone a tiro). Los niños practican este deporte y aprenden sus nobles valores tanto cuando el calor amenaza con insolaciones y deshidratación, como cuando el frío les garantiza una pulmonía doble. Pero la mayoría de los juegos infantiles son estacionales y funcionan por modas.\r\n\r\nAlgunas de estas modas tienen lógica: ¿recordamos el juego del clavo? Era aquél en el que se iba ganando terreno al rival lanzando un clavo al suelo y, sin mover los pies del sitio, recortando tanto espacio como nos permitiese la posición del clavo, hasta ocupar la totalidad del espacio de juego. Para jugar a eso hace falta que la tierra esté mínimamente mojada, de lo contrario, no había forma de clavar la barrita de metal arrancada de la valla del colegio y afilada a base de frotarla con una piedra (a falta de Pokémon, teníamos Papillon, La fuga de Alcatraz y hasta El Conde de Montecristo). Por eso se jugaba cuando llovía, y no cuando la tierra estaba seca.\r\n\r\nSin embargo, detrás de la mayoría de estas modas infantiles había una poderosa mano negra que decidía cuándo tocaba la peonza, cuando las canicas y cuando era el momento de recortar cromos para hacerse un equipo de chapas. ¿Los profesores temerosos de que, aburridos del mismo juego, los menores tomasen el poder? ¿Misteriosas organizaciones internacionales? No, era el quiosquero del barrio que, en mi caso, era el de la tienda de chuches. Como buen empresario, cuando veía que la venta de canicas perdía fuerza, sacaba del armario los yo-yos y los padres, a la salida del colegio, seguían gastando dinero.\r\n\r\nEsta tendencia a las modas del recreo, al parecer, venía de generaciones anteriores y se mantuvo en las posteriores. De lo que no somos conscientes es de que los adultos formados en esa dinámica cambiamos de juguetes, pero seguimos jugando en el mismo patio emocional, por decirlo de alguna manera. Hemos aumentado los ciclos y podemos seguir en el mismo juego sin cansarnos durante unos años. También hemos aumentado la capacidad de inversión, así que el quiosquero de nuestra edad adulta nos puede seguir vendiendo complementos y accesorios de forma casi indefinida.\r\n\r\nTengo amigos que tienen en casa un juego completo de palos de golf, con su bolsa de diseño (y alguna vez me ha parecido ver a un caddie escondido detrás de las cortinas). Luego les dio por el pádel, así que tienen cuatro modelos diferentes de raqueta, que fueron adquiriendo porque las necesitaban a medida que iban elevando su nivel de juego. Cuando llegaron a la élite y ganaron el torneo de solteros contra casados de la oficina, el pádel dejó de motivarles. Así que tienen unos esquís último modelo que han visto menos nieve que un tuareg, zapatillas que pronan y zapatillas que supinan, un arsenal de herramientas de jardín en miniatura con los que han asesinado suficientes bonsáis como para repoblar los Monegros, otro arsenal de herramientas de jardín un poco más grandes de cuando se pusó de moda cultivar tomates en la terraza (ellos lo llaman “huerto ecológico”)… la lista es casi interminable.\r\n\r\nParece que ahora, que la moda del recreo es la alta cocina, lo que se lleva es tener en la cocina, al lado del butano, una bombona de nitrógeno líquido. Mis amigos tienen en los cajones moldes con formas de mariposa, corazón, estrella y lo que se te ocurra. Un pelapatatas que saca la monda en una sola tira (algo que todos hemos soñado con tener), un juego de cuchillos normal y otro japonés e incluso un vaporizador que se clava en los limones para ir sacando el jugo sin que se sequen en la nevera. ¿Que exagero? No sólo no exagero: el sacazumos de limones venía en pack con otro más pequeño para las limas.\r\n\r\nSí, la moda del recreo hoy por hoy es la cocina. Por eso ya no se promocionan los cuerpos diez, formados a base de horas de gimnasio y privaciones, sino que nos inventamos palabras como “fofisano” y “gordibuena”. Si no, ¿de qué iba a vender el fulano del quiosco, que ahora tiene una tienda de gastronomía, todos esos cachivaches? Nadie invierte más de los 10 euros que cuesta una cazuela para comer acelgas.\r\n\r\nDe todos estos artilugios llamados a ser los reyes de la casa por un tiempo, hasta ocupar un lugar de honor en el trastero, la Thermomix es el alfa y el omega. Una Thermomix es como una abuela: cocina de todo, está rico y no se desperdicia nada. Además, tarda mucho menos tiempo. Los poseedores de este Grial culinario no pierden la ocasión de recordarnos lo afortunados que son. –”Ayer hice unas croquetas riquísimas”. –”Pues en la Thermomix me salen mejor y me hace la bechamel en 10 segundos”.\r\n\r\nTengo un amigo que se compró una y todo lo hace con la Thermomix: los primeros, los segundos y los postres. Hasta los chuletones. Vale que luego se los comen a cucharadas, pero le quedan al punto. Una cosa loca. Este, de pequeño, era el que tenía esas canicas con una capa como metalizada, el yo-yo Russell profesional con el que podías ir a competiciones (porque había competiciones oficiales, aunque la única forma de competir con yo-yos que se me ocurre es en un combate a muerte). También era el que tenía toda la colección de Star Wars, que cuando jugábamos en el patio del colegio era el único que llevaba a su muñeco en una nave. Los demás juntábamos a Han Solo, a Luke, Leia, Yoda, dos soldados de asalto, un marciano indeterminado y un ewok y los poníamos a andar por la arena. Vamos, que no sabíamos si jugábamos a Star Wars o a El Señor de los Anillos.\r\n\r\nY así estamos ahora, que mientras vemos top-chef comiendo un plato de macarrones soñamos con hacer un curso de cocina que nos permita esferificar hasta a nuestra suegra (aunque para eso se basta ella sola, y a base de cocina tradicional). Pero no pasa nada, porque me han dicho que el señor del quiosco ya tiene preparado su siguiente golpe. Lo van a montar con programas de televisión, estrellas mediáticas, productos aspiracionales, accesorios a tutiplén (perdonen el término, lo ochentero está de moda) y hasta un campeonato internacional. No sabemos si será la plancha y tendremos que llevar las camisas tan almidonadas que no podremos doblar los codos, si se pondrá de moda cultivar plantas carnívoras (–”Pues yo a la mía sólo le doy buey de Kobe”) o el deporte ese de ir barriendo el hielo delante de una pelotita, a ver hasta donde llega. Conmigo que no cuenten, que yo me quedo con la peonza, las chapas y las canicas.