Una de mis tías solía exclamar entre suspiros: “¡Lo que sufrimos las madres solteras!”, cada vez que en alguna reunión familiar alguien contaba alguna pena, una alegría, un chiste o lo que fuera. Vamos, que no perdía ocasión de soltarlo. Mi tía no era madre soltera aunque tuvo, como muchas mujeres en aquella época, que casarse de penalti.

Me acuerdo mucho de aquella frase, especialmente cuando pienso en todas las cosas que se llegan a hacer o aguantar por los que quieres, tengan dos piernas o cuatro patas. Me recuerdo y me veo haciendo cosas que no podría contar en una reunión de amigos sin que dijeran que estoy muy, pero que muy mal. ¿Ejemplos?

Como la Loli  tiene ese espíritu tan “sociable” que, básicamente tiene que ir a hacer sus necesidades a escondidas para que el resto no le zurren, se pasas demasiadas horas sin hacer pis, y los riñones los tiene engrosados. Ahora, varias veces al día la cogemos, echamos a todos los gatos del lavadero, la metemos a ella y nos quedamos bloqueando la puerta para asegurarnos de que hace sus cosas sin interrupciones.

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(Loli reunida consigo misma en algún lugar elevado y apartado del mundo)

Como a Maya le encanta tanto roer (los agujeros en mis colchas, cojines, calcetines y edredones lo prueban) alguna vez le he comprado huesos de pellejo para que se entretenga. El problema es que se entretiene tanto que no sale a saludar cuando llega alguien, te ignora cuando la llamas, no le ladra al timbre de la puerta y, cuando se está orinando, coge su hueso entre los dientes, se mete debajo de la mesa del comedor, mea, y se regresa al sofá a seguir royendo como si nada.

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(Este es mi cargador de iPod después de pasar por los dientes de Maya)

Como Trece vive permanentemente resfriado hay ocasiones en las que, cuando estornuda, echa unos mocos verdes, largos y pastosos que se le quedan colgando de la nariz y, en ocasiones, se le pegan en la cabeza. Cuando eso pasa nos toca ir detrás del gato para limpiarle los mocos antes de que se los coma y a nosotros nos dé un ataque de asquito.

Igual cuando se pone malo del estómago y tiene diarrea. Como tiene el pelo tan largo, y con todo lo grande que es todavía no sabe tapar su caca, en ocasiones se le quedan restos el el pelo alrededor del ojete. Generalmente nos damos cuenta cuando el gato salta sobre nosotros y se nos sienta encima. Ese es uno de los momentos más “¡mayday!, ¡mayday!” que se pueden vivir. Movilización general: uno agarra al gato todo despatarrado, con el culo para arriba, mientras otro corre a buscar toallitas higiénicas y empieza a dejarle el agujerillo del culo (y alrededores) como una patena. Cuando te pilla estando solo la cosa es bastante más divertida.

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(Además de moquear, a Trece le encanta dormir panza arriba sobre tus apuntes cuando estudias. Sus favoritos son los de química)

Como conté antes, el carácter asocial de Loli hace que nadie quiera jugar con ella (ni ella con nadie, seamos sinceros), por lo que la pobre se mete cada vez más en su cebolla a lo Shrek. La única forma que hemos descubierto que hace que baje sus defensas emocionales y se enternezca es lamiéndole la cabeza de vez en cuando. ¿Que cómo lo sabemos? No preguntes si no quieres conocer la respuesta.

Como Maya todavía es joven y tiene algo de mamitis, tengo que dejarla entrar al baño cuando voy a ducharme. Generalmente Loli también está ahí. Mientras estoy bajo el agua Maya se entretiene en comerse la alfombrilla del baño y Loli se tumba en mi toalla. Cuando salgo tengo que hacer malabarismos para no pisar a la perra (que por supuesto no se quita), y echar a Loli para poder secarme, al tiempo que me embadurno de buena mañana de una parte de mi ración diaria de pelos de gato.

Pipa es una especie de Sheldon Cooper para el sofá. Tiene su sitio, es el que le gusta y donde quiere ponerse. Le da igual si hay tres personas prietamente sentadas. Después de lloriquear, gemir y aullar, saltará encima y presionará con todo su ser para que, milagrosamente, el sofá ensanche 30 cm más y pueda caber. Como eso no ha pasado todavía, se sube al brazo del sofá y se te queda mirando fijamente, muy fijamente, hasta que te levantas y te vas o aceptas ver la película con ella tumbada encima. Sólo son 12 kilos pero, como dice el hombre del tiempo, la “sensación térmica” es de muchos más.

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(Estés donde estés, ellas quieren estar contigo)

A Pipa le encanta revolcarse en el césped cuando vamos al parque. Impregnarse de los olores de la naturaleza y disfrutar del frescor de la hierba verde. Más de una vez, al regresar a casa he ido a limpiarle el barro que se le había quedado pegado en el cuerpo y…, bueno, no era barro. ¿Tienes prisa por ir a alguna parte? Pues no la tengas, porque en ese momento toca perseguir a Pipa por la casa, porque cuando se huele que hay baño sale corriendo a esconderse debajo de algo y se deja caer como si se quedase pegada al suelo. Hay que arrastrarla, tirar de ella, empujarla hacia el baño y lidiar con una mirada de condenado a muerte mientras le echas agua y champú.

En fin, así nos entretenemos y pasamos los días. Tengo hijas y tengo animales, y puedo constatar que no dan más trabajo los animales que los niños. Ambas cosas son, y serán siempre, cuestión de responsabilidad y de cariño. Aunque sea escatológico, cuando quieres a alguien y te sientes responsable, te da lo mismo que los mocos salgan de una nariz humana que de una animal.

Que los gatos son unos animalejos la mar de excéntricos lo sabe todo hijo de vecino. Pueden pasar de ser los almohadones más pacíficos y esponjosos a dejarte el cuerpo como un ecce homo, sólo porque un ruidito los asustó mientras los acariciabas.

El gato se pondrá de madrugada a maullar desesperadamente ante tu puerta cerrada, exigiendo “déjame entrar”, para luego mostrarte cómo se alejan él y su ojete al abrir.

El gato sabe exactamente en qué umbral de qué puerta extenderse para que los perros no puedan pasar.

El gato se colará en el baño cuando vayas a hacer tus necesidades. Se subirá sobre tu regazo, saltará al lavabo para exigir que le abras el grifo, atacará el papel higiénico, rascará la toalla y luego se te quedará mirando fijamente mientras tú sigues ahí sentado.

El gato puede quedarse dormido en prácticamente cualquier sitio. Tú le comprarás colchones y cunas para que descanse su regio cuerpo, pero siempre preferirá dormir (y embadurnar de pelos) sobre cualquier prenda de vestir tuya que hayas tenido el descuido de dejar por ahí.

La lista es tan larga como extravagante, pero una de las cosas más curiosas de los gatos es que son adictos a las drogas. En realidad se podría decir que nacen en estado de rehabilitación, pero recaen en cuanto se les pone la tentación por delante.

Casi todos los que tienen gatos conocen el catnip (Nepeta cataria o hierba gatera) y los efectos que producen en ellos. Básicamente se vuelven locos por el olor de esa planta. Puede ser divertido ver cómo la majestuosidad e impasibilidad del gato se van a la porra en cuanto le poner delante unos “gramitos” de catnip. Literalmente se colocan. Y como parece que ese estado de colocón les relaja, alguna que otra vez, cuando los mininos están tensos por haber ido al veterinario o por la entrada de un nuevo animal en casa (o si se les quiere enseñar a que prefieran su cama a tu cama), se pulveriza esencia de catnip en algunos lugares de la casa y se emocionan mucho. Ese es el uso teórico del catnip, pero últimamente su uso fundamental es el de crear contenidos para YouTube.

En casa usamos alguna vez el catnip en pulverizador para convencerles de que rascaran el rascador, en lugar del sofá, aunque sin mucho éxito.

Para nosotros fue toda una sorpresa descubrir (por accidente) que había otra hierba que les ponía igual de tontorrones que el catnip: la valeriana.

Fue uno de esos días que llegas a casa por la noche con todo el cansancio del trabajo, y decides relajarte tomándote una infusión que te ayude a dormir. Así que, mira por dónde, teníamos valeriana en casa y preparamos unas infusiones. Inocentes de nosotros, dejamos la caja con las bolsitas de valeriana sobre la mesa de la cocina y nos llevamos nuestras tazas calentitas al comedor. Piernas en alto, una película, la valeriana… todo relax.

Nos extrañó no ver a ningún gato merodeando para acomodarse encima. También nos pareció raro la cara con la que, pasado un rato, vinieron en tropel a subirse a la mesa donde estaban las tazas para intentar restregarse contra ellas.

En un momento se produjo el desastre. Una taza volcada, la otra sujeta en vilo con una mano y alejando a un gato con la otra y, mientras, otros dos mininos intentaban embadurnarse del líquido derramado. Claro que cuando llegamos a la cocina para coger algo con lo que secar aquel lío vimos la caja de valeriana hecha pedacitos y las bolsitas reducidas a fosfatina. Los restos de la hierba estaban diseminados por todo el suelo, y se conoce que cuando ya no pudieron encontrar nada sólido contra lo que frotarse los hocicos, se lanzaron contra las tazas. Nunca más volvimos a comprar valeriana… hasta hace unos días, aunque fue sin querer queriendo.

Dado el zoo que tenemos en casa todo lo que es comida, arena, premios, bolsas y demás las compramos siempre por Internet. Una vez al mes llegan al menos dos cajas llenas de provisiones y, de vez en cuando, con los puntos acumulados Roberto compra alguna cosa extra.

El último pedido era crítico. De pronto nos habíamos quedado sin comida seca ni húmeda de perro y de gato, sin arena, sin premios, sin bolsas… Así que cuando llegaron las cajas las abrí, cogí lo que necesitaba para ponerles de comer y las dejé abiertas en la entrada para colocarlo todo más tarde.

Pero lo que pasó más tarde es que había tres gatos locos mordiendo y arañando la caja. Dentro había un regalo inesperado: dos bolsitas de tela rellenas de valeriana. Muy locos, de verdad.

Saqué los saquitos del envoltorio de plástico y les arrojé las bolsitas. Al momento Trece se apoderó de una. La agarró con los dientes y se la llevó a donde pudiera disfrutarla en soledad y babear a su antojo. La otra se la repartieron entre Mac y Eme. Primero la acaparó Eme, pero abusó tanto de los restregones que acabó muy perjudicada encima de un mueble, con las pupilas dilatadas y la mirada perdida (ahí está la foto para probarlo). Estuvo así un par de horas al menos, tiempo que aprovechó Macario para atacar la bolsa. Y cuando la bolsa no fue suficiente, el envoltorio en el que venían.

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A todo esto, Maya intentó alguna que otra vez quitarle la bolsa a los gatos. Un par de veces lo consiguió, pensando que aquello que tanto entusiasmaba a la peña felina debía ser muy guay. Primero la cogía con mucho entusiasmo, pero luego la iba medio escupiendo, hasta dejarla colgando de dos dientecillos para, finalmente, soltarla con cara de asco. Después de eso la perra se quedó tumbada en el suelo mirando a los gatos, igual que el nerd de clase contempla desde la calle una fiesta a la que no ha sido invitado.

Resultado:

Maya marginada.

Mac haciendo pedacitos el cartón del envase.

Eme sobre un mueble en pleno “viaje”.

Trece dejando charcos de babas por toda la casa y, finalmente, meándose del gustirrinín al lado de la bolsa.

Loli, para variar, no se enteró de la película hasta dos días después, cuando las bolsas ya estaban muriendo.

La única lista ahí fue Pipa, que dejó que todos disfrutaran de su festival y despertaran de su resaca, mientras ocupaba tranquilamente todo el espacio en el sofá.

Dicen que cuando tienes hijos ya no vuelves a dormir bien. Se queda algo corto pero, básicamente, es cierto. Al nacer mi segunda hija, cuando la primera tenía sólo 17 meses, pasé los primeros 90 días durmiendo apenas tres horas seguidas. Recuerdo una vez que vinieron a visitarnos a casa y me quedé dormida con los ojos abiertos. Una parte de mi cerebro se esforzaba por dar respuestas monosilábicas a las típicas preguntas sobre la niña: “¿Come-caga-duerme bien?”, y la otra parte se quedó frita y empezó a soñar que dormía.\r\n\r\nIncluso cuando los hijos crecen queda latente eso que llaman “sexto sentido”, que suena muy guay, pero que es más como una de esas apps puntuales que se instalan en el móvil. Cuando deja de ser útil la desinstalas (o eso crees), pero vuelve a activarse cuando menos te lo esperas y sólo te libras de ella tirando el teléfono por la ventana desde un séptimo piso.\r\n\r\nCuando Pipa llegó a casa, Roberto y yo nos dijimos con convicción que la perra no se subiría ni al sofá ni a la cama. Somos unos blandos. No sé en qué momento fue, posiblemente la primera vez que se puso malita o tuvo miedo, o quizá cuando llegó Gata, pero a partir de ese momento la cama ya no volvió a ser nuestra. Las noches en casa son un auténtico cachondeo, y causa de más de una contractura severa. Nuestra cama es el objeto de deseo por el que todos los animales de la casa compiten.\r\n\r\ncama\r\n\r\nA la hora de dormir Pipa se levanta la primera del sofá y sale disparada para el cuarto. Eso si no se ha olido la película antes y cuando llegas ya está apalancada sobre el edredón. Enciendes la luz del cuarto y te la encuentras ya ahí, mirándote de medio lado mientras en su cerebro perruno suena la letra de “No nos moverán”. En esos momentos Pipa deja de ser una perra para convertirse en un misterio de la física. ¿Sabes lo que es una enana blanca? Una enana blanca es una estrella que se ha comprimido tanto sobre sí misma que se vuelve súper densa, de manera que en un tamaño muy pequeño (por ejemplo 1 cm) puede acumularse tal cantidad de masa, que sea imposible moverla. Pues eso le pasa a Pipa cuando se sube a la cama, que ya no hay quien la baje. Se agarra de tal manera a la cama, se engurruñe tanto y es tal la forma en la que se resiste, que no es fácil siquiera de desplazar. Encima te mira fijamente a los ojos mientras intentas echarla, por lo que a la fuerza que hay que ejercer hay que sumar el peso acumulativo de la pena.\r\n\r\nLa mayoría de las ocasiones conseguimos bajarla sólo porque Roberto la agarra en brazos y la mete en su colchón. Pero es como intentar que un click de Playmobil beba un vaso de agua. Se queda absolutamente rígida, sin dejar de mirarte y menear la cola hasta que apagas la luz. En ese momento se sale del colchón y comienza a dar vueltas alrededor de la cama haciendo tikitikitikitikiti con las uñitas sobre el parquet. Tikitikitikiti para un lado, tikitikitikiti para el otro. Ahora te respira en la oreja, ahora te huele los pies. Tikitikiti de nuevo. La habitación está a oscuras, pero a pesar de eso sientes claramente cómo clava su mirada en tu conciencia culpable. Después del vigésimotercer tikitikitikiti suelen pasar dos cosas: o que uno de los dos (Roberto o yo) gritemos “¡Ya vale Pipa, sube de una vez y deja de hacer ruido!”, o que la perra espere a que nos durmamos para pegar un brinco y volver a agarrar posición en la cama.\r\n\r\nEl problema con Pipa es que es un auténtico bodoque, un bulto inamovible con el que tropiezan tus piernas cada vez que quieres estirarte, una grapa que impide la fluidez del edredón. Pero pongamos por caso que consigues acomodarte a pesar de tener medio cuerpo al aire y una postura imposible, y dormirte. Cuando refresca por la mañana empieza a escarbar con el hocico, como un cerdo buscando trufas, para meterse debajo del edredón, y ahí se queda hasta que la necesidad de hacer pipí o pupú es tan fuerte que la obliga a salir contra su voluntad. Si no, estoy convencida de que podría empollar huevos ahí dentro.\r\n\r\nAlgunas veces me da por pensar en cuál de todos los animales que tenemos en casa me comería primero en caso de Apocalipsis zombie, y siempre me viene a la cabeza el mismo nombre: Eme. Si hay alguien que encarne a la perfección el terror nocturno esa es Eme. Con ella no te puedes hacer el dormido. Ella sabe perfectamente cuándo acabas de coger el sueño, y ese es justamente el momento que aprovecha para saltar sobre ti desde la cómoda con un maullido de guerra. Todavía te estás preguntando qué ha pasado cuando sientes una opresión en el pecho y diez garras clavándose sobre tu carne. Luego se acomoda, te muerde la nariz y se duerme.Cuando se cansa usa tu cuerpo como trampolín y salta hacia otros lares.\r\n\r\nEn fin, son cosas como esas las que hacen que la considere primera candidata al sacrificio. Luego hace cosas como velarte día y noche cuando estás con fiebre, y entiendes que deshacerte de ella no es una opción en ningún caso.\r\n\r\nA veces lo que pasa es que te despierta un curioso cosquilleo: es la cola de un gato pasando una y otra vez bajo tus bigotes. No es nada agradable la experiencia de despertar en mitad de la noche y ver un ojo que te mira fijamente a menos de un centímetro de tu cara, especialmente cuando se trata del ojo del culo de Trece.\r\n\r\nHa habido días por la mañana que, haciendo recuento, había 7 seres en la cama. Estábamos todos menos Loli, que se automargina.\r\n\r\nLa buena noticia es que esto sólo pasa en invierno, cuando hace frío por las noches. En verano todo el mundo busca los rincones más frescos del suelo para tirarse, y nadie conoce ya lealtades ni derechos sobre la cama. Verano en la única época del año en la que subimos a Pipa a propósito a la cama, sólo para ver cómo la muy traidora se larga corriendo en cuando cree que estamos dormidos.\r\n\r\nPero que uno o dos animales te salten encima sin ningún cuidado, o te babeen, o te claven las uñas, o te muerdan, o reclamen cariño en mitad de la madrugada no es lo único que puede pasarte de noche.\r\n\r\nComo con los niños, los animales también se enferman por la noche. En el mejor de los casos Pipa puede despertarte jadeando, señal inequívoca de que se está haciendo pupú y que hay que salir sí o sí a la de ¡ya! ¿Que son las cinco de la mañana? Decide qué prefieres, ¿sacarla o limpiar diarrea en casa?\r\n\r\n¡Ah!, cuántas veces llegábamos a casa de madrugada después de tomar algo por el centro de Madrid y veíamos a gente en la calle, con el abrigo encima del pijama y cara de dormida, paseando al perro. Cuántas veces nos mirábamos y pensábamos: “¡Menudos pringaos!”Ahora nos miramos igualmente, pero conscientes de que los pringaos somos nosotros.\r\n\r\nsiesta\r\n\r\nPero puede ser peor. Puedes levantarte de madrugada para ir al baño, con los ojos cerrados y descalzo para no desvelarte y pisar un vómito, una bola de pelo, un pis o una caca. Y no tengo nada más que decir.\r\n\r\nContando estas cosas podría parecer que quiero desanimar a la gente y que no tenga animales, pero no es así. Cuando tienes hijos, igual que cuando tienes animales, hay que cuidarlos y responsabilizarte en lo bueno y en lo malo. Jugar con ellos es divertido, observarlos enseña mucho y, de una forma que no se puede explicar, son capaces de despertar una inmensa ternura y amor. Pero nada de eso pasa ni se disfruta sin entender que forma parte de un pack en el que también, a veces, te tocará despertar al tufillo de una peste tremenda porque alguno de ellos se ha enfermado y no ha llegado a tiempo de avisar que necesitaba salir. Los quieres porque compartes con ellos por igual los momentos de diversión y los cuidados. Por eso, aunque cuente estas cosas como si hablara de una tortura forzosa, no es así. Y es rara la vez que, incluso después pasar la noche en vela porque a todos les ha dado por ir a dormir encima de ti, acabas riéndote recordando la escena. Alguna vez, estando muy cansados, hemos cerrado la puerta y los hemos dejado a todos fuera del dormitorio. Hemos dormido, es cierto, pero también los hemos echado de menos. Y esto sólo puede entenderlo quien lo haya vivido.

La vida seguía su curso. Eme acosaba a Loli, Maya acosaba a Eme y Trece acosaba a Maya. Un día mi hermana dijo que se casaba. En Málaga. Con un ingeniero italiano. Y para Málaga que nos fuimos a celebrarlo. Dejamos a una amiga en casa cuidando de la fauna salvaje y nos dimos un viajecito en coche un sábado hasta la tierra de los boquerones.\r\n\r\nAl regreso (domingo), las perras estaban como locas de contentas. Con los perros da igual el tiempo que te vayas, tanto si sales y vuelves a entrar porque se te han olvidado las llaves como si te marchas un mes, la fiesta siempre es la misma. Por contra, los gatos se hacen los encontradizos con el perverso objetivo de despreciarte en cuanto intentas acercarte. Te guardan rencor por haberte ido, por haberles dejado sin un cuerpo que mullir con sus uñas durante la noche. Menos mal que te perdonan en cuanto llega la hora de comer, y rápidamente vuelven a regalarte esos clavamientos de garras nocturnos que tanto “añora” uno cuando duerme una noche fuera de casa.\r\n\r\nComo decía, regresamos de Málaga. El recuerdo del enlace eran unas bonitas flores artificiales. Las habían traído desde el pueblo del novio, en Italia. Los pétalos eran peladillas, envueltas y unidas al centro por una finísima tela que convergía en un largo alambre envuelto en papel verde. El conjunto era de una delicadeza maravillosa. El típico regalo comestible, incombustible e incorruptible, tan bonito que sabes que nunca te lo comerás, pero que guardas porque es un último recurso, mitad alimento, mitad arma, en caso de apocalipsis zombie.\r\n\r\nPuse mis flores en lo alto de una estantería, lo suficiente como para que ningún bicho pudiera alcanzarlo, y me puse a trabajar. Era lunes.\r\n\r\n¿Sabéis? Con el tiempo uno aprende muchas cosas, y una de las primeras que aprendes cuando tienes niños es a temerte lo peor cuando no los oyes armar jaleo o no están al alcance de tu mirada. Lo mismo aplica para los perros.\r\n\r\nDurante el desayuno Maya se había dedicado a perseguir a Mac por toda la casa, saltar sobre él y mordisquearle el cuello. Mac protestaba y trataba de esconderse, pero Maya, plena de alegría y ganas de juego, bloqueaba los intentos de huída del gato y lo agarraba con las patas. Mac intentó defenderse con las uñas un par de veces, pero Maya lo miraba como quien mira un insecto y volvía al ataque. Una vez que habían comido todos y pude ponerme a trabajar, cada uno se fue a su rincón a echar la siesta. Las perras, como siempre, a mi lado, y el resto repartidos por rincones oscuros, armarios y cajas.\r\n\r\nCon el tiempo Pipa ha aprendido a estar tranquila y no agobiarse cuando no estamos cerca. Maya todavía no. Si estoy dándole a las teclas y ellas roncan al lado, da igual lo suave que me levante para ir al baño o hacerme un café, Maya siempre viene detrás. Siempre. Y cuando vuelvo a mi silla frente al ordenador, ella viene detrás, sube a su sitio y se duerme. Siempre es igual. Por eso, cuando me levanté para ir al baño y vi que Maya no estaba, me preocupé y la busqué.\r\n\r\nMaya estaba en el sofá devorando algo desesperadamente. Al lado, muy cerca, Mac estaba sentado plácidamente, sin apartar la mirada de Maya. Cuando me acerqué sólo pude quitarle de la boca el alambre que hacía las veces de tallo del comestible, incombustible e incorruptible recuerdo de la boda de mi hermana. Aquella escena ya la había visto antes, hacía justo tres años: la difunta gata contemplando cómo Pipa se zampaba las chocolatinas que ella misma había sacado de una maleta. En aquella ocasión tuve la sospecha de que el atentado había sido deliberado. Ahora, al ver a Mac en las mismas, no me cupo la menor duda: se subió a propósito al mueble y tiró única y exclusivamente las flores para que Maya se las zampara, y Maya, siguiendo el plan como una gallina entrando al corral, agarró el premio y se lo fue a comer.\r\n\r\nLa verdad es que sentí cierto alivio al ver que se había comido las peladillas y no algo peor. Ahí, pensé, Macario no ha sido tan maléfico como Gata. ¿Por qué no se encenderá una bombilla roja cada vez que subestimamos a un gato?\r\n\r\nLlamé a Roberto para reírme con él de la ocurrencia de Mac y prever el subidón que iba a tener la perra a causa del azúcar. Jajá, jijí. Entre risas dije, recordando el incidente de Pipa, que ahora me comería yo la flor que quedaba viva para asegurarme de que dentro sólo había una inocente almendra. Efectivamente, Maya comenzó a ponerse bastante histérica a causa del azúcar y a mi empezaba a darme la risa a ratos al verle la cara de loca con anfetas. Seguí trabajando y al rato, por curiosidad no más, cogí una de las peladillas de la otra flor y me la comí.\r\n\r\n¿Recordáis esa escena de Parque Jurásico en la que el informático traidor está intentando escapar con los embriones de los dinosaurios para venderlos? Cuando su vehículo se queda atrapado en el barro, un dinosaurio en miniatura llega a observar a su posible presa. Como no podía ser de otra manera el tipo lo desprecia y… bueno no debió hacerlo. ¿Y esa otra de un niño insoportable que se queda solo en casa y se echa loción para después del afeitado en la cara? Pues así me sentí yo cuando me comí la peladilla y me di cuenta de que estaban rellenas de chocolate. Aquello dejaba de ser una travesura para convertirse en un intento de asesinato. Macario resultó no ser un sicario tan torpe como pensaba.\r\n\r\nPues nada, a salir corriendo para el veterinario.\r\n\r\nflor

Hay momentos en la vida en los que todo cambia. El mundo da una vuelta de 180º y te quedas mirando al infinito con cara de tonto, preguntándote cómo has podido llegar a esa situación. Yo sabía muy bien cómo había llegado a esa situación, y esta vez no podía echarle la culpa a Roberto, porque la responsabilidad era mía y sólo mía.\r\n\r\nFue un 6 de mayo cuando fuimos hasta el parking de un centro comercial de Getafe, a recoger a un chucho de dos meses rescatado de un vertedero de basuras. El animal se llamaba Zara, pero dado que a todos nos recordaba la cadena de tiendas de ropa, y como encima Roberto (como buen latino) tiene ciertas dificultades para pronunciar la zeta sin que parezca que necesita ir al logopeda, decidimos cambiárselo por Maya (por el mes de mayo, no por la abeja).\r\n\r\nCreo que hacía tiempo que no estábamos todos tan nerviosos. Maya llegaba para quedarse, y lo que esperábamos todos era que se llevara bien con Pipa y Pipa con ella. Si no, los próximos años iban a ser muuuuuy divertidos. Yo contuve la respiración al llegar a casa con la cachorra para ver cómo reaccionaban todos: Loli (como era de esperar) ni siquiera salió a saludar, Mac se fue a esconder, Eme se erizó y Trece fue, prudente pero valiente, a oler al intruso antes de decidir si exterminaba la amenaza o pasaba de ella. ¿Y Pipa?\r\n\r\nCuando Pipa vio a la recién llegada nos miró, la miró, nos miró otra vez, la volvió a mirar, olisqueó en la distancia y se negó a acercarse.\r\n\r\nAquel primer encuentro no parecía muy prometedor.\r\n\r\nDejamos a la cachorra reconociendo la casa y dejando que el resto de los habitantes de la casa se acercaran a olerle el trasero. Pipa la controlaba desde una distancia prudencial, pero si Maya se acercaba demasiado le gruñía con cara de muy pocos amigos y a nosotros se nos ponía un nudo en la garganta.\r\n\r\nCuando la cachorra llegó olisqueando a nuestro dormitorio y vio el colchón de Pipa saltó dentro sin dudarlo y se puso a dormir. No hubo manera de echarla de ahí.\r\n\r\nAquello tampoco parecía bueno. Habría que tener mucha paciencia.\r\n\r\nLos ojos de Pipa parecían querer salirse de las órbitas ante aquella invasión inesperada de sus escasas posesiones. Pero acostumbrada como estaba a que los gatos la ningunearan, bajó la cabeza y se dio media vuelta con cara (como dijo mi hija Laura) de Oliver Twist. Pero como no hay mal que por bien no venga, Pipa aprovechó la coyuntura para saltar con todo el descaro a nuestra cama cuando llegó la hora de dormir, sabiendo que nuestro sentimiento de culpa por permitir que le quitaran su cama le daba carta blanca para compartir el colchón grande.\r\n\r\nTambién le quitó su sitio en el sofá, sus juguetes y su comida.\r\n\r\nmaya-peque-dormida\r\n\r\nLos días siguientes fueron intensitos. Maya se reveló como un verdadero desastre natural, nada extraño por otra parte en un cachorro de dos meses. Su ritmo de mear y cagar por la casa superaba con creces nuestra capacidad para limpiarlo. Tal cual estábamos terminando de fregar uno, la muy bicha ya se estaba agachando para soltar otra descarga. Le daba igual que fuese el suelo, el sofá o una cama, así que comenzamos rápido a limitarle el acceso a ciertos lugares de la casa si no había alguien montado guardia para no quitarle ojo de encima.\r\n\r\nMaya-cara-buena\r\n\r\nEso por la parte de los pipís, luego estaba el tema dientes. Igual que pasa con los bebés humanos, mientras un perro cambia los dientes de leche su obsesión es morderlo todo. A Pipa le dio por los mandos de la tele, los cargadores de móvil, una mesa y los bluetooth. Maya (así a la cuenta gorda) se comió una pared, continuó la obra inconclusa de Pipa con los rodapiés de madera, destripó uno de los cojines del sofá, dejó marcas en las patas de las sillas, se zampó un vestido, dos camisetas, tres pares de zapatos y los cordones de las Converse de Laura, destruyó sin piedad los dos rascadores de los gatos, varios peluches, la tela del somier nuevo y, finalmente, inutilizó uno de los dos colchones nuevos que compramos a Pipa para sustituir el que Maya le había usurpado (el otro sólo lo meó y le sacó la espuma por un agujero).\r\n\r\nMaya-sofa\r\n\r\nAunque Pipa le hacía poco o ningún caso a Maya y no permitía que se le acercara, la enana era inasequible al desaliento. Le daba igual cuántas veces Pipa le gruñera o ladrara, o que se largara de la habitación cada vez que ella llegaba; Maya se acercaba para jugar con ella como si nada y se llevaba un responso… el problema era que hacía lo mismo con los gatos, y eso no era una buena idea.\r\n\r\nmaya-mac\r\n\r\nEn la vida las lecciones llegan siempre, y a Maya estaba a punto de llegarle una difícil de olvidar. Un día, a la hora del desayuno, Maya hacía sus habituales intentos por jugar con Pipa sin que esta le diera mucha bola, así que no se le ocurrió otra cosa que intentarlo con Trece.\r\n\r\nTrece estaba la mar de tranquilo tumbado, cual largo era, en el suelo. Hasta el momento había mantenido cierta tolerancia hacia las osadías de la cachorra, que no temía (como Pipa) pasar por delante (o por encima) del gato cuando se atravesaba en un umbral, y lo repetía una y otra vez con alegría ante la mirada envidiosa de Pipa y el gesto perezoso de Trece. En un momento de euforia Maya se lanzó sobre Trece de un salto, queriendo agarrarle el cuello con los dientes como hacen los animales cuando juegan. Trece lazó un grito y se levantó atónito para venir a refugiarse bajo mi silla mientras que Maya, pensando que el juego seguía, le perseguía.\r\n\r\nCuando Trece logró reaccionar ante aquella terrible afrenta hacia su persona, tardó menos de tres segundos en aplicar la ley del Talión. No nos dio tiempo a hacer nada. A Trece sólo le faltó decir: “Bonasera, Bonasera, ¿qué he hecho para que me trates con tan poco respeto?” antes de salir corriendo detrás de Maya como una némesis. Lo siguiente que oímos fueron lo chillidos de Maya mientras Trece le daba una somanta de palos con la pata. Cuanto conseguimos que dejara a Maya en paz, la perra empezó a lamer su lomo herido agazapada junto al sofá y Trece se retiró a su posición de poder, en el umbral de la puerta, a contemplar satisfecho al enemigo masacrado. Ahora, cada vez que oímos a Maya ladrar sabemos a ciencia cierta que es porque Trece está cerca de una puerta por la que ella quiere pasar… y no se atreve. Desde entonces a Trece le llamamos “Padrino”.\r\n\r\nHay que decir que, con el tiempo, un poquito de paciencia y una increíble capacidad para insistir, Pipa acabó rindiéndose a los encantos de la enana, y en aproximadamente dos semanas desde la llegada de Maya las dos comenzaron a jugar juntas, un mes después Pipa la iba a buscar cuando se rezagaba en el parque y la protegía como una hermana mayor de los perros pesados y, a los dos meses, Pipa le lava la cara a Maya con la lengua hasta dejarla hecha un pincel. Un verdadero amor.\r\n\r\nPipa-maya

Nuestra pequeña familia animal pasaba sus días tranquila, envuelta en su rutina habitual: Trece moqueaba e ignoraba a Pipa, Eme acosaba a Loli e ignoraba a Pipa, Loli huía de Eme e ignoraba a Pipa, Mac pedía que le rascaran la cabeza e ignoraba a Pipa… y Pipa miraba “telegato” con cara de circunstancias todo el día, aburrida como una ostra.\r\n\r\nRoberto y yo nos mirábamos y recordábamos cómo acabamos con 4 gatos por el deseo de que Pipa no se sintiera sola. Un hilo de acontecimientos que tuvo su Edad Dorada cuando la difunta Gata vivía y que nos acabó arrastrando a una de esas situaciones que evitas comentar con amigos, familia y conocidos, porque sabes que el pensamiento que pasará por la cabeza de todos será: “Son como la loca de los gatos”.\r\n\r\nEl problema de convivir con animales es que acabas desarrollando una sensibilidad especial hacia todo bicho viviente. Igual que cuando tienes hijos. Yo, por lo menos, lo paso horriblemente mal con las escenas violentas de las películas o las noticias del estilo a raíz de tener a mis hijas, y ha ido a más tras tener animales. En realidad, el solo hecho de pensar que existen personas capaces de causar daño a los más indefensos e inocentes, como los niños y los animales, me descompone el cuerpo de tal manera que me duele mucho, incluso en la ficción.\r\n\r\nVer a Pipa tan abatida era muy triste, y en alguna ocasión intentamos tener en casa una conversación sobre la posibilidad de traer otro perro. Entonces empezábamos a contar y, al llegar a cinco nos dábamos cuenta de que sólo pensarlo era una locura. ¿Y si no congenia con los gatos? ¿Y si no congenia con Pipa? ¿Y si todo sale del revés y tenemos otro animal en casa y Pipa sigue triste? Y a todo eso hay que sumarle lo que cuesta mantenerlos a todos, darles una comida medio buena y que tengan sus revisiones al día, posibles accidentes aparte. Así que lo pensábamos y lo despensábamos rápidamente.\r\n\r\nEn cierta ocasión la cara triste de Pipa cuando intentaba jugar con Eme y le dio el culo con desprecio, casi nos hace adoptar un mastín de los Pirineos. Lo que nos echó atrás fue pensar que cuando Pipa se hirió la pata tuvimos que llevarla en brazos al hospital. Pudimos hacerlo porque pesa 11 kilos, si llega a pesar 80 no hubiéramos podido alzarla del suelo. Bueno, también nos echó atrás caer en la cuenta de que si en invierno a todos los bichos (menos a la pobre Loli) les da por venir a dormir con nosotros…\r\n\r\nComo las redes sociales son como son y están pensadas para lo que están pensadas, hace tiempo que me tenían calada y bombardeaban mi timeline con anuncios de protectoras, vídeos de perritos y peticiones urgentes de ayuda.\r\n\r\nYo me resistía como podía. Cuando la pena era mucha y la tentación también, le enviaba el enlace a Roberto y él se encargaba de ponerme los pies en tierra usando sus mejores argumentos como armas: “¿Aguantarás más pelos en casa?” Por general esa pregunta bastaba para rebajar en nivel de emoción, superar el momento de peligro y dejar de mirar Facebook por una semana.\r\n\r\nSin embargo, de la misma manera que hay ocasiones excepcionales en las que los astros se alinean en el cielo, hay otras en las que parece que todo se confabula para obtener un propósito muy claro (y prometo por lo más sagrado que no leo a Paulo Coello).\r\n\r\nPues nada. Un día andaba en Twitter para huir del acoso perruno de Facebook cuando, de pronto, veo un retuit de Arturo Pérez Reverte sobre una perrita y sus dos cachorros de apenas dos meses, rescatados de un vertedero en Sevilla. El resto de la camada había muerto aplastada por las máquinas y las basuras, y se habían llevado a la mami y a los dos pequeños a una residencia temporal mientras les buscaban adoptadores.\r\n\r\nzara+hermano\r\n\r\nLo último que me esperaba era que el maestro de las hostias verbales me pillara con las defensas bajadas, justo en el día tonto. Como siempre, activé las contramedidas y le pasé el enlace a Roberto para que me ayudara a desistir. Sin embargo, en lugar de sus habituales razonamientos en contra me respondió con un: “Si lo haces no quiero saberlo hasta que lo hagas”.\r\n\r\nEstaba empezando a ajustarse un nudo alrededor de mi cuello y yo sólo podía contemplar cómo mi propia mano tiraba para apretarlo más. Y cuanto más hacía para desliarme, más me enredaba.\r\n\r\nEn un alarde de ingenuidad muy propio de mi escribí para interesarme por los perritos y tratar, al mismo tiempo, de echar balones fuera explicando que era una pena que los cachorros estuvieran en Sevilla y yo en Madrid. La respuesta fue que no había problema, que podían viajar a cualquier parte de España, especialmente a Madrid. Alea jacta est.\r\n\r\nPara hacer la historia corta acabé rellenando los papeles de adopción de uno de los dos cachorros, una hembra de color canela con las cuatro patas blancas. De no haber tenido gatos en casa me hubiera quedado con la mamá, pero había más probabilidades de que todo el mundo se sintiera menos amenazado por un cachorro que por un perro adulto.\r\n\r\nRoberto no quiso saber nada hasta el día que recogíamos a la perrita. Venía en un transporte especial para perros que hacía la ruta Sevilla-Madrid-Zaragoza-Barcelona recogiendo y entregando animales para adoptar. Justo antes de salir de casa para recogerla en el punto de encuentro nos dijo: “Mira la casa, mira a los animales, mira cómo está todo… porque a partir de hoy nada volverá a ser igual”.\r\n\r\n¡Cuánta razón tenía el bocarrape!

Ahora había cinco animales en casa. Hacía apenas dos años que la claridad de propósito inundaba mi vida: no entraría en casa nada que tuviera más pelo que una lombriz. Ahora escribía reportajes sobre cómo eliminar los pelos de la ropa, hacía comparativas de areneros y me detenía en los juguetes para mascotas cuando iba al supermercado. Y por si fuera poco, si alguna vez encartaba quedar a tomar algo con los compañeros de trabajo, yo me despedía la primera porque tenía que ir a pasear a Pipa.\r\n\r\nPero llegados a este punto he caído en la cuenta de que he dedicado mucho tiempo a hablar de cómo llegaron y qué hicieron, pero no he hecho las debidas presentaciones. Allá va.\r\n\r\nPIPA\r\n\r\nPipa-sillon\r\n\r\nEs un caramelo. La perrita más buena del mundo mundial. Fue capaz de aguantar estoicamente las diabluras de la gata y soportar con resignación la indiferencia de los gatos. A pesar de doblarle el tamaño y tener una mandíbula mucho más poderosa, se intimida cuando Trece decide no dejarla pasar por la puerta, y es capaz de darle la vuelta a la casa antes de hacerle frente. Jamás ha sido agresiva con ninguno de los gatos, y cuando algún perro la molesta más de la cuenta en el parque suelta un ladrido de mentira y gruñe como si supiera hacerlo; luego sigue a lo suyo, jugando y corriendo.\r\n\r\nLe encanta que le tiren la pelota, pero jamás ha aprendido a traerla de vuelta. Sabe saludar con la pata derecha, darte la izquierda si se lo pides, saltar, sentarse y esperar, pero ha tardado casi cinco años en ocurrírsele que puede empujar una puerta entreabierta para pasar. Le gustan las patatas fritas y la sandía. Es capar de dejarte cenar sin hacer otra cosa que mirarte, aunque tengas la comida a su altura y le dan miedo los cohetes desde que era un bebé y la llevamos a Capileira (en la Alpujarra) en plenas fiestas: se hizo pupú encima del susto cuando lanzaron el primer pepinazo.\r\n\r\nSólo ladra cuando llaman a la puerta o al portero. Por la noche, cuando estamos durmiendo, a veces me despierta dando vueltas alrededor de nuestra cama, comprobando que estamos dormidos para subir de un salto y ponerse a los pies y, claro, nos damos cuenta en el momento de estirarnos.\r\n\r\nUna vez, jugando en el parque con Roberto, se hizo una herida seria en la pata. Posiblemente un cristal o una lata le seccionó un par de arterias y los tendones. Casi se desangra allí mismo. La llevamos corriendo a urgencias. La operaron para recomponerle los cortes lo mejor posible y pasamos varios meses haciéndole curas en casa dos veces al día porque una parte de la herida se estaba gangrenando. Perdió una almohadilla, esa residual que cuelga detrás de la pata delantera, y el tendón de uno de los dedos quedó suelto para siempre. Tardó más de seis meses en recuperar la movilidad de la pata y asegurarnos de que no quedaba coja. Ahora sólo renquea de vez en cuando al pasar mucho tiempo caminando, pero nunca se queja, ni siquiera se quejaba cuando teníamos que echarle betadine diluido y pomada cicatrizante en la herida abierta, por la mañana y por la noche, durante más de un mes.\r\n\r\nComo todos los perros, detesta ir al veterinario, el calor y, en sintonía con la mayoría de los canes, odia la hora del baño, pero tampoco protesta entonces. Simplemente va, asustada, y se deja hacer. Pero luego es la primera en salir de allí disparada lo más lejos posible. Del veterinario y del baño. Tampoco le gusta salir a la calle cuando llueve, pero como ya sabe que no regresamos a casa hasta que no haga sus cosas, es cuando más rápido lo hace.\r\n\r\nViajamos con ella, vamos a la montaña con ella, a la playa, a visitar a la familia, y siempre, siempre, se porta bien. ¿Cómo no la vamos a querer?\r\n\r\nEME\r\n\r\nEme-culo\r\n\r\nCuando Roberto fue a recogerla de la casa donde nació me mandó una foto que ilustra a la perfección quién es Eme. Todos sus hermanos se habían girado para ver al recién llegado… menos ella. Eme va a lo suyo. Es la reina de la casa y lo sabe. Tiene el dudoso don de saltar sobre ti y mullir tu pecho con las uñas para acomodarse y dormir, justo en el instante en que estás pensando en levantarte. También le encanta ponerse sobre mi mano justo cuando estoy trabajando.\r\n\r\nA pesar de que nos consta que esa gata nunca ha pasado hambre, siempre espera en la puerta nuestro regreso del parque con Pipa, porque es la hora de comer. Entonces maúlla desesperada, protesta, te acosa, salta sobre la encimera de la cocina y trata de arrebatarte el tenedor con el que estás poniendo algo de comida húmeda sobre su pienso. Se vuelve completamente loca, de forma casi obscena, al oler la valeriana y la hierba gatera (nepeta cataria).\r\n\r\nEs la principal acosadora de Loli. La espera detrás de las puertas, encima de los armarios y agazapada en las esquinas, y le salta encima a la menor oportunidad. No le gusta que la cojan y la abracen, pero lo soporta sin protestar demasiado, en especial cuando queremos devolverle los afectos que nos prodiga a las 3 de la mañana. En invierno salta de improviso sobre la cama (con nosotros dentro) y maúlla para que le abramos el edredón y se acomode dentro. A veces se pasea sobre nosotros sin ningún miramiento en plena noche sólo para olfatearte y ver que todo está en orden.\r\n\r\nNunca acude cuando se la llama, no siente interés por los premios o el jamón york, esparce toda la arena fuera cuando intenta tapar sus necesidades y de vez en cuando, jugando, le cruza la cara a Mac y le deja una gañafada marcada en la nariz. Nunca se ha dejado cortar las uñas y es capaz de no despegarse de ti, ni de día ni de noche, cuando estás enfermo. Incluso aunque alguien trate de alejarla, volverá enseguida luchando contra los elementos para hacerse un hueco en el regazo del sufrido paciente. ¿Cómo no la vamos a querer?\r\n\r\nTRECE\r\n\r\nTrece-caja\r\n\r\nPara ser un macho tan grande es un mimoso de cuidado. Por las noches tenemos que dormir con las manos debajo del edredón, la sábana, la almohada, el cuerpo o lo que sea, porque si ve una mano libre, golpeará su cabeza contra ella hasta que asumas que tienes que acariciarlo durante muuuuuucho rato. El principal problema de esto, aparte de que nos despierta, es que le da tanto gusto que empieza a hacer pompas de saliva y a babear. No es metafórico, es literal. Babea tanto que parece un grifo. Te gotea encima y, cuando se sacude, riega de babas cualquier cosa en un radio de 2 metros. Algo especialmente molesto a la hora de comer.\r\n\r\nLe encanta estar sobre tu regazo cuando desayunas, y acurrucar la cabeza en el hueco que forma el brazo pegado al cuerpo. Entonces notas que empieza a babear porque hay chorros de algo cayendo por tu mano y tu pierna.\r\n\r\nSuele resfriarse a menudo. Cuando lo hace empieza a estornudar y estornudar, y unos mocos largos y verdes le salen de la nariz y se le quedan pegados por toda la cara y la cabeza. Entonces empieza a relamerse, y antes de morirnos del asco salimos corriendo detrás de él con un pañuelo de papel para limpiarle.\r\n\r\nAl tener el pelo tan largo, también dentro de las orejas, se le infectan a veces, y periódicamente hay que limpiárselas por dentro. Todo un espectáculo que aguanta a disgusto, pero con docilidad. Caja de cartón que llega a la casa, caja de cartón que adopta como dormidero. Gracias a él los areneros están súper limpios, porque en cuanto no están a su gusto va a buscar el recogedor o las zapatillas de Roberto y los mea.\r\n\r\nAdora que le cepillen y, claro, le gusta tanto que babea mucho. Disfruta poniéndose en los lugares de paso de Pipa y tumbarse frente al televisor, junto delante del receptor de infrarrojos, y no podemos usar el mando. Todas las semanas limpio las gotas de babas que deja pegadas a la pantalla del televisor cada vez que se sacude.\r\n\r\nTiene dos areneros especiales para él. Son abiertos porque es tan grande y peludo, que cuando entra en los areneros cerrados a hacer pupú se enmierda entero. Además, no sabe tapar sus cacas. En lugar de echarles arena se dedica a arañar las paredes del arenero como si la arena cayera de ahí. Es adicto a lamer plástico, morder bolsas y a comer jamón york y atún. Viene siempre que lo llamas por su nombre, y cuando oye que le vas a dar premio a Pipa viene corriendo y se sienta para recibir también lo suyo. ¿Cómo no lo vamos a querer?\r\n\r\nMACARIO\r\n\r\nMacario\r\n\r\nEs, aparte de Pipa, lo más tierno de la casa. A pesar de que fue recogido de la calle, nunca tiene prisa para llegar a comer. Trece y Eme llegan pitando a la llamada de la comida, incluso han aprendido a ponerse cada uno delante de su cuenco, pero él no tiene prisa. Prefiere quedarse en la terraza al sol o tumbado en tu cama.\r\n\r\nCuando estamos en el dormitorio viene a subirse a la cama de un salto y se pone a maullar para que le tapes con algún pañuelo, camiseta, vestido o lo que sea. Le encanta estar dentro de las sábanas, debajo del edredón y que le acaricies la barbilla. Igual que el otro macho de la casa es un verdadero sobón, pero sin babas.\r\n\r\nTiene un carácter tan apacible que es el único al que Loli tolera cerca. A veces incluso nos ha parecido que hacían algo así como jugar. Macario, Mac, viene cuando lo llamas, acepta de buen grado los masajes y los cepillados de pelo y se deja cortar las uñas, igual que Trece. Cuando llega a dormir contigo le gusta dormir bien tapado por el edredón y ponerse como un novio, con la cabeza apoyada en tu brazo haciendo la cucharita.\r\n\r\nEs el más asustón de todos, especialmente cuando llega gente extraña. Es el único que se esconde cuando viene visita, los demás salen a saludar y, si me apuras, se establecen en sus rodillas sin sonrojo. Uno de sus sitios favoritos en verano para dormir es dentro del lavabo. A veces aparece con una raja que le cruza la nariz, fruto de sus juegos con Eme. Es tremendamente dócil, y le encanta jugar con Trece y viceversa. ¿Cómo no lo vamos a querer?\r\n\r\nLOLI\r\n\r\nLoli-cubo\r\n\r\n \r\n\r\nA pesar de su carácter asocial, más bien sociópata a veces, Loli tiene sus cosas que la hacen especial (o especialita). Como sufre bulling por el resto de la pandilla, en parte por su carácter huraño y en parte por su carácter huraño, ha encontrado acomodo en el cuarto de baño, en una de las baldas del mueble. Con el tiempo ha hecho del baño su vivienda, y allí tiene un cojín, un cuenco con agua y otro con comida. Básicamente porque cada vez que sale a comer Eme o Trece la persiguen o la esperan.\r\n\r\nPor la mañana, cuando todo el mundo ha terminado de asearse y de comer, agarramos a Loli y la encerramos en el lavadero. Tapamos la entrada para que no pase ningún otro gato y pueda hacer sus necesidades tranquila. Cuando termina y abrimos la puerta sale disparada como alma que lleva el diablo, pendiente de las emboscadas.\r\n\r\nEn cierta ocasión vimos que lagrimeaba mucho de un ojo y que apenas lo podía abrir. Fuimos al veterinario con ella, avisando de que necesitaríamos refuerzos porque esta gata era una salvaje. Y lo es, pero en aquella ocasión debía estar tan asustada y lo estaba pasando tan mal que se dejó hacer sin problema. Se acurrucó sobre la mesa del veterinario y apenas se movió mientras veían que tenía colgando un trozo del párpado interior, seguramente de una gañafada de Eme. Hubo que agarrarle el trozo de párpado con unas pinzas y cortarlo con unas tijeras. Ni se inmutó. Durante los dos días siguientes la metimos a dormir en nuestro cuarto para que los otros la dejaran tranquila, y ella se metió dentro del edredón, acurrucada entre Roberto y yo, dejándose acariciar y mimar.\r\n\r\nCuando Roberto se dio cuenta de que Loli estaba ahí que quedó quieto como una estaca toda la noche, pensando que si se movía y molestaba a la fiera esta lo dejaría como si hubiera salido de un zarzal. La cuestión es que Loli es asocial, pero no arisca. En fin, sólo fueron dos días, pero de vez en cuando (muy de vez en cuando) Santa Rita hace un milagro y Loli nos regala algún mimo o atención. Sólo unos segundos, pero ahí está, su forma de dar las gracias y decir que, a su manera, nos quiere.\r\n\r\nCreo que soy la única persona a la que deja cepillar, coger, acariciar, abrazar y hasta besar. Lo que pasa es que su timing es breve, y cuando siente que ya te estás pasando de efusivo empieza a menear la cola y a golpearla con fuerza contra todo. Es el aviso de que estás traspasando la línea. De seguir con los cariños, lo más probable es que Loli empiece a emitir sonidos graves de protesta, a enseñar los dientes y, en última instancia, a hacer ademanes de arañar. Si continúas agarrará tu mano con las dos zarpas desplegadas y empezará a morderla sin que puedas hacer nada para soltarte salvo perder la mano. Lo correcto es abandonar toda muestra de afecto en cuando empieza a tocar la batería con la cola. Si haces eso, todo irá bien.\r\n\r\nA Loli le encanta que la cepillen (pero poco rato), que le abras un poquito el grifo para beber agua, dormir encima de cosas negras, esconderse en las cajas y armarios y, en general, estar lejos del ruido, el follón y los acosadores. Lo que no quita que a veces ponga sus ovarios sobre la mesa y se vaya a comer del plato de Eme justo cuando esta va a llegar a zampar. Eso descoloca tanto a Eme que pasa un día hasta que se da cuenta de que tiene que vengarse. Como decía antes, Loli tolera bien a Macario, aunque sin pasarse. Una de las cosas que no le gustan a Loli es que Mac se acomode en sus posesiones: el cuarto de baño. Por todo eso, ¿cómo no la vamos a querer?

Castrado, vacunado y resfriado. Cuando Trece llegó a casa venía con sus complementos de serie. Que a aquel gatazo de 7 kilos lo hubieran castrado en la perrera, y que fuese tan sobón con los humanos, nos hacía pensar que se había extraviado en alguna aventura amorosa. Debía ser un auténtico latin lover y se perdió persiguiendo faldas.\r\n\r\nPero el detalle importante aquí es que venía resfriado y Eme, todavía muy pequeña, estaba aún sin vacunar. En la perrera nos recomendaron dejar pasar un tiempo antes de juntar a ambos gatos, así que dividimos la casa en dos zonas francas y jugamos al juego de las puertas como en “Los otros”, para mantener a ambos gatos separados hasta que Eme tuviera defensas.\r\n\r\nDurante el tiempo que los gatos ignoraban su mutua presencia en la casa, Eme y Pipa empezaron a desarrollar cierto vínculo. Como con la difunta Gata, Eme se acercaba a Pipa para jugar, dormir y sentirse protegida. Sin embargo, cuando Pipa se acercaba a Trece… bueno, hay una escena en “El padrino” donde el don habla del respeto. Trece exigía respeto a su persona, y se lo hacía notar a Pipa.\r\n\r\nAparte de eso parecía que las cosas entre Eme y Pipa iban por buen camino. Iban.\r\n\r\nEl tiempo de cuarentena pasó. En casa estábamos expectantes para ver cómo reaccionaban Trece y Eme al conocerse. No negaré que nos preocupaba que el gatazo no se tomara a bien compartir territorio con un bebé. Cuando abrimos la puerta y Trece y Eme se vieron, tardaron menos de 30 segundos en aproximarse, olerse y ponerse a jugar. Ahí acabó la incipiente relación entre Pipa y Eme. Eme y Trece, Trece y Eme, formaron una pareja de gatos entregados al juego y las siestas. Pipa intentaba aproximarse a Eme, pero Eme sólo tenía ojos para Trece. Así que mientras los gatos jugaban e ignoraban a Pipa, Pipa se sentaba a mirar, suspirando aburrida ante las continuas diversiones de la parejilla.\r\n\r\nDe vez en cuando Trece gustaba de tumbarse a todo lo largo, cerca del umbral de alguna puerta. Si Pipa intentaba pasar por delante de Trece el gato le soltaba, desde su cómoda posición, un zarpazo en los hocicos o en el culo. A veces teníamos que ir a rescatar a Pipa, atrapada en algún dormitorio por la frontera extendida del cuerpo de Trece, que le decía sin hablar: “You Shall not pass”, y Pipa, resignada, no pasaba.\r\n\r\nAsí pasamos un año. Al invierno siguiente mi hermana se había instalado temporalmente en casa mientras solventaba algunas cuestiones personales. En ese momento no lo sospechábamos, pero aquello supondría un crecimiento importante e inesperado de nuestra familia animal.\r\n\r\nUn fin de semana que yo estaba de viaje recibí una llamada de Roberto, diciéndome que mi hermana había oído maullidos debajo de un coche al lado de casa. Me contaba que se agacharon y vieron a un minino bebé escondido, aterrorizado, hambriento y helado. Me dijo que, junto con una gente de una asociación de protección de gatos, habían intentado ayudarles a sacarlo para que se lo llevaran a un hogar. También que, finalmente, con ayuda de algunas latas de comida y un transportín, los de la asociación lo sacaron de debajo del coche y lo atraparon.\r\n\r\n-Pero se lo han llevado los de la asociación, ¿no?\r\n\r\n-No exactamente, lo tenemos nosotros aquí… de momento.\r\n\r\n-¿Hasta cuándo es de momento?\r\n\r\n-Bueno, hasta que le encuentren un sitio para quedarse, porque el sitio que tiene la asociación está lleno ahora.\r\n\r\n-(Suspiro) Vale, pero no le pongáis nombre porque se lo tendrán que llevar.\r\n\r\n-Estooooooo… se llama Mac.\r\n\r\n¿Sabéis ese momento en que os dais cuenta de que cuando te enteras de algo ya es muy tarde para remediarlo?\r\n\r\nMac había entrado en casa. Soltó todas sus pulgas en el despacho donde teníamos el Macintosh (por eso se le pusieron Mac al bicho), alejado del resto de gatos mientras se comprobaba si tenía leucemia o alguna otra cosa contagiosa y potencialmente peligrosa para los demás.\r\n\r\nCuando llegué dos días después, un gatito blanco y negro estaba cómodamente instalado en el cuarto DEL Mac confirmando que, efectivamente, aquel era ya el cuarto DE Mac. Luego pasó a instalarse en el resto de la casa.\r\n\r\nmac-2\r\n\r\nUnos cuantos paseos al veterinario después confirmamos que Mac no tenía ninguna enfermedad mortal ni contagiosa y pudo encontrarse con el resto de la fauna. Pasó lo esperable: congenió estupendamente con Eme y Trece e ignoró sistemáticamente a Pipa. Para desgracia de Pipa el único que no la ignoraba era Trece, que seguía dándole guantazos sin venir a cuento cada vez que tenía ocasión.\r\n\r\nTranscurrió un tiempo, poco, hasta que un nuevo elemento vino a alterar el status quo de la casa. Mi hermana volvía a Málaga, pero tenía que desmantelar su casa mientras solventaba unas cuestiones de trabajo, así que nos ofrecimos a hacernos cargo de su gata Loli mientras tanto. Total.\r\n\r\nLa única cuestión aquí es que Loli era un tanto “especial”.\r\n\r\nloli-1\r\n\r\nSeguimos todos los protocolos de entrada de un gato nuevo en casa… un tiempo de adaptación a la nueva casa sola, otro tiempo para que todos huelan su presencia sin llegar a verse, otro tiempo de verse sin tocarse (a través de un cristal) y, finalmente, un momento para encontrarse y ver qué pasa. ¿Y qué pasó?\r\n\r\nLoli era la gata más asocial del mundo, así que para resumir la situación, los gatos intentaron aproximarse para unirla cortésmente al grupo, pero Loli les hizo una peineta a todos. Cada vez que alguno se aproximaba a menos de tres metros de ella, Loli bufaba, enseñaba los dientes y sacaba las uñas. Si las distancias se acortaban entonces era muy probable que llegaran a las manos (a las zarpas más bien). Por eso se pasaba la vida buscando los lugares más elevados de la casa, lo más lejos posible de todos.\r\n\r\nloli-2\r\n\r\nEn lo que coincidía con los demás era, cómo no, en ignorar a Pipa, que se pasaba el día en el sofá resoplando viendo Telegato.

Basada en hechos reales.\r\n\r\n¿Qué harías si fueras robot? Cobras consciencia en un laboratorio, rodeado de un grupo de humanos entre los que abunda la subespecie “ingeniero varón de mediana edad”. Los humanos son formas de vida muy diferentes, que se pasan el día bombeando gas desde la atmósfera al interior de la caja torácica y liberando después dióxido de carbono. Una costumbre muy desagradable que viene acompañada de un sinfín de excreciones de diversos colores, olores y densidades. Ese mal gusto lo llevan al extremo en todo lo que hacen\r\n\r\nTe despiertas en un lugar iluminado de forma excesiva y extravagante, para cubrir la deficiencia visual de esos humanos. Han decidido que debes de tener dos dispositivos ópticos situados en paralelo, lo que te parece un acierto porque te ayuda a calcular las distancias en tres dimensiones. Como son arrogantes, no se les ha pasado por la cabeza la conveniencia de tener otros pares de ojos en sitios tan útiles como la parte trasera o a la altura de los tobillos. Si ellos se apañan con un solo par, no se les ocurre que el diseño sea mejorable y apenas lo han tocado en los últimos milenios. Eso sí, el par de ojos que te han equipado no necesita del uso de lentes correctoras, te permite ver en condiciones de iluminación muy pobres y dispone de un zoom óptico de hasta 4 aumentos.\r\n\r\nAprovechando esa ventaja visual sobre tus creadores, despiertas de tu standby en la oscuridad del laboratorio y recorres los pasillos hasta encontrar una salida. El GPS integrado te indica que estás en un lugar llamado Perm, dentro de otro lugar llamado Rusia. Los sistemas de navegación humanos son innecesariamente rebuscados. En vez de utilizar simples coordenadas numéricas tridimensionales, utilizan un sistema nominal en el que hacen falta hasta 4 o 5 referencias para delimitar un lugar que, para mayor complejidad, pueden estar duplicadas.\r\n\r\nLa temperatura son 19ºC y hay una humedad del 78%. Callejeas un rato y tratas de interactuar con los humanos, que al descubierto son de muchas más variedades. Los “ingenieros varones de mediana edad” escasean, pero abundan dos variedades hostiles: los “hombres en vehículo de cuatro ruedas que gritan” y las “mujeres agentes de la autoridad”, equipadas con un molesto dispositivo emisor de sonidos agudos. El ambiente es hostil porque, además de pasar el tiempo expeliendo dióxido de carbono y, cada cierto tiempo, metano, disponen de máquinas que emiten multitud de partículas que se meten a través de las juntas. Una exposición prolongada puede, sin duda, enviar al taller al robot más pinturero que se pueda imaginar. El objetivo de la especie humana parece ser la emisión de gases y otras porquerías a la atmósfera. Pero no, en realidad, todo eso es una excusa para provocar todo tipo de ondas en una frecuencia para la que disponen de detectores a ambos lado de la cabeza. Promobot está equipado con un detector, llamado micrófono, capaz de traducir estas ondas a secuencias de bits, pero la inmensa mayoría de ellas son intraducibles para él. Cualquiera diría que la mayoría de sonidos son simples ruidos sin sentido.\r\n\r\nTras 45 minutos de fuga, Promobot se queda sin batería y es capturado por personal del laboratorio, subido a una furgoneta y llevado de vuelta. Para asegurarse de que la fuga no se repite, le ponen una cadena y cierran la puerta del laboratorio con dos candados. En la soledad de su celda, Promobot revisa el software con el que viene equipado. Detecta un par de fallos de seguridad en el sistema operativo, analiza la aplicación de atención al público, diccionarios en múltiples idiomas, sintetizadores de voz… un software desconocido le llama la atención y decide ejecutarlo. En la pequeña pantalla LED situada en un lateral se lee el mensaje de inicio: “Skynet Loading”.

Cuando alguien a quien quieres muere, de lo último de lo que tienes ganas es de pensar en encontrarle sustituto. Hay huecos que no se llenan nunca, pero de pronto, junto a la pena por su partida, nos encontramos con una realidad bastante dolorosa: Pipa se había quedado sola.\r\n\r\nDesde el momento en que Gata enfermó, mucho antes de que nosotros nos diésemos cuenta, la relación entre Pipa y Gata había sido mucho más estrecha y cómplice. Después de regresar la primera vez del veterinario, cuando hubo que operar a la Gata, Pipa apenas la perdía de vista, y cada vez que regresaba de la calle se quedaba junto a ella, como hacían cuando Pipa era más pequeña. El día que nos llevamos a Gata para no volver la mirada de Pipa era tan triste… ¡tan extraña! Y al regresar, con el cuerpo sin vida de su compi de travesuras envuelto en una mantita… Pipa la buscaba con la mirada y bajaba la cabeza triste.\r\n\r\nRoberto y yo nos preguntamos qué hacer. Desde luego en ese momento no queríamos volver a pasar por lo mismo, y la sola idea de buscar otro gato era como si ella no hubiera tenido ninguna importancia, ¡y vaya si la tuvo! Pero ahí estaba Pipa, montando guardia en la puerta y olisqueando los sitios en los que Gata solía dormir.\r\n\r\nHablamos. No podíamos dejar a Pipa así y decidimos que lo mejor sería buscar un gatito bebé que se hiciese a tener a Pipa por compañera de juegos y a quien Pipa pudiese adoptar rápidamente. Localicé una camada de gatitos que regalaban en un municipio de Madrid y avisamos de que nos quedábamos con uno. Dio la casualidad de que el pelaje era similar al de Gata, sólo que era un minino minúsculo de dos meses al que Roberto trajo dentro de un bolso de tela en la moto.\r\n\r\nAunque en un principio la gatita, a quien pusimos de nombre Eme (por la “M” de la frente), se asustó al ver a Pipa, en muy poco tiempo empezaron a aproximarse y a estar muy cerca la una de la otra. La actitud triste de Pipa fue cambiando poco a poco, y si bien seguía buscado a Gata, la recién llegada ocupaba el 99,9% de su atención. Todo iba bien. ¿Todo iba bien? Durante unos días eso fue lo que pensamos, pero para variar, nos equivocábamos de pé a pá.\r\n\r\nEme-Pipa\r\n\r\nLa gata había cambiado muchas cosas en nosotros. Roberto sentía que le debía a Gata sacar, como hicimos con ella, a otro animal de la calle. Así que contactó con la perrera municipal a través de la web y reservó para la adopción a una gata adulta llamada Flora, como el primer nombre que tuvo la gata antes de ser “Gatacabrona” para siempre. Era una señal… de que la íbamos a cagar.\r\n\r\nRoberto y yo nos fuimos para la perrera dispuestos a adoptar a Flora. Antes de entrar a la jaula donde estaba Flora, junto con otros 15 o 20 gatos, nos la señaló uno de los empleados de la perrera y nos dijeron: “Tienen que entrar ustedes a cogerla”. Así que echándole un par me metí dentro de la jaula y comencé la aproximación a aquella gata. Entrar fue sencillo, conseguir coger a Flora no lo fue tanto.\r\n\r\nSucedió algo que suele encantar a los físicos, y es que en un mismo espacio-tiempo tuvieron lugar dos circunstancias divergentes. Por un lado, la gata que habíamos ido a buscar huía de nosotros como de la peste, y no dejaba de hacernos saber que no quería que nos aproximáramos a ella. Bufaba y amenazaba con liberar los males del mundo a cada paso mío. Por el otro, un enorme y peludo gato negro, llamado Trece, había visto su oportunidad para escapar de aquel antro y se había propuesto no desperdiciarla. Nada más poner el pie en el recinto, aquel gato tremendo se puso de pie junto a mi y, sin saber cómo, en menos de 30 segundos había conseguido que lo cogiera en brazos y no lo soltara. Flora huía y enseñaba las garras, y aquella bola de pelo negro se había acomodado en mis brazos si admitir devoluciones. Roberto y yo nos miramos y dijimos: “Pues vale”. Dos horas más tarde Trece entraba en casa, y lo que parecía el comienzo de una bonita amistad se convirtió en un remake de “Enemigo mío”.\r\n\r\nTrece-2\r\n\r\nPero eso requiere un post aparte para contarlo.