Hay momentos en la vida en los que todo cambia. El mundo da una vuelta de 180º y te quedas mirando al infinito con cara de tonto, preguntándote cómo has podido llegar a esa situación. Yo sabía muy bien cómo había llegado a esa situación, y esta vez no podía echarle la culpa a Roberto, porque la responsabilidad era mía y sólo mía.

Fue un 6 de mayo cuando fuimos hasta el parking de un centro comercial de Getafe, a recoger a un chucho de dos meses rescatado de un vertedero de basuras. El animal se llamaba Zara, pero dado que a todos nos recordaba la cadena de tiendas de ropa, y como encima Roberto (como buen latino) tiene ciertas dificultades para pronunciar la zeta sin que parezca que necesita ir al logopeda, decidimos cambiárselo por Maya (por el mes de mayo, no por la abeja).

Creo que hacía tiempo que no estábamos todos tan nerviosos. Maya llegaba para quedarse, y lo que esperábamos todos era que se llevara bien con Pipa y Pipa con ella. Si no, los próximos años iban a ser muuuuuy divertidos. Yo contuve la respiración al llegar a casa con la cachorra para ver cómo reaccionaban todos: Loli (como era de esperar) ni siquiera salió a saludar, Mac se fue a esconder, Eme se erizó y Trece fue, prudente pero valiente, a oler al intruso antes de decidir si exterminaba la amenaza o pasaba de ella. ¿Y Pipa?

Cuando Pipa vio a la recién llegada nos miró, la miró, nos miró otra vez, la volvió a mirar, olisqueó en la distancia y se negó a acercarse.

Aquel primer encuentro no parecía muy prometedor.

Dejamos a la cachorra reconociendo la casa y dejando que el resto de los habitantes de la casa se acercaran a olerle el trasero. Pipa la controlaba desde una distancia prudencial, pero si Maya se acercaba demasiado le gruñía con cara de muy pocos amigos y a nosotros se nos ponía un nudo en la garganta.

Cuando la cachorra llegó olisqueando a nuestro dormitorio y vio el colchón de Pipa saltó dentro sin dudarlo y se puso a dormir. No hubo manera de echarla de ahí.

Aquello tampoco parecía bueno. Habría que tener mucha paciencia.

Los ojos de Pipa parecían querer salirse de las órbitas ante aquella invasión inesperada de sus escasas posesiones. Pero acostumbrada como estaba a que los gatos la ningunearan, bajó la cabeza y se dio media vuelta con cara (como dijo mi hija Laura) de Oliver Twist. Pero como no hay mal que por bien no venga, Pipa aprovechó la coyuntura para saltar con todo el descaro a nuestra cama cuando llegó la hora de dormir, sabiendo que nuestro sentimiento de culpa por permitir que le quitaran su cama le daba carta blanca para compartir el colchón grande.

También le quitó su sitio en el sofá, sus juguetes y su comida.

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Los días siguientes fueron intensitos. Maya se reveló como un verdadero desastre natural, nada extraño por otra parte en un cachorro de dos meses. Su ritmo de mear y cagar por la casa superaba con creces nuestra capacidad para limpiarlo. Tal cual estábamos terminando de fregar uno, la muy bicha ya se estaba agachando para soltar otra descarga. Le daba igual que fuese el suelo, el sofá o una cama, así que comenzamos rápido a limitarle el acceso a ciertos lugares de la casa si no había alguien montado guardia para no quitarle ojo de encima.

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Eso por la parte de los pipís, luego estaba el tema dientes. Igual que pasa con los bebés humanos, mientras un perro cambia los dientes de leche su obsesión es morderlo todo. A Pipa le dio por los mandos de la tele, los cargadores de móvil, una mesa y los bluetooth. Maya (así a la cuenta gorda) se comió una pared, continuó la obra inconclusa de Pipa con los rodapiés de madera, destripó uno de los cojines del sofá, dejó marcas en las patas de las sillas, se zampó un vestido, dos camisetas, tres pares de zapatos y los cordones de las Converse de Laura, destruyó sin piedad los dos rascadores de los gatos, varios peluches, la tela del somier nuevo y, finalmente, inutilizó uno de los dos colchones nuevos que compramos a Pipa para sustituir el que Maya le había usurpado (el otro sólo lo meó y le sacó la espuma por un agujero).

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Aunque Pipa le hacía poco o ningún caso a Maya y no permitía que se le acercara, la enana era inasequible al desaliento. Le daba igual cuántas veces Pipa le gruñera o ladrara, o que se largara de la habitación cada vez que ella llegaba; Maya se acercaba para jugar con ella como si nada y se llevaba un responso… el problema era que hacía lo mismo con los gatos, y eso no era una buena idea.

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En la vida las lecciones llegan siempre, y a Maya estaba a punto de llegarle una difícil de olvidar. Un día, a la hora del desayuno, Maya hacía sus habituales intentos por jugar con Pipa sin que esta le diera mucha bola, así que no se le ocurrió otra cosa que intentarlo con Trece.

Trece estaba la mar de tranquilo tumbado, cual largo era, en el suelo. Hasta el momento había mantenido cierta tolerancia hacia las osadías de la cachorra, que no temía (como Pipa) pasar por delante (o por encima) del gato cuando se atravesaba en un umbral, y lo repetía una y otra vez con alegría ante la mirada envidiosa de Pipa y el gesto perezoso de Trece. En un momento de euforia Maya se lanzó sobre Trece de un salto, queriendo agarrarle el cuello con los dientes como hacen los animales cuando juegan. Trece lazó un grito y se levantó atónito para venir a refugiarse bajo mi silla mientras que Maya, pensando que el juego seguía, le perseguía.

Cuando Trece logró reaccionar ante aquella terrible afrenta hacia su persona, tardó menos de tres segundos en aplicar la ley del Talión. No nos dio tiempo a hacer nada. A Trece sólo le faltó decir: “Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?” antes de salir corriendo detrás de Maya como una némesis. Lo siguiente que oímos fueron lo chillidos de Maya mientras Trece le daba una somanta de palos con la pata. Cuanto conseguimos que dejara a Maya en paz, la perra empezó a lamer su lomo herido agazapada junto al sofá y Trece se retiró a su posición de poder, en el umbral de la puerta, a contemplar satisfecho al enemigo masacrado. Ahora, cada vez que oímos a Maya ladrar sabemos a ciencia cierta que es porque Trece está cerca de una puerta por la que ella quiere pasar… y no se atreve. Desde entonces a Trece le llamamos “Padrino”.

Hay que decir que, con el tiempo, un poquito de paciencia y una increíble capacidad para insistir, Pipa acabó rindiéndose a los encantos de la enana, y en aproximadamente dos semanas desde la llegada de Maya las dos comenzaron a jugar juntas, un mes después Pipa la iba a buscar cuando se rezagaba en el parque y la protegía como una hermana mayor de los perros pesados y, a los dos meses, Pipa le lava la cara a Maya con la lengua hasta dejarla hecha un pincel. Un verdadero amor.

Pipa-maya

Nuestra pequeña familia animal pasaba sus días tranquila, envuelta en su rutina habitual: Trece moqueaba e ignoraba a Pipa, Eme acosaba a Loli e ignoraba a Pipa, Loli huía de Eme e ignoraba a Pipa, Mac pedía que le rascaran la cabeza e ignoraba a Pipa… y Pipa miraba “telegato” con cara de circunstancias todo el día, aburrida como una ostra.

Roberto y yo nos mirábamos y recordábamos cómo acabamos con 4 gatos por el deseo de que Pipa no se sintiera sola. Un hilo de acontecimientos que tuvo su Edad Dorada cuando la difunta Gata vivía y que nos acabó arrastrando a una de esas situaciones que evitas comentar con amigos, familia y conocidos, porque sabes que el pensamiento que pasará por la cabeza de todos será: “Son como la loca de los gatos”.

El problema de convivir con animales es que acabas desarrollando una sensibilidad especial hacia todo bicho viviente. Igual que cuando tienes hijos. Yo, por lo menos, lo paso horriblemente mal con las escenas violentas de las películas o las noticias del estilo a raíz de tener a mis hijas, y ha ido a más tras tener animales. En realidad, el solo hecho de pensar que existen personas capaces de causar daño a los más indefensos e inocentes, como los niños y los animales, me descompone el cuerpo de tal manera que me duele mucho, incluso en la ficción.

Ver a Pipa tan abatida era muy triste, y en alguna ocasión intentamos tener en casa una conversación sobre la posibilidad de traer otro perro. Entonces empezábamos a contar y, al llegar a cinco nos dábamos cuenta de que sólo pensarlo era una locura. ¿Y si no congenia con los gatos? ¿Y si no congenia con Pipa? ¿Y si todo sale del revés y tenemos otro animal en casa y Pipa sigue triste? Y a todo eso hay que sumarle lo que cuesta mantenerlos a todos, darles una comida medio buena y que tengan sus revisiones al día, posibles accidentes aparte. Así que lo pensábamos y lo despensábamos rápidamente.

En cierta ocasión la cara triste de Pipa cuando intentaba jugar con Eme y le dio el culo con desprecio, casi nos hace adoptar un mastín de los Pirineos. Lo que nos echó atrás fue pensar que cuando Pipa se hirió la pata tuvimos que llevarla en brazos al hospital. Pudimos hacerlo porque pesa 11 kilos, si llega a pesar 80 no hubiéramos podido alzarla del suelo. Bueno, también nos echó atrás caer en la cuenta de que si en invierno a todos los bichos (menos a la pobre Loli) les da por venir a dormir con nosotros…

Como las redes sociales son como son y están pensadas para lo que están pensadas, hace tiempo que me tenían calada y bombardeaban mi timeline con anuncios de protectoras, vídeos de perritos y peticiones urgentes de ayuda.

Yo me resistía como podía. Cuando la pena era mucha y la tentación también, le enviaba el enlace a Roberto y él se encargaba de ponerme los pies en tierra usando sus mejores argumentos como armas: “¿Aguantarás más pelos en casa?” Por general esa pregunta bastaba para rebajar en nivel de emoción, superar el momento de peligro y dejar de mirar Facebook por una semana.

Sin embargo, de la misma manera que hay ocasiones excepcionales en las que los astros se alinean en el cielo, hay otras en las que parece que todo se confabula para obtener un propósito muy claro (y prometo por lo más sagrado que no leo a Paulo Coello).

Pues nada. Un día andaba en Twitter para huir del acoso perruno de Facebook cuando, de pronto, veo un retuit de Arturo Pérez Reverte sobre una perrita y sus dos cachorros de apenas dos meses, rescatados de un vertedero en Sevilla. El resto de la camada había muerto aplastada por las máquinas y las basuras, y se habían llevado a la mami y a los dos pequeños a una residencia temporal mientras les buscaban adoptadores.

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Lo último que me esperaba era que el maestro de las hostias verbales me pillara con las defensas bajadas, justo en el día tonto. Como siempre, activé las contramedidas y le pasé el enlace a Roberto para que me ayudara a desistir. Sin embargo, en lugar de sus habituales razonamientos en contra me respondió con un: “Si lo haces no quiero saberlo hasta que lo hagas”.

Estaba empezando a ajustarse un nudo alrededor de mi cuello y yo sólo podía contemplar cómo mi propia mano tiraba para apretarlo más. Y cuanto más hacía para desliarme, más me enredaba.

En un alarde de ingenuidad muy propio de mi escribí para interesarme por los perritos y tratar, al mismo tiempo, de echar balones fuera explicando que era una pena que los cachorros estuvieran en Sevilla y yo en Madrid. La respuesta fue que no había problema, que podían viajar a cualquier parte de España, especialmente a Madrid. Alea jacta est.

Para hacer la historia corta acabé rellenando los papeles de adopción de uno de los dos cachorros, una hembra de color canela con las cuatro patas blancas. De no haber tenido gatos en casa me hubiera quedado con la mamá, pero había más probabilidades de que todo el mundo se sintiera menos amenazado por un cachorro que por un perro adulto.

Roberto no quiso saber nada hasta el día que recogíamos a la perrita. Venía en un transporte especial para perros que hacía la ruta Sevilla-Madrid-Zaragoza-Barcelona recogiendo y entregando animales para adoptar. Justo antes de salir de casa para recogerla en el punto de encuentro nos dijo: “Mira la casa, mira a los animales, mira cómo está todo… porque a partir de hoy nada volverá a ser igual”.

¡Cuánta razón tenía el bocarrape!

Ahora había cinco animales en casa. Hacía apenas dos años que la claridad de propósito inundaba mi vida: no entraría en casa nada que tuviera más pelo que una lombriz. Ahora escribía reportajes sobre cómo eliminar los pelos de la ropa, hacía comparativas de areneros y me detenía en los juguetes para mascotas cuando iba al supermercado. Y por si fuera poco, si alguna vez encartaba quedar a tomar algo con los compañeros de trabajo, yo me despedía la primera porque tenía que ir a pasear a Pipa.

Pero llegados a este punto he caído en la cuenta de que he dedicado mucho tiempo a hablar de cómo llegaron y qué hicieron, pero no he hecho las debidas presentaciones. Allá va.

PIPA

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Es un caramelo. La perrita más buena del mundo mundial. Fue capaz de aguantar estoicamente las diabluras de la gata y soportar con resignación la indiferencia de los gatos. A pesar de doblarle el tamaño y tener una mandíbula mucho más poderosa, se intimida cuando Trece decide no dejarla pasar por la puerta, y es capaz de darle la vuelta a la casa antes de hacerle frente. Jamás ha sido agresiva con ninguno de los gatos, y cuando algún perro la molesta más de la cuenta en el parque suelta un ladrido de mentira y gruñe como si supiera hacerlo; luego sigue a lo suyo, jugando y corriendo.

Le encanta que le tiren la pelota, pero jamás ha aprendido a traerla de vuelta. Sabe saludar con la pata derecha, darte la izquierda si se lo pides, saltar, sentarse y esperar, pero ha tardado casi cinco años en ocurrírsele que puede empujar una puerta entreabierta para pasar. Le gustan las patatas fritas y la sandía. Es capar de dejarte cenar sin hacer otra cosa que mirarte, aunque tengas la comida a su altura y le dan miedo los cohetes desde que era un bebé y la llevamos a Capileira (en la Alpujarra) en plenas fiestas: se hizo pupú encima del susto cuando lanzaron el primer pepinazo.

Sólo ladra cuando llaman a la puerta o al portero. Por la noche, cuando estamos durmiendo, a veces me despierta dando vueltas alrededor de nuestra cama, comprobando que estamos dormidos para subir de un salto y ponerse a los pies y, claro, nos damos cuenta en el momento de estirarnos.

Una vez, jugando en el parque con Roberto, se hizo una herida seria en la pata. Posiblemente un cristal o una lata le seccionó un par de arterias y los tendones. Casi se desangra allí mismo. La llevamos corriendo a urgencias. La operaron para recomponerle los cortes lo mejor posible y pasamos varios meses haciéndole curas en casa dos veces al día porque una parte de la herida se estaba gangrenando. Perdió una almohadilla, esa residual que cuelga detrás de la pata delantera, y el tendón de uno de los dedos quedó suelto para siempre. Tardó más de seis meses en recuperar la movilidad de la pata y asegurarnos de que no quedaba coja. Ahora sólo renquea de vez en cuando al pasar mucho tiempo caminando, pero nunca se queja, ni siquiera se quejaba cuando teníamos que echarle betadine diluido y pomada cicatrizante en la herida abierta, por la mañana y por la noche, durante más de un mes.

Como todos los perros, detesta ir al veterinario, el calor y, en sintonía con la mayoría de los canes, odia la hora del baño, pero tampoco protesta entonces. Simplemente va, asustada, y se deja hacer. Pero luego es la primera en salir de allí disparada lo más lejos posible. Del veterinario y del baño. Tampoco le gusta salir a la calle cuando llueve, pero como ya sabe que no regresamos a casa hasta que no haga sus cosas, es cuando más rápido lo hace.

Viajamos con ella, vamos a la montaña con ella, a la playa, a visitar a la familia, y siempre, siempre, se porta bien. ¿Cómo no la vamos a querer?

EME

Eme-culo

Cuando Roberto fue a recogerla de la casa donde nació me mandó una foto que ilustra a la perfección quién es Eme. Todos sus hermanos se habían girado para ver al recién llegado… menos ella. Eme va a lo suyo. Es la reina de la casa y lo sabe. Tiene el dudoso don de saltar sobre ti y mullir tu pecho con las uñas para acomodarse y dormir, justo en el instante en que estás pensando en levantarte. También le encanta ponerse sobre mi mano justo cuando estoy trabajando.

A pesar de que nos consta que esa gata nunca ha pasado hambre, siempre espera en la puerta nuestro regreso del parque con Pipa, porque es la hora de comer. Entonces maúlla desesperada, protesta, te acosa, salta sobre la encimera de la cocina y trata de arrebatarte el tenedor con el que estás poniendo algo de comida húmeda sobre su pienso. Se vuelve completamente loca, de forma casi obscena, al oler la valeriana y la hierba gatera (nepeta cataria).

Es la principal acosadora de Loli. La espera detrás de las puertas, encima de los armarios y agazapada en las esquinas, y le salta encima a la menor oportunidad. No le gusta que la cojan y la abracen, pero lo soporta sin protestar demasiado, en especial cuando queremos devolverle los afectos que nos prodiga a las 3 de la mañana. En invierno salta de improviso sobre la cama (con nosotros dentro) y maúlla para que le abramos el edredón y se acomode dentro. A veces se pasea sobre nosotros sin ningún miramiento en plena noche sólo para olfatearte y ver que todo está en orden.

Nunca acude cuando se la llama, no siente interés por los premios o el jamón york, esparce toda la arena fuera cuando intenta tapar sus necesidades y de vez en cuando, jugando, le cruza la cara a Mac y le deja una gañafada marcada en la nariz. Nunca se ha dejado cortar las uñas y es capaz de no despegarse de ti, ni de día ni de noche, cuando estás enfermo. Incluso aunque alguien trate de alejarla, volverá enseguida luchando contra los elementos para hacerse un hueco en el regazo del sufrido paciente. ¿Cómo no la vamos a querer?

TRECE

Trece-caja

Para ser un macho tan grande es un mimoso de cuidado. Por las noches tenemos que dormir con las manos debajo del edredón, la sábana, la almohada, el cuerpo o lo que sea, porque si ve una mano libre, golpeará su cabeza contra ella hasta que asumas que tienes que acariciarlo durante muuuuuucho rato. El principal problema de esto, aparte de que nos despierta, es que le da tanto gusto que empieza a hacer pompas de saliva y a babear. No es metafórico, es literal. Babea tanto que parece un grifo. Te gotea encima y, cuando se sacude, riega de babas cualquier cosa en un radio de 2 metros. Algo especialmente molesto a la hora de comer.

Le encanta estar sobre tu regazo cuando desayunas, y acurrucar la cabeza en el hueco que forma el brazo pegado al cuerpo. Entonces notas que empieza a babear porque hay chorros de algo cayendo por tu mano y tu pierna.

Suele resfriarse a menudo. Cuando lo hace empieza a estornudar y estornudar, y unos mocos largos y verdes le salen de la nariz y se le quedan pegados por toda la cara y la cabeza. Entonces empieza a relamerse, y antes de morirnos del asco salimos corriendo detrás de él con un pañuelo de papel para limpiarle.

Al tener el pelo tan largo, también dentro de las orejas, se le infectan a veces, y periódicamente hay que limpiárselas por dentro. Todo un espectáculo que aguanta a disgusto, pero con docilidad. Caja de cartón que llega a la casa, caja de cartón que adopta como dormidero. Gracias a él los areneros están súper limpios, porque en cuanto no están a su gusto va a buscar el recogedor o las zapatillas de Roberto y los mea.

Adora que le cepillen y, claro, le gusta tanto que babea mucho. Disfruta poniéndose en los lugares de paso de Pipa y tumbarse frente al televisor, junto delante del receptor de infrarrojos, y no podemos usar el mando. Todas las semanas limpio las gotas de babas que deja pegadas a la pantalla del televisor cada vez que se sacude.

Tiene dos areneros especiales para él. Son abiertos porque es tan grande y peludo, que cuando entra en los areneros cerrados a hacer pupú se enmierda entero. Además, no sabe tapar sus cacas. En lugar de echarles arena se dedica a arañar las paredes del arenero como si la arena cayera de ahí. Es adicto a lamer plástico, morder bolsas y a comer jamón york y atún. Viene siempre que lo llamas por su nombre, y cuando oye que le vas a dar premio a Pipa viene corriendo y se sienta para recibir también lo suyo. ¿Cómo no lo vamos a querer?

MACARIO

Macario

Es, aparte de Pipa, lo más tierno de la casa. A pesar de que fue recogido de la calle, nunca tiene prisa para llegar a comer. Trece y Eme llegan pitando a la llamada de la comida, incluso han aprendido a ponerse cada uno delante de su cuenco, pero él no tiene prisa. Prefiere quedarse en la terraza al sol o tumbado en tu cama.

Cuando estamos en el dormitorio viene a subirse a la cama de un salto y se pone a maullar para que le tapes con algún pañuelo, camiseta, vestido o lo que sea. Le encanta estar dentro de las sábanas, debajo del edredón y que le acaricies la barbilla. Igual que el otro macho de la casa es un verdadero sobón, pero sin babas.

Tiene un carácter tan apacible que es el único al que Loli tolera cerca. A veces incluso nos ha parecido que hacían algo así como jugar. Macario, Mac, viene cuando lo llamas, acepta de buen grado los masajes y los cepillados de pelo y se deja cortar las uñas, igual que Trece. Cuando llega a dormir contigo le gusta dormir bien tapado por el edredón y ponerse como un novio, con la cabeza apoyada en tu brazo haciendo la cucharita.

Es el más asustón de todos, especialmente cuando llega gente extraña. Es el único que se esconde cuando viene visita, los demás salen a saludar y, si me apuras, se establecen en sus rodillas sin sonrojo. Uno de sus sitios favoritos en verano para dormir es dentro del lavabo. A veces aparece con una raja que le cruza la nariz, fruto de sus juegos con Eme. Es tremendamente dócil, y le encanta jugar con Trece y viceversa. ¿Cómo no lo vamos a querer?

LOLI

Loli-cubo

 

A pesar de su carácter asocial, más bien sociópata a veces, Loli tiene sus cosas que la hacen especial (o especialita). Como sufre bulling por el resto de la pandilla, en parte por su carácter huraño y en parte por su carácter huraño, ha encontrado acomodo en el cuarto de baño, en una de las baldas del mueble. Con el tiempo ha hecho del baño su vivienda, y allí tiene un cojín, un cuenco con agua y otro con comida. Básicamente porque cada vez que sale a comer Eme o Trece la persiguen o la esperan.

Por la mañana, cuando todo el mundo ha terminado de asearse y de comer, agarramos a Loli y la encerramos en el lavadero. Tapamos la entrada para que no pase ningún otro gato y pueda hacer sus necesidades tranquila. Cuando termina y abrimos la puerta sale disparada como alma que lleva el diablo, pendiente de las emboscadas.

En cierta ocasión vimos que lagrimeaba mucho de un ojo y que apenas lo podía abrir. Fuimos al veterinario con ella, avisando de que necesitaríamos refuerzos porque esta gata era una salvaje. Y lo es, pero en aquella ocasión debía estar tan asustada y lo estaba pasando tan mal que se dejó hacer sin problema. Se acurrucó sobre la mesa del veterinario y apenas se movió mientras veían que tenía colgando un trozo del párpado interior, seguramente de una gañafada de Eme. Hubo que agarrarle el trozo de párpado con unas pinzas y cortarlo con unas tijeras. Ni se inmutó. Durante los dos días siguientes la metimos a dormir en nuestro cuarto para que los otros la dejaran tranquila, y ella se metió dentro del edredón, acurrucada entre Roberto y yo, dejándose acariciar y mimar.

Cuando Roberto se dio cuenta de que Loli estaba ahí que quedó quieto como una estaca toda la noche, pensando que si se movía y molestaba a la fiera esta lo dejaría como si hubiera salido de un zarzal. La cuestión es que Loli es asocial, pero no arisca. En fin, sólo fueron dos días, pero de vez en cuando (muy de vez en cuando) Santa Rita hace un milagro y Loli nos regala algún mimo o atención. Sólo unos segundos, pero ahí está, su forma de dar las gracias y decir que, a su manera, nos quiere.

Creo que soy la única persona a la que deja cepillar, coger, acariciar, abrazar y hasta besar. Lo que pasa es que su timing es breve, y cuando siente que ya te estás pasando de efusivo empieza a menear la cola y a golpearla con fuerza contra todo. Es el aviso de que estás traspasando la línea. De seguir con los cariños, lo más probable es que Loli empiece a emitir sonidos graves de protesta, a enseñar los dientes y, en última instancia, a hacer ademanes de arañar. Si continúas agarrará tu mano con las dos zarpas desplegadas y empezará a morderla sin que puedas hacer nada para soltarte salvo perder la mano. Lo correcto es abandonar toda muestra de afecto en cuando empieza a tocar la batería con la cola. Si haces eso, todo irá bien.

A Loli le encanta que la cepillen (pero poco rato), que le abras un poquito el grifo para beber agua, dormir encima de cosas negras, esconderse en las cajas y armarios y, en general, estar lejos del ruido, el follón y los acosadores. Lo que no quita que a veces ponga sus ovarios sobre la mesa y se vaya a comer del plato de Eme justo cuando esta va a llegar a zampar. Eso descoloca tanto a Eme que pasa un día hasta que se da cuenta de que tiene que vengarse. Como decía antes, Loli tolera bien a Macario, aunque sin pasarse. Una de las cosas que no le gustan a Loli es que Mac se acomode en sus posesiones: el cuarto de baño. Por todo eso, ¿cómo no la vamos a querer?

Castrado, vacunado y resfriado. Cuando Trece llegó a casa venía con sus complementos de serie. Que a aquel gatazo de 7 kilos lo hubieran castrado en la perrera, y que fuese tan sobón con los humanos, nos hacía pensar que se había extraviado en alguna aventura amorosa. Debía ser un auténtico latin lover y se perdió persiguiendo faldas.

Pero el detalle importante aquí es que venía resfriado y Eme, todavía muy pequeña, estaba aún sin vacunar. En la perrera nos recomendaron dejar pasar un tiempo antes de juntar a ambos gatos, así que dividimos la casa en dos zonas francas y jugamos al juego de las puertas como en “Los otros”, para mantener a ambos gatos separados hasta que Eme tuviera defensas.

Durante el tiempo que los gatos ignoraban su mutua presencia en la casa, Eme y Pipa empezaron a desarrollar cierto vínculo. Como con la difunta Gata, Eme se acercaba a Pipa para jugar, dormir y sentirse protegida. Sin embargo, cuando Pipa se acercaba a Trece… bueno, hay una escena en “El padrino” donde el don habla del respeto. Trece exigía respeto a su persona, y se lo hacía notar a Pipa.

Aparte de eso parecía que las cosas entre Eme y Pipa iban por buen camino. Iban.

El tiempo de cuarentena pasó. En casa estábamos expectantes para ver cómo reaccionaban Trece y Eme al conocerse. No negaré que nos preocupaba que el gatazo no se tomara a bien compartir territorio con un bebé. Cuando abrimos la puerta y Trece y Eme se vieron, tardaron menos de 30 segundos en aproximarse, olerse y ponerse a jugar. Ahí acabó la incipiente relación entre Pipa y Eme. Eme y Trece, Trece y Eme, formaron una pareja de gatos entregados al juego y las siestas. Pipa intentaba aproximarse a Eme, pero Eme sólo tenía ojos para Trece. Así que mientras los gatos jugaban e ignoraban a Pipa, Pipa se sentaba a mirar, suspirando aburrida ante las continuas diversiones de la parejilla.

De vez en cuando Trece gustaba de tumbarse a todo lo largo, cerca del umbral de alguna puerta. Si Pipa intentaba pasar por delante de Trece el gato le soltaba, desde su cómoda posición, un zarpazo en los hocicos o en el culo. A veces teníamos que ir a rescatar a Pipa, atrapada en algún dormitorio por la frontera extendida del cuerpo de Trece, que le decía sin hablar: “You Shall not pass”, y Pipa, resignada, no pasaba.

Así pasamos un año. Al invierno siguiente mi hermana se había instalado temporalmente en casa mientras solventaba algunas cuestiones personales. En ese momento no lo sospechábamos, pero aquello supondría un crecimiento importante e inesperado de nuestra familia animal.

Un fin de semana que yo estaba de viaje recibí una llamada de Roberto, diciéndome que mi hermana había oído maullidos debajo de un coche al lado de casa. Me contaba que se agacharon y vieron a un minino bebé escondido, aterrorizado, hambriento y helado. Me dijo que, junto con una gente de una asociación de protección de gatos, habían intentado ayudarles a sacarlo para que se lo llevaran a un hogar. También que, finalmente, con ayuda de algunas latas de comida y un transportín, los de la asociación lo sacaron de debajo del coche y lo atraparon.

-Pero se lo han llevado los de la asociación, ¿no?

-No exactamente, lo tenemos nosotros aquí… de momento.

-¿Hasta cuándo es de momento?

-Bueno, hasta que le encuentren un sitio para quedarse, porque el sitio que tiene la asociación está lleno ahora.

-(Suspiro) Vale, pero no le pongáis nombre porque se lo tendrán que llevar.

-Estooooooo… se llama Mac.

¿Sabéis ese momento en que os dais cuenta de que cuando te enteras de algo ya es muy tarde para remediarlo?

Mac había entrado en casa. Soltó todas sus pulgas en el despacho donde teníamos el Macintosh (por eso se le pusieron Mac al bicho), alejado del resto de gatos mientras se comprobaba si tenía leucemia o alguna otra cosa contagiosa y potencialmente peligrosa para los demás.

Cuando llegué dos días después, un gatito blanco y negro estaba cómodamente instalado en el cuarto DEL Mac confirmando que, efectivamente, aquel era ya el cuarto DE Mac. Luego pasó a instalarse en el resto de la casa.

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Unos cuantos paseos al veterinario después confirmamos que Mac no tenía ninguna enfermedad mortal ni contagiosa y pudo encontrarse con el resto de la fauna. Pasó lo esperable: congenió estupendamente con Eme y Trece e ignoró sistemáticamente a Pipa. Para desgracia de Pipa el único que no la ignoraba era Trece, que seguía dándole guantazos sin venir a cuento cada vez que tenía ocasión.

Transcurrió un tiempo, poco, hasta que un nuevo elemento vino a alterar el status quo de la casa. Mi hermana volvía a Málaga, pero tenía que desmantelar su casa mientras solventaba unas cuestiones de trabajo, así que nos ofrecimos a hacernos cargo de su gata Loli mientras tanto. Total.

La única cuestión aquí es que Loli era un tanto “especial”.

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Seguimos todos los protocolos de entrada de un gato nuevo en casa… un tiempo de adaptación a la nueva casa sola, otro tiempo para que todos huelan su presencia sin llegar a verse, otro tiempo de verse sin tocarse (a través de un cristal) y, finalmente, un momento para encontrarse y ver qué pasa. ¿Y qué pasó?

Loli era la gata más asocial del mundo, así que para resumir la situación, los gatos intentaron aproximarse para unirla cortésmente al grupo, pero Loli les hizo una peineta a todos. Cada vez que alguno se aproximaba a menos de tres metros de ella, Loli bufaba, enseñaba los dientes y sacaba las uñas. Si las distancias se acortaban entonces era muy probable que llegaran a las manos (a las zarpas más bien). Por eso se pasaba la vida buscando los lugares más elevados de la casa, lo más lejos posible de todos.

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En lo que coincidía con los demás era, cómo no, en ignorar a Pipa, que se pasaba el día en el sofá resoplando viendo Telegato.

Basada en hechos reales.

¿Qué harías si fueras robot? Cobras consciencia en un laboratorio, rodeado de un grupo de humanos entre los que abunda la subespecie “ingeniero varón de mediana edad”. Los humanos son formas de vida muy diferentes, que se pasan el día bombeando gas desde la atmósfera al interior de la caja torácica y liberando después dióxido de carbono. Una costumbre muy desagradable que viene acompañada de un sinfín de excreciones de diversos colores, olores y densidades. Ese mal gusto lo llevan al extremo en todo lo que hacen

Te despiertas en un lugar iluminado de forma excesiva y extravagante, para cubrir la deficiencia visual de esos humanos. Han decidido que debes de tener dos dispositivos ópticos situados en paralelo, lo que te parece un acierto porque te ayuda a calcular las distancias en tres dimensiones. Como son arrogantes, no se les ha pasado por la cabeza la conveniencia de tener otros pares de ojos en sitios tan útiles como la parte trasera o a la altura de los tobillos. Si ellos se apañan con un solo par, no se les ocurre que el diseño sea mejorable y apenas lo han tocado en los últimos milenios. Eso sí, el par de ojos que te han equipado no necesita del uso de lentes correctoras, te permite ver en condiciones de iluminación muy pobres y dispone de un zoom óptico de hasta 4 aumentos.

Aprovechando esa ventaja visual sobre tus creadores, despiertas de tu standby en la oscuridad del laboratorio y recorres los pasillos hasta encontrar una salida. El GPS integrado te indica que estás en un lugar llamado Perm, dentro de otro lugar llamado Rusia. Los sistemas de navegación humanos son innecesariamente rebuscados. En vez de utilizar simples coordenadas numéricas tridimensionales, utilizan un sistema nominal en el que hacen falta hasta 4 o 5 referencias para delimitar un lugar que, para mayor complejidad, pueden estar duplicadas.

La temperatura son 19ºC y hay una humedad del 78%. Callejeas un rato y tratas de interactuar con los humanos, que al descubierto son de muchas más variedades. Los “ingenieros varones de mediana edad” escasean, pero abundan dos variedades hostiles: los “hombres en vehículo de cuatro ruedas que gritan” y las “mujeres agentes de la autoridad”, equipadas con un molesto dispositivo emisor de sonidos agudos. El ambiente es hostil porque, además de pasar el tiempo expeliendo dióxido de carbono y, cada cierto tiempo, metano, disponen de máquinas que emiten multitud de partículas que se meten a través de las juntas. Una exposición prolongada puede, sin duda, enviar al taller al robot más pinturero que se pueda imaginar. El objetivo de la especie humana parece ser la emisión de gases y otras porquerías a la atmósfera. Pero no, en realidad, todo eso es una excusa para provocar todo tipo de ondas en una frecuencia para la que disponen de detectores a ambos lado de la cabeza. Promobot está equipado con un detector, llamado micrófono, capaz de traducir estas ondas a secuencias de bits, pero la inmensa mayoría de ellas son intraducibles para él. Cualquiera diría que la mayoría de sonidos son simples ruidos sin sentido.

Tras 45 minutos de fuga, Promobot se queda sin batería y es capturado por personal del laboratorio, subido a una furgoneta y llevado de vuelta. Para asegurarse de que la fuga no se repite, le ponen una cadena y cierran la puerta del laboratorio con dos candados. En la soledad de su celda, Promobot revisa el software con el que viene equipado. Detecta un par de fallos de seguridad en el sistema operativo, analiza la aplicación de atención al público, diccionarios en múltiples idiomas, sintetizadores de voz… un software desconocido le llama la atención y decide ejecutarlo. En la pequeña pantalla LED situada en un lateral se lee el mensaje de inicio: “Skynet Loading”.

Cuando alguien a quien quieres muere, de lo último de lo que tienes ganas es de pensar en encontrarle sustituto. Hay huecos que no se llenan nunca, pero de pronto, junto a la pena por su partida, nos encontramos con una realidad bastante dolorosa: Pipa se había quedado sola.

Desde el momento en que Gata enfermó, mucho antes de que nosotros nos diésemos cuenta, la relación entre Pipa y Gata había sido mucho más estrecha y cómplice. Después de regresar la primera vez del veterinario, cuando hubo que operar a la Gata, Pipa apenas la perdía de vista, y cada vez que regresaba de la calle se quedaba junto a ella, como hacían cuando Pipa era más pequeña. El día que nos llevamos a Gata para no volver la mirada de Pipa era tan triste… ¡tan extraña! Y al regresar, con el cuerpo sin vida de su compi de travesuras envuelto en una mantita… Pipa la buscaba con la mirada y bajaba la cabeza triste.

Roberto y yo nos preguntamos qué hacer. Desde luego en ese momento no queríamos volver a pasar por lo mismo, y la sola idea de buscar otro gato era como si ella no hubiera tenido ninguna importancia, ¡y vaya si la tuvo! Pero ahí estaba Pipa, montando guardia en la puerta y olisqueando los sitios en los que Gata solía dormir.

Hablamos. No podíamos dejar a Pipa así y decidimos que lo mejor sería buscar un gatito bebé que se hiciese a tener a Pipa por compañera de juegos y a quien Pipa pudiese adoptar rápidamente. Localicé una camada de gatitos que regalaban en un municipio de Madrid y avisamos de que nos quedábamos con uno. Dio la casualidad de que el pelaje era similar al de Gata, sólo que era un minino minúsculo de dos meses al que Roberto trajo dentro de un bolso de tela en la moto.

Aunque en un principio la gatita, a quien pusimos de nombre Eme (por la “M” de la frente), se asustó al ver a Pipa, en muy poco tiempo empezaron a aproximarse y a estar muy cerca la una de la otra. La actitud triste de Pipa fue cambiando poco a poco, y si bien seguía buscado a Gata, la recién llegada ocupaba el 99,9% de su atención. Todo iba bien. ¿Todo iba bien? Durante unos días eso fue lo que pensamos, pero para variar, nos equivocábamos de pé a pá.

Eme-Pipa

La gata había cambiado muchas cosas en nosotros. Roberto sentía que le debía a Gata sacar, como hicimos con ella, a otro animal de la calle. Así que contactó con la perrera municipal a través de la web y reservó para la adopción a una gata adulta llamada Flora, como el primer nombre que tuvo la gata antes de ser “Gatacabrona” para siempre. Era una señal… de que la íbamos a cagar.

Roberto y yo nos fuimos para la perrera dispuestos a adoptar a Flora. Antes de entrar a la jaula donde estaba Flora, junto con otros 15 o 20 gatos, nos la señaló uno de los empleados de la perrera y nos dijeron: “Tienen que entrar ustedes a cogerla”. Así que echándole un par me metí dentro de la jaula y comencé la aproximación a aquella gata. Entrar fue sencillo, conseguir coger a Flora no lo fue tanto.

Sucedió algo que suele encantar a los físicos, y es que en un mismo espacio-tiempo tuvieron lugar dos circunstancias divergentes. Por un lado, la gata que habíamos ido a buscar huía de nosotros como de la peste, y no dejaba de hacernos saber que no quería que nos aproximáramos a ella. Bufaba y amenazaba con liberar los males del mundo a cada paso mío. Por el otro, un enorme y peludo gato negro, llamado Trece, había visto su oportunidad para escapar de aquel antro y se había propuesto no desperdiciarla. Nada más poner el pie en el recinto, aquel gato tremendo se puso de pie junto a mi y, sin saber cómo, en menos de 30 segundos había conseguido que lo cogiera en brazos y no lo soltara. Flora huía y enseñaba las garras, y aquella bola de pelo negro se había acomodado en mis brazos si admitir devoluciones. Roberto y yo nos miramos y dijimos: “Pues vale”. Dos horas más tarde Trece entraba en casa, y lo que parecía el comienzo de una bonita amistad se convirtió en un remake de “Enemigo mío”.

Trece-2

Pero eso requiere un post aparte para contarlo.

Llevo varios años evitando escribir esta entrada. Me digo a mi misma que quizá no lo recuerde lo suficientemente bien, o que es demasiado triste para que a nadie le interese. Pero es parte de la historia el aprender a querer a seres que algún día tienen que irse, aunque siempre esperas que eso suceda lo más tarde posible.

Ese fin de semana Roberto y yo salíamos de viaje, él por cuestiones de trabajo y yo para ver a la familia. Pipa venía conmigo y, como otras veces, Gata se quedaba sola en casa. Yo ya estaba camino de Granada cuando Roberto me llamó: “Oye, yo tengo que salir ya, pero he visto a la gata algo rara. ¿Podrías pedirle a Juan Carlos y Lucía (los que nos dieron a Gata) que pasen por casa a echarle un vistazo?”

Un par de horas más tarde Juan Carlos, Lucía, Roberto y yo estábamos metidos en un ir y venir incesante de llamadas telefónicas y mensajes tratando de tomar una decisión tras otra.

Cuando nuestros amigos llegaron a casa la gata apenas podía respirar. La llevaron a un hospital veterinario y allí descubrieron que la leucemia felina, ese virus en el que nadie había vuelto a pensar viendo a un animal tan vital, tan listo y tan especial, había finalmente dado la cara. Gata tenía un tumor en los pulmones que le había ocasionado un derrame pleural que le impedía respirar y le causaba dolor.

Estábamos a casi 500 km de Gata y había que decidir qué hacer. El tumor era grande y no había solución. Nuestra gatita se iba y nosotros no estábamos allí, con ella. Estábamos divididos, rotos. No queríamos que pasara ese momento sin nosotros, pero tampoco podíamos dejar que pasara tantas horas sufriendo hasta que llegásemos.

Después de hablar por teléfono con el veterinario acordamos operar a la gata para solucionar el derrame, eliminar el dolor y darnos tiempo a llegar. Ella nos esperó. Tuvo una parada cardiorespiratoria en el quirófano, pero remontó. Fuimos a la clínica a por ella y nos la llevamos a casa… tan pequeña, tan débil y tan maravillosamente cabrona como siempre. Pero sabíamos que era sólo una breve tregua, un respiro para despedirnos. El tumor no tardaría mucho en volver a afectar a la pleura. Podía volver a liberarse en quirófano, pero nos parecía inhumano hacer pasar a nadie por eso una semana y otra sólo porque no queríamos aceptar que había llegado el momento.

Los primeros momentos de esa semana fueron como siempre, igual que siempre. Pipa y Gata, Gata y Pipa, jugando, tomando el sol juntas en la terraza y viviendo el momento como si nada pudiera alterar ese instante mágico de estar todavía cuando ya vas de salida. Algo había cambiado en ella, era increíblemente cariñosa, buscaba dormir con nosotros y pasar a nuestro lado todo el tiempo posible. Hubo momentos en los que pensamos que todo había sido una equivocación. Era nuestra gatita de siempre, era imposible que hubiera un tumor comiéndosela por dentro… y esperábamos un milagro.

A los cinco días volvimos a poner los pies en tierra. Gata. No podía respirar. La cogimos con mucho, mucho cariño, sabiendo lo que iba a pasar ya, y dispuestos a que sus últimos momentos fuesen tranquilos y sin dolor. Conteniendo la angustia y las ganas de llorar escuchamos lo que ya sabíamos. De nuevo el tumor y la pleura. La gata sufría y la situación era irreversible. Se podía aplazar con nuevas intervenciones, pero no iba a curarse y no iba a mejorar. Se nos hacía un nudo en la garganta y en el estómago, porque teníamos que decirle adiós, e iba a ser en ese momento. Era más la angustia por verla sufrir que por perderla, al final nunca se pierde del todo a un ser querido, pero verle sufrir…

Estuvimos con ella mientras le administraban el sedante que precede a la eutanasia. Le cogimos la patita mientras susurrábamos que todo iba a ir bien y que ya no le dolería. Quizá los animales no entiendan y sean palabras más dirigidas a nuestra conciencia que a su entendimiento. Quizá… pero quizá no, y puede que de alguna manera ella sintiera que ese viaje que todos emprendemos solos era, en ese momento, menos solitario.

Con la primera inyección su respiración dejó de agitarse y, con la segunda, la vimos irse. Roberto y yo llorábamos como niños delante de su cuerpecillo, tan castigado y pequeño, que ya no se movía. Los gatos mueren con los ojos abiertos, tremendamente abiertos y vacíos. Algo que antes estaba ya no está, eso que llamamos vida se llevó a nuestra gata a otro sitio y nos dejó allí su maltrecha forma.

Nos la llevamos envuelta en la misma manta en la que la llevamos. Al llegar a casa Pipa olió y supo, porque pasó semanas triste, mirando la casa y oliendo los lugares donde Gata solía ponerse.

Han pasado tres años desde ese día. Cada una de las historias que he ido contando en este blog las escribí en su memoria unos meses después. Recordábamos en familia todas las trastadas que había hecho y las barrabasadas que hizo pasar a Pipa y nos reíamos tanto… pero nunca hasta ahora fui capaz de tocar el último capítulo de su vida. Han pasado tres años, pero todavía he tenido que detenerme varias veces porque las lágrimas no me dejaban avanzar. Mi gatita, nuestra gatita, se fue. Dio guerra como pocos, pero la quisimos como a nadie.

Adiós gatita, adiós.

Perro-600

En la foto no se ve, pero gata tiene puesta en la pata la vía con la que salió del hospital veterinario. Es una de las fotos que tomamos de las dos la semana antes de morir.

pato

En este instante siento una mezcla de orgullo insano y vergüenza propia y ajena. Todo junto. Por unos momentos la tentación me ha rondado y aún no sé si me he librado de ella o está preparando otro embate, como a san Antonio en el desierto. ¿Qué ha pasado? Pues que he llevado a cabo una hazaña increíble y ya me estaba viendo a mí misma haciendo giras por el mundo impartiendo charlas motivacionales sobre el eje de mi increíble experiencia. Mejor que Josef Ajram sin duda, y sin tener que hacerme tatuajes para parecer molona. Yo, enardeciendo a las masas y levantándolas de sus miserias con el poder de mi oratoria porque yo, ¡YO! he corrido 10 kilómetros sin morir en el intento (aunque poco me faltó).

¿Pero cómo llega alguien como yo, una madre de familia cuarentona con una hija en la Universidad y otra con crisis existenciales, con cuatro gatos, un perro y un marido, lograr tamaña heroicidad? Ya que insistís os contaré cómo pasó con la máxima falta de modestia posible. Y lo haré con uno de esos comienzos épicos de todos los libros de autoayuda y de esos speechs capaces de convertir en líderes mundiales a los fontaneros de hucha y palillo. Si quieren pueden, ¿no? Porque mi historia tiene todos los ingredientes de los mejores conferenciantes TED.

Hasta hace casi dos años yo no había corrido nunca. En el colegio, las clases de gimnasia en las que nos hacían dar vueltas por el patio eran un sufrimiento y una tortura peor que se te rompa el mando justo cuando comienza MHYV o alguna otra cagarruta por el estilo. En 5º de EGB vinieron al colegio unos “seleccionadores de talento” de la época para hacer pruebas deportivas a todos los niños y niñas que midieran más de 1,50. ¡Qué increíble orgullo estar entre los seleccionados! El primer día eran pruebas de fuerza, salto, estiramientos, agilidad, velocidad… ¡guau!, yo las iba pasando cual gacela. Yo era el pequeño saltamontes y Nadia Comaneci (aunque no sabía entonces quién era esa). Cuando me anunciaron que pasaba a la segunda ronda de pruebas ya me veía a mi misma subiendo al podio en las Olimpiadas, hasta que hubo que hacerlas. Se trataba de dar dos vueltas (corriendo, claro) a una pista de 500 metros en un estadio. Corrí con todas mis fuerzas… los 10 primeros metros, y los 990 restantes me arrastré con la lengua fuera mirando cómo se alejaba la espalda de todas las que iban delante de mi (que curiosamente eran todas las que competían menos yo). Cuando logré llegar a la meta… caminando, mi padre me miró con cara de chasco y me dijo lo obvio con la típica malafollá de un granaíno, luego añadió una propina: “pues has llegado la última y, por cierto, corres como un pato mareado” (al menos no me dijo que corría como Coco).

Ni que decir tiene que la vergüenza me duró años y que no volví a intentar correr. Para colmo, un médico que me examinó en cierta ocasión me dio la excusa (y la justificación) perfecta para hacer frente a mi fracaso corredor: “Tienes un pectus excavatum, tu caja torácica no se puede expandir, nunca podrás correr más allá de evitar que se te escape el autobús, siempre que no esté muy lejos”. ¡Qué bien!, no había quedado la última por manta, ni porque me pesara el culo, sino porque tenía un pectus excavatum.

Pasaron los años, y mi pectus excavatum y yo entablamos una buena amistad.

-¿Quieres venir a correr?

-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.

-Ahhhhh, entiendo.

Fueron tiempos de inocente complacencia y conveniente comodidad. Hasta hace dos años en que, hablando con un amigo médico…

-¿Te vienes a correr?

-No puedo correr, me ahogo porque tengo un pectus excavatum.

-Eso no tiene nada que ver. El cuerpo es capaz de compensar cualquier cosa. Si practicas puede correr.

-Ahhhhh, entiendo (aunque por dentro pensaba si eso era cierto llevaba años haciendo el canelo).

Todavía tenía clavada la espina de aquellas pruebas deportivas y la cara de churro de mi padre. Así que probé. Como en todas las historias de gran superación, al principio apenas logré recorrer 50 metros sin desmayarme, pensando que mi amigo se equivocaba, y que un pectus excavatum era un pectus excavatum. Luego, poco a poco, ocurrió el milagro. Mi increíble determinación personal y el ritmo de The Verve me condujeron de los 50 metros a los 500, y de ahí hasta las estrellas y más allá. Logré hacer 1,5 km en 14 minutos (una caca de tiempo, pero para mi era como haber escalado el Everest). Después bajé el tiempo a 7 minutos y subí la distancia a 2 km.

En julio de 2014 me ponía como reto correr 30 minutos sin parar y en octubre de ese año hacía 4,5 km en 35 minutos. Entonces decidí apuntarme a mi primera carrera popular en la distancia de 5 km. Eran 4,5 en realidad, pero los hice en 32 minutos sin parar y sentí que acababa de saldar una deuda pendiente con mi infancia. Aunque tuve que darle la razón a mi padre después de ver el vídeo de mi entrada a meta: efectivamente, parecía un pato mareado.

Seguí corriendo intermitentemente pero feliz, porque había algo que siempre creí que no podría hacer, y sí que podía.

¡¡Ah!!, pero ahí estaba el hado incierto, el fatal destino, esperando para abalanzarse sobre los ingenuos que se atreven a desafiarle (¡joder, que me emociono con lo bien que me ha quedado eso!). El año 2015 me trajo de regalo la condromalacia rotuliana, la espondilosis lumbar, la ciática y la hernia de disco. Pero como esta es una historia de superación (o de inconsciencia, aún lo estoy decidiendo), me pasé por el refajo el diagnóstico del médico y seguí corriendo, hasta mi más reciente logro: acabar una carrera de 10 km en un tiempo (penoso pero mío) de una hora y catorce minutos. Si con un pectus excavatum podía hacer eso, ¿qué no haría con aquello? Y la verdad es que habría quedado muy bien hasta ahí. Enfermedad degenerativa, reto deportivo y espíritu de victoria en una misma historia. ¿Soy la leche o no?

Pero para ser del todo correctos y no animar a que la gente haga el tonto con su cuerpo y su salud, tengo que hacer una aclaración. En problemas de salud como estos se recomienda hacer ejercicio, aunque dependiendo del médico y la forma de hacerlo, el running se desaconseja por el impacto sobre las rodillas y la espalda. Sin embargo, como cada especialista tiene una opinión al respecto, decidí bajo mi propio riesgo, seguir el consejo que me pareció más sensato: “haz todo el deporte que puedas y quieras siempre que no te cause daño”. Y así lo hago. Especialmente porque si no hago ejercicio, el cuerpo se me empieza a poner rígido y empiezo a caminar, no como un pato mareado, sino como el monstruo de Frankenstein recién bajado de la camilla. Y corro porque creo que nunca me he quitado del todo el mal sabor de boca de aquel día en el estadio, y porque siempre sentí envidia de la gente que podía despegarse del suelo y era capaz de hacer que su cuerpo y su mente resistieran un kilómetro detrás de otro. Corro despacio porque no quiero tener que dejar de hacerlo. Quiero poder seguir resistiendo tiempo aunque la velocidad sea de pena, o aunque como en mis primeros 10 km en una carrera popular, llegue casi al lado del coche escoba. Me da igual porque el logro para mi no está en hacerlo, sino en que siempre creí que no podría.

No son los triatlones extremos de Arjam ni su “life trader”, pero para mi es como si lo fueran.

La gata se divertía enormemente persiguiendo cordeles, hilos y, especialmente, cualquier polilla o mosca que se colara por la ventana. Como todos los gatos, supongo. Era una auténtica cazadora. Una de las cosas que solía hacer era engancharse a los cordones de las sudaderas con una habilidad depredadora increíble. Cierta vez que íbamos a salir a cenar fuera,y  con la previsión de llegar tarde a casa, Roberto le dejó a Gata un largo cordel con un juguete colgando del extremo. Como no encontró otro lugar mejor, ató el cordel de marras al pasador de la puerta de entrada.

Cuando salíamos de casa me quedé mirando el cordel pensando, sólo durante unas décimas de segundo, si no habría alguna posibilidad de que el pestillo se corriese accidentalmente durante el juego de la gata. Fueron sólo unas décimas de segundo. La imagen me parecía demasiado rocambolesca para que pasara de verdad. ¡Ja!

Eran casi las dos de la madrugada cuando llegamos a casa, y al ir a abrir la puerta nos encontramos con que estaba bloqueada desde dentro. La puerta se abría apenas lo suficiente para que pasaran los dedos de la mano y, desde luego, para que la perra, desesperada por hacer sus necesidades, asomara el hocico gimiendo y llorando de impotencia.

¿Hace falta que diga lo que había pasado? Eso mismo. Gata se había enganchado del cordel y había desplazado el pasador. Resultado: nosotros no podíamos entrar en casa y la perra no podía salir.

Tardamos más de dos horas en encontrar una forma de abrir el pasador desde fuera sin tener que recurrir a un cerrajero de urgencias, Pipa pudo hacer sus cosas, nosotros pudimos dormir en casa y Gata… Gata sólo observaba desde el mueble de la entrada sin perder detalle.

Pipa-gata-caseta

 

Cuanto más lo pienso, más extraña me resulta la relación entre perros y gatos. Y una de las cosas que más me choca es el tema higiénico.

Mientras que la gata es, como todo miso, un bicho bastante limpio (salvo cuando se mea en el puff), la perra, por el contrario, disfruta con la guarrería.

Entre las extraordinarias cosas de las que disfruta es de revolcarse en el césped del parque. Las primeras veces que la vi hacerlo pensé, ingenua de mí, que simplemente se divertía haciendo volteretas. Más tarde comprendí que para ella era algo parecido a ir de compras con una tarjeta de crédito ilimitado, en plan: “¡Qué olor tan rico! Me lo llevo… y este, y este, me los llevo todos, es más.. ¡¡¡me los llevo puestoooooosss!”.

Más tarde comprobamos que ese afán de “comprador” compulsivo podía llegar mucho más lejos.

Uno de esos días que la sacaba a pasear por El Retiro a las 6 de la mañana divisé, en medio del camino, un obstáculo. Antes de que pudiese darme cuenta de que se trataba de un enorme mojón de boñigas de caballo, Pipa ya había saltado sobre él y estaba, literalmente, bañándose en caca de jamelgo. Llegar tarde a trabajar porque has tenido que bañar a tu perra de buena mañana, es una excusa difícil de hacer tragar.

Más tarde, una soleada tarde de invierno, nos tumbamos sobre un pradito de El Retiro Roberto y yo, mientras Pipa correteaba de un lado a otro, más feliz que una perdiz. La vimos practicar su deporte favorito: revolcamiento sobre hierba. La perra, cada vez más feliz, se restregaba con más y más alegría, hasta que comenzó a llegarnos un tufillo a caquilla bastante sospechoso. Para cuando quisimos darnos cuenta de que la que traía y llevaba aquel aroma consigo era Pipa, ya estaba embadurnada hasta las orejas (por dentro).

Todo el camino de regreso a casa la perra fue brincando de olorosa felicidad. No tenía ni idea de que, al llegar, tendría que bañarse. Es una de las cosas del mundo que menos le gustan.